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Mundo privado

- De todo vas a escribir una historia o un poema?
- No, de todo no. Esta conversación es nuestra, No pienso compartirla.
- Gracias Mauri, gracias por regalarme ese pedacito de privacidad.
- Gracias a vos, por habitar adentro de mi cabeza, y hablarme todo el tiempo. Tengo que confesarte algo...además de tu voz, también me agrada mucho tu compañía, querida Soledad.




Cuenca - Ecuador

La comunidad sin anillos







  

 Y claro que no había anillos, nadie tenía ni buscaba poder. Éramos varios, de varias nacionalidades, el número de integrantes con los días, al igual que el dólar en Argentina iba fluctuando. Recuerdo que una noche llegamos a ser alrededor de veinticinco personas, hasta llegamos a festejar la Navidad y dos cumpleaños. Era una comuna sin fecha de vencimiento, así como había nacido de improvisto se difuminaría en algún momento impreciso. Estábamos juntos para compartir experiencias, conocimientos, música, amores, fogones, malabares, artesanías, duchas en el mar, risas, trabajo, comida, noches, tardes y días.
    A mí me reclutaron una noche, una de esas que caminaba por la ruta sólo. Ciertamente iba sin rumbo fijo, empujando mi alma hacia el sur. Sabía que a 12 kilómetros desde donde me encontraba había un pueblo de pescadores, quizás la idea era llegar hasta allí. Sin embargo a mitad de camino una camioneta rebalsada de viajeros, se detuvo. Iban tres pueblerinos en la cabina y el resto en la caja, con bolsas y mochilas entre sus piernas. Me invitaron a subir, y acepté con alegría mi destino.
    El pueblo de San Mateo les había dado las llaves de una cabaña solitaria que se hallaba de frente al mar, para que vivan allí y den talleres de música y artesanías con materiales reciclados a los niños del pueblo de forma gratuita. Nadie había firmado un contrato, a nadie le iban a pagar un mango, pero tampoco se hablo de fecha de caducidad. Más que un trabajo era un privilegio. Eran seis al principio y conmigo ya sumábamos ocho.
    Entonces con una organización horizontal poníamos dinero para abastecernos de comida, rotábamos a los encargados de la cocina y de limpieza, y viajábamos a dedo hasta la ciudad de Manta para trabajar, cada uno en su rubro para abastecernos de agua potable y alimentos. Como dije antes, el número de integrantes iba fluctuando. A veces llegaban vecinos de visita, a veces niños, otras, pescadores con cerveza o pescados de regalo, y en ciertas oportunidades más viajeros con sus carpas y pertenencias encima.
    Así sucedieron los días y las largas noches, en esa cabaña de dos pisos de puerta siempre abierta de par en par. Gente de España, de Colombia, de Argentina, de Ecuador, de Francia. Convivencia sin roces, charlas de enciclopedia, de atlas, de personas sin fronteras ni religión. La arena era la cocina, la arena era el baño, la arena era el patio de juegos, y el living comedor. Hasta que un mediodía, al cumplirse unos treinta días de mi llegada, nos visitó el intendente del pueblo. Si bien la comuna estaba feliz de que hayamos hecho un festival artístico en la única iglesia del poblado para festejar la navidad, muchos vecinos estaban preocupados al ver que cada semana éramos más personas viviendo allí, prácticamente al aire libre. Decidieron desalojarnos antes de que se les vayan de las manos nuestras intensiones. Si bien nadie pensaba radicarse en la cabaña durante mucho tiempo más, tampoco ninguno decidía irse. Así que luego de recibir el ultimátum del funcionario público, en menos de lo que demora un helado de banana Split y chocolate suizo en la mano, abandonamos el lugar. De a grupos y sin empujar retornamos todos a la ruta, organizando festejar el año nuevo en la playa de Mompiche, para que no se acabe el carnaval.















Transiciones en el Amazonas

Mono leoncito siendo alimentado en el barco

"Quién toca el fuego de un indio, se incendia a sí mismo"

Don Juan


    Luego de un mes y medio, entre la selva y la ciudad de Iquitos, decidí continuar viaje con rumbo a Ecuador. Esta vez por vía fluvial. Comenzaba la época de lluvia y el brote de fiebre amarilla, malaria y dengue ya se hacía notar en la ciudad. Ya algunos viajeros extranjeros estaban cayendo con síntomas y malestares en las articulaciones en el hospital, por lo tanto consideré que el cambio de estación era la excusa perfecta para salir de ahí, corriendo. Las lluvias eran calurosas pero intensas.
    Después de ser deportado dos veces de Ecuador y pasar un total de doce noches encerrado en diferentes celdas (por hacer malabares en la vía pública siendo extranjero), volvería a intentarlo con mentalidad triunfadora. Flora, una chica de Francia me acompañaría en ese trayecto de ocho días de barco por la Amazonía, navegando por el río Napo hasta la frontera de Pantoja.
    A mitad de camino nos quedamos dos semanas en Santa Clotilde, un pequeño poblado indígena y criollo a la vera del río, donde una amable familia nos brindó las comidas diarias y un sitio donde colgar las hamacas. Mientras nosotros les dábamos una mano con las faenas de la casa y hacíamos algunos trabajos más pesados. Allí los niños correteaban libremente por los montes con pequeños monos en sus hombros de mascota. En vez de tener bicicletas paseaban y pescaban utilizando piraguas de una sola pieza, es decir con un trozo de tronco quemado y calado por dentro elaborados con herramientas artesanales. Abundaban las exóticas frutas tropicales; y allí degusté por primera vez la ingesta de gusanos del tamaño y el color de un ñoqui estando los bichos vivos, ellos los comían como si fueran golosinas; y me emborrache un par de veces bebiendo tubérculos fermentados (masato) y licor de maíz (chicha) con las familias de los indios nativos. Bebían tanto los jóvenes, como los adultos y los ancianos  riéndose siempre a carcajadas. Fue la gente más bella, jovial y relajada que conocí en mi vida. Nativos de espíritu sano, pocas palabras, de gran curiosidad y generosidad descabellada.
    Luego, al retomar el viaje en barco ingresamos al Parque Nacional Yasuní al atravesar la frontera con Ecuador, junto al oficial de migraciones, un policía, un alemán, una italiana y un español. La piragua era una ensalada internacional. Allí conocí a los delfines rosados y cantidad de tortugas de río nadando en un majestuoso santuario de vida libre y salvaje.





