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Cámara nueva


   

Una camarita de foto quería comprar el nene, después de haber perdido en Salta capital la que habíamos comprado en Colombia. Y si, es lindo tomar cada tanto  algún recuerdo fotográfico para no darle tanto laburo a la memoria y poder compartir además alguna imagen del mundo con la gente. Entonces era cuestión de cruzar el río Paraná, desde Posadas hasta Encarnación y pagar un tercio de lo que cuesta el mismo objeto en Argentina. Tanto en Encarnación como en Ciudad del Este, se puede comprar lo que a uno se le ocurra a muy bajo costo, y si incurre en el arte del regateo aun más.
    En esa región del río Paraná Argentina y Paraguay están conectados por el puente internacional San Roque, el cual mide dos kilómetros y medio de longitud en total, y fue construido luego de que la nación argentina inundara una gran parte del sur de Paraguay para confeccionar la represa hidroeléctrica de Yacyreta, donde se obtuvo el premio al robo más descarado de la historia del pueblo argentino. El costo total de la obra ronda en los once mil millones de dólares. Un afano insuperable, de carácter monumental. Y pensar que hay gente que quiere que le den bala a los que roban billeteras y celulares, y después cuando hay elecciones se inflan el pecho con orgullo, votando a estafadores, ladrones y carroñeros. Por favor no sólo analicen a los que delinquen con gorra y moto sino también a los profesionales que usan guantes blancos. Matar de hambre al pueblo trae como consecuencia que después la gente asesine brutalmente para saciar un vicio por desesperación. Imaginemos esos millones de dólares que se robaron algunos pocos, invertidos en educación, salud, jubilaciones y otros gastos públicos, porque ni de cerca era necesario gastar tanto dinero para realizar el eterno proyecto de Yacyretá.
    Para llegar entonces a la nación vecina de Paraguay es preciso cruzar el puente, pero al igual que muchos otros, no está permitido hacerlo pedaleando. Hay un moderno tren que viaja constantemente, yendo y viniendo de forma paralela al circuito automotor, donde además de pasajeros se pueden cargar bicicletas (en el pasillo). Entonces le dirigimos un invisible saludo al país natal e ingresamos a velocidad de locomotora al Paraguay, nación de la cual no sabíamos hasta el momento una verdadera goma.
    El centro comercial está a la vera del puente, con infinidad de locales vendiendo en su mayoría artículos electrónicos. Hay vendedores ambulantes con productos falsificados pero no en abundancia, como sucede en Ciudad del Este. Otros parados en las esquinas ofertan a los gritos objetos usados de enigmática procedencia.  
    En un comercio de esos que había, compre la cámara digital con pesos argentinos, y nos fuimos al vuelo hasta la plaza principal de la ciudad, para comenzar a hacer dinero con nuestras artesanías, para recuperar lo invertido y almorzar.
    Lo primero que me llamo la atención fue que había más de un puesto callejero alquilando equipos de mate para hacer tereré. Además de los que venden chipá o roscas de mandioca. La gente llega a la plaza alquila un termo de tres litros, elige la hierba medicinal que va a ser machacada en un mortero de madera y colocada junto a la yerba, y paga una modesta suma económica. Se acomodan en algún banquito y luego de vaciar el termo, devuelven el equipo de mate al personaje que se los alquiló. La ciudad es grande, y justamente es la capital del departamento, sin embargo los paraguayos son honestos, ya que nadie sale corriendo y cruza el río Paraná nadando para vender el termo en Argentina.
   Y así de relajados ingresamos al Paraguay, dispuestos a quedarnos allí por algún tiempo para ver que más sucedía y conocer sus formas de llevar a cabo la vida.

Todo río es una buena ducha

Nikkei trabajando, no molestar


“Ellos afirman que han estado aquí desde siempre. Los científicos saben que han habitado Australia desde hace 50.000 años, como mínimo. Es realmente asombroso que después de 50.000 años no hayan destruido bosques ni contaminado aguas, que no hayan puesto en peligro ninguna especie ni creado polución, y que al mismo tiempo hayan recibido comida abundante y cobijo. Han reído mucho y llorado poco. Tienen una vida larga, productiva y saludable, y la abandonan confortados espiritualmente”.

