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Saber compartir

   Recuerdo estar en Santa Clotilde, amazonia peruana, conviviendo con gente nativa durante dos semanas, esperando a que llegue mi barco, para continuar rumbo a Ecuador, y rescatarme que ni el más anciano de ellos ni la más joven de las niñas habían conocido en su entera vida a Mario Bros ni a Pac Man. Y lo que sentí no fue precisamente orgullo. 
  Aquella gente cultivaba sus propios alimentos, pescaban en canoas artesanales y me convidaban sus risas y su tiempo. Los niños cazaban aves de forma profesional y nadaban como delfines en el río Napo. Nunca me cobraron por dormir dentro de un hogar en mi hamaca y compartían todo de forma muy natural. Cada día junto a ellos comprendía un poco más mi desmesurada ignorancia...

  Han pasado casi ocho años y ahora me dedico a construir mi hogar en el bosque. No estoy en contra de los pueblos ni de la ciudad, pero siento que algo allí me hace falta. No sólo a mí, sino a la humanidad.

  



Los manijas

Los manijas:

"Se dice de una clase de gente
que entre otras actividades se dedica
a buscar tucas abandonadas en los espacios públicos
y beber restos etílicos de vasos calientes"

Ranchada clandestina en Lima, junto a una amiga de El Salvador y un compañero de Colombia

Atropellado por un Mototaxi

Mototaxi
    

    Un día de aquellos, al ingresar a hacer mi clásico número de malabares bajo la carcaza amarilla del semáforo, en la ciudad de Huánuco, dirigida al populoso público de mototaxis, un joven conductor distraído y apurado, doblo en U, estándo la luz del semáforo aún en rojo, y de un exabrupto recibí el impacto del chasis en el brazo izquierdo. El golpe inesperado y bandido, me arrebató el equilibrio en un microsegundo. Las pelotitas volaron caóticamente por el aire. Entonces caí redondo al suelo como un trompo sin inercia impactando los huesos contra el asfalto. 
    Al mismo instante en que el conductor direccionó el mototaxi para completar el giro y escapar, mi pie derecho quedó aplastado por una de las ruedas traseras del vehículo. 
   Sentí el shock eléctrico del impacto enviado a mi cerebro en forma de sinapsis violenta. Dolor, alucinación y desconcierto. Y ahí quede, acostado sobre el colchón de brea, retorciéndome como un bicho bolita, mientras el mototaxi se alejaba por el horizonte de la indiferencia y la impunidad. 
   Al permanecer entretenido con el dolor que invadía mi flujo sanguíneo, no me percaté como sucedió, pero por obra de los vecinos y un policía, detuvieron al conductor que había intentado huir. Entonces el tumulto vecinal que nos rodeó, me brindó una mano para subirme al mismo mototaxi que me había atropellado acompañado por el oficial de policía, y en contados minutos llegamos a un hospital privado. No había tiempo que perder, esperando una patrulla.
   Jeringa en la nalga para anestesiarme la pierna completa. Calmantes para chupar en forma de caramelos y una receta médica para hacer una rehabilitación de cuatro días. Sin fracturas, no hay nada que temer me dijo el profesional de guadapolvo blanco.
   Afuera del hospital, llega la mejor parte, donde el policía nos anuncia a mí y al infractor que arreglemos un "número" entre nosotros. Sin abogados, papeles, controles de alcoholemia ni tanta burocracia de por medio. Corta la bocha, que ya estaba por finalizar su horario de trabajo. Entonces nos subimos con Schumacher al recinto privado del motocarro para debatir la indemnización. Dibujamos números en el aire, hasta hallar uno bonito que nos gusto a los dos. 
   Imaginaba que éramos Curly, Larry y Moe detrás de escena. Minutos más tarde nos dirigimos al centro de la ciudad para volver cada uno a su rutina diaria. 
    
    Y así, es cómo se toma unas breves vacasiones un malabarista argentino en la nación peruana, con una pierna vendada utilizando un palo de escoba de muleta.


( Esta historia aconteció en Perú en el año 2012 )


Alegrando a los chibolos ( niños ) en Piura

Río Huallaga - Huánuco

   