    En esa oportunidad ingresé al país con los papeles migratorios en regla, ya que la única computadora del puesto fronterizo la tenían averiada y no había forma de conocer mis antiguas deportaciones.
    Sin notarlo estaba comenzando a materializar lo imaginado y eso me brindaba una completa e indescriptible Libertad.

Flora


Nativos de Santa Clotilde


Debajo del puente



Debajo de los puentes suceden cosas. Siempre suceden cosas. Cosas raras y misteriosas sobretodo. Son como los galponcitos abandonados de las viviendas; como los sótanos oscuros y húmedos; como los altillos que nadie visita. Ahí, en un mismo lugar, se junta toda la porquería. 
Para muchos los puentes son un lugar de encuentro, que ante la catástrofe de un día convencional, puede rescatarles una sonrisa o llevarles de viaje a otro plano mental. Sobre el puente transitan trabajadores, estudiantes, entes productivos y mercaderías, y por debajo funcionan las oficinas del centro de reclutamiento del ser marginal. Así es, podrás encontrar además de excursionistas momentáneos de la calle, a gente viviendo plenamente instalados en un hogar compartido sin ningún tipo de infraestructura ni gran comodidad. Son esas personas que no figuran en los censos, esos hermanos perdidos, esos hijos olvidados, esos amigos que ya no se sabe a dónde fueron a parar.


Ranchándola en una casa abandonada en Porto Belo - Brasil

Una tarde en la ciudad de Manta, Estado de Manabí, Ecuador, tuve la urgencia de ir a orinar cerca de la columna de contención de un puente cercano a la terminal de colectivos. Hacía un calor machacante aquella tarde y poca gente circulaba por las calles. Había dejado de hacer malabares en el semáforo por tal razón. Mi perímetro corporal estaba recubierto de una gruesa capa de sudor, que me daba el aspecto de estar embutido dentro de un envoltorio intensamente incómodo. Creo que bajo los efectos del calor húmedo todos nos convertimos en chorizos humanos ambulantes.
En el momento justo en que me dispuse a descargar mis orines contra el pasto, un hombre sin techo, salió sorpresivamente detrás de un árbol. Como si fuera un ente fantasmal, no me percaté de su presencia hasta tenerlo tan próximo que casi alcanzo a mearlo.  A él poco pareció interesarle la cercanía y mucho menos ser orinado. Tenía olor a eructo de gato domestico, impregnado en su ropa y en su piel.
Conversamos un momento mientras efectuaba mis secreciones naturales. Cómo había onda y no le daba vergüenza ver un 37% de mi cuerpo desnudo, me invitó a compartir un momento junto a su familia. El señor de aspecto desaliñado, rostro curtido por las radiaciones del sol y con urgencia postergada de higiene, no parecía tener malas intenciones. Entonces acepte caminar junto a él. 

Dimos la vuelta a la columna de concreto y en un semicírculo reparado del viento se encontraba el ejército de  la perdición. Alrededor de ocho personas estaban sentadas en el piso, apoyando sus espaldas contra la pared. Una mujer morena, excesivamente obesa y un joven de más de veinte años estaban hundiendo su respiración en una bolsa cargada de pegamento, inflando sus sienes con tolueno; otros dos conversaban a los gritos incoherencias y extravagancias al cielo; tres cargaban sus pipas artesanales de aluminio con pasta base y dos o tres más, alejados del resto estaban en un rebosante estado de paranoia, registrando a los peatones lejanos con mirada de águila depredadora. El escenario se presentó tan de repente que saludé a los que pude con la mano y me enterré como un ñandú en el piso, junto a los que incineraban otra dosis de polvo químico. Era evidente, por las actitudes y los vestuarios que traían, que todos ellos vivían en situación de calle, entre los vértices de la fisura.
En la misma y única pared donde estábamos apoyados había una frase escrita con carbón vegetal que rezaba, “cuando muera iré directo al cielo porque ya cumplí mi condena en el infierno”. Al leerlo se me erizaron los pelos del brazo y una voluminosa gota de sudor frío corrió libremente por mi espalda.
Otra ranchada de crotos citadinos, en vías de autodestrucción.
De pronto uno de los paranoicos se aproximó para ofrecerme su mercadería. Y como ya estaba en el baile, le pase menos de tres dólares en monedas y me devolvió con actitud de camarero un puñado de papeles. Me sonrió con una mirada fuera de órbita mientras otro de ellos me pasaba un tabaco y su pipa. Fumamos el cigarro a medias mientras íbamos guardando las cenizas en el cuenco de la pipa. Mixturamos el ingrediente del primer papel en la misma, y le dimos candela. Dos o tres caladas cada uno y quedamos íntegramente de la cabeza, estallando con cada bocado como una centella . La volada de peluca era tan vertiginosa que perdí el equilibrio aún estando sentado. Metele nafta que la hoguera está que arde. Otra vez me subía al carrusel de la demencia, rodeado de almas en ruinas. Un papel tras otro, un pipazo tras otro, fluctuando por el cemento cósmico en un viaje interminable a la deriva. La mente es un cohete. Los pensamientos, alfileres. Mi alma no quiere más.
No quería saber nada con aquel submundo, pero por alguna razón había buscado experimentar aquello que estaba viviendo. Juntarme con los linyeras que estaban perdidos en la estratósfera y ver con los mismos ojos al mundo. Aunque diagramemos el propio infierno con crayones de azufre el lienzo, buscando comprobar que tan profundo puede llegar a ser el abismo de la realidad.  No me importaba, mi alma y mi cuerpo iban directo al altar del sacrificio. Siempre me había preguntado si las drogas duras eran verdaderamente fuertes o si la voluntad humana era demasiado débil para poder soportarlas. Experimentar, para descubrir la verdad de la milanesa y no quedarme a mitad de camino con la duda constante. Es mejor quedar como un loco ante la sociedad que descomponerme en una tumba con tantas preguntas.