Marlo Morgan



        Pedalear por el sur de Paraguay, precisamente por el departamento de Itapuá, deja a la vista el arrasamiento humano casi completo del monte tropical que se ha producido para el cultivo y la ganadería, entre otras cosas. De la selva misionera no han dejado ni registro en el libro de quejas, más que alguna arboleda para ocultar y dar sombra a una casa de campo. Son montes ralos y de color verde soja, con una eterna pendiente de cancha de golf.
        Algunos campos de tan cultivados que están, no tienen tranquera y mucho menos un camino de acceso. Se deja ver la huella doble sobre el mismo cultivo para la circulación del vehículo del patrón, o del empleado en la camioneta del patrón, porque a los peones sólo les alcanza para la cerveza en lata y una bicicleta del siglo anterior, cuando tienen suerte.

        La provincia de Misiones (Argentina) después de todo, pese a haber sido ya desmontada en más de un tercio de su superficie original, es la región, en comparación con el sur paraguayo y brasilero, que mayor conserva y protege la flora y la fauna nativa. Estadísticamente hablando.
       En el sur de Paraguay, en la ruta de los graneros, se encuentran pequeños pueblos con monumentales mansiones y camionetas del tamaño de un yate, entreverados con humildes viviendas de madera elaboradas con madera local o ladrillo cocido. El contraste económico es en muchos casos abismal. Algo de no creer.
       Colonias japonesas, ucranianas, alemanas, y polacas se han establecido en estas latitudes a mediados del siglo XX durante el periodo de la segunda guerra mundial, cuando Paraguay abrió sus puertas de par en par a los países devastados por la guerra. Hasta 1936 la Ley de inmigración prohibía el ingreso de la “raza amarilla” al territorio nacional, por la considerada amenaza comunista. En 1941, durante el proceso de la guerra, les prohibieron el ingreso a italianos y alemanes por no afeitarse el bigote fascista de sus culturas totalitarias.
        Parece que desde aquellos años los inmigrantes europeos y orientales no se han mezclado ni media cucharada con la población autóctona, conservando cada colonia su color de origen. Como si se fueran a infectar el apellido o sus genes.

Iglesia ucraniana


        Los pueblos son relativamente jóvenes en cuanto a su fundación, tirando en su mayoría a duras penas unos cincuenta pirulos de vida, pero conservan aún una marcada brecha entre sus culturas. En el pueblo de La Paz, por ejemplo, los japo-paraguayos, tan bien llamados “nikkeis” son la mitad de sus habitantes,  y poseen un cementerio propio con placas e inscripciones escritas en su lengua; tiendas con productos comestibles importados sin detalle en español y un predio elaborado con capital de la nación nipona que funciona como polideportivo y centro cultural.   
           Por las calles de piedra caminan señoras hablando en japonés y jovencitos riendo en lengua guaraní. Se miran pero no se tocan. Según comentan algunos vecinos entre ellos no se mezclan, debido entre otras cosas a que los paraguayos son los peones del campo y los empleados, y los de ojos entrecerrados, los propietarios. El racismo como verán, genera distancias fundamentadas en el absurdo de la creencia en que algo es superior a otra cosa. Por lo cual continúan riendo entre murmullos inaudibles las cucarachas y las hormigas.
          

