Qué sería de esta vida en viaje sin el apoyo de la gente?
Cuanto de aquello que uno usa, viste, come y consume llegó en forma de donación de algún alma caritativa?
La ecuación es simple, dar aquello que tenemos para compartir con el otro. El viajero dispone de tiempo para compartir, quien lo agasaja en muchas oportunidades, busca conocer las entrañas y los detalles del universo de un soñador en pleno funcionamiento, o simplemente brindarle una ayuda a otra persona.
Cómo lo logras? Cómo empezaste? Cómo es que vives?
Suelen preguntar los amables curiosos con intriga, devolviendo una risa o una mirada atenta a cada respuesta. Esa unión entre ambos mundos, recientemente descubierta, son el combustible que renueva la esperanza y la fé de seguir construyendo de acuerdo a los dictados del corazón, del sentir, y de la intuición.
Si midiera mi tiempo en dinero sin dudas no haría esto. Si ellos hicieran lo mismo, de seguro no donarían ni una galletita de agua a un desconocido, y perderíamos ambos, la gustosa sensación que genera la interacción. Quebrar las estructuras, atenuar la frialdad social y el aislamiento progresivo y dejar de tragar la perpetua soledad con sabor agrio, son quizás algunos triunfos logrados, al salir a nado de la isla individual hasta el continente de la sociedad.
Estos eventuales encuentros, por más insignificantes, pasajeros y efímeros que parezcan, me dan fuerza para continuar haciendo algo que, verdaderamente disfruto, y que por lo tanto me hace felíz.
Gracias a todos aquellos que nos brindan una mano en nuestro viaje!!! Disculpen por no subir fotos de cado uno
Descripciones, visiones, pensamientos y emociones resultantes de más de media década recorrida por un argentino a pie, en bicicleta y en barco por tierras sudamericanas. Inicié este Blog para compartir la belleza que vibra en cada instante y la ceguera colectiva que oprime nuestra condición más humana. Aquí el observador comienza a ser observado, por el lente agudo del lector y aquello que escribo no son más que los fragmentos mentales de un caminante...
Efecto colateral
El efecto colateral de la construcción de
caminos, y el tránsito de vehículos tan veloces es la muerte de la fauna
autóctona, que por error de cálculo son invisiblemente atropellados. Y ahí
quedaron con las tripas al aire, gatos, ratones, caimanes, monos, serpientes,
coatíes, sapos y una innumerable lista de vertebrados e invertebrados, hechos
puré bajo las cubiertas de caucho.
Nadie lo hizo intencionalmente, ni de forma
premeditada, y quizás hasta algunos de ellos sean arduos defensores de los
derechos de los animales, o hasta sean veganos y/o vegetarianos, o veterianarios, pues en la
ruta, más allá de las ideologías, los motores igual matan. Matan ciegamente,
matan sin sentir culpa, matan sin conocer sus víctimas. Y esto surge como una
bella paradoja en que aquello que parece un avance, también es un retroceso, y
las mismas máquinas que nos facilitan la vida, también la empeoran.
Al hablar de los defensores de la naturaleza, no pretendo desmerecer el ideal de elegir no comer carne, es más hayo un acto compasivo y humano tomar esa determinación. Tampoco pretendo responsabilizarlos de un acto que fehacientemente no tengo la certeza ni forma de comprobar. Mis respetos para quienes lo hacen en oposición al genocidio animal y el cruel sistema de funcionamiento de los mataderos.
Sin embargo, también creo que cada pedazo de comodidad que utilizamos lo conseguimos por obra de la muerte y transformación del entorno. La muerte de los árboles, de los insectos, de los mamíferos, de las montañas, de los ríos, de los mares, de todos lados y de todo tipo de cosa que respire o esté ocupando un diminuto espacio del Planeta. Me refiero a eso para lo cual usamos el eufemismo de "materia prima". Sucede que cada elemento que precisamos para vivir, además del cuerpo que habitamos, es producto de esa transformación.
Aunque no apoyo el fractricidio de nuestros hermanos animales, también soy conciente que cada hectárea de campo cultivado con el cereal del cual me alimento; cada hierro de la bicicleta que transporto; cada elemento utilizado para fabricar la computadora con la cual escribo; cada pedazo de alambre que me soluciona la vida; cada aguja, cada abrigo, cada hilo, cada centímetro cubico de gas licuado, es elaborado y producido luego del éxodo forzoso o la aniquilación indirecta de los habitantes pacíficos de los montes, de los mares y de los cielos.
Y no se trata del famoso mito de sobrepoblación mundial, sino del estilo de vida que la especie humana elige cada día. El consumo excesivo existe por obra y gracia de la producción excesiva de cosas, en su mayoría innecesarias, y en ese sentido hemos desarrollado una mega industria que funciona como un pulpo de mil brazos, que al no ser controlado bajo parámetros de sustentabilidad y sostenibilidad real, perpetuamos el perecimiento de especies vitales, que sin voz ni voto quizás ya no vuelvan a poblar este planeta. Parece que sólo le damos importancia a aquello que nos genera probecho y utilidad al instante, sin medir la funcionalidad y belleza que en el gran ecosistema brinda y recibe cada micro especie.
Destruimos mucho, inconcientemente e indirectamente, al punto que al conducir un vehículo a motor para ir al trabajo y ser un eslabón más de esta cadena de producción, matamos en el camino cada día algun miembro de nuestra propia especie. Basta con enterarse que la principal causa de muerte no natural de Argentina son los siniestros viales dentro de la ciudad, y no es que este país este sobrepoblado, sino que más de un tercio de su población total reside en la capital y sus alrededores.
Soluciones, alternativas y opciones sobran. Basta con no esperar a que alguien de la orden, sino tomar la iniciativa de generar un nuevo compromiso, una nueva responsabilidad, como mínimo con nosotros mismos. El resto llegara por añadidura progresivamente, o por comprender personalmente los benecificios de intentar dar siempre lo mejor de uno y hacernos cargo del poder que tenemos aun siendo del modesto tamaño de una hormiga.
Al final vivimos para aprender a comprender en cuál rollo estamos metidos, y no nos hace mal probar distintas opciones del gran esquema, a ver si de esa forma permutan los resultados y alcanzamos alguna satisfacción perdurable.