Entonces fumamos un papel tras otro, sintiendo el cráneo a punto de estallar. Quería pararme y caminar, correr, saltar, llegar hasta Chascomús de rodillas. Besarle los pies a la madre Teresa. Gritar hasta que me sangre la nariz. Hacer cualquier cosa para salir de ahí, para salir de mí. O quizás regresar. Había olvidado las instrucciones para detener los engranajes del motor de mi propio caos. 
Hasta que de pronto lo conseguí. Me paré como pude, saludé como pude y caminé intentando no tropezarme con mis propias piernas. Avancé a toda velocidad sin dirección alguna. Quería partir en dos el viento, gastar energía para disminuir la euforia. Caminé y caminé por una larga avenida contigua al mar. Cuando me di cuenta ya era de noche y estaba en la periferia de la ciudad. Junté unas cajas de cartón en el camino y seguí caminando hasta llegar a la ruta. Me topé con una estación de servicio. Estaba derrotado, mi cuerpo no daba más. Bebí algunos litros de agua y afuera de un local clausurado me rendí a descansar hasta el día siguiente, en mi nido de polvo, cartón y soledad.


Estufa-hogar de Ambato - Ecuador


Hay tantas formas de alterar sutil o ferozmente la conciencia, que hay mayor cantidad de drogas legales en el mercado de libre comercio que ilegales en la clandestinidad. Hay quién decide tomar cocaína, hay quién decide fumar tabaco, hay quién decide beber medio litro de lavandina en ayunas, o quizás mirar televisión masticando terrones de azúcar dentro de una taza de café. Todo nos altera, todo puede provocarnos dependencia, incluso comer. Pero, ¿eso depende de la sustancia o será responsabilidad del consumidor?

El código civil penaliza el consumo de ciertas plantas y de ciertos estupefacientes, colocando al usuario en el mismo peldaño que un delincuente, un homocida o un violador. ¿Es por miedo a que la gente pierda la cabeza, la sensibilidad, o el estado de conciencia? ¿Y qué me dicen del alcohol? Bebida aceptada socialmente que en exceso es igual de nociva para la mente que el Poxipol.  ¿Cuantas vidas se carga por año entre la cirrosis y los accidentes de tránsito?  ¿Es verdaderamente un borracho amigable y un drogadicto peligroso?  ¿Porqué te cae encima la cana por fumar una planta y sos impune teniendo la heladera colmada de vino espumante o cerveza?

Los excesos son malos, y no las sustancias en sí mismas. Todas son consumidas por una misma razón: calmar la ansiedad. Callando los pensamientos, apagando la calculadora del cerebro. Son elegidas de acuerdo al poder adquisitivo del consumidor y al efecto que cada una provoca. En lo sutil la merca pura será para el empresario, lo mismo que la pasta base para el pobre. Una dosis de euforia con distinto valor.

¿Qué me dicen de los causas de los homicidios brutales que existen desde el inició de la civilización? ¿No fue Caín quién asesinó a su hermano Abel en las escrituras bíblicas? ¿Cuál droga había consumido para cometer tal fraticidio? ¿Qué tan drogado va un soldado a la guerra? ¿Y un general bajo cuál efecto ordena la ejecución masiva de niños, ancianos y mujeres? Los científicos del Escuadrón 731 quienes se encargaban de la vivisección humana sin anestesia durante la segunda guerra mundial, ¿fumaban Paco o sus demencias profesionales eran de carácter natural?

En aquellos tiempos de delirio callejero comencé a pensar que la responsabilidad del consumo de drogas no es de los narcotraficantes ni de los políticos que permiten clandestinamente su distribución, sino de los mismos usuarios, que ejercen su libre albedrío y eligen la anestesia o la euforia pasajera como medicamento para aplacar sus problemas o entretener su aburrimiento nefasto. 
Las drogas no nos modifican, sólo ponen en evidencia una parte de nuestro ser. Por tal razón la misma sustancia produce diferentes efectos en cada persona o en cada momento que son consumidas. Quién sucumbe fácilmente ante la irá en algún momento, tarde o temprano la dejará explotar. Lo hará alcoholizado, o lo hará sobrio, lo mismo da. Las drogas son potencializadoras. Amplifican, expanden, aquello que no nos animamos a soltar, aquello que verdaderamente somos. Entonces en un estado de desesperación o simple apatía una dosis viene como anillo al dedo. Aunque sea un vil engaño. Una sensación pasajera. Un espejismo. Oculta cobardía .
Somos responsables de lo que consumimos, y de los efectos que nos producen. No hay nada que sea en sí mismo tan adictivo. Ningún vicio es imposible de abandonar. Las drogas no son malas ni buenas, y en cierta forma también nos ayudan a comprender de otra forma la realidad.