Cementerio Nikkei


             La colonia Nikkei recibe una importante ayuda económica del gobierno japonés por el constante vínculo comercial que han mantenido a lo largo del tiempo y por que preservan sus valores culturales, prácticas cotidianas y el uso de la lengua japonesa. Gracias a tal billetín han conseguido salir adelante de forma grupal, incrementando su economía cada año.
En esta colonia japonesa además del cooperativismo comercial que han establecido sus inmigrantes y sus descendientes en diferentes inversiones y empresas, también se observa el uso comunal de los baldíos y los jardines particulares para el cultivo de huertas y flores ornamentales. Es notable que aprovechen hasta el último centímetro cuadrado de tierra y cada minuto de su tiempo de ocio para producir algo. Quedando en  comparación los habitantes nativos como los vagos de la película.
Y eso ya es un clásico dentro de una visión materialista, resultando, el que trabaja en exceso, ser el héroe del progreso y no un sumiso al patrón de vida establecido o un codicioso, que nunca tiene suficiente dinero en la billetera para sentarse y disfrutar la vida cinco minutos bajo la sombra de un lapacho. Y el indio o mestizo finaliza siendo el atorrante que vive del aire y disfruta extensas horas de tereré junto a su familia en vez de podar flores.
Que cada cual elija en que invertir su tiempo y no jodamos al resto. Porque si aún persistieran los alcaldes jesuitas continuarían repartiendo vara a quién contempla la vida con otros ojos, y con cada golpe no harían más que trasmitir violencia, estrés y envidia al oprimido por no saber cómo hacer para calmar un instante la mente y refugiarse en la calma de quién no precisa hacer nada y aún así se siente completo.



        Si bien el tiempo ha transcurrido desde el nomadismo milenario guaraní en contacto directo y equilibrado con la naturaleza, pasando por las reducciones jesuitas pseudo esclavistas, hasta las actuales colonias de la pos guerra, no hemos ido en progreso humano sino mas bien en un camino a contramano, netamente económico, actuando con un respeto disfrazado hacia los seres de otro color y brindando ínfima importancia a nuestro propio hogar. Porque como anunciaron en su profecía los indios Cree: “Cuando se haya talado el último árbol, cuando se haya envenenado el último río, y se haya pescado el último pez; sólo entonces descubrirán que el dinero no se puede comer”.

         De todas las formas, interpretaciones y visiones de la misma cosa, a la cuál llamamos vida, parece ser que elegimos la que carece de sentido, porque anular la abundancia que proporciona la Tierra desde tiempos inmemoriales es condenar a la desgracia a nuestros propios hijos. Y ciertamente no hay mayor desidia que ser responsables de eliminar a nuestra propia especie y sentarnos a observar sin mover un pelo como se incendia nuestro futuro.

Antes era selva


         Ser conscientes de tal realidad, debería de ponernos en acción, sin focalizarnos en lo que hace “el otro”, sino en aquello que nosotros mismos  somos  capaces de hacer, bajo la  actividad o estilo de vida en el cual nos sintamos más cómodos para llevar a cabo un equilibrio evolutivo.

        El cambio nace en uno. Y cada actividad consciente por más pequeña que sea, es un aporte a la gran Unidad.

P.D: Señores nikkeis no se ofendan, cultivar huertas en lo personal, considero que es una de las mayores revoluciones humanas.

Hippies junto al señor Hiroaki Motomori

Guara - Ny


Guara – Ny

(Vocablo de la comunidad AVÁ que en español significa: ATÁQUENLOS. Con el tiempo al ser escuchado reiteradas veces por el invasor durante el combate, comenzarían a llamarlos así)



Los truenos sonaban como el repique de murga candombera en plena convulsión comunal, relampagueando en el cielo con esas luces flash de boliche cheto que te marean y te obligan a caminar zigzagueando con pasos de rayuela.
El tinglado de chapa con estructura de hierro era la antena pararrayos perfecta para que estalle una bomba eléctrica sobre nuestras cabezas y nos funda con el cemento húmedo sin baldosas, en el anonimato de ese pueblo paraguayo que fue dominado por los jesuitas algunas generaciones atrás.
La carpa de plástico antibalas no se mojaba por obra y gracia del techo, sin embargo los rayos dibujaban serpientes blancas en el cielo nocturno acompañados del sonido a ametralladora, aturdiéndonos de forma insoportable. Uno tras otro aterrizaban los rayos sobre los campos sojeros de Jesús de Tavarangüe fertilizando la tierra con electricidad.
De todas las tormentas vividas a lo largo de mis veintiocho años de vida esa era la peor, o quizás en la que escuche más truenos cercanos y me agarró con menos protección que Noé si hubiera construido su arca estando empachado de fernet.
Era el apocalipsis tropical cayendo sobre las hendijas corporales en forma de diluvio universal.

