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Portal de mi libertad

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.

Miguel de Cervantes. Don Quijote



Estirar los brazos para rodear la nuca,
inclinando la espalda hasta el suelo,
conectando los filamentos
a través de la piel
a mi único hogar,

la tierra.

En el mar,
en la arena,
en el cemento de un pueblo,
en el cartón amigable,
y acolchonado de la ciudad.

Decidir cuándo poder reclinar la espalda
es el mayor deseo de este negro rebelde
que trabaja para retornar,

al descanso.


Cangrejo de pinzas fuertes,
lunático de mirada perdida.


Y al sol, al sagrado sol, lo necesito tanto,
como un testículo necesita al aire libre,
o una tortuga a su caparazón.

Cada día, horas al sol,
para quemar la locura,
de tumbarme en la calle
y pedalear en la ruta
sin planificar a donde llegar.

¿Quién puede calmar el mar?


¿Cómo logras detener una ola?


¿Quién dirige a las hormigas


y quién sabe hacia donde van?




La Quebrada de las Conchas - Salta


Virgen de Urkupiña

La Caldera - Camping


El peso de la roca elegida era absurdamente elevado. Éramos más de veinte hombres cinchando de la cuerda que la amarraba, intentando extraerla de la tierra donde descansaba hacía algunos miles, o quizás millones de años. Esa masa compacta de minerales ejercía la resistencia suficiente como para que la tarea sea una actividad olímpica, un evento exageradamente prehistórico. ¿Con qué fin estábamos con el cordobés ayudando a ese grupo de bolivianos a realizar tal actividad? Sinceramente no lo sabíamos, suponíamos que era parte de algún ritual de su nación, o quizás era un ataque de locura colectiva. Además, sin dudas esas personas estaban aceptando recibir nuestra colaboración sea cual fuere el objetivo. 
    La actividad me daba gracia porque cada tanto, todos caíamos en escalera al suelo al desajustarse la soga de la piedra, como si fuéramos las fichas de un domino erguidas en forma vertical. Además no hay nada más lindo y  satisfactorio que juntarse un domingo por la tarde con decenas de desconocidos para arrastrar una roca gigante monte abajo atada a una cuerda.
    Una vez que la roca fue exitosamente extraída del pozo, nos ayudamos físicamente utilizando algunos troncos de rodamiento, para agilizar el traslado de la misma. Ciertas personas entre grandes y jóvenes, extraían y volvían a colocar los grotescos cilindros de madera en la parte inferior de la roca a modo de cinta trasportadora,  haciéndola rodar de a escasos centímetros.  Incas, mayas, egipcios y tantas otras civilizaciones habían hecho lo mismo pero durante cientos de años para edificar templos y pirámides. Y no resulta un trabajo tan descabellado cuando es el método más eficiente conocido hasta el momento.
    Durante más de dos horas de jalar intensamente la cuerda, logramos llevarla al sitio de destino, alrededor de unos ciento cincuenta metros más abajo del cerro donde nos encontrábamos al principio. Marita nos acompañó con entusiasmo en todo momento, al igual que otras y otros adeptos. La piedra quedo entonces anclada solemnemente al ras del suelo en su nuevo hogar, a la espera de ser bañada en cerveza y recibir los eufóricos mazazos de los devotos.



    Cuando algunos ancianos decidieron que el objetivo estaba completo, la alegría estalló en el rostro de todos los participantes y el resto de los acompañantes. Aquello que estábamos presenciando en cercanías a la localidad de La Caldera, Salta, era la veneración anual a la Virgen de Urkupiña, la Patrona de la integración boliviana. Según cuenta la leyenda esta mujer hizo su aparición en el Cerro Quta, a fines del siglo XVIII, al sudoeste de Quillacollo, en primera instancia ante los ojos vidriosos de una niña y luego al resto de la comuna. A raíz de tal milagro sucedido en la cúspide de dicho cerro, año tras año peregrinos de todos los rincones de Bolivia se acercan al pueblo a venerar su templo y para realizar distintos tipos de ceremonias. Nosotros, estando en el norte argentino, estábamos participando inconscientemente de uno de esos  extraños rituales, que los bolivianos expatriados realizan en los países donde residen.
    Antes de iniciar la fase dos del ritual, nos convidaron a todos los jaladores un exquisito plato de pollo asado, chorizo y morcilla, como forma de agradecimiento. Las doscientas personas que allí nos encontrábamos, luego hicimos un semicírculo alrededor de la roca para apreciar las coloridas danzas folclóricas que la colectividad boliviana  traía ensayada. Una vez que finalizó el entretenido baile, inició lo que personalmente hallé como la mejor parte. Había llegado el momento de moler al tótem rocoso con una angelical maza de demolición.
    El trato era el siguiente: cada devoto por el valor de diez pesos, recibía por parte de los organizadores una botella de cerveza caliente para batir, beber y rociar la piedra, y luego el préstamo de la maza de acero para darle tres certeros golpes a la esbelta roca. Se creía que el tamaño del mineral expropiado al tronco central, iba a ser proporcional al cumplimiento de la petición silenciosamente hecha a la Virgen de antemano.  Entonces uno a uno fueron pasando al frente. Jóvenes, adultos y ancianos. Misteriosamente algunos musculosos bolivianos no conseguían extraer ni siquiera una pequeña esquirla de roca, al mismo tiempo que personas de golpes débiles y mal apuntados, conseguían extraer grandes pedazos. Claro que no siempre el resultado era el mismo. Y así se fue pasando la tarde en aquel monte salteño, entre graciosos y enérgicos golpes a una mole milenaria, mientras la Virgen María tomándose un té de tilo desde lo alto del cielo, decidía a quién concederle su deseo.
    Al cabo de un par de horas más de asistencia a la ceremonia, regresamos los tres mosqueteros al camping de La Caldera, donde con Marita nos finalizaríamos quedando unos treinta días y el cordobés más de cuatro meses.