Pan y Circo

Circo del Tercer Mundo
 
  Una pancarta en la calle principal de la ciudad nos anunciaba. Claramente por eso regresamos a Juanjuí a trabajar. El pueblo quería Pan y Circo, y ninguno de nosotros los quería defraudar. Además era un lujo que nos paguen por hacer semejante desastre. Nos habíamos convertido en los payasos de la región, llendo de un boliche a otro para animar las noches de la selva peruana. No teníamos un número ensayado, disfraz decente ni maquillaje profesional, sin embargo nadie más se animaba a hacer "la hora loca" como se nos había ocurrido a nosotros. Quizás era eso, quizás era por lo bizarro que resultaba el acto en sí. 
    De cinco integrantes, tres teníamos la cabeza llena de rastas, un promedio completamente extraño para la nación, y al soltar las de Felmun de once años de longitud y al sostenerlas desde un extremo, el resto bailábamos el limbo debajo de ellas con entusiasmo juvenil. No eran necesarios los anuncios, tampoco convocar a los gritos. El círculo la gente lo armaba sólo, por el simple deseo de esquivar el contacto físico o visual con los "auténticos" decadentes. 
    La música elevaba la atmósfera psicodélica entre destellos de luces láser, los malabares volaban por el aire dibujando espirales ebrios, y no dejábamos de saltar ni un segundo tirando patadas de ninja desnutrido por doquier. 
    A ninguno nos importaba si la gente comprendía el show, o siquiera si disfrutaba lo que hacíamos en el medio de todas las miradas. No había tiempo para dar explicaciones. Algunos se reían, muy pocos participaban, y el resto parecían estar más asustados que las víctimas del muñeco Chuky. 
   Circo Internacional señoras y señores, sangre caliente con sabor a yerba mate. Tempera roja chorreando por la cara de los payasos, alegría de la buena, de la rica, de la más sincera. No cualquiera coloca su curriculum en este tipo de empresas. No cualquiera pone la cara sin usar careta. Según Ladislao éramos unos empíricos con poderes imbatibles, y nada nos era imposible. Para mí éramos eso, pero también unos mamarrachos subdesarrollados expulsando locura por la atmósfera charapa.
    Elaborábamos entre los cinco un encuentro frenético, sin pausas ni comerciales, durante sesenta minutos de corrido, hidratados únicamente con cerveza. No era una tarea fácil marcar tarjeta a las once de la noche para comenzar a trabajar a las tres de la mañana. La cordura había que dejarla colgada en algún perchero y a darle fruta hasta el fondo, que la licuadora quiebra el miedo.
 
La vida en la calle


Esther, la rata anarquista

    Alrededor de cuatro meses viajamos juntos por la selva peruana, esta sucursal de circo. Tres peruanos y dos argentinos. Al principio vendíamos grillos artesanales hechos a partir de las hojas de palma a precio voluntario; hacíamos malabares en frente de los semáforos y tan sólo uno exponía sus artesanías en las plazas. Siempre alquilabamos cuartos en las ratoneras, o sea en los hospedajes más económicos, que como dicen las malas lenguas podían tener ratones de mascota. Aunque jamás vimos uno. Vendedores ambulantes, ancianos abandonados, parejas disfuncionales, y seres de otro planeta, pero ratones jamás.
    Con las semanas nació improvisadamente la idea de hacer un número, un ruedo en la calle, con plástico y fuego volando por el aire y un acróbata dando giros interminables. Los primero intentos generalmente salen mal, mal organizados, mal recaudados, mal convocados. Sin embargo, no era el dinero la vara con la cuál medíamos el éxito, sino disfrutar de lo que hacíamos, entonces ganamos público y experiencia por insistencia. Un número tras otro, una plaza tras otra, un nuevo pueblo, una nueva ciudad. Nos harían creer que el esfuerzo valía la pena. El esfuerzo de matarnos de la risa en público jugando como niños.
   Un día un amigo local que era chofer de un mototaxi, nos propone hacer la misma función pero dentro de un boliche, donde justamente nos encontrábamos. Él notaba que adonde íbamos resaltábamos del montón, no por derrochar sensualidad ni mucho menos, sino por ser foráneos y de aspecto diferente. Ya teníamos un gran punto a favor, entonces hablamos con el encargado del local, y éste aceptó pagarnos con bebida y dinero para que realicemos el show la otra semana. Y de esa manera inició la mini gira del circo Cara rota por el norte peruano. Un boliche por noche, íbamos de uno a otro porque se corría la voz y la propuesta agradaba.




  Un día llegamos a conversar con Ladis adentro de un complejo hotelero, con piscina y boliche de dos pistas, bebiendo cerveza con el dueño del feudo, sin saber que el tipo era narcotraficante y esa fortuna venía del polvo blanco. Al tipo le caímos bien por el Che Guevara y Maradona, o sea por ser argentinos. Estaba completamente ebrio, apenas entendíamos lo que nos contaba, e insistía en que quería pasear con su moto chopera por la zona residencial. Por fortuna su compañera, le freno la demencia y tambaleando nos escapamos de ahí. Al día siguiente cuando regresamos con el resto de los payasos para hacer la función, el tipo ni se acordaba quienes éramos y para colmo le subió una buena dosis de paranoia por la médula. Entonces con actitud de búfalo nos mandó al vientre de donde salimos mientras le hervía la sangre entre las venas. Un empleado lo tranquilizó, y le explicó con calma que no éramos ni oficiales encubiertos, ni policías antinarcóticos ni nada parecido. Y como los actos valen más que las palabras, extrajímos los juguetes de las mochilas e hicimos malabares de frente de la pileta, a la vista de todos. Recién ahí nos creyó. Acto seguido nos invitó un par de cervezas y expulsamos un atorado suspiro de alivio.

   Así fueron más o menos los meses de circo callejero con esta familia. Con más noches que días, con más ríos que duchas, con más compañía que soledad. Una familia binacional de muy buena conducta, de risas estalladas y anécdotas difíciles de creer. Hasta que nos separamos por perseguir diferentes rumbos, y con algunos nunca más nos volvimos a ver.