¿Quién me mandó a morir en Paraguay?
¿Quién podría identificar las cenizas de nuestros cuerpos si un rayo nos partiera la cabeza como si fuera un melón?

A quejarse a la comisaría, a llorar al programa de Moria, a ladrar a la perrera antes de ingresar a la cámara de gas. Eso nos pasa por no descifrar los colores del cielo, y sobre todo por no calmar esa fastidiosa curiosidad de querer conocer los muros muertos de piedra que los Jesuitas mandaron a levantar a los Guaraníes en el año 1685 en Jesús de Tavarangüe, para rezar acariciando las bolitas del rosario en privado y sentir el poder de quién escupe discursos y sermones sobre un altar, un escenario o cualquier otra plataforma que los ubique por encima del resto de los mortales.
De piedra eran las iglesias, los depósitos, las estatuillas de los santos, los cercos y hasta la comida. Los sacerdotes de la Orden de la Compañía de Jesús implantaron en las comunidades guaraníes, a partir del siglo XVII, los cimientos del mundo lítico, el pudor de la desnudez, la interminable jornada laboral, la propiedad en manos de una minoría, la religión y tantas otras pestes y vicios, que los dominados prefirieron tragar a cambio de su protección, antes que soportar la agresión de los hacendados españoles, los bandeirantes portugueses y las comunidades guerreras locales.
Algunos resistieron a punta de arco y flecha, pereciendo en combate a corto plazo, mientras que otros agacharon la cabeza para alargar un poco más su existencia.
Entonces aprendieron a la fuerza, las costumbres traídas de la Vieja Europa pos feudal y se convirtieron en lacayos a la orden de los sacerdotes, todos vestiditos con trapos de color blanco, representando la pureza y la inocencia que ya para esa altura nadie conservaba.
Cultivaron y criaron ganado en cantidades que jamás habían visto, ya que antes trabajaban para vivir, y no vivían para trabajar. El excedente de maíz, mandioca, trigo, algodón, cuero y carne viajaba a conocer tierras europeas para alimentar panzas oligarcas o se trocaba con las diferentes Órdenes de la actual provincia de Córdoba, Bolivia, Brasil y Uruguay.  



Estos sitios, además de ser controlados por dos o tres sacerdotes católicos, poseían una turma de burócratas y administradores holgazanes que tampoco derramaban una gota de sudor sobre la tierra pero que disfrutaban mucho ver a los indios carpiendo y sembrando los montes seis días a la semana. Estos eran los corregidores (autoridad máxima del pueblo); alcaldes, que se encargaban de castigar a los vagabundos y a los que no cumplían con su deber con una vara; veedoras que vigilaban a las mujeres; celadores que vigilaban a los niños; inspectoras de niñas, y además alguaciles, comisarios, contadores, fiscales, escribanos, almaceneros y mayordomos. Todo un sindicato de vigilantes al servicio de un dios dictador, que disfrutaba de escuchar las melodías del barroco jesuítico interpretado por “las fieras salvajes domadas” con arpa y violín.



A los niños los adoctrinaban desde temprana edad, en general de seis a doce años, instruyéndolos en lengua castellana, catequesis y diferentes oficios artesanales. Una vez cumplida la edad de formación escolar pasaban a trabajar a los campos con las mentes ya aculturalizadas.
Las mujeres solteras y viudas, y los huérfanos, se alojaban en una casa comunal dentro del monasterio para ser tratados de forma especial por parte del sacerdocio teóricamente casto. Allí poseían agua corriente y servicios sanitarios. Toda una novedad para la época y la región. El resto del campesinado guaraní habitaba en viviendas extensas de madera donde ingresaban varias familias del mismo linaje, como era su antigua costumbre, hasta el día de su prohibición por ser declaradas “conflictivas y peligrosas”. Entonces los organizaron como a los gobernadores se les antojó, desintegrando otro rasgo ancestral de su cultura.

