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Tan sólo decía


Brasil es uno de los mayores productores de alimento del mundo,
pero el cuarto de su población aún sabe lo que es pasar hambre.

Brasil es el país con más selva del mundo y también el que más deforesta.

Brasil es el quinto país en extensión territorial del planeta,
y tiene el 75% de su población compactada en las ciudades.

De la exuberante mata atlántica, un ecosistema regional,
restan apenas un 7% de su cobertura original.

Algunos datos, por así decirlo  que describen el actual modelo de “progreso” 
de otro país latinoamericano que está entrando en crisis económica.
Se produce mucho, pero se concentra en pocos.

No le den mucha bola a lo que describo,
que tan sólo soy un loco, 
sucio, tonto y despeinado
que abandono la Universidad.



Mega marionetas del Museo del Mar - Brasil



São Francisco do Sul

El día de llegada

  
  Las playas de Brasil tienen ese encanto de pureza virginal, de hábitos perezosos y conexión con el más allá, con el más allá del mar. ¿Cómo evadirle a la idea de quedarse unos meses de relajo alquilando una casita en la playa, recolectando moras y haciendo dulce, tomando baños cada vez que uno lo desea, trabajando de frente a la brisa marítima?. O más bien, ¿para qué evadirle a esa idea si es posible hacerla real? Entonces en Sao Francisco do Sul, primera isla (que ahora es península) a la cuál llegamos, decidimos frenar las piernas. Por el valor de 400 reales mensuales nos instalamos en un kitinete, o sea, una pequeña vivienda amueblada, con comedor-cocina, habitación y baño separado. Cómo estábamos a 700 metros de una reserva natural con vegetación tropical, la visitaba con frecuencia para extraer lianas (sipo) y utilizarlas para luego hacer cestos, canastas, posa ollas, lámparas y casitas para pájaros (sin puerta de encierro). Después en la avenida de la costanera íbamos a colocar las artesanías sobre dos mesas y pronto, vida económica resuelta. Además surgió el trabajo de pintar aberturas, una casa, nuestro kitinete y un baño. Dejando en claro que los brasileros son buenos anfitriones y en su mayoría agradecen el poder compartir con extranjeros. Cuestión que no en todos lados sucede.





    La isla había sido históricamente habitada por los Carijós hasta la llegada los franceses en primera instancia y luego por un grupo de españoles. Tiempo después desembarcarían los portugueses. Entre idas y vueltas, la creación de un centro de aislamiento para leprosos, convivencias con los nativos y su futura aniquilación, se funda la primera villa en el sitio, que justamente es la tercera en ser fundada en todo el Brasil. 
   Debido al interés continuo en conservar el centro histórico, aun hoy es posible vislumbrar su infraestructura de casi 500 años de antigüedad.    
    Y allí en esa isla de morros, playas colmadas de surfistas, playas calmas como piscina sin orillas, nos quedamos cinco meses. Mis padres nos visitaron una semana en febrero, nos reencontramos con unos amigos que viven en Misiones y luego de finalizar el carnaval continuamos viaje. Quedaran amistades, caminatas por los morros, guitarreadas, y paseos nocturnos por la arena a disposición en el archivo de la memoria para siempre.



Reciclando las verduras que iban a la basura

Cestos

Pan y dulce de mora, todo casero

Casita de pájaro




La calle que los parió

No recuerdo que hallámos intercambiado nuestros nombres en ningún momento. Conversamos mucho, eso sí, de frente a frente, dentro de un albergue transitorio para los residentes de la calle de Camboriú. Al parecer el tenía unos veinte años y desde los nueve pateaba el asfalto de su país. Los diversos y autodestructivos vicios de sus progenitores habían acabado primero con la vida de su padre, que envuelto en una deuda impagable a sus proveedores de narcóticos fue silenciado con una bala en la cabeza, y su madre, luego de este episodio de terror calló para siempre sus tristezas yendo al mismo psiquiatra que su marido. Consumió una buena jornada las medicinas recetadas para soportar la pobreza, olvidándose del mundo y sus pesares. Acompañada y bajo la tutela de sus propios demonios amaneció una mañana tiesa como una alfombra árabe, en los pasillos de la favela. Muchos lloraron, pero de sus crianzas nadie podía hacerse cargo. Y así, este hijo del olvido, tan huérfano y vulnerable comenzó a caminar por la vida en busca del sustento, entre baldíos y charcos de agua sucia. Tan anónimo como un cartonero y ajeno como un extranjero en tierras lejanas, fue perdiendo la inocencia que ilumina el rostro de los más pequeños. Descendiendo escalones a la fuerza, al verse al espejo aún con nueve años de edad, descubrió que ya era hora de hacerse hombre. Como pudo y con mucho esfuerzo había conseguido diferentes trabajos y algunas familias adoptivas le tendieron una mano. Refugiando su soledad bajo techos de zinc y paredes de madera, pero siempre de forma transitoria.

Balneario Camboiú


Aquella noche mientras conversábamos sentados en un sillón gastado, afuera llovía. A Camboriú ambos llegamos por diferentes motivos y con diferentes pasados, sin embargo allí estábamos como dos hermanos, compartiendo una cena y una charla, alegres, de no haber dormido esa noche en la calle.

Mi billetera tenía más aire que dinero, y mi propósito de estar en esa ciudad era visitar a un viejo amigo que venía a Brasil por trabajo, como coordinador de una empresa turística de Argentina. Él me traía además algunos rollos de hilo encerado para hacer artesanías, y yo aprovechaba a enviarles a mi familia unos presentes.
Con Marita habíamos alquilado un “kitinete” en Saõ Francisco do sul, a unos cien kilómetros más al norte de Camboriú, y como estábamos con el dinero justo para pagar la encomienda, hice dedo para ahorrar el pasaje. Fui un día antes porque más de una vez en antiguas ocasiones había permanecido esperando todo el día para que alguien me lleve. Y como afirman las abuelas “mejor llegar temprano a llegar tarde”. Por suerte, no fueron más de tres horas de espera al costado del camino y unos cinco kilómetros de caminata hasta las afueras, cuando Telmo frenó y me llevó. Éste brasilero tan amable y simpático decidió desviar su ruta unos cuarenta kilómetros para despacharme en mi destino.