Al hablar de los defensores de la naturaleza, no pretendo desmerecer el ideal de elegir no comer carne, es más hayo un acto compasivo y humano tomar esa determinación. Tampoco pretendo responsabilizarlos de un acto que fehacientemente no tengo la certeza ni forma de comprobar. Mis respetos para quienes lo hacen en oposición al genocidio animal y el cruel sistema de funcionamiento de los mataderos.
Sin embargo, también creo que cada pedazo de comodidad que utilizamos lo conseguimos por obra de la muerte y transformación del entorno. La muerte de los árboles, de los insectos, de los mamíferos, de las montañas, de los ríos, de los mares, de todos lados y de todo tipo de cosa que respire o esté ocupando un diminuto espacio del Planeta. Me refiero a eso para lo cual usamos el eufemismo de "materia prima". Sucede que cada elemento que precisamos para vivir, además del cuerpo que habitamos, es producto de esa transformación.
Aunque no apoyo el fractricidio de nuestros hermanos animales, también soy conciente que cada hectárea de campo cultivado con el cereal del cual me alimento; cada hierro de la bicicleta que transporto; cada elemento utilizado para fabricar la computadora con la cual escribo; cada pedazo de alambre que me soluciona la vida; cada aguja, cada abrigo, cada hilo, cada centímetro cubico de gas licuado, es elaborado y producido luego del éxodo forzoso o la aniquilación indirecta de los habitantes pacíficos de los montes, de los mares y de los cielos.
Y no se trata del famoso mito de sobrepoblación mundial, sino del estilo de vida que la especie humana elige cada día. El consumo excesivo existe por obra y gracia de la producción excesiva de cosas, en su mayoría innecesarias, y en ese sentido hemos desarrollado una mega industria que funciona como un pulpo de mil brazos, que al no ser controlado bajo parámetros de sustentabilidad y sostenibilidad real, perpetuamos el perecimiento de especies vitales, que sin voz ni voto quizás ya no vuelvan a poblar este planeta. Parece que sólo le damos importancia a aquello que nos genera probecho y utilidad al instante, sin medir la funcionalidad y belleza que en el gran ecosistema brinda y recibe cada micro especie.
Destruimos mucho, inconcientemente e indirectamente, al punto que al conducir un vehículo a motor para ir al trabajo y ser un eslabón más de esta cadena de producción, matamos en el camino cada día algun miembro de nuestra propia especie. Basta con enterarse que la principal causa de muerte no natural de Argentina son los siniestros viales dentro de la ciudad, y no es que este país este sobrepoblado, sino que más de un tercio de su población total reside en la capital y sus alrededores.
Soluciones, alternativas y opciones sobran. Basta con no esperar a que alguien de la orden, sino tomar la iniciativa de generar un nuevo compromiso, una nueva responsabilidad, como mínimo con nosotros mismos. El resto llegara por añadidura progresivamente, o por comprender personalmente los benecificios de intentar dar siempre lo mejor de uno y hacernos cargo del poder que tenemos aun siendo del modesto tamaño de una hormiga.
Al final vivimos para aprender a comprender en cuál rollo estamos metidos, y no nos hace mal probar distintas opciones del gran esquema, a ver si de esa forma permutan los resultados y alcanzamos alguna satisfacción perdurable.
Las ruinas de los Quilmes
Quizás, si usted es argentin@ en este momento
estés agazapado en un rincón privado de tu hogar, ansioso por destapar una
Quilmes bien helada, y mientras bebas el primer sorbo en soledad, te quedes
estático cuál granadero de la Casa de gobierno, observando la etiqueta de la
botella y pienses: ¿por qué será que le pusieron Quilmes de nombre a una
cerveza? .Luego al girar el envase te enteras que fue envasada y distribuida
en el barrio Quilmes, en el cono-urbano bonaerense, y te sentís un sabio
de gran conocimiento, felíz por haber descubierto un grandioso misterio. Sin
embargo, el cuento no finaliza ahí, este nombre se remonta a una época antigua
y a una cultura extinta, que vivía sus días en los valles calchaquíes de
las actuales provincias de Salta, Catamarca y Tucumán.
Estos “indios” fueron el
último bastión en resistir el asedio español del norte argentino. Resistieron
dentro de una ciudadela con viviendas circulares de piedra, al pie de una
montaña durante unos victoriosos setenta años, teniendo como refugio ese enorme
muro natural que los acobijaba y protegía del invasor. A cada nuevo
acercamiento del español, ellos conseguían anticipar su llegada por la amplia
vista panorámica que su hogar en altura les brindaba. Entonces el colonizador
retrocedía y organizaba otra estrategia de ataque, más eficaz y más contundente
que la anterior, como si fueran un molesto virus . Hasta que un día hallaron como solución cortar las vías de
abastecimiento de agua a la población. Desviaron y sellaron los canales de
agua, provocando una intensa sequía en la comunidad. Sin líquido para beber ni
para el riego de los cultivos, los Quilmes no tuvieron otra alternativa más que
rendirse.
El trato que recibieron fue cruel e inhumano,
como tantos otros episodios de guerra en la historia de la humanidad. Fueron
obligados a caminar hasta la ciudad de Buenos Aires, alrededor de mil doscientos kilómetros, a pie. Niños y ancianos, con cuerpos débiles para enfrentar
semejante expedición, fueron los primeros en perecer, junto a las mujeres y
hombres que dieron su vida por ellos. Sólo los más guerreros, las más guerreras y los más jóvenes,
fueron capaces de concluir dicho éxodo, hasta las tierras donde hoy se
encuentra el barrio Quilmes. Al llegar no fueron homenajeados ni hubo ceremonia
de felicitación por tal caminata. Allí mismo fueron masacrados en nombre de la arrogancia
humana, y sus cuerpos derrotados de cansancio y hambre, besaron por última vez
la tierra, en ésta ocasión con el sabor amargo del nitrato de potasio de la
pólvora, y de su propia sangre.