Pechón y su arte

Recibo de sueldo

Río de Juanjuí - la ducha diaria con jabón y shampoo


Colectivos peruanos



Transiciones en el Amazonas

Mono leoncito siendo alimentado en el barco

"Quién toca el fuego de un indio, se incendia a sí mismo"

Don Juan


    Luego de un mes y medio, entre la selva y la ciudad de Iquitos, decidí continuar viaje con rumbo a Ecuador. Esta vez por vía fluvial. Comenzaba la época de lluvia y el brote de fiebre amarilla, malaria y dengue ya se hacía notar en la ciudad. Ya algunos viajeros extranjeros estaban cayendo con síntomas y malestares en las articulaciones en el hospital, por lo tanto consideré que el cambio de estación era la excusa perfecta para salir de ahí, corriendo. Las lluvias eran calurosas pero intensas.
    Después de ser deportado dos veces de Ecuador y pasar un total de doce noches encerrado en diferentes celdas (por hacer malabares en la vía pública siendo extranjero), volvería a intentarlo con mentalidad triunfadora. Flora, una chica de Francia me acompañaría en ese trayecto de ocho días de barco por la Amazonía, navegando por el río Napo hasta la frontera de Pantoja.
    A mitad de camino nos quedamos dos semanas en Santa Clotilde, un pequeño poblado indígena y criollo a la vera del río, donde una amable familia nos brindó las comidas diarias y un sitio donde colgar las hamacas. Mientras nosotros les dábamos una mano con las faenas de la casa y hacíamos algunos trabajos más pesados. Allí los niños correteaban libremente por los montes con pequeños monos en sus hombros de mascota. En vez de tener bicicletas paseaban y pescaban utilizando piraguas de una sola pieza, es decir con un trozo de tronco quemado y calado por dentro elaborados con herramientas artesanales. Abundaban las exóticas frutas tropicales; y allí degusté por primera vez la ingesta de gusanos del tamaño y el color de un ñoqui estando los bichos vivos, ellos los comían como si fueran golosinas; y me emborrache un par de veces bebiendo tubérculos fermentados (masato) y licor de maíz (chicha) con las familias de los indios nativos. Bebían tanto los jóvenes, como los adultos y los ancianos  riéndose siempre a carcajadas. Fue la gente más bella, jovial y relajada que conocí en mi vida. Nativos de espíritu sano, pocas palabras, de gran curiosidad y generosidad descabellada.
    Luego, al retomar el viaje en barco ingresamos al Parque Nacional Yasuní al atravesar la frontera con Ecuador, junto al oficial de migraciones, un policía, un alemán, una italiana y un español. La piragua era una ensalada internacional. Allí conocí a los delfines rosados y cantidad de tortugas de río nadando en un majestuoso santuario de vida libre y salvaje.





    En esa oportunidad ingresé al país con los papeles migratorios en regla, ya que la única computadora del puesto fronterizo la tenían averiada y no había forma de conocer mis antiguas deportaciones.
    Sin notarlo estaba comenzando a materializar lo imaginado y eso me brindaba una completa e indescriptible Libertad.

Flora


Nativos de Santa Clotilde


Ingreso al UKU PACHA

Ambo

Desde tiempos muy remotos, una vez que el humano se irguió en dos piernas y camino extensos territorios, han habido interpretaciones diversas acerca del mundo, del cosmos y la vida misma. Muchas de ellas han surgido de boca de aquellos que supieron captar la esencia de las cosas más allá de la materia. En la cosmovisión andina por ejemplo, se considera que la naturaleza y el humano son parte de un todo, y que entre ambos hay relaciones de interdependencia, por lo cuál las especies del mundo vegetal, mineral y animal, al tener vida y por lo tanto un alma, precisan y deben coexistir en armonía. Cada porción del mundo es sagrado, así como cada uno de sus habitantes. Ésta concepción era la ideología con la cuál labraron sus costumbres y sus formas de organización social, muy diferentes a las que trajeron los europeos del Viejo Continente, donde el "otro" era visto como algo ajeno y muchas veces sin valor,  digno de ser aprobechado a la fuerza.

En los andes cada Etnia (Ayllu) afirmaba provenir de un ancestro común de origen divino, el cual había surgido de la tierra por mandato celestial o supremo. Esos antepasados habrían salido de un sitio especial, al cuál todos reconocían como Pacarina. Esta especie de portal que conectaba ambos mundos ( el terrenal y el inframundo ) podía ser un río, montaña, volcán, lago, cueva, laguna, manantial, etc.

Un día, mientras vivía en Huánuco, en los andes del actual Perú, unos amigos me propusieron ingresar a la cueva de Jatun Uchco, en la localidad próxima de Ambo. Este sitio sagrado ha sido testigo de  múltiples rituales y ceremonias ancestrales, y lo más curioso es que allí se han encontrado los únicos restos completos de un tigre dientes de sable del mundo. Pese a tal insólito hallazgo, la cueva se mantiene sin ningun tipo de modificación humana y por fortuna aún es posible ingresar dentro de ella por cuenta propia. La peligrosidad del sitio, una vez que uno comienza el descenso es alta, debido a las infinitas grietas que la contienen. Si no se toman las más básicas precauciones, como utilizar cuerdas y una iluminación perdurable, salir de allí no es moco de pavo.