Luego de una cálida despedida en un puesto de gasolina, ingresé a la ciudad. En el camino le troqué una pulsera de macramé por un cepillo de dientes nuevo, de misteriosa procedencia, a un cuidador de coches. Almorcé los restos de la cena en una parada de colectivos y conversando con un barrendero municipal legué hasta la sede de Asistencia Social, en busca de albergue para esa noche.
Allí fui muy bien atendido. Me dijeron que regrese a las siete de la tarde para quedarme a dormir. Y pasaron las horas, entre caminatas por la playa procurando hacer un dinero más ofreciendo mis trabajos a los bañistas en la playa, y contemplaciones de una ciudad eregida casi ensima del mar. Esto último ocurrió por el afán de construir edificaciones de gran altura lo más cerca posible al mar. Nadie se percató que los mismos iban a obstruir la llegada de la luz solar a la playa a partir de las tres de la tarde, demostrándole al público, una vez más, que el humano pese a su gran inteligencia también es el animal más absurdo del planeta.



Al caer la noche, luego de un día entero de caminata regresé a Asistencia Social. Un conductor y dos acompañantes vestidos de Robocop, en una combi negra me abordaron hasta el albergue de migrantes. Recogieron previamente en el camino a tres figuras más, que estaban cada uno por su cuenta deambulando sin destino por la ciudad.

Éste sistema de asistencia a las personas en estado de indigencia transitoria, por lo que me contaron algunos usuarios, funciona en casi todas las ciudades del país, con sus pequeñas variantes.
El procedimiento se origina presentando el documento de identidad luego de realizar una breve entrevista para completar algunos datos personales. Por último, es preciso dar una explicación al director de la sede para esclarecer las causas y los motivos del presente estado de necesidad del demandante. El Estado de acuerdo al caso y a la propuesta del morador de la calle, brinda albergue para una o dos noches, incluyendo cena y desayuno, o se hace cargo del boleto de ómnibus para que dicha persona logre retornar a su hogar o donde posea algún familiar que pueda auxiliarlo. Un gran servicio de ayuda al pueblo que sin control puede convertirse en un enorme destornillador de corrupciones.

Aquella noche llovía y hacía frío. Eramos más de veinte personas en el cuarto de hombres y apenas tres en el cuarto femenino, incluyendo un travesti llamada Ana Paula.
Cenamos arroz blanco con pollo y luego de trocar algunas ideas con el joven huérfano, me fui a descansar a una cama cucheta. Por fortuna el colchón no tenía pulgas y el fresco de la lluvia había ahuyentado a los hambrientos mosquitos del dormitorio.
Al día siguiente, la locura y las consecuencias del abuso de drogas químicas y refrescos etílicos dejó bien en claro que en la familia callejera había más de un problema. Todos juntos y apretaditos en una mesa nos dispusimos a desayunar. Algunos hablando solos, otros con la frente hundida entre los brazos sobre la mesa. Más de uno mostraba diversidad de tics nerviosos y muecas estrafalarias, poniéndole dinámica al asunto.
La repartición de vasos fue amena y tranquila, al igual que el arribo del café con leche, pero cuando llegaron las galletitas en una lata de metal, el caos fue importante. Se desesperaron como jauría de hienas peleando por una feta de jamón crudo, cruzando un combo de puteadas y algunas broncas intensas. Muchos capturaron audazmente un promedio de diez galletitas y otros ninguna. La solución era simple, repartir el motín. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo.
De todas formas comimos un pan con dulce cada uno, y de a grupos fuimos retornando a la ruta para regresar caminando unos cinco kilómetros hasta el centro de la ciudad. Cada uno con su humilde rubro iniciaba otra jornada laboral o de limosna.

Llegué a la playa una hora y media más tarde, y junto a otro vagabundo sonriente disfrutamos un baño en la inmensidad del mar. Luego fui sólo al encuentro de Lucho, mi viejo amigo, a la calle 1919. Me llevé una sorpresa al reconocer que la dirección era la de un hotel de cuatro estrellas, tan elegante que me sentía una macha entre tanta pulcritud.

Una hora más tarde nos estábamos abrazando con aquel antiguo compañero de mis tiempos de universidad, luego de no vernos por mucho tiempo y haber tomado rumbos tan diferentes.
Almorzamos en  un restaurante verdaderamente caro (fue el primero que encontramos), juntos a los choferes de la empresa. Entre fotos y cervezas, y algunos intentos de venta en la playa, se nos escurrió entre los dedos aquella tarde de reencuentro.
Casi corriendo, caminé unos cuatro kilómetros para comprar unas piedras en un mayorista, con el dinero que había juntado. Inversión al instante.

Por la noche ingresé infiltrado al hotel para cenar y dormir, entre sábanas blancas perfumadas, ascensores espejados y un asombroso y variado buffet libre.
A la mañana siguiente desapareció casi un kilo de comida en mi boca a modo de desayuno, como quién no prueba bocado en mucho tiempo y no comprende el concepto de “tener vergüenza”. Saliendo del hotel arremetí otras ventas a las señoras turistas que tan profesionales y simpáticas me llenaron de abrazos y buena energía. Con ese dinero regresé a comprar por tercera y última vez más materiales para trabajar.

Ya habiéndome despedido de Lucho y los choferes, y con la mochila al hombro con rumbo a la ruta para hacer dedo y regresar a casa, comenzó a llover. Suave como para buscar refugio, pero constante para esperar sin techo la voluntad de algún viajante. Decidí pedir auxilio otra vez a Asistencia Social ya que había invertido casi todo mi dinero en materiales de artesanías.
Con la misma amabilidad de la vez anterior, resolvieron ayudarme llevándome en el mismo vehículo negro. Esta vez fuimos a la terminal de colectivos junto a otros cuatro andariegos en busca de un pasaje para salir de la ciudad.