¿Qué es acaso real? 
¿Bajo qué tipo de percepciones determinamos la diferencia entre realidad y fantasía?

Para hablar de drogas también hay que remitirse al punto económico. Las cárceles están atestadas de consumidores de una planta relajante llamada marihuana y de pequeños revendedores de sustancias químicas, que trabajan en ello para sustentar su vicio, a su familia o a su propia demencia. En su mayoría son personas de bajos recursos, que no pueden pagar a ningún abogado para que haga palanca y sean tratados con una pizca de dignidad. Sin pagar una buena defensa, son acusados de "criminales", pasando sus horas y sus días encerrados. Cabe aclarar que en las oficinas se consumen las mismas drogas, pero contratan abogados con tarjeta Visa o Master Card.

¿Cuánto se benefician los jueces del Estado, los abogados privados y públicos, la policía, los senadores, los diputados, gendarmería, los oficiales aduaneros y sujetos a fines, con la penalización de las drogas? Monumental negocio tienen montado quienes se encargan de venderte la idea de que las drogas son algo prohibido, sinónimo de ilegalidad. Analizar en profundidad esta cuestión da para escribir un libro entero, y esa no es mi cuestión. No se trata de apoyar el consumo de drogas, sino de luchar contra la hipocresía de prohibir sustancias por miedo a que la gente pierda la cordura. Mientras algo se produzca no va a dejar de consumirse. Mientras algo se prohíbe, se le da rienda suelta en la clandestinidad. Y lo más irónico de todo es que muchos de quienes las prohíben, también las consumen y se quedan con el dinero de la venta.

La gente que habla sola


Clandestino ( 9 de mayo de 2012 )

    Húmedo por el rocío de la madrugada y enroscado como una boa en la bolsa de dormir, ayer me desperté en el techo de una casa en construcción, en San Ignacio, al norte de Perú. Rápidamente alisté mi mochila ya que al ser de día no quería ser percibido por los vecinos, evitando levantar sospechas. ¿En qué andará metido ese argentino durmiendo en el techo de una casa? Imaginé que alguien podría estar pensando, al verme egresar esquivando los escombros y los hierros de construcción de mi último e improvisado hogar. Reí. Realmente, ¿qué era lo que estaba haciendo? no obtuve respuestas, sólo seguía mi intuición.

   Tras desayunar únicamente dos paquetes de insulsas galletitas, dí con el terminal de carros, como dicen en Perú, que se encontraba en una zona bastante selvática. Cansado de regatear el precio del pasaje, ya que no existen las tarifas fijas en esa cultura, y de cargar varios kilómetros la mochila, me desplome en el suelo a esperar. A la aislada frontera internacional a dónde me dirigía no llegaban colectivos, sino taxis compartidos para abaratar los costos de combustible. Me encontraba a menos de cincuenta kilómetros de Ecuador, a donde intentaría ingresar de forma ilegal debido a mi reciente deportación del mismo, por hacer malabares en la vía pública. Sudaban mis nervios por el umbral de la columna una acuosidad fría e inquietante. ¿En qué momento había elegido meterme en semejante lío?

   El decrépito taxi despegó con cuatro pasajeros en él, yo era el único extranjero. Aún no era medio día. Una vez en ruta mis ánimos cambiaron su eje, del miedo a la policía migratoria al de morir atropellado inesperadamente. Toda la zona se encontraba en reparación. El camino era de canto rodado suelto y al ganarle terreno a la montaña para ensanchar las vías de comunicación,  el territorio se encontraba aún en peligro de derrumbe. Hartos carteles adornaban la siniestra ruta con la leyenda "toque el claxon en cada curva" y "reduzca la velocidad", para alertar de la dramática situación a los conductores. Al igual que otros países sudamericanos, Perú también parecía un país atado con alambre.

   Por tramos, todavía las vías eran lo suficientemente angostas como para lograr la circulación de dos carriles, por lo cuál nunca avanzamos a gran velocidad y a veces debíamos esperar a que circule primero el que venía en el carril opuesto para continuar. Hora y media más tarde llegamos aturdidos al puente internacional. Del lado peruano no había muchas construcciones además de la oficina de migraciones. El oficial me selló la tarjeta andina para salir legalmente del país, y yo seguí caminando. Una vez en el puente, llegó el momento de la verdad.  Con entusiasmo y algo de preocupación caminé lo más rápido posible para evitar que la policía migratoria ecuatoriana notase mi presencia. Por lo que pude deducir desde afuera, los oficiales se encontraban tramitando los papeles de aquellos que habían viajado conmigo. Entonces aproveché la distracción y proseguí mi caminata sin mirar hacia atrás, una vez finalizado el puente.
No imaginé otra opción más que caminar bajo el sol por aquella carretera montañosa de tierra y piedra, hasta perderme en territorio ecuatoriano. La selva se apodera ferozmente de la región, siendo el humano algo meramente insignificante en aquellas latitudes del globo.