La convivencia de ambos mundos duró un poco más de un siglo, exactamente hasta el año 1767 cuando se dio el cambio de intereses de la corona española con las reformas borbónicas, donde fueron despojados los jesuitas de sus privilegios y de sus servicios, quedando como testigo del sincretismo social, tanto los muros de piedra como la selva.
Si bien llevo algunas décadas desestructurar semejante organización, los guaraníes buscaron refugio en las actuales provincias del litoral argentino y en los campos de  Uruguay, participando en muchas oportunidades como soldados en conflictos de criollos. Estaban en libertad pero ya no tenían tierras donde habitar. Se la rebuscaron como pudieron. Algunos se  asentaron en las márgenes de las ciudades y aprovecharon sus conocimientos en diferentes oficios, intentando adaptarse a la idiosincrasia colonial.
De esa forma continuó la pérdida de valores, tierra y unión del pueblo guaraní, y aún hoy permanece vagando en busca del sustento, ya lejos de encontrar la Tierra sin Mal.
Pueblo grande y nómade. Se sabe que a la llegada de los españoles era más numeroso que el propio imperio incaico. En la actualidad cuenta con una elevada tasa de suicidios (sobre todo en Brasil) y sobrevive en condiciones de hacinamiento entre cultivos foráneos contaminados de agrotóxicos o dentro de las grandes urbes, habiendo perdido ya la mayor parte de sus costumbres ancestrales.
Hoy en día, aún sobreviven los vestigios de los treinta Pueblos – Estado Jesuita-Guaraníes entre Argentina, Paraguay y Brasil, siendo Trinidad y Jesús de Tavarangüe los más grandes y mejores conservados de la región paraguaya.
A los jesuitas les había garuado finito, y a nosotros también. La tormenta eléctrica amenazaba con romper el caparazón del cielo con su espada metálica de alto voltaje, obedeciendo el mandato de Thor. Pero no le dio el cuero al hombre musculoso, y al pasar las horas se fue apaciguando.
Amaneció el sol con pereza y resaca de carnaval, entonces con más ojeras que una anciana de ciento veintiocho años, aprovechamos la mañana para visitar las ruinas. Durante largas horas caminamos entretenidos y asombrados entre senderos, edificaciones y esculturas con cientos de años de antigüedad, pegando el oído a las explicaciones y comentarios en inglés y español de los guías contratados en su mayoría por turistas extranjeros.
Era increíble la cantidad de horas dedicadas a cortar y pulir cada piedra, para que encastre a modo de rompecabezas en paredes de hasta ocho metros de altura.
Un museo con reliquias del sitio también sirvió de ayuda para armar la maqueta mental del modo de vida y la tecnología rudimentaria utilizada por aquella gente. Jesús de Tavarangüe conserva en su alacena, cientos de años de historia listos para ser servidos en la mesa del visitante en el plato de la sociología colonial. Son las ruinas de un proyecto de integración indígena pseudo esclavista que pudo haber concluido en otra cosa, pero que nunca fue.  El chiste que las hormigas y las cucarachas  se cuentan entre ellas de forma telepática, burlándose de toda una especie que actúa como si fuera superior y que perece revolcada entre el excremento de su propia soberbia; porque ni las hormigas ni las cucarachas precisan herramientas para facilitar sus labores ni acumular bienes materiales; porque no tienen el ansia de ver las cosas concluidas antes de tiempo; porque ahí donde vemos mugre ellas ven alimento; porque sobreviven y se reponen a todas las tempestades sin cuestionar la existencia de dios y se hacen cargo de aquello que ellas mismas provocan sin derramar una lágrima ante los pies de ningún santo.




Concluida la visita al pasado, regresamos al presente del pueblo. Resulta que la plaza principal, a tan sólo un kilómetro de las ruinas, estaba invadida por una horda de integrantes del partido Colorado, con monumentales parlantes musicalizando el espacio público. Eran días previos a las elecciones para alcalde municipal. Cerveza helada y unos cincuenta mil guaraníes (moneda oficial) eran la oferta del partido político para incentivar el voto del pueblo a su favor. Parecía una exageración o el chamuyo de algún fanfarrón, pero no, así funciona la campaña política en Paraguay.
El pueblo estaba de fiesta, skabio gratis Papá. En Latinoamérica la corrupción es como el reggaetón, está de moda y pega fuerte. Perrean los ciudadanos de espalda a los políticos y los empresarios mientras estos toman excitados vino blanco importado en restaurantes de lujo.