Ya han acaecido varios siglos de tal evento, y
aún la ciudadela de piedra se mantiene en pie, rodeada de gigantescos cardones
de varios metros de altura. Plantas centenarias. Ellas la cuidan con sus
gruesos y espinosos brazos levantados, como si fueran la reencarnación de
aquellos guerreros que la defendieron durante tantos años. Y los hijos de los
hijos de sus hijos, son quienes administran actualmente el sitio, luego de
haber vencido los veinte años de concesión brindada a un personaje que
construyó un restaurante y varias habitaciones dentro de la ciudadela, sin respetar
el valor sagrado de la misma.
Visitar el territorio en la actualidad es un viaje
atemporal, donde se percibe la calma de quienes habitan esas desoladas tierras. Recorrer detenidamente los
pasillos laberinticos y las habitaciones, sin dudas, es una experiencia
gratificante e inolvidable, aún para quienes no les interesa o desconocen las costumbres y las historias de
nuestros antepasados.
Parque Nacional Tayrona
Colombia es uno de los países más ricos en diversidad biológica del mundo, conteniendo 56 áreas de preservación natural en todo el país. El Parque Tayrona, ubicado en el litoral Caribe, a sólo 34 km de Santa Marta, en el departamento de Magdalena, es el Parque que más visitantes recibe cada año.
A pesar de haber sido declarado área protegida en 1969, y por lo tanto patrimonio natural de todos los colombianos, la verdad es que hoy más del 90% del parque está en manos de particulares y después de cuarenta años nada hace pensar que las cosas vayan a cambiar. Recuperarlo le costaría al Estado un billón de pesos, y no hacerlo significa que los propietarios podrán seguir reclamando permisos ecoturísticos, y de esa forma ir degradando aquello que en un principio atrajo a personas de todo el mundo para admirar una exuberante muestra de belleza natural.
El nombre del parque proviene de sus antiguos moradores, que acabaron sus días de prosperidad con la llegada de los españoles, en la época de la colonización. Los Tayrona contaban con una compleja organización sociopolítica, y con un avanzado conocimiento en ingeniería y arquitectura, que se refleja en los restos de grandes obras líticas, caminos, muros de contención, escaleras y puentes.
Las casas Tayrona eran admirablemente construidas, en forma de enormes cabañas de madera o bahareque con techos de paja y de palma, por lo general, de forma cónica. Actualmente en una de las playas privadas dentro del parque, fueron reconstruidas varias viviendas con las mismas técnicas para alquilar temporalmente a los turistas que buscan mayor comodidad, ya que en el resto de la zona sólo es posible acampar o posar en hamaca en áreas restringidas.
La entrada para los nacionales es de 17.000 pesos colombianos y para extranjeros de 44.000. Por suerte siempre hay abierta una puerta trasera para aquellos que viajan con poco dinero, y por esa puerta ingresamos con Marita una tarde del año 2013. Caminamos más de ocho kilómetros por senderos rodeados de selva tropical, y al llegar a la costa conseguimos mimetizarnos entre los turistas que allí estaban. Advertencia: en el monte te podés llenar de garrapatas.
Parque Nacional Aparados da Serra
En el Parque Nacional Aparados da Serra, en el estado de Santa Catarina están localizados los mayores cañones de todo Brasil. Estas formaciones de hasta novecientos metros de altura, comenzaron a formarse hace 130 millones de años cuando una fuerte explosión subterránea precipitó un derrame de lavas basálticas que se desparramaron en forma de cresta, y que posteriormente se solidificaron. De tan afilados, los bordes que emergieron de este proceso parecían haber sido "aparados", es decir recortados en español, a cuchillo, motivo por el cual el lugar fue conocido como Aparados da Serra. Tiempo después, el tope de esa sierra fue cubierto de una densa vegetación de araucárias, árboles que aún hoy pueden observarse en el borde de los cañones.
Al día siguiente, después del desayuno en familia, continuamos hasta Playa Grande, a sólo quince kilómetros de distancia. Éste pueblo está bañado por varios rios rocosos y cascadas a su alrededor. Desde algunos barrios en plena planicie ya se divisan las formaciones del Canyon de Malacara, y las nubes que visten su floresta natural.
Luego de descansar y disfrutar un día frente y dentro del río más próximo al centro, comenzamos el forzoso ascenso por la sierra faxinal. Para comprender dicha aventura, hay que tener en cuenta que en sólo trece kilómetros de ruta de tierra, se asciende alrededor de 900 metros de altura, mudando al intenso frío de un día para el otro, y atosigando los músculos al extremo para empujar todo el trayecto una pesada bicicleta.
En un zig-zag de piedra suelta interminable, entre el hueco de los cañones, kilómetro a kilómetro uno se va internando entre los confines de la naturaleza. A partir del km. 7, desaparecen las viviendas esparcidas intermitentemente alrededor del camino, deslumbrando maravillosos miradores del pueblo y sus contornos, hasta llegar a ver el mar a lo lejos.
Al finalizar esos primeros y tortuosos trece kilómetros 100% en subida, sin siquiera unos miserables diez metros de planície para pedalear o caminar sin esforzar tanto los hombros, comienza el trayecto fluctuante sobre el techo de los caniones. Allí la vegetación cambia, a árboles más bajos y llanos de pastizales, con arroyos de agua pulcra y algunas pequeñas lagunas. De ahí restan unos siete kilómetros más para llegar al puesto de entrada del Parque Nacional.
Como dentro del parque no está permitido acampar, ni hacer fogatas, dos kilómetros antes del ingreso hallamos un claro entre varios árboles para montar campamento. Demoramos todo el día para hacer menos de veinte kilómetros, sin dudas los kilómetros más exigentes y desintegradores de nuestra jornada en Brasil hasta el momento. Aunque todo esfuerzo siempre trae aparejado alguna recompensa.
Para ese entonces, con un cielo despejado le dimos vida a un pequeño fuego par cocinar dos paquetes de fideos instantáneos, y con la noche a cuestas y un cansancio fulminante, fuimos a descansar.
A la mañana siguiente, después de ingerir frutas con avena y pasas de uva, pedaleamos hasta el parque. Del primer control restan otros dos kilómetros más hasta el puesto de información, y el inicio de los dos senderos. Uno de seis kilómetros, tres de ida y tres de vuelta, y uno inferior de mil quinientos metros en total.