Era mediodía y el presupuesto para habilitar la compra de los pasajes desde la sede central la realizaban a partir de las siete de la tarde. Entonces a todos no nos quedaba otra opción que esperar y conversar. Dos de ellos, uno ya anciano y el otro con más de treinta años se dedicaban sólo a pedir dinero. Ambos nacidos y criados en la favela de Saõ Paulo, por motivos que desconozco ocupaban su tiempo sin hacer absolutamente nada. El joven había dedicado con rigor exactamente la mitad de su vida en fumar crack y vivir en la calle, acabando con una horrible dentadura con menos teclas que el piano hundido del titanic. Por tál motivo su boca apestaba a dolor y desamparo. Ahora ya rehabilitado giraba por Brasil con su cuerpo de anchoa enlatada y sonrisa de villano, descuidando cualquier tipo de responsabilidad.
El anciano, con un pantalón de vestir digno de una momia y una remera impecable de la banda grunge Nirvana, estaba más sano que un Hare Krishna, pero por algún motivo estaba sólo enredado en algún conflicto personal.
El tercer mosquetero tenía el cabello largo y ondulado cubriéndole parcialmente el rostro, y una pequeña mochila cargada de porquerías. Sus ademanes frenéticos provocaban la risa y el miedo de los transeúntes que lo rodeaban y percibían sus actitudes de lupanar. Conversar con él era una tare difícil, sin embargo, cuanto más atención y buen trato le daba, más tranquilo y calmo se quedaba.
Al final, tan cuerdo como cualquier persona, me enseño a hacer vasos térmicos, reciclando una lata de aluminio, yeso y un copo de vidrio. La explicación fue plasmada entre insoportables desvaríos, pero la demostración fue tan verosímil como ver un pájaro volando.

El reloj marcó las siete de la tarde y mi colectivo llegó a la terminal. Llegué a despedirme y agradecer al loco de cabello largo, y entre asientos reclinables y pasajeros anónimos desaparecí en la oscuridad del ómnibus dentro de mis cavilaciones y un severo cansancio.

Rápido y furioso


Alecardec mantuvo siempre una vida nómade y dinámica gracias a sus variados oficios mercantilistas, oficios como quién mal dice, del rubro de los hijos de puta. Este Ser resume en una sóla persona al garca ilimitado y sin escrúpulos. El garca sin frenos ni horizontes cercanos, el garca que está siempre dispuesto a pinchar la pelota cuando se aburre del partido, y no se salpica en lo más mínimo con las lágrimas de las mejillas ajenas. 

Alecardec luego de estudiar durante dos años en la Universidad alguna carrera que ya ni recuerda, largó la correa asfixiante del deber familiar. No tuvo la paciencia suficiente como para finalizar sus estudios en la cantidad de años que le exigían. El deseo por la vida fácil, el lujo y la posesión de bellas mujeres eran un impulso mayor al de pertenecer a la sacrificada vida del trabajador estándar, que rara vez llega a cumplir tales sueños superfluos. Incentivado por su inquieto espíritu atorrante buscó otras alternativas. Comenzó comprando y vendiendo piedras semi preciosas, luego piedras preciosas, y más tarde, esculturas sutilmente talladas y cuanto objeto preciado económicamente halló a su paso. Gastó más de lo que ganaba para impresionar y conquistar mentes vanidosas; consumió los más elegantes licores y paseó por las avenidas de Río de Janeiro en vehículos importados en menos de lo que canta un gallo. Acorde tras acorde se iba convirtiendo en un  rocanrol sin destino.

Los días tomaron el aroma enviciado a largas noches y ya no consiguió dormir en paz porque siempre quería más. Llegaron las deudas y las llamadas de auxilio a Papá para desatar el collar de nudos de semejante corbata. Entonces voló lejos del mundo carioca para comercializar whisky falsificado al sur del país con un socio bien vestido y prolíficamente afeitado. Estafaron a cuanto catecúmeno divisaron en su camino y escaparon como perdices al vuelo con los bolsillos colmados de Cruzeiros.
Sin pelos en la lengua llegaron a ingresar tal tipo de cargamento hasta dentro de la finca privada de un alto general del ejército de Porto Alegre. No le temían a nada, ni siquiera a las armas, porque le compartieron el vicio de los placeres mundanos a la Parca a cambio del elixir de la eterna juventud.
Hasta que la sombra aumentó de tamaño tras cinco años de oscuro servicio y le tocó a Alecardec mudar nuevamente de piel como una serpiente, hacía otra ciudad, hacia otra forma de exprimir aún más su alma.

Traficó de un solo viaje treinta kilos de marihuana y salió impune. Más tarde cayó junto a una familia de narcotraficantes bolivianos, para quienes trabajaba de cocinero, con cinco kilos de cocaína y antes de medianoche estaba otra vez en libertad. Cosechó toneladas de enemigos; vomitó incontables festines; recibió un botellazo en la cara de saludo; adquirió un disparo en la pierna como si fuera una mención de honor y una puñalada de cinco centímetros entre las costillas por hacer un mal negocio. Bebió cachaza hasta perder la conciencia dentro de un charco de sangre y continuó, al despertarse en otra fiesta naufragando en una nueva pesadilla etílica.

Durante dos años y medio logró espantar al diablo, siendo dueño de dos puestos de revistas en Santa María. Hacía buena letra con su mano temblorosa de abstinencia, hasta que nuevamente aparecieron las viejas amistades y sus infames propuestas. Cocaína, marihuana, compra y entrega.
Bajo un sol cautivante de algún mes de algún año que no vienen al caso, lo detuvo la policía por poseer un arma sin licencia. De las 790 horas de trabajo comunitario que le asignó el juez, tan solo pagó 310, bebiendo chimarrón a la vera de un río. No había forma de hacerlo pagar por sus crímenes, tenía tatuado en la piel el don de la impunidad. Y como sucede con todo buen artista, su habilidad iba creciendo con la práctica.

Su mente siempre tan creativa le asignaba cambiar de rumbo para estafar en un nuevo rubro, porque como anuncia el refrán "hierba mala nunca muere".
El viento le trajo aromas de amor y se casó, y fue un padre amante de la penumbra de la noche y el ámbito clandestino. ¿Cómo no bailar la danza del de las almas perdidas si en el infierno se encuentran tus mejores amigos y en ese ambiente alucinatorio están permitidos todos los fraudes y todos los delitos?