Alumnos, ¿alguien sabe quién es el actual presidente de Paraguay? …Cri cri, cri cri. Así de informados nos tienen los medios de comunicación. Obama, Trump, Bush hijo, Bush padre, Clinton, Roosevelt, Lincoln, Reagan, Nixon, Franklin y puedo seguir escribiendo los apellidos de los presidentes norteamericanos que memorice mirando cientos de películas de su industria en el cable, pero no consigo ver una de Guatemala, no sé de qué se vive en Honduras y me creí el verso de niño, al ser educado en una escuela, que la colonización era digna de un festejo por haber arrancado la brutalidad a la gente que habitaba estas tierras, cuando brutos bien sabemos, fueron los que vinieron de Europa.
Mal informados, desinformados, malformados y engañados. Lo que ayer se llamaba tributo, hoy le decimos impuesto y todo lo humanamente modificado tiene precio y dueño que el Señor Mercado regula según sus voraces intereses particulares.
Si vas al maxi kiosko a comprar una bolsa de palitos de la selva para la criatura o una cajita de vino termidor para desatorar el guiso de pata muslo que cocinaste con tu billetera de clase media, acompañado al precio “real” del producto, por así decirlo, también te estarán cobrando el I.V.A, el V.E.N.I.A y el P.O.R.S.I.L.A.S.D.U.D.A.S. Toda una sarta de impuestos que el Estado precisa para financiar las obras públicas que nunca va a construir, o que una vez realizadas no va a invertir un sope en su mantenimiento, y continuaremos viviendo en un País  museo.
Esto ocurre desde el momento que comenzamos a creer en la necesidad de crear una jerarquía social piramidal para organizarnos. Cuando en verdad es tan sólo “un” estilo de vida, uno sólo, que pese a que falla para la mayoría de sus ciudadanos, nos sugestionan a través de los medios de incomunicación y el arte prefabricado de cotillón para que lo aceptemos como si fuera lo mejor. ¿Y cómo se logra? Entre tantos métodos ocultando información y fomentando la competencia y la ignorancia, para que el pueblo como resultado ame al opresor y odie al oprimido, como afirmó Malcolm X el siglo pasado.



Cayo el imperio romano, el griego, el egipcio, Jenjis Khan y los mongoles, la Francia de Napoleón, la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, el comunismo de Mao, los incas y tantos otros proyectos expansionistas, que parecemos unos incrédulos o unos boludos  mejor dicho, al estar hoy en día bajo el zapato del actual capitalismo norteamericano sosteniendo pantallitas virtuales que cuestan una fortuna y tienen menos resistencia que un copa de vidrio para servir champaña.  Úselo y tírelo, que la industria mañana fabrica otro a su imagen y semejanza.

En Paraguay menos de un tercio de su población tiene acceso a la salud púbica, por lo cual parir un hijo u operarse un riñón puede dejar en bancarrota al paciente.
De cada 100 niños que comienzan el 1er grado de la primaria, solamente 30 llegan a la secundaria.
Paraguay es el cuarto exportador de soja del mundo y uno de los países más pobres de Sudamérica. En el año 2008 el 42% de su población estaba por debajo de la línea de la pobreza.
Paraguay es el cuarto productor mundial de energía eléctrica y donde más caro se paga la luz en el cono sur.
Paraguay todavía sangra la guerra del Chaco y la vergonzosa guerra de la Triple Alianza, donde perecieron el noventa por ciento de los hombres mayores a los diez años. Cabe resaltar que ese dato colmó de alegría al presidente argentino que gobernaba en aquel entonces, ya que habían cumplido con su misión. Hoy ese individuo esta posando con cara de foto carnet en el billete de dos pesos. El billete es azul en honor al color de su corazón de hielo.