El grupo de espeleólogos improvisados estaba compuesto por Rafa, un malabarista nativo de Huánuco; el Chato, tatuador callejero de Lima; el negro Cristián, artesano nómade oriundo de Laferrere y nuestro guía con precarios conocimientos en cuevas, el señor Gino Cacique, también artesano, también peruano. El Chino al relatarnos una noche de cerveza en el parche del centro de Huánuco, su experiencia en Jatun Uchco, nos dejó a todos con la boca bierta llena de moscas y con unas densas gánas de ingresar a la Pacarina lo antes posible. Ambo se encontraba a pocos kilómetros de Huánuco y hacer unas antorchas para iluminar el camino en descenso, no era algo tan dificil. Cómo nadie quizo invertir en cuerdas gruesas, las dejamos afuera de la lista. Media docena de velas serían las luces de repuesto. gino había ingresado una sóla vez a la cueva, y según su relato la cueva, en verdad eran varias cuevas, con forma de hormiguero. Por tal razón, hacer marcas en el camino era una tarea indispensable para salir de allí. De tan despiestados ninguno se acordó de planificar un marcador para ese detalle.



Madrugan los gallos para cantar a capela un amanecer. Despiertan los aventureros para correr del riesgo las cortinas. Le echamos combustible al tanque: pan con aguacate y jugo de fruta. Energía, vigor. Reptamos por los valles andinos en una clásica buseta, junto a hombres  peinados con sombrero y mujeres que cultivan quinoa y papas en la huerta del sol. A Gino le tiemblan las piernas.  El Chato carga entre las manos su corazón. Ambo es un pueblo hermoso, es una gota humana que moja las montañas. Las personas son curiosas, observan y cuando las vemos se tapan la vergüenza con las manos. Las iglesias parecen estar pintadas con pastel.

El portal de la cueva se encuentra en la cima de un cerro. Falta poco. Nos saludan los vecinos, hace calor. El estómago de tantos nudos parece una pulsera de macramé.




Un extenso sendero sin marcas ni carteles nos acerca al hueco principal, al tope del cerro. Ofrenda de agradecimiento hojas de coca, tabaco, una vela y  alcohol. Fumamos un cigarro entre todos, pidiendo permiso a los Apus para ingresar. Descendemos por una grieta, y duchamos las antorchas artesanal es con gasolina, inicia el viaje al otro mundo.

Iluminados por el fuego



Descenso en la grieta

El Chato

Los caminos se abren, al igual que las decisiones en nuestra vida. Debemos elegir uno y marcar con la cera de las velas algun símbolo en las piedras. El silencio de hospital psiquiátrico es sofocante. Ingresamos a la oscuridad de 300 noches sin luna. Caminamos lentamente, avanzando con la iluminación de los latidos del fuego. Por momentos los túneles se vuelven demasiado estrechos y cuesta avanzar. Cada incierta cantidad de metros hallamos cámaras donde el espacio es más abierto, y aprobechamos a tomarnos un recreo. No hay vuelta atrás, las decisiones se toman en conjunto. Sacamos fotos para aliviar los nervios. El sitio es una máquina del tiempo, oscuro y sin luz. Continuamos el descenso hasta que se vuelve imposible continuar sin cuerdas. Nadie sabe cuantas horas ya hemos pasado ahí dentro. Hace calor de primavera. Nadie sabe cuanto falta para llegar a China y mucho menos si los supermercados a esa hora estarán abiertos. Hacemos una votación y por unanimidad, emprendemos la camino de vuelta. Luego de trepar, arrastrarnos y continuar trepando como koalas andinos, al Chato se le cae la botella de gasolina adentro de una grieta. Suena un ping pong interminable de piedras. La noticia es contundente, acabamos de perder todo el combustible de las antorchas para siempre. Minutos más tarde, quedamos a oscuras. El Chato se quiere pegar un corchazo de sidra en la sien. Por suerte, todavía quedan velas, sino a llorar un mar de melancolía. El ascenso triunfal está cerca, y la caverna nos va dando la despedida después de bucear una jornada en el intestino grueso de la Tierra. Al ver los primeros rayos de sol atravesando los contornos de las rocas, se siente una fiesta de carnaval. Qué mágica que es la vida cuando te convertís en una hormiga. Salimos campeones, la experiencia fue orgasmica. No seremos los enviados celestiales de la Pacarina, sin embargo nos colma el pecho una radiante alegría.


Gino


Huánuco


Río Huallaga


Guamán Poma según algunos historiadores nació en Huánuco, en las actuales sierras centrales del Perú. Aquella era la tierra natal de su abuelo, quien era cacique segundo al servicio del gran Inca. Uno de sus hermanos fue producto de las relaciones de su madre con un capitán español, por lo cual recibió las enseñanzas del Viejo Mundo. Con el tiempo el niño se convirtió en sacerdote y le enseñó a su hermano menor, Guamán a leer y escribir en lengua española. Los resultados de dichos aprendizajes han viajado a lo largo del tiempo a través de la gran obra titulada "Nueva crónica y buen gobierno", donde en épocas turbulentas y de intenso sometimiento de los pobladores nativos alguien debía hablar por ellos.

A través de una extensa obra que combina dibujos y sus respectivas aclaraciones al pie de página, Guamán dedicó treinta años de su vida a describir tanto las jerarquías sociales y las costumbres de la época, como a denunciar el violento tratamiento dado al pueblo. “Vemos gente siendo azotada, golpeadas con garrote y colgadas de los talones. Se ve a un hombre azotado porque faltan dos huevos en el tributo que deben pagar. Se describe el vergonzoso tratamiento dado a las muchachas indígenas, golpizas inhumanas a los niños, matrimonios forzados entre indios para salvar la reputación indigna de los sacerdotes y otras tantas atrocidades cometidas impunemente contra el pueblo”. Describe sintéticamente un autor anónimo en el prólogo de la obra.