   Seis kilómetros a pie, por momentos en ascenso, por momentos en bajada, sudor, cansancio y hambre. Sacrificio y poco rocanrol experimenté hasta ingresar al primer pueblo de Ecuador. Descansé cinco minutos afuera de una iglesia hasta que pasó una Chiva colorida, en dirección a Zumba, hacia el norte inmediato del país. 
Estos vehículos, para quien desconoce, se construyen con el chasis de un camión, generalmente de la década del cincuenta, al cual le agregan bancas de madera, donde se acomodan personas, animales, equipajes, bicicletas y cuánta carga uno imagine llevar. Al ser utilizados en zonas tropicales carecen de ventanas y puertas, dándoles un aspecto de transporte público muy particular.




La belleza paisajística del lugar hicieron que mi estómago se revolviera de felicidad. Estaba oficialmente viajando por Ecuador, una vez más. Así fue como ingresamos a Zumba. Nuevamente con la mochila en la espalda caminé hasta el centro del pueblo, emplazado sobre las montañas verdes. Por fortuna unos residentes me arrimaron, luego de haber comido algo que no viene al caso, hasta el último Grifo, es decir, la última estación de servicio. Para mi sorpresa allí se encontraba un puesto de control militar con tres oficiales a cargo. Mierda, pensé por dentro, estoy en problemas.

Sin saber bien que hacer, baje la mochila y me encerré en el baño de la estación para planificar mi escape. Tras inacabables minutos de reflexión no llegué a ninguna conclusión digna de la mente de MacGyber, más que salir del baño y actuar con normalidad, expulsando la paranoia por el inodoro.
El plan al parecer funcionó porque ninguno de ellos se acercó a pedir mis papeles migratorios. De todas maneras merodeaban a mi alrededor, mientras hacía dedo y me miraban algo raro. No soporte ni media hora esa situación. Paranoia en aumento. Agarre la mochila y me fui a caminar por la ruta algo nervioso y otro poco desesperado, sin tener idea de que era realmente aquello que estaba haciendo. De repente divisé un camión y arrojando manotazos al aire le hice señas de que parara. Estaba sin dudas, hecho un estúpido incontrolable.

   El camionero se detuvo y decidió llevarme hasta el próximo pueblo, Palanda; la ruta 682 angosta y selvática nos esperaba. En el camino vimos a varios hombres sumergidos hasta las rodillas en algunas quebradas buscando oro de forma artesanal. La cuestión ya era de carácter fantástico para aquel entonces.
   En Palanda almorcé media docena de mandarinas y un litro y medio de agua. La primer camioneta que pasó me hizo espacio para que viajara cómodamente en la caja. Pasamos Yanga, Vilcabamba, Landangui. Selva y más selva. Progresivamente iba en descenso el calor tropical.
   Después de seis horas de viaje, pasamos del calor al intenso frío. Estaba sucio y tenía hambre, pero llegamos a Loja, mi último destino. Desde el momento en que ingresamos a la ciudad, ya entrada la noche, quedé maravillado. Hermosa ciudad. Sus calles, su estilo arquitectónico, su limpieza, su vegetación y pendientes crearon en mi mente un poderoso sentimiento de alegría y alivio. La familia me regaló un dólar que empeñe en la compra de una super hamburguesa. Otra vez sólo en un sitio desconocido. Caminé por los barrios hasta hallar un refugio donde descansar. El baño inconcluso de una monumental casa en construcción fue mi nuevo hogar provisional y clandestino. No tenía más dinero, había llegado el momento de volver a trabajar.

Loja desde mi ojo de Drone



Preludio de un viaje en bicicleta

Me desperté esa mañana de febrero en Montañita con una tristeza de invierno atorándome el pecho. Estaba aturdido. Sólo podía escuchar una voz en mi cabeza que me obligaba a irme de ese lugar. Mi plan era conseguir una bicicleta en la costa sur de Ecuador, en Manglaralto, donde justamente me encontraba, para pedalear desde allí hasta Colombia por la ruta del sol ecuatoriana. sin tiempo ni afán.

No había conversado hasta el momento con ningún cicloviajero, ni se me cruzó por la cabeza averiguar en internet que equipamento era recomendable cargar. Llevaba quince meses viajando a pie, a dedo y en barco, y en todo ese tiempo siempre había sido guiado por la intuición y en ciertos casos, por los consejos de otros viajeros, que no siempre eran muy buenos. Transportaba lo más básico en la espalda, para poder sobrevivir y no caer en el abandono total.
Cómo iba a llevar los bagajes, qué herramientas debía cargar o cuál era el entrenamiento físico necesario para salir a la ruta no me importaba. Tenía fe en poder resolver las dificultades en el momento que se presentaran y que de a poco me iba a adaptar al ejercicio constante.
Nuevamente una voz interior me exigía un cambio. Ésta vez avanzar dependería de mi esfuerzo y no del impulso de un motor. El ritmo del viaje sería más lento, a una velocidad más natural, de cara al viento y en completa soledad.

El plan inicial había fracasado cuando no logre comprar la bicicleta en Manglaralto, porque no había ninguna que se ajustara a mi bajo presupuesto, en la única bicicletería del pueblo. Entonces caminé hasta Montañita, a tan sólo unos kilómetros al norte de allí. Algo en mí me anunciaba que las cosas se iban a poner complicadas, pero que con paciencia iba a cumplir mi objetivo. Acompañado de ese sentimiento esperanzador levanté mis dos mochilas de Montañita, donde había permanecido una jornada de cuarenta y cinco días de locura y descontrol, y comencé a caminar, pretendiendo dejar esa vida atrás. Pueblo por pueblo, kilómetro a kilómetro, día tras día, con calma y sin apuro.
 Así quedó atrás, Montañita, Olón, Curia y San josé.