Nosotros zafamos la noche anterior de la lluvia, sin embargo este país vive en el epicentro de un tornado todos los días, soportando el carozo y atragantándose con la pelusa. Por tal motivo, quien puede y se atreve, cruza el límite fronterizo buscando una mejor calidad de vida en un país vecino, y a laburar de lo que venga, porque al ser el conocimiento universitario un bien privado, los paraguayos tienen menos título que mural callejero.

Mientras la gente rifaba su suerte y emborrachaba el futuro del pueblo, nosotros desplegamos los dos paños de artesanías en el medio del sabalaje humano, y los curiosos fueron llegando para cascotearnos de preguntas. Salieron las ventas, y dio para cocinar la cena en la hornalla portátil y eléctrica que un vecino nos prestó. El cielo ya estaba despejado y sin lagañas, por lo que no corríamos nuevamente el riesgo de morir por el impacto de un rayo. Era tiempo de reposar el esqueleto calcificado dentro del saco de dormir a modo de sarcófago y soñar con tiempos lejanos, donde la gente andaba en bolas por la vida y no había propiedades que alquilar, porque nada tenía dueño, y las cosas eran simplemente del que las confeccionaba o las ocupaba. No había meses ni calendarios, relojes, abogados, ni estados que desregularicen lo que deberían regularizar, ni prohibir lo que debería ser legal, ni políticos haciéndose los simpáticos esperando a que la gente les dé cabida, para clavarles en la primer distracción el cuchillo de la corrupción en la yugular. Y al despertar abra que desertar del apocalipsis social como hicieron los bisabuelos tanos y españoles en el siglo XX, para no ser un engranaje más de la mini pimer gubernamental que todo tritura queriendo saciar las ganas de tomarse un licuado con las mejores bananas del mundo. Porque tampoco hay que olvidar que esos bisabuelos europeos además de su ropa interior trajeron entre sus pertenencias, ideales anarquistas y socialistas, y una carta de rechazo a sus naciones al no cumplir con sus deberes de ser la carne de cañón en la guerra. Y finalizaron siendo muchos de ellos, el costal de cosecheros que al trabajar en las tierras americanas contribuyeron a alimentar las bocas de su continente de procedencia que reventaba en mil pedazos una vez más.

Y yo me sigo preguntando,
Paraguay, ¿a vos hoy en día que loco te gobierna?


Mundo transgénico, el caso de Paraguay

Monocultivo de girasol - Paraguay

En la década de 1960, con el argumento de acabar con el hambre en el mundo y aumentar la producción agrícola, se impulso una forma de producir alimentos dependientes del uso de insumos industriales. Este nuevo modelo desplazo a la agricultura a pequeña escala diversificada, por la implementación del monocultivo sin rotación. Se generó de esta manera una gran dependencia de los productos químicos elaborados por las compañías trasnacionales, para aumentar el rendimiento de las cosechas y suplementar el desequilibrio provocado en las propiedades del suelo. Con el tiempo salto la ficha en el barrio. Este método provocaba efectos perjudiciales para la salud humana y del medioambiente, y finalizó devastando la base natural de la producción agropecuaria.

En los años noventa se introdujeron semillas transgénicas a la agricultura, una vez más, utilizando el argumento de acabar con el hambre del mundo. Sin embargo, no solo esta promesa no se cumplió, sino que el hambre a nivel mundial continúa en aumento, al igual que el control empresarial sobre la producción de alimentos.
Hoy el sistema de producción de alimentos está dominado por unas pocas empresas transnacionales que controlan desde las semillas, hasta la venta de productos de los supermercados, y actualmente incluso la tierra. Son ellos quienes definen qué se produce, cómo se produce y cómo se distribuye, e incluso el precio de los alimentos. El objetivo de estas empresas no es alimentar a la gente, sino generar cada vez más ganancias para sus accionistas. Por eso los alimentos se han convertido en una mercancía. Ya no importa su valor nutritivo, ni cómo son producidos o cómo son distribuidos. La pérdida de capacidad de decisión de los pueblos, de cómo, cuál y para qué producir alimentos es una pérdida de soberanía.