Entonces bailó en la tarima del engaño y creyó en sus propias mentiras para no perder su papel en el teatro de la farsa inmoral. El desenfreno era el espíritu de su santo, y se había convertido en un fiel adepto incapaz de abandonar ni traicionar el templo.
Pantallas, máscaras y placebos para aplacar la resaca. Alecardec no conseguía quitar de su dieta la bebida. Separaciones, rupturas, mensajes no comprendidos. Cae al piso el vaso y se quiebra la vida como un cristal. Sufre pero no muere, entonces escupe una vasija de agua bendita y pide un deseo. Pero no se cumple, y todo le sale mal. Karma no lo perdona, le pide que pague el peaje. Entonces pierde dinero, pierde su casa, pierde a su familia, queda en la calle hecho ruinas. Hipoteca hasta los cordones de sus zapatillas. Derrumbe en proceso, implosión de la voluntad. Olvido, alcohol, olvido, anhelo de presenciar su propio funeral. Setenta kilos de escombro adentro de una volqueta. Setenta kilos de hueso molido. Setenta kilos de nada. El infierno esta vez arde y el cerebro no le aguanta más.
Proceso completo, indigencia al 100 por ciento.

Transcurren meses de locura extrema. Hasta su propia sombra se harta de él. Esta más sólo que un homofóbico en el desfile del orgullo gay.
Transcurren los meses más zombies de su vida. Es la escoria que el herrero desecha a la basura; es la ceniza que dejó de ser brasa candente y ya no sirve ni para asar un desabrido chapati.  
Transcurren más meses de lo que soporta un calendario y un impulso enigmático le sacude hasta el sótano del alma. Alguien le grita: reconstruí, resetea, apagá y volvé a prender el modem. Entonces consigue dinero prestado, consigue un empleo indecente, consigue un techo húmedo donde descansar.  No le importa trabajar en negro para una lotería clandestina, Alecardec quiere reiniciar. Y lo logra. Se mimetiza de buen ciudadano en el pueblo donde nació. Cobra parte de una herencia, y al igual que Maradona para esa altura de su vida, ya se cree Dios. Es el anticristo resucitado.

Y a ese bicho raro, a ese viejo loco y desenfrenado y en teoría rehabilitado, conocimos en la calle un sábado por la tarde, en Rosario do Sul, casi en la frontera con Uruguay.
Alecardec nos invitó a pasar una noche en su casa, cuando nos vio trabajando en la calle con nuestras artesanías. Un brasilero con el chimarrón debajo del brazo, con cinco décadas a cuestas, contando delirios de adolecente, queriendo brindarnos una mano, no es una oferta fácil de rechazar. Algunas horas más tarde, después de haber pedaleado los últimos dos días y tras dormir con toda la ropa que teníamos puesta para no pasar frío, nos encontrábamos en la casa de Alecardec bebiendo cerveza helada y escuchando un recital de Pink Floyd en un pequeño televisor. Su habitación era más diminuta que la jaula de un cobayo, y en ese pequeño microambiente, vivía hacía ocho años el as del fraude.

Esa noche Alecardec estaba sediento como el conde Drácula en una isla desierta después de naufragar la misma cantidad de años que lleva Mirtha Legrand almorzando preguntas de libreto en televisión. Luego de que varios litros de cerveza le inundaran la mente, sus palabras comenzaron a  hundirse hasta el precipicio de la estupidez. La mirada iba escondiéndose entre las tinieblas de su habitación, riendo sólo a carcajadas. Ahí fue cuando empezó a resultar repugnante su compañía. Y para hacer todo más incompresible aún, debíamos gritarle en portugués al oído para comunicarnos con él, porque estaba más sordo que un sartén sin teflón. Entonces para calmar a su diablo interior le propusimos dar una vuelta, para tomar además de cerveza, un poco de aire y conocer la ciudad. En cinco minutos y al galope, se disfrazó de galán. Camisa de vestir, chaqueta de cuero y sombrero de pana. Era Pasión de Gavilanes con más arrugas que chapa de conventillo. Daba risa verlo en pose de revista.
Todavía no era medianoche y el centro reventaba de jóvenes alcoholizados y vestidos con poca ropa. Abrigados con funk carioca y un frío invernal. 
En el camino a un bar Alecardec ofendió arbitrariamente a una chica que pasaba caminando a nuestro lado, que por tener unos cuantos kilos de más, no se merecía que le dijeran “Vocé é muito feiaaa”, con cara de búho enojado. Aquello en español significa: “Sos muy feaaa”.  Así como lo lees, acentuando y estirando la letra A.  Y esa fue la gota que rebalsó el vaso para dejarlo sólo e irnos a dormir arriba de una alfombra en el cuarto contiguo al de él. No daba para pasear con alguien que va agrediendo sin sentido a la gente. Bastantes pelotudos uno se cruza accidentalmente en el mundo como para elegir pasear con uno.

Al amanecer la reja de metal de la pensión se abrió de un portazo y la llamarada de un dragón esparció fuego ardiente por todo el pasillo. Era Alecardec, que al estar ebrio hasta el tuétano, que no sé que es, regó con su vomito el largo camino afuera del infierno. Tan sólo algunas horas más tarde, con las pupilas inflamadas y el rostro hinchado de alcohol, un Alecardec misteriosamente recompuesto nos cocinó una olla de arroz carretero. El plato característico de la región gaucha de Brasil llevaba más de una hora de preparado, entonces el cocinero para no aburrirse, colocó música a todo volumen y comenzó nuevamente a beber cerveza y fumar tabaco. La caravana al parecer, recién comenzaba. Para el mediodía ya estaba otra vez con un pedo atómico, así que no consiguió comer ni siquiera un bocado de su propio plato.
Después de almorzar y agradecerle su hospitalidad, por separado nos escapamos de su ruidosa madriguera a un sitio más tranquilo. El hombre estaba arruinado y sólo había aprendido a ahuyentar a sus propios demonios escuchando música y bebiendo alcohol. O quizás así era como danzaba cada día con ellos.