Acampando en la playa dentro de una carpa sin varillas, amarraba los extremos a las ramas de los árboles, y cocinando en una diminuta olla, avanzaba solitario con el lento impulso de un caminante. Por fortuna la ruta estaba próxima al mar, mi ducha salada de cada día.
Una noche, cuando ya llevaba una semana caminando, mientras mirada los Simpsons a través de la ventana de una casa familiar, llegué a la conclusión de que mi espalda necesitaba vacaciones. Si continuaba de esa forma mi columna vertebral iba en corto plazo a terminar en ruinas. Entonces abandoné la idea de seguir a pie hasta conseguir una bicicleta, y alcé el dedo pulgar para llegar más pronto a la próxima ciudad.
Ascendí y descendí de varios vehículos hasta que un hombre me dejó en la entrada de San Mateo, a doce kilómetros de Manta, estado de Manabí.

Había permanecido un mes en ese pueblo tiempo atrás, viviendo con otros nómades en comunidad. Conocí durante ese periodo a Jesús, un pescador alcohólico que me esperaba de abrazos abiertos. El pueblo estaba emplazado entre un enorme barranco y el mar, poblado de viviendas humildes y gente sencilla que en su mayoría vive de la pesca artesanal.
Llegué hasta el hogar de Jesús, quién me recibió muy felíz. Dejé mis mochilas en una habitación y antes de dar muchas explicaciones, comimos un par de cucharadas de ceviche y acompañe al hombre de bigote con panza de embarazo, y a su hijo Stalin hasta el muelle, cargando unos bidones de gasolina. Tenía el estómago aún vacío de no haber comido absolutamente nada durante el día. Degustar el ceviche me abrió aún más el apetito.
Quince minutos más tarde, en pleno atardecer, me encontraba sentado arriba de una embarcación con rumbo al mar, en busca de carnada para realizar una pesca posterior de tres días. Ésta era otra de esas situaciones en las que me envolvía inesperadamente sin saber como carajos terminé allí y sin preocuparme siquiera en resolver los asuntos más básicos, como comer.
De a poco nos fuimos alejando de la costa rompiendo las olas, impulsados por la furia del motor. Jesús sonreía, mientras piloteaba la nave. Me convidaba una vez más a ser parte de su mundo.
Estabamos acompañados de dos barquitos de madera, y éramos varias personas soltando, una vez caída la noche, cientos de metros de red al agua. En los extremos de las redes iban sujetadas unas lámparas fotosensibles. Se encendían cada vez que las embarcaciones se alejaban, y quedaban expuestas a la total oscuridad. Minutos más tarde prendían el motor nuevamente y lentamente regresaban las redes a las embarcaciones con decenas de peces atrapados en las mismas. Todo trabajo manual. Mi tarea era la de contabilizar los peces extraídos, intentando no vomitar del mareo.
La misma actividad la repetimos varias veces hasta que contabilice quinientos peces, bajo una garúa fina que nos mojaba con cariño, sintiendo además, un hambre infernal. A esa altura mi mente ya estaba con intenciones de devorar los peses crudos de un mordisco. Pero me tranquilicé y el umbral del hambre volvió a esfumarse. No había comida en la embarcación, sólo gaseosa para beber.
Regresamos a tierra firme, a las cuatro de la mañana. Estábamos tan cansados que dormir fue nuestro mayor deseo. Me temblaba el cuerpo del agotamiento.

Al siguiente día comenzó la rutina: madrugar, desayunar arroz con pescado frito, hacer dedo hasta Manta que se encontraba a 12 kilómetros, averiguar por bicicletas usadas, hacer malabares en algún semáforo y retornar a San Mateo, para merendar las sobras del arroz con otro pescado frito.
Entre esos parámetros sucedieron cinco días prácticamente parecidos, hasta que un día, quién me llevó hasta Manta fue un griego que decidió venderme una de sus bicicletas por el valor de cincuenta dolares. Tenía sesenta en el bolsillo, así que acepté el negocio. Cuando desparramé el dinero en monedas arriba de una mesa de su hogar, su rostro cambió de expresión. Sorprendido al saber que ése era todo mi capital, me obsequió una cámara de repuesto y me dió un fuerte abrazo de aliento. Más tarde fuí hasta un semáforo para presentar mi número de malabares. Cuando junté algunos dólares más, visité el mercado municipal, donde conseguí otra olla de aluminio a buen precio, un portaequipajes de dudosa calidad y dos cajones de madera. Luego retorné completamente feliz, pedaleando hasta San Mateo.
Cuando llevaba hecho la mitad del camino, o sea unos seis kilómetros, la tuerca de la pedalera izquierda voló por los aires, mostrándome las verdaderas condiciones en las cuales estaba esa bicicleta. La arreglé provisoriamente y segui contento por la ruta.


Aquellos días habían sido devastadores en muchas regiones de Ecuador. Las lluvias arrasadoras sumaban varios muertos y una cantidad innumerable de damnificados, en diversos pueblos y ciudades. Pero mi emoción era mayor que el miedo,  entonces un día por la mañana le di comienzo a mi nueva aventura, luego de agradecer a la familia de Jesús por aquella precipitosa semana que compartimos juntos.