El humano y su intelecto formidable, según sus propias apreciaciones, quedan disminuidas a la insignificancia, a la pequeñez, al ínfimo gramo de arena en medio de una interminable playa.
Cuanto poder, cuanta energía dinámica, cuanta fuerza. Y pensar que cada día hay personas visitando algún Parque Nacional alrededor del mundo. Belleza universal. A cada instante esa belleza impacta en el centro del corazón de algun curioso humano, para inyectarle la savia de su sabiduría, propinándole algun conocimiento supremo, o una mansa calma.
A mi se me calló la quijada al piso al recorrer el segundo sendero. Daban ganas de aplaudir o gritar como un enfermo en agredecimiento por la ejecución de tan majestuosa e intrincada obra. Pero no, uno se queda en silencio, cargando la batería emocional, e intenta tomar una foto para arrancarle al momento un recuerdo, y falla, tropieza y cae, porque la imagen muda queda aún más pequeña que aquel gramo de arena en medio de esa interminable playa. Uno pretende guardar el paisaje en el bolsillo y no se puede. Basta unicamente estar ahí, viviendo el presente, y nada más.
A las cinco de la tarde cierran la entrada del parque, para que nadie se quede deambulando en la oscuridad. Nosotros equipamos nuevamente las bicicletas y avanzamos a paso de tortuga, quizás unos quince kilómetros de ruta de tierra, hasta hallar otro claro para acampar. En el camino cruzamos a otra pareja de cicloviajeros, él de Francia, ella de Suiza, que ya estaban instalados a un costado de la ruta, entre piedras y araucárias. Nosotros dormimos casi llegando a Cambará do Sul, con la neblina lavándonos la cara y un intenso frío de sierra húmeda.
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Brasil,
Parque Nacional Aparados da Serra
Dios del Fuego
Quería ansiosamente conocer su rostro.
El calor era intenso.
Pero sus rasgos eran demasiado bellos,
como para quitarle la mirada al instante.
Brilló esa mirada ardiente,
casi inflamable,
de pupilas húmedas en bencina.
Sentí el ardor penetrante y contemplé
por vez primera su semblante radiante,
e hice un pacto en silencio
con el Dios del Fuego.
Sólo él era imprescindible en aquel momento,
que como otros
se volvió eternidad.
Cuando los elementos son artificiales e inertes
no tienen ningún encanto,
no hay misterio.
no tienen nada que enseñar.
¿Por qué lo miro?
¿Por qué me atrapa?
Porque el Sol es como un alma libre,
fantástica
y natural.
Presente, tu mejor regalo
Si tuviera que empezar de cero
haría exactamente lo mismo.
No, para volver a vivir las mismas situaciones,
sino porque todas ellas
me han traído a este
Presente.
Muchas veces me he equivocado,
sin embargo fueron esos errores pertinentes
para abrir los párpados
en la caída
vertiginosa
y haber logrado crecer
con un nuevo e inesperado
golpe.
No me arrepiento de estar pedaleando
sin rumbo geográfico aparente,
pues, encuentro así una forma práctica de ampliar el perímetro de mis costumbres,
que antes llevaba tan arraigadas.
Después de conocer una nueva persona o de sumergirme en otra cultura o país,
mis conceptos del mundo van mutando,
siendo ''yo'' el resultado,
de múltiples fisuras, sangre y pegamento.
Invierto tiempo y esfuerzo en conocer el mundo,
porque creo que cada porción del mismo
y cada impresión del mismo,
son la herramienta necesaria
para construir el rompezabezas
de la intrincada existencia.
Vitral de mis sombras en un instante de miedo

Otra vez mi mente avanza a toda velocidad.
Graznan furiosos los pavos afuera,
adentro
corre un vendaval,
fresco,
limpio,
virgen,
como viento de montaña.
Estoy en cuero
y todavía anuncian los almanaques
que continúa el invierno.
¿Será que estoy tan distraído que ni me entero?.
Como una bolsa de papas
siento en los hombros
esa fatiga que a todos damnifica
con iniquidad los domingos.
Entro en receso
sesgado
por una húmeda pereza.
Irremediablemente
vence la gravedad
el peso de mis párpados,
mientras zumba
con ondulaciones frenéticas,
la vista panorámica
que el mundo proyecta
en mi mente.
El sillón pulgoso tiembla,
y yo estoy
en el epicentro
de su locura.
Consumen su volatilidad los sentidos,
enervándose,
hasta quedar hechos grumo.
Adiós cuerpo,
adiós gravedad.
Otra vez me pregunto,
¿qué carajos me pasa?
No recuerdo ni donde dejé mi sombra.
Busco
y no hay pared.
Sólo reconozco al viejo invisible
murmurando al oído:
"Éste es el momento del Nagual".
Y la realidad convertida en acuarela fresca,
recibe treinta y siete martillazos
de un acero pesado,
hostil
y ausente...
Al flotar en el vacío,
recuerdo con vehemencia
que aún sigo vivo,
y el golpe de miedo
al fin,
como vapor caliente,
desaparece.
Entonces,
me dejo llevar...
Infiltrado en la convención
El turismo,
como muchos saben, es la actividad resultante del desplazamiento geográfico
promovido para llevar a cabo fines no económicos que un individuo realiza
dentro o fuera de la ciudad. Por motivos lúdicos, religiosos, artísticos,
deportivos y recreativos, entre otros, las personas viajan inclusive a países
lejanos, para desconectarse durante una larga o breve jornada, de la vida
cotidiana en busca de conocer o experimentar otras sensaciones.
La idea
siempre me había resultado interesante, pero le hallaba un defecto, o quizás dos,
¿por qué debía la desconexión en algún momento terminar? Y ¿por qué debía
invertir mi dinero en el transcurso y en el destino del viaje y no podía
recuperar lo gastado en el lugar para seguir a un siguiente lugar?
Mientras pensaba
aquello desde la solitaria playa de Pimentel, de frente al mar Pacífico donde
me encontraba acampando en la arena, desarmé la diminuta casa rodante y en una
buseta regresé a Chiclayo para asistir a la última fecha de una convención
abierta de turismo. En el aula magna de la municipalidad de dicha ciudad
estaban realizando las conferencias, apuntando sobre todo a la potencialidad
del turismo arqueológico de Perú y la región.