La obra por algún milagro divino llegó a tierras del Rey Felipe II, quién gobernaba en aquel entonces y fue publicada, escapando de las hogueras de la Inquisición. Un testimonio, de los pocos que han sobrevivido, que deja en claro los detalles de la colonización y el modo de gobierno aberrante que sustituyó al imperio incaico en la extensa cordillera de los Andes.

A Huánuco, la ciudad donde este hombre nació, y donde se sabe con certeza que trabajó y vivió durante algunos años, llegué casi cuatrocientos años más tarde de haber sido finalizada su obra. Enclavada en la sierra central de Perú, es hoy en día una pequeña ciudad de un clima, según rezan los carteles, primaveral durante todo el año. De aquellos vestigios coloniales ya no quedan más que su arquitectura, en el casco central, y sus historias. El sincretismo cultural sumado a los efectos de la globalización, han forjado como hierro al calor, la actual idiosincrasia peruana.

Como había invertido hasta la última moneda en el pasaje de colectivo desde Cerro de Pasco, llegué decidido a buscar un empleo fijo o hacer malabares en algún semáforo. Las construcciones de la ciudad están entreveradas entre lo moderno y lo antiguo, con sus viviendas de adobe con tejas musleras, pequeñas ventanas de madera y muchas calles de adoquín. Durante la tarde reuní algún dinero en semáforos “a la minuta”. Quince segundos era algo absurdamente breve como para malabarear y pasar la gorra, pero no hallé algo mejor. Además cuando hay hambre no hay pan duro que no se ablande con leche. Entonces con lo justo para financiar las comidas del día, pasé inmediatamente al segundo dilema: esconder la mochila para dormir sin peso a la vera del río. Despache finalmente la mochila en un hotel y dos horas más tarde cuando ya caía la noche me rescaté de haber olvidado la bolsa de dormir con el resto de mis pertenencias. Me escabullí cuál cucaracha dentro de las instalaciones cerradas de la terminal de colectivos. Afuera apretaba las clavijas el frío serrano.




Desafortunadamente a media noche, amablemente un guardia golpeó a la puerta de mi curvado capullo. El local iba a cerrar, entonces me reintegraron a la vía pública medio dormido y con un sueño sin finalizar. En frente corría silenciosamente el agua del río Huallaga. Descendí esquivando árboles y basura hasta la orilla, al encuentro de la luna plateada que se espejaba en la suave corriente. El gélido aire me obligó a acobijarme dentro un improvisado colchón de cartones, mientras continuaba hipnotizado con la fantasmal figura de la naturaleza. Al igual que la basura añeja que me brindaba su inerte compañía, yo ya era un elemento más del paisaje. 

De pronto unas pisadas se aproximaron al lugar donde descansaba y conseguí distinguir dos sombras humanas. Una femenina y otra masculina. Se detuvieron a cuatro metros de  distancia. No lograron distinguirme al estar camuflado en diversas capas de cartón. De repente, sin demasiados actos preliminares dio a inicio en menos de lo que canta un gallo y a oscuras, un romance fluvial. El hombre dejó caer sus lienzos al piso, mientras ella se arrodillaba frente a él. Lo que siguió a continuación no es muy difícil de imaginar. Después de las convincentes destrezas bucales, la mujer giro en redor y les brindó libertad a sus nalgas frías. Así como dios los trajo al mundo, aunque usando protección, comenzaron a tener relaciones sexuales mis enigmáticos vecinos sin percatarse aún de mi presencia.
Minutos más tarde, el hombre alzando sus pantalones jeans y sin darle a la dama un beso de despedida, retomó el camino por donde llegó, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Ella por su parte, guardó unos billetes en el bolsillo y con el dinero con el cuál alquilo su cuerpo ya en su poder, se retiró del escenario tomando el rumbo contrario al de su ocasional cliente. ¡En vivo y en directo! Prostitución al natural.

Luego de asistir al teatro del porno callejero y notando que por ser fin de semana la zona iba a estar concurrida, abandoné convencido mi guarida de cartón. Justo en el momento en que erguí la espalda para levantarme, observé a menos de quince metros a otro hombre husmeando el lugar. Al venir bordeando la orilla del río no me rescaté de su presencia hasta tenerlo a tan sólo seis metros de distancia. Y allí estaba el hombre cagando a la vera del río feliz de la vida. Cómo ya estaba de pie y no quería ser descortés lo saludé de lejos, mientras él continuaba sosegadamente con su trámite. Me respondió el saludo y luego de limpiarse con papel de diario, dio los pasos necesarios para darme un gentil apretón de manos. El hombre traía una incuestionable borrachera. Me preguntó si tenía cigarrillos, luego si tenía dinero, y por último si tenía un trago de alcohol. Al negarle los tres interrogantes me invitó a pasear por la ciudad en busca de alguna novedad. Precisando justamente salir de aquel antro de puertas abiertas, emprendimos juntos un city tour nocturno por Huánuco, conversando sobre cualquier disparate y a los gritos.