Regresamos de noche a la pensión, esperando no encontrarlo y conseguir juntar nuestras pertenencias de forma tranquila. Quince minutos más tarde se abrió la reja. Cuando llegó “el rey del lúpulo”, ya estaba todo en su sitio para salir a la ruta a pedalear. Pero el hombre, sorpresivamente estaba calmo. Entonces nos sentamos alrededor de una mesa a beber cerveza y como si fuera un cristiano católico, comenzó a confesar sus faltas, sus traiciones, sus engaños y cuanta mierda desparramó a lo largo y ancho de su camino. Por momentos sus ojos brillaban con el fulgor del arrepentimiento, por momentos reía orgulloso de haber vivido tantos años de trampa y traición. Escupió un dilatado relato detallado de su vida y sus infiernos. Desdeño victorioso durante más de dos horas a su irremediable soledad, porque se sentía en familia y quienes lo acompañaban escuchaban atentos sus ruines hazañas. Esa fue nuestra despedida, ese fue nuestro último abrazo. Escuchar al que ya nadie escucha, acompañar al que no merece ser acompañado.  ¿Pero acaso no somos todos susceptibles de caminar el mismo camino que transitó este hombre y de haber tomado las mismas decisiones? ¿No estamos todos aprendiendo a vivir cometiendo excesivos errores y algunos aciertos? ¿Cuántas películas filman anualmente en Hollywood de estafadores y ladrones de bancos protagonizando el papel de héroes? 
¿Acaso no buscan estas películas que generemos empatía por la codicia y la traición y que creamos que volverse rico de la noche a la mañana nos brinda el ticket de entrada al paraíso perfecto?

Alecardec es rápido y está furioso. Es la sangre fría fluyendo adentro de un cadáver exquisito. Es el tormento real de quién se somete a la manía del vicio carnal, a la satisfacción efímera, a la inconsciencia brutal, a expensas del esfuerzo ajeno.

Alecardec no era el primer espécimen que padecía esta enfermedad en cruzarse en nuestro camino, era uno más, pero quizás el primero que se animó a confesar de esa manera y a llorar como un niño, pisoteando su propio orgullo. Así de pertinente fue su desahogo, y compartiendo en el ocaso de su vida su rancia cosecha, quizás exorcizó algunos fantasmas que fastidió en su línea temporal.

Alecardec es lo que le da vida y sentido al concepto: gente desagradable. Es el espectro que no demuestra estar muerto, pero que tampoco consigue estar vivo. Sea quien sea y que haya hecho este hombre, al que está de paso el buscar ayudar. Quizás por una cosa, quizás por la otra. Nuevamente repito, siempre hay más opciones, más allá de nuestras especulaciones. Siempre hay más opciones más allá de nuestras decisiones. Siempre no es lo mismo que sumar dos veces la palabra nunca. O sí? Que se yo. De tanto escribir me olvide lo que quería decir, si es que quería decir algo.


Fin del relato. El próximo finaliza más piola, queda garantizado. De lo contrario le devolvemos su dinero en forma de caramelos, como hacen en el supermercado.


Lago de Santa María de Herval - Brasil


El repartidor de panfletos




Existía sobre el manto rocoso y humanizado del planeta Tierra una clase de hombres que cada día  cumplían su labor repartiendo en las calles pavimentadas panfletos con las ofertas más accesibles del supermercado. Estos humanos, con la destreza implacable que requiere su labor, entregaban a voluntad dichos impresos en tinta multicolor a los transeúntes, para que estos últimos, casi en su mayoría, los derrochen instantáneamente en el próximo cesto de basura. Y de esa forma se acumulan toneladas de árboles muertos procesados en la calle, mucha indiferencia y muy poca conciencia por el medio ambiente.

Un mediodía en Pato Branco, Estado de Paraná, Brasil, conocimos a uno de estos individuos personalmente. Al salir del supermercado para el cual este hombre trabajaba, nos surge la oferta de obtener un panfleto. Negamos al acto la invitación, pretendiendo no colaborar con el despilfarro de recursos en cosas tan innecesarias y efímeras. Acto bastante común, ya que no todas las personas están interesadas en leer e investigar las ofertas de los bienes de consumo mientras van caminando, y mucho menos cuando uno está de paso por la ciudad. Cinco minutos más tarde de aquel encuentro fugaz, comenzó a  llover y muchos buscamos refugio debajo del techo del mismo comercio.

El panfletero y algunos vendedores ambulantes estaban allí arrinconados junto a otros ciudadanos para no mojarse esa tarde invernal. Inesperadamente el hombre se acercó al reconocernos. Él día anterior habíamos llegado a la ciudad, y nuestro aspecto y nuestras bicicletas no se mimetizaban tan bien como creíamos en ese mar de gente. Quería saber de dónde veníamos pedaleando con esos bultos. Conversamos brevemente, reímos un rato en un rústico portuñol  y luego se fue, una vez que habían disminuido las precipitaciones.

Aquel día estábamos parando con Mari en la casa de la familia Bortolon. Los habíamos contactado a través de una página de internet, una especie de comunidad mundial para viajeros en bicicleta llamada “duchas calientes” o “warmshowers”, en inglés.

Con una amabilidad sincera y profunda aquella familia nos estaba brindando de buen corazón un cuarto con baño privado para que descansemos un par de días. Y en una de esas charlas familiares mientras almorzábamos, Teresa nos habló de aquel hombre, el repartidor de panfletos que habíamos conocido afuera del supermercado. Resultaba que ella siempre le recibía con firmeza y seguridad el panfleto, ya que al hombre no le pagaban por horario laboral, sino por cantidad de folletos repartidos, un total de mil cada día. Lo que significaba que su salario, de cincuenta reales diarios, dependía de la voluntad de los transeúntes de recibir los folletines y detrás de aquel escaso salario había una familia con niños que sustentar. Al escuchar tal historia, o lo que pudimos comprender, ya que hacía menos de dos semanas que estábamos en Brasil y aún manejábamos a medias el idioma, nos quedamos helados.

¿Qué tan parciales pueden llegar a resultar nuestras miradas acerca de la gente que nos rodea? 
¿Cuando creemos estar haciendo un bien verdaderamente lo estamos haciendo? 
¿Cuáles son los límites de nuestras percepciones? 

Sé que suena a eslogan de publicidad, pero sin dudas detrás de cada persona, hay un mundo.