Sin inflador, parches, ni pegamento. Sin ropa de ciclismo,y sobretodo sin entrenamiento previo, ni mucho conocimiento en reparación de bicicletas, me solté a pedalear con todas mis pertenencias a la ruta, algún día de marzo del año 2013. Sin darme cuenta estaba haciendo real, un sueño.

Una viborita en el camino


Preso en el extranjero

Vísperas de Navidad en un centro católico de San Mateo

Hermano tengo frío, me duele el cuerpo de tanto tensar los músculos.
Madre tengo hambre, ayer desayuné, está atardeciendo y desde entonces no volví a probar bocado.
Padre me estoy volviendo loco. Me encerraron dentro de las cuatro paredes de una celda junto a un peruano indocumentado. Tenemos un sólo colchón y nada de abrigo, más que la ropa puesta.
Llevamos un día y medio encerrados entre el hielo del anonimato.

¿Quién sabe que estamos acá? Nadie.
¿En qué momento nos van a soltar? Quién sabe.

Afuere llueve y toma un baño la ciudad, para limpiarse de toda la porquería humana que la habita. Corren como de costumbre las ratas en busca de refugio, y algunas se visten con uniforme policial.
Anoche rasgamos el colchón con las uñas, con los dientes, destrozando un extremo para buscar dentro un poco de calor. Dormimos juntos y apretados dentro de un capullo de cuerina para dejar de temblar y conciliar algunas horas de sueño.
David es piel, delirio y huesos. Un narcótico ambulante. Está rabioso como un perro, grita, putea, le da patadas a la puerta de metal. Pero ella no se abre, y los presos de las celdas contiguas lo obligan a callar. Yo intento buscar la calma, reconciliándome con el silencio.
Es mi segunda detención en Ecuador por hacer malabares en los semáforos; por realizar una actividad que corrompe mi visa de turista al recibir dinero a cambio del espectáculo.
Hace treinta días, después de una semana de encierro, fui deportado a Perú, y acá estoy de nuevo, rezando para que esta vez mi condena no sea de un mes.

Malabareando junto a Pichi en Quito


Cierro los ojos e intento visualizar la esbelta figura de la paciencia, pero no recuerdo ni el aroma de su piel. Aquello que tanto temía nuevamente aconteció, y me duele mucho la indiferencia de quién nos atrapó en éste corral. ¿Es éste el precio de mi libertad?
¿Cuál es el daño moral que le genera un simple malabarista a una nación?

Antes de finalizar el segundo día los parientes de un preso ecuatoriano nos regalaron las sobras de una ración de comida para compartir entre los dos ( arroz blanco, pollo y pan ); después de relatarles nuestra situación a través de los barrotes de la puerta. Ya nos estábamos saturando de tragar tanta saliva. Me doy cuenta lo increiblemente frágil que es el hilo que sostiene la cordura.
Quisiera reventar la puerta y correr desnudo un mes entero por Nicaragua, o atravesar el grosor del metal con la intensidad de un trueno. Sin embargo, no consigo hacerlo. No consigo hacer nada.
Cerrar los ojos y respirar profundo, sigue siendo la mejor opción.

Al tercer día nos mudan de celda, previa incursión al baño. Mi vejiga está que explota. Descargamos todos los detenidos juntos, un termotanque de orín. El olor a culo del pabellón es contundente. ¿Y la ducha? una ilusión.
Se suman dos colombianos a la habitación del pánico. Jóvenes, delgados, miradas esquivas. Prefieren no conversar.
Continua el frío en la sierra ecuatoriana, y también la falta de abrigo. Otra vez a rasgar con fervor un colchón. Por suerte hay suficientes para que descansemos por separado.
Nuevamente nos alimentan las donaciones de los parientes de los reos. Nadie sonríe, nadie llora.
Hay una pequeña ventana casi al rás del techo. Hacemos turnos para contemplar la lluvia y la gris atmósfera de la ciudad.
Cerrar los ojos y respirar profundo, continúa siendo la mejor opción.

Al cuarto día abren la puerta de todas las celdas. Litros de orina amarillenta caen en forma de cascada en los mingitorios nuevamente. Suspiros de alivio. Una alegría seca y perseverante flota en el aire.
Somos más de quince en ese gran pabellón de cinco celdas de hombres silenciosos.
Cierran la reja general, entonces todos corremos a la única celda que posee un televisor. Es la jaula de quienes esperan para ir a la grande. Allí hay ropa de cama propia de cada preso; bolsas con restos de bandejas y recipientes descartables, y unas tres camas cuchetas.
El televisor sólo sintoniza los canales de aire, aunque a nadie le interesa. Por un momento me percato que estamos hipnotizados por un artefacto ruidosamente luminoso que nos ayuda a olvidar nuestra actual condición de encierro. Agradezco por eso.
Pasan las horas y justo cuando el barco se hunde y esta finalizando Titanic, ingresan tres policías agrios al pabellón y nos dispersan. Cada pajarito de regreso a su jaula. Al igual que el legendario barco, me hundo de melancolía en un mar de pena.
Antes de apagar la luz para irnos a dormir, llega un nuevo compañero a la celda internacional. Un profesor universitario de Norteamérica. Es adulto pero tiene actitud de anciano. Otra mancha de humedad en la pared.