Al día siguiente, tras pasar una noche agitada y en vigilia como un zombie sin apetito, logré descansar con los primeros rayos del sol debajo de los árboles de un parque. En el lago del mismo había una bandada de pavos y patos nadando sin preocupaciones. Sentí que con sus graciosos movimiento de rabo me decían lo siguiente: “la vida a nuestra manera, debemos aprender a disfrutarla”. Y si, no había nada de qué preocuparse, aunque no tuviera nada podía disfrutar de todo en mis largas jornadas de tiempo libre.


Al siguiente día comencé a alquilar el cuarto de una pensión, encontré un semáforo prolongado en la zona universitaria y el río por aquellos lados estaba apto para tomar día por medio un buen baño. Me sentía como Adán vagabundeando por el Valle Edén antes de conocer a Eva: libre, contento y sin sentir el peso de la soledad.



Todo rima con Lima

Costa limeña, vista desde Barranco

No sé si era el exceso de gente que como hormigas desfilaban entre muros de vidrio y concreto, y comenzaba a sentir una claustrofóbica asfixia; o si la velocidad estrepitosa que demanda la ciudad para su adaptación estaba siendo demasiado elevada; o si mi madurez incompleta para generar cada día dinero en la calle necesitaba un descanso; o si sencillamente había cumplido un ciclo de vagabundeo en la infinita inmensidad de  Lima, la capital del Perú. Lo cierto es que había decidido irme, esta vez en compañía de dos limeñas y un loquito de Argentina al cuál llamaba Gambito.
Sin conocer la geografía peruana en lo más mínimo, y bajo la idea de Stefhany de conocer Huaráz, procuramos un terminal de colectivos para irnos de allí.

Era febrero y aún los rayos incandescentes del sol nos permitían cubrir el cuerpo con muy poca ropa, e ir a contemplar el crepúsculo a la playa. Si bien Lima creció al límite del mar Pacífico, sobre las costas del Río Rímac, sus balnearios además de ser pedregosos estaban hechos un asco ambiental. Esa inescrupulosa costumbre organizada estratégicamente, de arrojar los desechos humanos hacia los ríos y las aguas abiertas del mar, deja al descubierto la indiferencia hacia la naturaleza de quienes gobiernan.

Plaza de armas

Aquel día bien temprano los reunimos los cuatro con el mismo objetivo, salir de la capital. Y no fue hasta el atardecer, utilizando el saturado transporte público de colectivos que aterrizamos en una terminal. El hall de la misma se encontraba rebalsado de hombrecitos inquietos, que oficiando de jaladores, persuadían a los potenciales pasajeros a que elijan la empresa para la cual trabajaban, para viajar. Algunos pasajeros, sobre todo los solitarios, eran literalmente sostenidos para ambos brazos, siendo el campo de batalla donde dos empresas disputaban su hegemonía. Un atosigamiento total. Pues claro, en Perú los boletos no tienen donde las empresas un precio declarado, todo se regatea con argumento comercial e insistencia.

Confuso de tanto griterío estaba el panorama que nos esperaba. Hicimos un bulto común de mochilas en un rincón, y con Stefhany llenamos los fuelles pulmonares de oxígeno y nos sumergimos deliberadamente en la muchedumbre peruana indagando el precio del boleto más económico. Luego de demostrar y explicar nuestro escaso presupuesto, que no era ni la mitad de lo que ellos exigían, un jalador pareció torcer el brazo. Nos hizo esperar afuera de un colectivo, hasta recibir la aprobación del chofer.

Con la mochila en mano contemplamos como iba paulatinamente llenándose el vehículo de bultos raros, grandes e indescifrables, y personas. Cuando ya no quedaron más asientos prosiguieron ocupando el extenso pasillo. Un gallinero humano, compacto y reducido. ¿Y nosotros Pe? - le preguntamos algo preocupados al jalador. Un leve movimiento de quijada fue suficiente para comprender que había llegado nuestro turno. Pasaron primero las chicas, ascendiendo por la escalera, haciéndose un lugarcito en el congestionamiento humano. Pero cuando intenta Gambito subir, lo detiene un el brazo de una barrera de piel y huesos. El colectivo era una bomba de tiempo a punto de explotar. Ya no cabía ni un alfiler. Entonces por lo bajo, el jalador nos da una noticia esperanzadora, aún queda lugar en el portaequipajes. Nos miramos con Gambito, y si, a esa altura no entrabamos ni de suplentes, pero no perdíamos la fe de jugar ese partido. Encima comenzaba a refrescar entre tanta indecisión. Así que despachamos nuestras mochilas sobre el monte de equipajes, y nos abrió un compartimiento contiguo. Si señor, íbamos a viajar en un cubo de metal del mismo área que ocupa una mesa de comedor familiar . Al tamaño ínfimo de la capsula había que imaginarla a oscuras y en movimiento. Nada apto para asmáticos, claustrofóbicos o gente racional. Sin saber si reír o llorar ocupamos el espacio diminuto como pudimos. Sin hacer demasiado ruido para que nadie se entere de tal negligente situación. Una vez dentro, la puerta quedo cerrada de afuera, y en ese silencio cavernal quedamos en plena oscuridad. Nuestro vecino, el motor, una vez encendido le dió inicio a la extensa jornada,que sin saberlo en aquel momento, iría en dirección a las montañas de Huaráz.