Agradecimientos en el día de la Pachamama

Ofrendas




Jesucristo también es uruguayo

Egresó de un hueco después de estar mucho más de tres días encerrado, ultrajado, maltratado, no del sepulcro, éste se escapo de un neuro-psiquiátrico, y gateando desde Montevideo llegó a Salta capital hecho un diablo. De entrada bardeó al sacerdote de la Iglesia central un sábado por la noche en plena misa y se fumó los cigarrillos de media provincia sin importarle las marcas.
    Pidió puchos y dio las gracias. Pidió comida y dio las gracias. Pero la gracia a él nunca le llegaba. Reía como un niño de salita de cuatro, después lloraba descontrolado como el cauce de un río desbordado. Estaba más loco que una cabra, pero como era simpático lo invitamos a comer un choripan en el Parque San Martín. Otra noche le dimos de fumar marihuana.
    Afirmaba que era la reencarnación de Jesucristo. Él era el mismo que haciendo dedo se lo encontró a San Miguel conduciendo un Peugeot  205 y vio a Bob Marley en Japón reencarnado. 
   Suéter de lana multicolor y rulos de arcángel. Cantaba con alegría y hablaba hasta por los codos. Resurrecciones, erecciones, transformaciones. Bla, bla, bla. Estaba más solo y perdido en el mundo que un musulmán mordiendo una bondiolita de cerdo en el Vaticano.
    Incoherente, contradictorio, bipolar. Intuimos apenas unas gotas de cordura adentro del mar de locura de su alma en llamas. Los testigos de Jehová le ponían los pelos de punta y le contagiaban rabia. Recordaba más pasajes de la biblia que memorias de su pasado. Electroshock del siglo XXI, indigente del fututo apocalíptico premonitorio. Predicador, viajero y ciudadano ilustre de la calle.
   
  Si creía ser Cristo, entonces lo era, en versión desquiciada con una definida cultura matera uruguaya. Si se le había desfondado el balde de la cordura, ¿cuál era el problema? Si a muchos samaritanos también se les voló la tapa.
    Así de linda es la vida, que uno se encuentra al Jesucristo latinoamericano en las calles de Salta, plácidamente caminando a la espera de que algún día llegué Dread Mar I a la ciudad norteña y consiga darle su mensaje.


Mural en Joinville, Brasil

La quebrada de la conchas



Producto de la erosión, abundan cerros multicolores y extrañas formaciones rocosas en el marco de un paisaje de inmensa belleza. La Quebrada de las Conchas es una reserva natural provincial ubicada entre las ciudades de Salta y Cafayate, en el norte argentino. 

La bajada del Río de las Conchas de los Andes esculpió este valle hace aproximadamente dos millones de años. El accionar de la erosión expuso las capas sedimentarias de la roca, dotando las sierras de la quebrada de una singular belleza multicolor. Mas el bello paisaje no es la única atracción; el paso del agua y el viento también dejaron curiosas formaciones naturales que han sido bautizadas con diferentes nombres.




Garganta del Diablo - producto del accionar de una antigua cascada que talló un gran agujero en la roca.
El Anfiteatro - otro gran agujero en la piedra tallado por el agua.
El Obelisco - una gran torre de piedra que se levanta del suelo en soledad
El Fraile - hay que usar la imaginación para visualizar bien este ejemplar
El Sapo - gigante piedra que se asemeja a una rana
Las Ventanas - una pared de roca esparcida por pequeños agujeros
Los Castillos - grandes columnas de piedra que sobresalen de un monte de roca





Junto a una familia francesa