La familia Bortolon





Breve radiografía de un loco

Anidando en la calle
“O numero de um morador de rua nunca é certo”, afirmó sonriendo en portugués el alemán, mientras buscaba una soga para amarrar a su cintura el enorme pantalón que alguien le había regalado recientemente. Oriundo de Criciúma, estaba regresando a visitar a su familia haciendo extendidos trayectos a pie desde Florianópolis. Sus pies estaban cansados y gastados de caminar tantos kilómetros en ojotas, con una mochila de niño escolar al hombro. Hablaba de fútbol, hablaba de su romance con la María Juana, sonreía de forma desquiciada, mientras esperábamos la donación de un almuerzo afuera de un restaurante rutero.

Quizás el alemán respiraba por inercia, y no demostraba estar construyendo algo productivo con su existencia, y quizás efectivamente estaba un poco demente. Sin embargo todos tenemos una minucia de locura segregando por la piel, sucede que la locura de algunos es más visible que la de otros, y a él poco le importaba pensar, en pensamientos ajenos o en convencionalismos culturales.

¿Quiénes somos nosotros para juzgar sus elecciones viviendo en esta jungla de obsesivos compulsivos no diagnosticados?  Hasta los psicólogos van al psicólogo.

Quizás caminando algún día encuentre aquello que está buscando, o quizás nunca halle paz en su corazón. Al final vivir, es una serie de intentos acertados y errados, y cada cual consciente o inconscientemente es responsable, y no una víctima, del resultado de sus propios actos.



El ángel de la bicicleta

Barra do sul era un laberinto de calles cruzadas, adornadas en ciertas zonas con más basura que flores, adoquines sueltos, y pescadores persistentes de pie a la vera del río y del mar. Al río iban a parar los desechos estomacales de sus habitantes, y al mar, los turistas, los bañistas locales y una buena cantidad de hambrientas gaviotas. El panorama natural de todas formas era de gran esplendor.

Después de hacer algunas decenas de kilómetros desde San francisco do Sul, llegamos allí antes del mediodía, para evitar el sofocante calor del verano a la intemperie. Nos bañamos en las duchas públicas, que se encuentran en las cercanías al mar y buscamos una buena sombra para descansar. Habíamos almorzado de frente al rio, sintiendo las leves caricias de la brisa. Caminando bajo el sol atravesamos una ciudad con más diagonales que una pizza, intentando descifrar la disposición geográfica donde nos hallábamos. Finalmente, casi a las cuatro de la tarde conversando con el dueño de un bar obtuvimos permiso para cocinar y dormir en las instalaciones de su local de expendio de bebidas alcohólicas.

Como paisaje se encontraban algunas personas extrayendo cangrejos y siris con redes circulares, y otros, pescando pacientemente algún vertebrado marino con sus cañas. Dentro del rio, el cual en ese punto mezclaba su cuerpo acuoso con el mar, iban y venían pequeñas embarcaciones con no más de dos o tres tripulantes, de espaldas cansadas y piel quemada, en una tarde soleada y calma de pueblo.

En un momento un hombrecito delgado con cara de curioso, llegó en bicicleta para saludar y compartir algunas palabras. Su rostro era un reloj sin agujas y su expresión demostraba bondad. Como Adilson se nos presentó. Tenía 46 primaveras al hombro y estaba en Barra do Sul visitando a sus padres. Habló de donde venía, sin embargo, no podía responder en qué lugar habitaba. Su misión en la vida era ayudar a los otros, entonces se dedicaba a acompañar a ancianos y enfermos cada minuto del día, conviviendo con ellos. Eso lo llevaba a realizar una vida de total entrega al prójimo, y por lo tanto de no poseer una vivienda personal. Era un enfermero sin título, un nómade de la caridad.
Nunca supimos si estaba a la espera de un nuevo paciente o si estaba cuidando a alguien en ese momento. Lo cierto era que a este anónimo hombre le gustaba hablar de la inmensidad del cosmos, de la maravillosa perfección de cada ser vivo, del creacionismo y el evolucionismo, y de las causas de las catástrofes naturales, entre otras cosas.

-“Hazle a los otros lo mismo que te gusta que te hagan a ti”, nos recordó Adilson con un simple gesto, aquel mensaje valioso que viene siendo propagado en todas las latitudes y longitudes del planeta. En él, ese slogan estaba vivo y era coherente con sus acciones. Sin embargo surgía desde la humildad de quien realiza un acto heroico y prefiere el anonimato a los certificados de buena conducta y las medallas de honor; sin dar demasiados detalles de sus obras, sin enaltecer su presencia ante los interlocutores que lo acompañaban.

Luego de intercambiar ideas y sonrisas nos dimos un gran abrazo de despedida.

Una vez a solas mientras preparábamos la cena este hombre de mirada transparente como ojo de agua nos volvía a sorprender con su bondad y gran corazón, al regresar de improvisto y dejar en nuestras manos un billete de presente para continuar nuestro viaje. Una simple camisa eran las alas de este enigmático ángel. Ángel de nuestros mismos huesos, de nuestra misma carne.





Gramado, la ciudad del chocolate

Gramado es quizás la réplica exacta de una aldea alemana que probablemente nunca existió. Conservando el estilo arquitectónico germano, esta ciudad es hoy en día un monumental parque de diversiones diagramado para el deleite del turista, que esté dispuesto a invertir una buena moneda en pocos días. Todo tiene precio, todo tiene entrada, ya que cada construcción fue erguida con capitales privados. Salvo los baños públicos del lago Joaquina Rita Bier, elaborados a partir de un Container reciclado, y los del centro de informes turísticos, que están en condiciones tan favorables que dan ganas de tomarse una selfie abrazado a los mingitorios o a los lavamanos automáticos. Tecnología de vanguardia y una buena inversión en cultura sanitaria.


Gramado es la ciudad del chocolate del sur del país. El Bariloche sin nieve de los brasileros. El lugar exacto donde se perdieron Hansel y Gretel hace más de trescientos años en la época donde las brujas hacían estragos y por tal motivo racional fueron incineradas en espacios públicos de a montones. Igual que les sucedió en diferentes momentos de la historia humana a los negros, los indios, los homosexuales, los discapacitados, los locos, los vagabundos y los viciosos, considerados parásitos sociales por un organismo que exige homogeneidad, trabajo y sumisión. Para el que no comprendió aún la jugada, las feministas de hoy son las brujas de ayer, es decir mujeres combatiendo pacíficamente por sus derechos  de igualdad, o que pregonan y se organizan luchando por una sociedad más libre, entre otras tantas cosas que deberían cambiar.