Yo llevaba acampando varios días en la playa,
desmontando el campamento cada madrugada para regresar a la ciudad a trabajar
en los semáforos y pasear. La mochila grande la guardaba en el casillero de un
supermercado temprano, y la retiraba quince minutos antes de que cierren al
atardecer. Toda una movida clandestina, para no cargar con tanto peso de gusto
en la espalda.
Aquél
particular día guardé la mochila, desayuné y con paso liviano fui hasta la
municipalidad. Habíamos acordado con un amigo de Bahía Blanca, a quién conocí
en tiempos de Universidad, encontrarnos allí. Juan estaba con su compañera
colombiana pagando un cuarto en el centro de la ciudad. Mientras lo esperaba
conversé con la única señora que estaba allí afuera aguardando. Le comenté de
mi viaje y de la carrera que había estudiado y abandonado. Cuando ella parecía
estar por ingresar a la municipalidad con un puñado de llaves en la mano, me
propuso dar una charla de una hora sobre el tema que quisiera, luego de la hora
del almuerzo para reemplazar a un orador ausente. Resultaba que la señora era una
de las organizadoras del evento.
La
invitación me cayó como un balde de agua fría. Titubeando como una hoja al
viento y con cara de radicheta fresca, le respondí que sí. No lo podía creer,
me estaban invitando a bailar y encima podía elegir la música.
Ingresamos
al edificio y de una escapada me escabullí al baño para asearme al estilo
polaco tan rápido como madura una mora. Cepillé mis dientes hasta sacarles
brillo, me coloqué la remera del lado inverso para disimular unas manchas
misteriosas de comida o aceite y procure asiento en la hilera del fondo para no
llamar la atención.
La misma
coordinadora se acercó a pedirme algunos datos personales, anotándolos en una
planilla. El sitio de alfombra roja y butacas finas quedó inundado de oyentes.
Todo el mundo perfumado y bañado para la ocasión.
Para dar
comienzo al evento invitaron a la mesa de honor, es decir, a las sillas de
madera
minuciosamente talladas, que se encontraban en el palco, a los
representantes, gerentes y presidentes de ciertas instituciones, empresas y
museos. Sorpresivamente mi nombre estaba casi al final de la lista. Al
escucharlo me levanté de un salto y sintiendo el calor de los aplausos, desfilé
con mi traje de baño rasgado en la parte trasera, hasta las escalinatas.
Desencajaba totalmente al lado de esa pandilla de hombres de terno blanco y
negro, sin embargo, dejando las apariencias en el cesto de basura, algo tenía
para ofrecer.
Cada
hombrecito de aspecto de ejecutivo fue recitando sus conocimientos y
experiencias laborales durante la mañana. Muchos poseían un curriculum vitae de
la extensión de un interminable papiro, y exponían descripciones simples en un
lenguaje amplio y rebuscado que no siempre era fácil de comprender, y por momentos resultaba aburrido. De pronto sonaron, por suerte, las campanas alegres del mediodía, para darle un
descanso a la mente de tanto procesar información, y unas bandejas cerradas
comenzaron a rolar de mano en mano con nuestros respectivos almuerzos. Con el
apetito de un dinosaurio sin trabajo y la colaboración de una correntosa cantidad de
saliva, desintegré velozmente dos porciones apretando con entusiasmo los
dientes. Al parecer, dormir en la playa despierta de forma insospechada el
hambre de sus visitantes.
Finalizó la
hora del aperitivo y regresaron las arqueológicas charlas llenas de emoción. Mi
mente ya más calma, resolvió un tema extenso para exponer, “la evolución del
turismo de Argentina", luego de la charla del presidente del museo del Señor de Sipán.
Mientras me
reía por dentro, el instante llegó. La coordinadora me extendió el micrófono, y
sin dudar, parado frente a la audiencia de cientos de personas, hablé durante
cuarenta y siete minutos de corrido, con actitud profesional. O eso es lo que yo
imaginaba. Una vez finalizado el simposio improvisado, respondí algunas
preguntas del público y sonriendo como un niño travieso tomé asiento para
recibir una caja enorme de dulces marca King Kong de regalo. Lo había logrado, me había
infiltrado en la Convención y nadie lo había notado.
No demoró
mucho más la convención en finalizar, y como broche de cierre antes de que todo
el mundo se quede dormido, quebraron el hielo de la formalidad, colocando cumbia
peruana a todo volúmen. Sí, así de bizarro fue. Para esa instancia ya me sentía apto para
ejecutar cualquier trámite, entonces ebrio de felicidad bailé en frente de todo
el auditorio junto a los organizadores del evento, con la misma dureza en que
danzaría Robocop a los setenta años, mientras los espectadores se iban
retirando del recinto.
Un nuevo
atardecer iluminaba el gris opaco de las edificaciones de Chiclayo, y yo debía
regresar a mi provisorio hogar en la playa, para seguir abriendo el abanico a
nuevas, disparatadas e inesperadas experiencias.
Mingitorios del porvenir
¿A quién se
le habrá ocurrido la brillante idea, o mejor dicho, la opaca idea de orinar
dentro de una botella de plástico y arrojarla a la ruta como si estuviera
practicando algún extraño deporte o como si estuviera sembrando flores?
A ésta persona, que inconscientemente inventó desarrollando tal actividad, el mingitorio descartable volador, le faltó comprender que las margaritas, las lilas y los tulipanes, una vez que mueren se marchitan en pocos días como resultado de la descomposición, gracias al aire y otros factores, disolviéndose sin contaminar ni perjudicar a nadie. Claro que el mismo proceso también lo hacen las botellas, pero a estas les demora nada menos que cuatrocientos años, liberando el 95% de los químicos que las componen al medio ambiente.
A ésta persona, que inconscientemente inventó desarrollando tal actividad, el mingitorio descartable volador, le faltó comprender que las margaritas, las lilas y los tulipanes, una vez que mueren se marchitan en pocos días como resultado de la descomposición, gracias al aire y otros factores, disolviéndose sin contaminar ni perjudicar a nadie. Claro que el mismo proceso también lo hacen las botellas, pero a estas les demora nada menos que cuatrocientos años, liberando el 95% de los químicos que las componen al medio ambiente.