Reímos mucho los primeros kilómetros por estar viviendo un momento tal surreal. ¿Por cuál razón estábamos viajando adentro del portaequipajes de un colectivo en Perú sin tener noción a donde nos dirigíamos? ¿Qué me llevaba a normalizar siempre situaciones tan raras? Quién sabe.

Aunque la rigidez del metal era estrictamente incómoda, era el progresivo frío aquello que nos taladraba el encéfalo al pensar que ninguno de los dos había tomado la precaución de llevar un abrigo. Conversábamos de cualquier cosa para que la distracción mental disminuyera el entumecimiento del cuerpo. Pero no había forma de escapar, trascurrían los minutos, las horas, y era pertinente abrazarse. ¿Había acaso otra alternativa? Abrazarse no por sentir cariño espontáneo en ese momento de intimidad, sino para conservar y multiplicar el poco calor que traíamos almacenado. Ahora si que estábamos pisando el palito. A mi cuerpo lo rodeaban los brazos tatuados, con siniestras calaveras y patinetas, de un punk marplatense, y una voz ronca que no renunciaba a maldecir a las madres de todo el planeta. Gambito tenía una gran habilidad para perder monumentalmente los estribos. Con la misma demencia en que un barrabrava de Chacarita se defendería de la fuerza policial en un aprieto, mi osito de peluche punk de improvisto inició una brutal descarga de ira y desesperación, pateando y golpeando a mano abierta las chapas que ineficientemente nos acobijaban. ¿Cuantas horas llevábamos allí encerrados? Ni idea. Tampoco teníamos linterna ni reloj. A los golpes por si fuera poco barullo le añadió  agresiones presidiarias, tales como: "Abran la puerta hijos de puta, nos estamos congelando acá abajo", "quiero salir, no aguanto más" y "Sáquenme de acá ya". Parecía un convicto recién llegado a la cárcel de Devoto en estado de shock. Con terrible cantaleta el colectivo se detuvo, y al abrir la puerta quedamos estupefactos. El sol daba las primeras luces del alba, iluminando el paisaje. Estábamos en frente a un cordón de montañas con picos nevados. No jodas. Y nosotros como dos locos de neuro psiquiátrico vestíamos a duras penas, remera y pantalón corto. Nos pidieron perdón el chofer y el cobrador por no abrir la puerta antes. Se habían olvidado por completo de nuestra escueta existencia. Temblando como gelatina asustada viajamos envueltos en dos frazadas los últimos kilómetros antes de llegar a Huaráz. La cápsula quedaría atrás, en el pasado como un viejo recuerdo, ahora estábamos próximos a enfrentar la ciudad, nuevamente sin un centavo en los bolsillos y con un frío invernal.


Parque Nacional Pastoruri - Huaráz

Parque Nacional Pastoruri

Cuando te sangra el corazón

Tortugas - Perú

Cerré con llave el pequeño y sucio cuarto imaginando la cantidad de historias extravagantes que tendrían para relatar esas cuatro paredes húmedas. Ese espacio ínfimo e insípido, a simple vista no parecía albergar más que a seres solitarios, magros y abandonados a su mal genio, y a parejas errantes sin hijos, entre prostitutas en decadencia y un hediondo olor a melancolía, que cubría la atmósfera del predio sin dejar ingresar la luz del sol. De todas formas su capacidad de carga soportaba por el valor de diez soles diarios, el silencio tenaz de los vendedores ambulantes, y el tronar de las monedas de los artistas callejeros, que demostraban en la vía pública alguna habilidad circense o musical.
Olvidé el cuarto, y caminé en sentido exploratorio, dirigiendo mis pasos al centro de la ciudad. Chimbote hacía ruidos de bocinas de mototaxi y su calor húmedo, le cubría de una delgada película de sudor a todos sus habitantes.

Un hombre viejo, anclado a la vereda con una mesa llena de papas cortadas, entusiasmaba a la audiencia para que experimenten los poderes milagrosos del almidón, o alguna otra propiedad de dicho tuberculo. Las tiendas de ropa competían entre ellas colocando cumbias peruanas a un volumen tan alto que resultaría irritable hasta para Buda y sus secuaces escucharlas.  Algunas familias se refrescaban con la brisa del mar Pacífico en el malecón de la costanera. Un peruano oriundo de otra ciudad arrojaba sus tres machetes al aire en el cruce peatonal de una avenida, sacando trucos malabaristicos e intentando no rebanarle los dedos a ningún peatón. Otros caminaban observando con asombro indiscutido las mismas vidrieras de siempre y algunos pocos contemplaban el mero comportamiento humano. Entre esos pocos me encontraba yo, revolviendo con audacia las pocas monedas que cargaba en el bolsillo, entre cavilaciones metafísicas y un hambre voraz. Entonces decidí ejecutar la misma maniobra de aquella mañana. Amarre la mochila de mano a un poste de señalización, extraje de allí tres bolas blancas y comencé a estirar y calentar el cuerpo. Cinco minutos más tarde me hallaba casi gritando arriba de las rayas blancas del asfalto, presentando mi número de malabares, durante los cuarenta segundos que duraba el semáforo en color rojo. Dejaba los diez segundos restantes para pasar la gorra , esperaba que termine el color verde y volvía a repetir el acto. Con ese sofisticado sistema de exposición de circo ambulante, juntaba dinero en aquel entonces. Esas monedas de niquel me permitían vivir como un vagabundo en cualquier ciudad. Cuando creía haber hecho lo mínimo e indispensable para comer y cancelar el cuarto, desamarraba la mochila, guardando las mágicas bolas dentro. Más tarde me recostaba a leer, pensar, escribir y contemplar bajo la sombra de algún árbol, los misterios de la vida.  Me sentía un Sócrates tercermundista del Cono sur.