La urbe de Gramado posee chocolaterías adornadas con grandes monigotes de plástico coloridos dentro y fuera de ellas, que uno se deja embriagar por un aire de cuento de hadas, y sale una vez que ingresó, “sólo a curiosear” con una bolsa de huevos de pascua en oferta, o con algún cacao azucarado con la ergonomía de una tortuga Ninja u otro animal fantástico.

Hay chocolaterías desparramadas por toda la ciudad, para que nadie se quede sin experimentar la especialidad de la casa, al igual que parques temáticos de distintas índoles. Mini mundo, parque encantado, parque gaucho y la Aldea de Papá Noel, quizás sean los más renombrados. Acá es donde llegó el momento de aclarar que Papa Noel “No existe” y que en verdad a quién uno se topa dando vueltas o sentado esperando a que las crianzas ocupen inocentemente su regazo, es un empleado disfrazado de anciano nórdico. Disculpen niños, tenían que saberlo. Papa Noel es una estrategia comercial, al igual que el día de la madre, del padre, del niño, del amigo y el día del abuelo postizo.  Puras fanfarruchadas inventadas para incentivar el comercio de artículos en su mayoría inútiles y de origen Chino. 

Nueva conclusión: Papa Noel tiene rasgos nórdicos, pero nació en  América del norte; bebe gaseosa cola y sus enanos fabrican a cambio de un sueldo miserable en fábricas hacinadas y sin calefacción, juguetes de plástico que los niños utilizaran como máximo dos semanas antes de romperlos y olvidarlos, y que sus restos por lo menos tardarán algunos centenares de años en degradarse de este Planeta. De todas formas, como dicen en la costa colombiana: Feliz Navidad querido niño Dios!

Los Museos también son otra gran atracción, y hay de lo que a uno se le ocurra: del perfume, de los Beatles, del festival de cine de la ciudad, del automóvil, de cera, de minerales y piedras preciosas, y la lista sigue. Me rehúso a  contar todas las atracciones culturales disponibles y elaborar una lista aburridamente extensa, porque las ofertas son demasiadas.
Y así es Gramado, una mezcla de glamour y consumo, una casita de muñecas a gran escala con autoparlantes municipales estratégicamente instalados entre farol y farol, musicalizando el área comercial con jazz, agasajando al turista con romanticismo europeo y fábulas de un imposible paraíso humanizado.

La sierra gaucha también conserva el encanto del Viejo Mundo, entre cascadas y valles verdes de araucarias, con varios parques privados para quienes disfrutan de un discreto contacto con la naturaleza. El único teleférico de Río Grande do Sul, restaurantes, pasarelas e iluminación, son parte de la infraestructura turística delicadamente organizada, para que el impacto entre la civilización y la belleza salvaje sea más ameno.

Uno que viaja sin programación, G.p.s, ni mucha idea del próximo sitio que va a visitar, Gramado fue una gran sorpresa, una isla con alfombra roja que deja a la vista los diferentes gustos y obsesiones de la extraña especie humana. Habrá quienes la critiquen para bien, y quienes lo hagan para mal. Personalmente no me dieron ganas ni de pagar para presenciar el show de motos Harley Davidson adentro de un club. Ya que las entradas más económicas eran del valor de un ojo de la cara, con pestañas y cejas incluidas.

De todas formas nos mantuvimos comiendo chocolates negros y blancos en forma de retazos rectangulares durante tres días, luego de haber abandonado la ciudad y despedido al Dios del Chocolate hasta la próxima oportunidad.






La tierra que los parió


  • Brasil es uno de los mayores productores de alimento del mundo, sin embargo un cuarto de su población aún sabe lo que es pasar hambre.
  • Es el país con más selva del mundo y también el que más deforesta. Se destruyen solamente en el Amazonas 15.000 km cuadrados de verde por año.
  • Es el quinto país en extensión territorial del planeta, y tiene el 75% de su población compactada en las ciudades.
  • De la exuberante mata atlántica, el más brasilero de los ecosistemas, restan apenas un 7% de la cobertura original.
  • Y eso por describir algunos ejemplos, de un sólo país del mundo.
  • Cabe comprender que cada pedazo de comodidad equivale a una porción de nuestra propia muerte, si no es equilibrado e inteligente el sistema de extracción y producción hasta llegar al producto final.
  • Quien cosecha, vuelve a sembrar, para garantizar su alimentación a futuro.

La Tierra que los parió

¿A cuántas semillas plantadas, brotadas y crecidas equivale la cantidad de comida 
que ingerimos cada día?
¿Cuántos animales nacen y mueren en cautiverio para saciar nuestro exquisito apetito?
¿Cuántos árboles son talados para construir una mesa, una silla o una puerta?
¿Cuántos metales y minerales precisan ser extraídos del interior de la tierra para mantenernos tecnológicamente comunicados?
¿De cuántas canteras minas y ríos provienen los materiales con los cuales construimos una ciudad?

El suelo muere debajo de nuestros pies, 
y el agua se contamina con nuestros desperdicios.
Habitamos únicamente en una diminuta porción del gigantesco planeta 
y estamos pudriendo la cáscara de la fruta, 
por devorarla velozmente.

Somos los operarios de las mega-industrias.
Somos los productores de los supermercados.
Somos la demanda de la mega-minería.
Somos quienes compramos y quienes vendemos.
Somos quienes la dan vida a la máquina de la muerte.

¿Porque el afán? 
¿Para que precisamos tanta cantidad?
¿De qué están hechas las tradiciones 
que llevamos tan arraigadas en la piel?

Progreso, 
es dejar en mejores condiciones 
aquello que ocupamos momentáneamente. 
Y no, 
producir defectuosos y desechables productos 
para aumentar el consumo de los mismos,
 sabiendo que la mayor parte de esos restos 
no se vuelven a utilizar.
Cuando un ciego guía a otros ciegos, 

¿Qué tan lejos se puede llegar?