Lo más
sorprendente es que al parecer, esta cábala se divulgó boca en boca llegando
uno a encontrar orina herméticamente envasada en incontables rutas argentinas.
Una desagradable costumbre propagada silenciosamente como un virus antihumano,
por las márgenes del camino que transita el hombre de forma fugaz. Se podría
afirmar entonces, que éste es otro tristemente célebre invento argentino. Falta
reconocer ahora quienes son los responsables de tal moda New Age.
Miembros del
sindicato de camioneros comentan que las fechas y plazos de entrega, la mayoría de las veces, les deja poco tiempo para detenerse a hacer sus
necesidades, y algunas empresas, que controlan el abrir y cerrar de las puertas
satelitalmente, no les permiten estacionar más que en puntos preestablecidos.
Entonces, para ellos, defecar no es algo que se hace a la ligera, que surge
espontáneamente y de forma caprichosa, en base a las necesidades de evacuación
del cuerpo, sino que es una actividad programada con reloj y cronómetro en mano
por un tercero desde una peculiar oficina. Quién también les regula la cantidad
de metros de papel higiénico que pueden utilizar cada semana. Y que a nadie se
le ocurra desobedecer el turno y el tiempo designado, que los pañales
extra-grandes cuestan una fortuna. Ahí sí que se acaba el negocio y vuelven los
trenes a poblar el país.
Si bien no
hay que adjudicar la responsabilidad únicamente a los camioneros de orinar
dentro de una botella en movimiento, mientras uno maneja un vehículo, según
cuenta la leyenda, fue la solución a un gran dilema acertada en la última
convención nacional de conductores holgazanes y despreocupados por el porvenir.
Si al final como resultado de dicha resolución, economizamos tiempo,
maximizamos las ganancias, producimos más dinero, los ejecutivos quedan
contentos como niño con juguete nuevo, y los nietos de nuestros nietos podrán
corroborar en el futuro, el grado de estupidez de sus ancestros.
Loma Arena
En la costa colombiana el color de la piel de sus habitantes es predominantemente morena. Cabellos oscuros, ojos negros, piel mulata y sonrisa blanca de acordeón. Una mezcla de sangre aborigen y rasgos africanos. El acento con el cuál se expresan también es muy particular, diferente al del sur, al del eje cafetero, y al de la capital. Las variantes de las definiciones, la mixtura del dialecto y la velocidad en que se expresan resulta en muchas oportunidades, hasta para los mismos colombianos, algo meramente incomprensible. Siendo en un principio un gran desafío entablar una conversación fluida y comprender todo lo que se ha dicho. El calor pues, permite a la gente salir de su hogar,y por lo tanto comunicarse con otras personas. Y eso al costeño le agrada mucho, no se guardan la curiosidad, porque la timidez habita lejos del mar.
Una tarde ardiente, cuando el sol ya estaba alistando su lecho de nubes para ir a dormir, aterrizamos en un pueblo pequeño de la costa llamado Loma Arena. No teníamos referencia alguna de aquel lugar, simplemente el cansancio físico y la disminución de la luz solar nos indicaban que la próxima parada, luego de salir de Cartagena de Indias sería ese pueblo.
El barrio al ser de casas de barro nos llamaba mucho la atención al igual que su nombre, "la toma". Luego de interrogar a los vecinos esto fue la conclusión resumida:
Descendimos hasta la orilla del lago, y allí mismo nos sumergimos para quitar la lodosa película gris de la piel. El lago de día permanece tranquilo, visitado por humanos. Cuando atardece, ya no se permite ingresar al volcán ni al agua, debido a la cercanía de los caimanes que deambulan procurando alimento. Estos reptiles de todas formas no representan una amenaza para el humano, sino todo lo contrario. Los cazan, los matan, les cortan la cola para cocinarla y comerla, y el resto del cuerpo es desperdiciado al monte.
Cuando dimos con el primer barrio, de casas de bahareque, es decir, de madera, paja y barro, les preguntamos a una pareja de la tercera edad, si era posible armar la carpa debajo del humilde techo de palos y hoja de palma que estaba al frente de su hogar. Instantáneamente aceptaron, estos abuelitos morenos, pero luego de un momento de cruzar miradas y algunas palabras entre ellos, nos invitaron a descansar dentro de otra casa de barro que les pertenecía, y que se encontraba a pocos metros de su hogar. Caminamos empujando las bicicletas por el barrio de casitas de barro y calles de tierra, hasta otra pequeña construcción. Leopoldo abrió el candado a oscuras. allí dentro no había nada más que una cama de madera. La absoluta sencillez. Dos habitaciones sin puerta que las dividiera, sin baño, sin canilla ni luz. El piso combinaba con los colores de la calle al ser también de tierra, y el techo estaba confeccionado con placas de zinc. Un espacio simple, pero acogedor.
Aprovechando la base uniforme de la cama, la carpa ya sin varillas que le den cuerpo fue a parar allí encima, atada de sus extremos por hilo encerado. Las bicicletas encontraron lugar en la otra habitación. Luego de un abrazo a Leopoldo, y otro a Ana María, todos nos fuímos a dormir bajo la luz de la luna plateada.
Al día siguiente desayunamos junto a ellos, y a pie luego de caminar alrededor de medio kilómetro llegamos a la orilla del mar caribe. Barcos y canoas dormían la siesta. Desolación, silencio y tranquilidad.
Como no había suficientes servicios en nuestro provisorio hogar, compartimos las tres comidas con ellos. Aportando cada uno fuerza, comida e ideas.