Al día siguiente converso con el gringo en su lengua materna. Afirma ser profesor de inglés y no hablar español. Detalle enigmático y contradictorio. ¿Cómo alguien puede enseñar una lengua y si no comprende la otra? Raro, allí dentro, absolutamente todo es raro.
De todas formas continúo conversando con él para ocupar el tiempo. Es un hombre de cinco décadas, refinado, estatura media, pero de mirada ajena. Al igual que el resto opta por no hablar demasiado. Ambos callamos. Continúa el silencio y la incertidumbre de no saber cuándo nos van a soltar lastima. La herida invisible arde por dentro. Siento como me estalla el cerebro. Puteo al forro que inventó el sistema penitenciario.

Estoy flaco, sucio y abandonado.

Aguantar el hambre se hace un poco más soportable. No ir al baño cuando uno lo desea también. Adapatabilidad en aumento. De todas maneras la situación continúa siendo una mierda.
Ahora somos cinco aguardando para observar por esa pequeña ventana, una molécula del mundo externo.
Nuevamente chupamos los huesos de pollo que alguien almorzó, comemos algo de arroz blanco y más pan. Con agua y gaseosa, desatoramos la cañería corporal.
Antes de caer la noche, el norteamericano recibe la visita de su abogado. Conversan en inglés. Llego a comprender que lo acusan de abuso sexual por parte de una alumna. Me da un poco de asco ese hombre disfrazado de humano elegante y formal.
Cerrar los ojos y respirar profundo sigue siendo la mejor opción.

Nuevo día. Por la mañana dos policías retiran de la celda a los colombianos y por los pasillos se libera una brisa de felicidad. Una hora más tarde llega nuestro turno. Saltamos de alegría con David. Nos van a deportar a Perú, pero ese sinceramente nos da igual. Que nos suelten en China o en Camerún, nos da igual. Libertad, amada y preciada libertad al fin volvemos a tus brazos.
Caminar, correr, sentir el sol, el viento, poder comer cuando uno tiene hambre, elegir que comer, estar abrigado cuando hace frío, son cuestiones simples. Gracias al encierro las comienzo realmente a valorar.

Nos retiran de la celda, y nos trasladan en un móvil policial. Al gringo nadie le dice ni chau. Firmamos algunas planillas protocolares en la comisaria antes de retirar nuestras pertenencias del hospedaje donde estábamos alojados previamente. Todo sucede demasiado rápido. Nos llevan sin garfios de metal. Efectivamente nuestro próximo destino es la frontera con Perú.
Antes de salir de la ciudad, detuvieron la camioneta y uno de los tres policías compró un tamal de maíz para cada uno y una gaseosa. Comimos a un costado de la ruta, como si fuéramos amigos de toda la vida. Encienden el motor, y el conductor no deja de pisar el acelerador hasta la frontera.
En el camino a través del vidrio de la camioneta, en el departamento de Machala, volví a apreciar la mayor plantación de bananas del mundo. Un auténtico monumento al potasio. Me siento un tipo afortunado al poder estar ahí.

Los vaivenes de la ruta me despiertan una tormentosa náusea. Me aturde una horrible sensación de malestar. Otra vez mi cerebro esta cerca de la implosión. Respiro profundo y dejo caer los párpados. No llega la calma, sin embargo la situación mejora considerablemente. Entonces para ayudar a pasar el rato converso con los uniformados. El policía que maneja es de alto rango, y nos pide perdón por el maltrato que recibimos en el centro de detención. Le agradecemos su compasión tardía, mientras nos relata su pasión por las riñas de gallos, contento de haber ganado doscientos dólares el fin de semana que aconteció. Tales riñas son ilegales. No sé si putear o rezar un Ave María. Pienso un poco e ignoro las dos.

Llegamos a destino. Aduana ecuatoriana. Más papeles de por medio para confirmar la deportación. Día 22 de Mayo del 2012. Sello, firma y otra vez a la camioneta.
Atracamos en Perú. Más papeles de por medio, ahora para habilitarnos el ingreso al país. David no tiene documentos, entonces lo demoran en un cuarto privado. A mí me dan diez días para salir del país. Los policías ecuatorianos emprenden la retirada, y no hay abrazos de consuelo. Me quedo sólo, masajeando con sudor unas monedas en el bolsillo, ansioso por salir de ahí.
Quince minutos más tarde, aparece mi parcero. Estamos en Perú, Aguas Verdes, nuevamente a la deriva. David se ríe y chocamos palmas.

Pasan los horas, el desconcierto. La caída al mundo libre es una colisión inexplicable. Atardece y estamos tan aturdidos que no hacemos nada. Nada más que observar un mapa para ver en que dirección vamos a avanzar. Nos sentamos a cenar afuera de la casa de una doña, a cien metros del puesto policial, frente a una cancha de fútbol, donde están jugando un partido.
Brindamos por la libertad bebiendo Inka cola.

Aterriza la noche. Antes de cancelar la cuenta, probando un delicioso plato de comida casera, dos personas en moto con armas en las manos abren fuego en dirección a la cancha de fútbol. Estalla pólvora en el aire.
Instantáneamente bajamos la cabeza, y más de uno se entierra de jeta en el piso, tragando tierra y pavor.
La moto rápidamente acelera su andar, y los jugadores cuál cucarachas de una grasienta cocina, desaparecen de la zona iluminada. Al parecer nadie recibió ningún impacto de proyectil. Falsa alarma. Cosa de todos los días, afirma la doña. Cancelamos la cuenta. Regresamos al puesto policial bajo la oscuridad de la noche, donde ya no hay nadie, y rodeados de anónimos demonios, cautelosamente en un rinconcito de cemento nos fuimos a dormir.