Parque Nacional Aparados da Serra

   En el Parque Nacional Aparados da Serra, en el estado de Santa Catarina están localizados los mayores cañones de todo Brasil. Estas formaciones de hasta novecientos metros de altura, comenzaron a formarse hace 130 millones de años cuando una fuerte explosión subterránea precipitó un derrame de lavas basálticas que se desparramaron en forma de cresta, y que posteriormente se solidificaron. De tan afilados, los bordes que emergieron de este proceso parecían haber sido "aparados", es decir recortados en español, a cuchillo, motivo por el cual el lugar fue conocido como Aparados da Serra. Tiempo después, el tope de esa sierra fue cubierto de una densa vegetación de araucárias, árboles que aún hoy pueden observarse en el borde de los cañones.

   Para visitar semejantes bellezas, ingresamos desde la BR 101, kilómetros al sur de Sombrío, hasta Saõ Joaõ do sul, haciendo un desvío de seis kilómetros por la ruta 450. Allí una amable vecina, Marli, nos invitó a cenar a su casa para compartir con su familia, después de conversar un rato con ella. Como acostumbran hacer muchos brasileros, nos recibieron con gran variedad de comida y con ánimos de conversar sobre nuestros viaje y detalles particulares de algunos países que visitamos.
Al día siguiente, después del desayuno en familia, continuamos hasta Playa Grande, a sólo quince kilómetros de distancia. Éste pueblo está bañado por varios rios rocosos y cascadas a su alrededor. Desde algunos barrios en plena planicie ya se divisan las formaciones del Canyon de Malacara, y las nubes que visten su floresta natural.
   Luego de descansar y disfrutar un día frente y dentro del río más próximo al centro, comenzamos el forzoso ascenso por la sierra faxinal. Para comprender dicha aventura, hay que tener en cuenta que en sólo trece kilómetros de ruta de tierra, se asciende alrededor de 900 metros de altura, mudando al intenso frío de un día para el otro, y atosigando los músculos al extremo para empujar todo el trayecto una pesada bicicleta.
   En un zig-zag de piedra suelta interminable, entre el hueco de los cañones, kilómetro a kilómetro uno se va internando entre los confines de la naturaleza. A partir del km. 7, desaparecen las viviendas esparcidas intermitentemente alrededor del camino, deslumbrando maravillosos miradores del pueblo y sus contornos, hasta llegar a ver el mar a lo lejos.

    Al finalizar esos primeros y tortuosos trece kilómetros 100% en subida, sin siquiera unos miserables diez metros de planície para pedalear o caminar sin esforzar tanto los hombros, comienza el trayecto fluctuante sobre el techo de los caniones. Allí la vegetación cambia, a árboles más bajos y llanos de pastizales, con arroyos de agua pulcra y algunas pequeñas lagunas. De ahí restan unos siete kilómetros más para llegar al puesto de entrada del Parque Nacional.
   Como dentro del parque no está permitido acampar, ni hacer fogatas, dos kilómetros antes del ingreso hallamos un claro entre varios árboles para montar campamento. Demoramos todo el día para hacer menos de veinte kilómetros, sin dudas los kilómetros más exigentes y desintegradores de nuestra jornada en Brasil hasta el momento. Aunque todo esfuerzo siempre trae aparejado alguna recompensa.


   Para ese entonces, con un cielo despejado le dimos vida a un pequeño fuego par cocinar dos paquetes de fideos instantáneos, y con la noche a cuestas y un cansancio fulminante, fuimos a descansar.
   A la mañana siguiente, después de ingerir frutas con avena y pasas de uva, pedaleamos hasta el parque. Del primer control restan otros dos kilómetros más hasta el puesto de información, y el inicio de los dos senderos. Uno de seis kilómetros, tres de ida y tres de vuelta, y uno inferior de mil quinientos metros en total.
   Para hacer el primero dejamos todo el equipaje en el puesto de información, y avanzamos por la trilla agreste cubierta de vegetación sobre dos ruedas. Varios miradores, llegando al final descubren la grandiosa formación rocosa. Esa inmensa grieta que poseé un lecho rocoso, por donde transita el cauce de un río, es alimentado por diversas cascadas, algunas con sesenta metros de estrepitosa caída libre. Sobrevuelan jotes de cabeza gris apreciando una vista formidable, y uno queda alucinado, hecho un tonto, babeando con tremenda sobredosis de belleza. 
  El humano y su intelecto formidable, según sus propias apreciaciones, quedan disminuidas a la insignificancia, a la pequeñez, al ínfimo gramo de arena en medio de una interminable playa.

  Cuanto poder, cuanta energía dinámica, cuanta fuerza. Y pensar que cada día hay personas visitando algún Parque Nacional alrededor del mundo. Belleza universal. A cada instante esa belleza impacta en el centro del corazón de algun curioso humano, para inyectarle la savia de su sabiduría, propinándole algun conocimiento supremo, o una mansa calma.
  A mi se me calló la quijada al piso al recorrer el segundo sendero. Daban ganas de aplaudir o gritar como un enfermo en agredecimiento por la ejecución de tan majestuosa e intrincada obra. Pero no, uno se queda en silencio, cargando la batería emocional, e intenta tomar una foto para arrancarle al momento un recuerdo, y falla, tropieza y cae, porque la imagen muda queda aún más pequeña que aquel gramo de arena en medio de esa interminable playa. Uno pretende guardar el paisaje en el bolsillo y no se puede. Basta unicamente estar ahí, viviendo el presente, y nada más.
  A las cinco de la tarde cierran la entrada del parque, para que nadie se quede deambulando en la oscuridad. Nosotros equipamos nuevamente las bicicletas y avanzamos a paso de tortuga, quizás unos quince kilómetros de ruta de tierra, hasta hallar otro claro para acampar. En el camino cruzamos a otra pareja de cicloviajeros, él de Francia, ella de Suiza, que ya estaban instalados a un costado de la ruta, entre piedras y araucárias. Nosotros dormimos casi llegando a Cambará do Sul, con la neblina lavándonos la cara y un intenso frío de sierra húmeda.