El barrio al ser de casas de barro nos llamaba mucho la atención al igual que su nombre, "la toma". Luego de interrogar a los vecinos esto fue la conclusión resumida:
Dichas tierras habían pertenecido en el pasado a una mega empresa que exportaba moluscos al exterior. Cierto día un grupo de pesquisadores hallaron afortunadamente algunas toneladas de cocaína escondidas entre la carga de cadáveres marinos en paquetes de plástico. Y de esa forma cayó otro negocio clandestino de los hombres de terno y buena presencia, circulando los mismos a la prisión. Los predios fueron velozmente saqueados por los vecinos del pueblo, hasta el punto de ser demolidos o abandonados. Atacaron como una horda de hormigas el sitio, siendo extremadamente minuciosos, al punto de no olvidar ni una tuerca perdida por ahí. Y como sucede en muchos lugares, el terreno ya sin dueño, fue expropiado por gente que no tenía vivienda o que residía en sitios de hacinamiento. Ellos eran justamente los operarios y pescadores de la empresa que se extinguió.
Asambleas de por medio le dieron vida a un barrio construido casi al 100 % con materiales naturales locales. El resto se destino para cultivar. Sin dudas, un proyecto positivo de organización popular y participación en conjunto (hasta los niños embarraron sus pequeñas manos para colaborar). Siendo en definitiva, los propios maestros en bioconstrucción sin credenciales ni títulos que los avalen.
Con los días de caminata por el Loma Arena descubrimos unos restaurantes ruteros en el extremo opuesto del pueblo, ideales para ofrecer nuestras artesanías mesa por mesa. La gente, por suerte rotaba constantemente, llegando en colectivos turísticos. Una de las principales razones por la cual almorzaban allí, era parte de la excursión a la visita del volcán del Totumo. Ni Leopoldo ni Ana María, ni siquiera otros vecinos con quienes conversábamos a diario nos había nombrado dicho volcán, que ciertamente existía.
Al día siguiente, caminamos unos cuatro kilómetros por la ruta hasta una desviación. Un kilómetro más y allí estaba, el diminuto volcancito de no más de veinte metro de altura, rodeado de unos puestos de comida, con una escalera de madera que finalizaba en la cima. Sin entender demasiado la cuestión intentamos subir, pero un muchacho nos detuvo el paso queriendo cobrarnos una entrada. En ese momento por otra escalera, descendían un grupo de turistas completamente embarrados, al parecer en traje de baño. Como siemplemente queríamos observar como y donde sucedía aquello del barro, el jóven nos dejó pasar. A medida que subíamos podíamos observar de forma panorámica el bello paisaje en redor. Una laguna rodeaba la espalda del volcán, entreverado por una vegetación arbustiva y algunos árboles. El territorio salvaje era amplio y no se divisaba su fin.
Una vez en el tope, comprendimos con certeza el asunto. Un buraco amplio, del largo de dos puertas, con barro semilíquido de propiedades curativas, funcionaba de pileta natural. El paquete tenía además un adicional, cuatro enormes colombianos también en traje de baño con la misma musculatura de Rocky Balboa, masajeaban a los turistas que plácidamente relajaban su fisonomía haciendo la planchita en el lodo.
Minutos más tarde ese grupo de turistas, relajados como monjes budistas en pleno viaje astral, abandonaron el volcán y uno de los masajistas nos invitó a bajar. Como no traíamos la ropa adecuada, improvisamos la vestimenta y descendimos. La densidad era totalmente extraña, no permitía que uno hundiera el cuerpo en el barro de los misterios. Era posible estar parado en esa especie de gelatina gris y moverse como un astronauta sin gravedad. Permanecer acostado brindaba un relajo asombroso, una plena inmersión a otro plano mental. Algo tan cómodo y reconfortante como estar bailando reggae dentro del vientre de un mamífero.
Un rato después egresamos de esa máquina del tiempo, al llegar otro contingente de turistas.Descendimos hasta la orilla del lago, y allí mismo nos sumergimos para quitar la lodosa película gris de la piel. El lago de día permanece tranquilo, visitado por humanos. Cuando atardece, ya no se permite ingresar al volcán ni al agua, debido a la cercanía de los caimanes que deambulan procurando alimento. Estos reptiles de todas formas no representan una amenaza para el humano, sino todo lo contrario. Los cazan, los matan, les cortan la cola para cocinarla y comerla, y el resto del cuerpo es desperdiciado al monte.
En los próximos días el pueblo festejó su sencilla y graciosa previa al carnaval. Estábamos en Noviembre y aún faltaban tres meses para que suceda el mismo. Sin embargo el pueblo quería pan y circo.
Una tarde organizaron un desfile de embarcaciones en el río, con una reina tímida representando cada barco, y un grupo de adeptos aplaudiendo, gritando, riendo y animando a la postulante dentro del navío. Las embarcaciones iban y venían mientras los vecinos coparon la vera del río bebiendo cerveza, cantando vallenato, con sus cabezas rapadas o pintadas de algún color anormal. Las niñas al tener el cabello crespo heredado de sus raíces africanas, llevaban trenzas pegadas al cuero cabelludo con formas de estrellas, caminos, flores, corazones y una infinidad de diseños, que en época de la esclavitud sus antepasadas habrían utilizado para comunicarse con lenguajes secretos, organizando planes de fuga o rebeliones.
Una tarde organizaron un desfile de embarcaciones en el río, con una reina tímida representando cada barco, y un grupo de adeptos aplaudiendo, gritando, riendo y animando a la postulante dentro del navío. Las embarcaciones iban y venían mientras los vecinos coparon la vera del río bebiendo cerveza, cantando vallenato, con sus cabezas rapadas o pintadas de algún color anormal. Las niñas al tener el cabello crespo heredado de sus raíces africanas, llevaban trenzas pegadas al cuero cabelludo con formas de estrellas, caminos, flores, corazones y una infinidad de diseños, que en época de la esclavitud sus antepasadas habrían utilizado para comunicarse con lenguajes secretos, organizando planes de fuga o rebeliones.
Luego de permanecer más de una semana en aquel pueblo de gente mansa y sencilla, decidimos continuar viaje. Aunque Ana Victoria cocinaba como las diosas del Olimpo y Leopoldo me invitó a trabajar en la cosecha de melones para fin de año, nuestras ganas de seguir conociendo otros rincones del mundo y trabajar en la playa fueron mayores. Y así, partimos una madrugada de Loma Arena con rumbo a nuevas tierras.