Jaén - Perú

Realmente buscaba analizar y comprender la vida, viviendo como nunca había vivido antes. Relajado y solitario. Casi siempre aceptando cualquier tipo de invitación o internandome durante días u horas en la selva de la ciudad social o en cualquier monte.

Antes de extraer las conclusiones mentales del día anterior, ya estaba respirando un día nuevo, en un lugar nuevo, con alguna nueva compañía, escuchando diferentes experiencias de vida, probando otro sabor, enfrentando alguna nueva adversidad. Como en mi vida estable los cambios no llegaban, comprendí que yo mismo debía ir a buscarlos, ofreciendo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma en sagrado o autodestructivo sacrificio. Porque claro, aún me encontraba lo suficientemente desorientado como para encontrar una mínima claridad en mi camino. Era yo quien había decidido tomar ese camino, nadie me dio el empujón. De cierta forma lo disfrutaba, aún cuando la situación me hacía rebalsar el vaso de bronca, hambre o soledad.

Y así como llegué a Chimbote, de la misma forma me fuí, caminando hasta la ruta, esperando la bondad de algún conductor que no le temiera a mi silueta delgada. Entonces pasó el tiempo y ya no recuerdo todo lo que allí aconteció. Las imágenes mentales van diluyéndose como tinta con exceso de agua , en mi memoria. Pero eso verdaderamente no me importaba. Con quien conversé en Huánuco, donde dormí en Chiclayo, como me las arregle en Tortugas, tampoco me importaba. Iba de un sitio a otro en Perú sin entender el valor de mis palabras ni el poder de mis actos, de mis miedos, de mis deseos. Dentro de un mundo cada vez mayor, yacía en cautiverio entre los conflictos de la razón, de lo que es y de que deseamos que sea. Quería definitivamente exorcizar mis demonios, pero respiraba aún el aroma de la confusión. Era escéptico a la idea del poder interior o simplemente lo ignoraba. Escuchaba atento aquello que me decían, pero no me responsabilizaba cuando desperdiciaba una oportunidad por sentir pereza, vergüenza o por no hacerle caso a la intuición. Luego al momento de reventar las consecuencias en mis manos, no conectaba los cables sueltos, y la paz y la felicidad adquiridas fugazmente otra vez se iban.

Ruinas de Chan Chan - Trujillo

Laberinto del desencanto interior, dime cómo hallar la salida.

Vagué sin sentido, porque vagando tenía que despertar. Me sentí en un prolongado letargo porque estaba tan ciego que en mí no veía la posibilidad de ser libre. Como no me sentía libre, creía que nadie lo era. Como no experimentaba una duradera felicidad, creía que no existía. Como veía éxito en el talento y aseguraba estar exento de algún don, me sentía condenado a la mediocridad. 
Encontraba engaño e incomprensión cada vez que leía una verdad, y creía que era estúpido aferrarse al dogma de una religión. Metía a mucha gente en una misma bolsa, pero quería que a mí no me incluyan en ninguna. Arrojaba la piedra y escondía la mano. Humano, demasiado humano. Entonces con tan poca autocrítica, 

¿Hasta donde debía ir para conseguir encontrarme? 
¿Cómo iba a tener sentido mi vida si para empezar, yo no le daba uno?
¿Como alguien no me iba a querer dañar si yo también había dañado y aún lo seguía haciendo, de forma siempre tan sutil?
¿Cómo iba a recibir, si aferraba tanto, sólo para mí? 
¿Cómo no iba a acercarme al dolor, si la culpa me obligaba a recibirlo? 
¿Cómo iba a sentir placer por el trabajo si cada día no quería hacer lo mismo y no hacía nada para cambiarlo?
¿Cómo iba a encontrar amor, estando tan perdido?
¿Cómo iba a ser un buen padre si todavía no había aprendido a ser buen hijo?
¿Cómo iba a creer en una fuerza superior llamada Dios, si no creía en una fuerza diminuta llamada Yo?
¿Cual era la magnitud de mis problemas si era tan sólo una gota de sal en el vasto océano?

Como venía diciendo, vagué sin sentido, porque vagando tenía que despertar. Y de a poco me fuí dando cuenta que:

No obtenemos más de lo que merecemos.
El amor que recibimos es proporcional al amor que brindamos.

Hallar felicidad es síntoma de estar caminando por el camino correcto. 
Hasta entonces seguimos desorientados con los ojos vendados.

Un beso, un abrazo y una sonrisa, son eternos regalos. 
El resto se degrada entre las frívolas horas que va dejando atrás el reloj.

La tragedia del horizonte, es saber que siempre estará más allá de nuestras pasos y al mismo tiempo y por tal motivo, viviremos pretendiendo alcanzarlo.

Como afirmó sabiamente el controversial Palito Ortega, la felicidad es sentir Amor. 
Y ese Amor comienza, amándose a uno mismo.

Máncora - Perú
Pelicano en la playa de Paracas - Perú