(Texto modificado que pertenece a alguien)

Cultivo de té en Misiones Argentina


Monsanto es el nombre de la empresa de capital norteamericano quién controla y certifica actualmente el 90% de las semillas a nivel mundial. En plena crisis alimentaria estas mega empresas registraron ganancias record: Monsanto aumentó sus ganancias en un 44% en 2007 y Cargill, por su parte, aumentó sus ganancias por venta de insumos agropecuarios en un 86%.
En el año 2016 Monsanto fue absorbida por Bayer, quién es la mayor productora de fármacos del mundo. Si tenemos en cuenta que el actual certificador de semillas a nivel mundial es quién también produce los medicamentos, y los frutos de tales semillas están bañados en agro tóxicos, no podemos esperar más que ver el incremento de farmacias en cada rincón del globo terráqueo concurridas por una sociedad enferma.

La crisis alimentaria no es más profunda aún porque la agricultura campesina y familiar continúa alimentando al mundo. Es este tipo de agricultura de pequeña escala la que abastece a los mercados locales y nacionales, garantizando así la alimentación de la gente. Esta misma representa el 50% de lo producido.  
Lamentablemente, la agricultura campesina y familiar está seriamente amenazada por el avance de los monocultivos, la concentración de la tierra, el control del sistema alimentario por las grandes empresas y las políticas neoliberales que imponen la producción agropecuaria para la exportación y la eliminación de las políticas tendientes a proteger la producción local.

En el ciclo agrícola 1999-2000 se incorporó la semilla de soja transgénica al territorio paraguayo. A partir de ese momento, el área sembrada con soja fue posicionando a Paraguay como uno de los principales productores y exportadores de soja a nivel mundial. Llegando penosamente al puesto número 4, ya que dicha expansión agrícola no ha hecho más que socavar la brecha social de forma alarmante.
Se estima que la mitad del territorio sembrado eran tierras pertenecientes a familias campesinas que fueron apropiadas por venta a bajo precio, alquiler o desalojo forzoso. Cabe resaltar que desde el momento que cayó la dictadura de Stroessner, y que duró nada menos que 35 años, han sido asesinados más de 100 dirigentes campesinos, de los cuales sólo un caso fue investigado y su autor condenado. Los demás permanecen en la impunidad. La criminalidad de la protesta es claramente grave. Ningún organismo de Derechos Humanos ha efectuado su impronta en este país, que por no tener acceso al mar parece olvidado.

Se sabe que un 80% de las tierras de Paraguay se concentran en un 2% de los propietarios. Idénticas características de posesión tenía  la Europa feudal de la Edad Media.

(Información extraída y modificada de otro autor)









Arando con bueyes en una chacra de Misiones - Argentina ( 2017 )

Pedaleando con Marita entre los cultivos


Shopping Havan de Itajaí - Brasil


Salud privada

Ésta es la historia de muchas historias y más que historias, son realidades. El derecho y el acceso a la salud debería ser gratuito y estar al alcance de la mano de todo ser viviente. Debería porque en Paraguay, no lo es, como en tantas naciones del resto del globo.

A través, de voces resignadas, la gente nos habla de ello. Nos ofrecen rifas en la calle para costear la operación de algun familiar, nos cuentan anécdotas dolientes que reflejan como la salud humana en ciertas regiones del mundo se ha convertido en un grotesco y repugnante negocio. El maltrato y la falta de respeto, la inexistencia de insumos básicos, el alto precio que cuesta moverle un dedo a los médicos, y las agotadoras esperas para ser atendido, son algunas de las contiendas que recibe el inescupuloso pueblo paraguayo que se enferma, al parecer por capricho.

Mañana quizás te cruces algún  paraguayo o  alguna paraguaya en algún hospital de Posadas o quizás de Buenos Aires. Ellos no vienen a boicotear el país, ni a exprimir aquello que pagamos con nuestros impuestos, ya que al residir en territorio argentino ellos también los pagan. Simplemente están buscando la ayuda que su país jamás les brindo. Esos privilegios con los cuales nosotros nos hemos criado y ellos no.