El camino de las ruedas
Existe una forma humana de moverse a través de extensos territorios. Una forma que en si no tiene mucha forma, por su versatilidad, variantes y cambio constante. Éste sistema de adaptabilidad continua a la cuál me refiero funciona por medio de un vehículo sencillo, la bicicleta. Quién tiene el coraje de montar una de ellas y pedalea durante horas de un sitio conocido a otro distante consigue nutrirse espontáneamente del sentido profundo de la libertad, y eso en muchos casos convierte a tal actividad en un instantáneo vicio.
La idea de
viajar sobre ruedas puede interferir tanto en los asuntos mentales del
conductor, que éste en muchos casos lo nombra como su reciente oficio,
dedicándole tiempo y esfuerzo.

Hay múltiples
razones para llevar esta empresa a cabo, sin embargo, todos llevan una marca en
la piel provocada por la fiebre de recorrer el mundo, o aunque sea una
partecita de él. Planificar el asunto de antemano o improvisar el equipamiento
en el camino. Reunir dinero y auspiciantes o improvisar algún mecanismo para ir
juntando los fondos necesarios sobre la marcha.
El método empleado, las comodidades, la programación, el tiempo en
viaje, varían exponencialmente, sin embargo en todos ellos existe un común
denominador, serán sus propias piernas y la íntima voluntad, el motor de dicha
aventura.
Quién viaja
más rápido, quién viaja más tiempo, quién recorre más países, no es algo
relevante. El hecho más importante es hacerlo, disfrutándolo y dando siempre lo
mejor de uno.
Muchas
personas no creen que sea posible viajar en una bicicleta cargada de equipaje
de una ciudad a otra, de un país a otro, y mucho menos en que alguien viaje durante
años por distintas naciones o continentes. De la misma forma, no creemos muchas
veces que dejar un empleo que nos desagrada nos puede abrir la puerta a uno
nuevo y más confortable a nuestras exigencias, o que una vida sencilla puede
traer mayor tranquilidad que una vida lujosa y moderna cargada de estrés. Por
otro lado, que importa lo que a los otros les importa. Lo más destacable es
creer en que nosotros mismos somos capaces de realizar cualquier cosa que surja
de la mente o del corazón, con la firme convicción de que nada es imposible.
Por otro
lado en el mundo del ciclo-turismo, como en otros rubros, existen grandes
estructuras que también se pueden romper, y no para demostrar algo diferente,
sino como consecuencia de las distintas circunstancias o preferencias del
usuario. Uno de los actuales mitos a la hora de hacer un viaje de larga
distancia es el modelo de la bicicleta a utilizar. Ciertos foros que he leído o
comentarios de ciertos entendidos en el asunto, afirman que se necesita tal
rodado, tales alforjas, tales frenos, tales cubiertas, de tales marcas y de
tales medidas, sólo por nombrar algunos ejemplos. Claro que la última bicicleta
que está saliendo del laboratorio en este instante no tiene la misma tecnología
que una de los años sesenta. Sólo va a modificar el desgaste superior de
energía de aquel que utiliza el modelo antiguo, el rendimiento del mismo, las
comodidades a la hora de andar o de arreglar las piezas, pero de ambas formas,
lleve más tiempo o no, canse un poco o no, trabaje más la paciencia o no, viajar
para ambas personas va a seguir siendo posible. Basta con investigar y comparar
los viajes realizados por ciclo-viajeros de otras épocas para comprobarlo, e
imaginar en todo caso la bicicleta que utilizó por ejemplo Freya Stark en 1934.

Otra gran
estructura, es el entrenamiento previo necesario para salir a la ruta. Aquí voy
a remitirme a mi experiencia personal.
Cuando decidí viajar en bicicleta estaba viajando a pie y a dedo por
Ecuador. Llevaba quince meses avanzando de esa manera. En esas últimas fechas
no tenía dinero en la playa donde estaba parando, entonces decidí mudarme a una
pequeña ciudad para hacer malabares en un semáforo que ya conocía. Luego de
tres días de dormir en la calle para ahorrar dinero, de una cuarta noche
durmiendo adentro de una zapatería y unas largas jornadas arrojando juguetes al aire, ahorré sesenta dólares. Días más tarde mi capital se redujo en gastos varios, entonces retorné al semáforo. Esta vez en Manta. Allí invertí mi dinero en una bicicleta rodado 26, vieja y oxidada. Con ella pedaleé,
sin entrenamiento previo hasta el norte de Colombia donde unas buenas personas
me la trocaron por una en mejor estado. Ascendí y descendí por la costa del
Pacífico, por los cordones montañosos de los Andes, y la periferia de la selva
amazónica. Avanzaba muy poco a poco, aprendiendo con la experiencia personal, conociendo la vida en ruta en dos ruedas sobre la
marcha.

Hoy en día
me encuentro viajando por Brasil y ya han transcurrido otros dos cambios de
bicicletas, todas ellas Mountain Bike del siglo pasado. Las alforjas para cargar el equipaje han ido variando mucho, desde los iniciales y rústicos cajones de verduras, a los tarros cuadrados de aceite, a las mochilas adheridas en ambos costados del porta-equipajes, y los bolsos confeccionados con lona o cámara de rueda de camión,. Todos elaborados de forma artesanal.
Miles de kilómetros
pedaleados, a lo largo de seis naciones, durante cuatro años sobre ruedas. Y
este último comentario, no es un halago personal, sino todo lo contrario. A
nivel deportivo realmente no he pedaleado mucho, sin embargo para mí eso no lo
más importante. Lo hago de esa manera y a esa velocidad porque así me gusta, viéndolo
no sólo como un deporte, ni una aventura pasajera, sino como un estilo de vivir
y disfrutar la vida, y de última que cada cual encuentre la forma que le siente
más cómodo. Entonces te pregunto lector,
¿ si yo pude de esa manera tan precaria

porque vos no?
Volar
A fin de cuentas cualquier tipo de percepción
termina siendo sólo
una visión
humana,
acotada,
parcial,
diminuta,
de todo aquello que se puede abarcar.
El humano no es el centro del universo,
es tan sólo un segundo
en el inagotable reloj del tiempo.
Ir más allá de la materia,
atravesarla
romper el cascarón
crecer
en el sentido más amplio de la palabra
es el desafío del espíritu
que quiere abrir sus alas
y despertar
para jamás volver
a la jaula.
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