Saludos

Denis "el peke" Fernandez, una bestia desde donde se lo mire


Mandale una cachetada bien puesta
en la nuca
de mi parte,

después pedile perdón
y dale un fuerte abrazo,
y decile que lo querés mucho.

Acto seguido dale un beso en la ñata,
y manoteale el bulto con cariño,

Si sonríe es Él,
sino es que te equivocaste de persona.

En el Salar de Jujuy ...Argentina


Santa Inquisición

Persiguieron al científico,
encarcelaron al astrólogo,
torturaron al hereje.
capturaron al matemático,
expulsaron a los judíos,
incineraron a las brujas,
asesinaron al libertino y a los impostores.

¿Y quién sobrevivió a toda esta locura Católica?
El dueño del gallinero y sus cómplices

¿Y en el mapple?
Solamente los huevos podridos.


Gritar

Habría que gritarles,
si eso habría que hacer.

Habría que gritarles bien fuerte,
Habría que gritarles bien fuerte en la cara,
Habría que gritarles bien fuerte en la cara cuando esten durmiendo.
Eso habría que hacer.

A mí no me gusta que me ladren con odio 
los perros detrás de una reja.

Habría que gritarles bien fuerte en la cara,
Eso habría que hacer.
Habría que gritarles bien fuerte en la cara,
a sus dueños
cuando estén durmiendo.
Si eso habría que hacer.
Para que no se olviden de sacar a pasear al perro.
Que Ningún ser vivo disfruta el encierro.

Guanare - Venezuela

Charlatanes

Está decidido, 
voy a explorar cada rincón del Universo,
saludaré a los habitantes de cada planeta con un fuerte apretón de manos,
voy a andar en skate dentro de los cráteres lunares,
voy a barrer el polvo de la vía láctea 
jugando al bowling con un meteoro.
Me voy a meter en el primer agujero negro que encuentre 
sin importar a donde me lleve,
aun sabiendo que puedo morir en el intento.

Sí, todo eso voy a hacer, cuando me den las vacaciones en el laburo.

- Pero Carlos, que decís? Hace 4 meses que estás desempleado. 
Dejá de hablar al pedo y andá a buscar trabajo.

- No quiero má, sabés bien que me da miedo salir a la calle en otoño. La gente me mira feo.

Puerto Colombia - Colombia

Durmiendo con el enemigo

   Los domingos latinoamericanos en general son trágicos. A algunos los mata la resaka, a otros el aburrimiento y a ellas las matan los hombres. El domingo es el día mayormente elegido para violentar al género femenino en Colombia, según cantan las estadísticas. Generalemente los autores de las agresiones son sus parejas, ex parejas, familiares o algún conocido. Generalemente  ocurren dentro de las viviendas, aunque también suceden en la vía pública, en puentes, en parques y en los andenes. 
    Durante los tres primeros meses de 2017 se han presentado 204 feminicidios en dicha nación y en 2015, 1007 mujeres fueron asesinadas. En el mismo año, es decir en el 2015, el femicidio de la República Argentina llegó a la cifra de 286 mujeres. Cómo para tener una noción de la brutalidad del asunto.
    Alrededor de 100 personas LGBT (lesbianas,gays,bisexuales,transexuales) son asesinados cada año en Colombia. Los datos son aterradores, porque aquellos que mueren no son números, sino Seres Humanos.
 
Una de misversiónes de Lima - Perú

    Colombia es un país netamente machista debido entre otras cosas a su cultura de obediencia familiar, religiosa y militar. Es muy fácil notar la opresión ejercida por un mecanismo impuesto y aceptado socialemente, basta con observar a los hombres y su comportamiento. Todos de cabello corto, afeitados al ras, y vestidos prolificamente con la misma moda. Antes de la reciente reforma en el servicio militar obligatorio eran comunes las batidas en la vía pública, en los buses, en los retenes militares ruteros, en cualquier lado y a cualquier hora. Quién no tenía la libreta marchaba adentro del camión y a cumplir con sus tres años de servicio militar. Tiempo suficiente para adoctrinar la mente de los conscriptos con ideales de disciplina, obediencia, patriotismo y religión. Al finalizar los estudios secundarios a los 16 años y al ser el ingreso a la Universidad pública casi una quimera, gran parte de los citados o "batidos" caían en la volteada. Resultando una sociedad protegida con las armas que sostienen muchachitos jóvenes y sin mucha idea de la vida que les ha tocado transitar.  
    Hablarle a los ojos a una mujer casada o acompañada parece ser un derecho, o quizás un privilegio de su pareja o de sus familiares, y ese acto es una falta de respeto para los desconocidos. La mujer es consederada un objeto de posesión y no una compañera. Es muy común ver a la mujer en silencio rodeada de hombres sin participar de la conversación, no por falta de opinión sino por "respeto".
   Perú y Ecuador conservan idiosincracias similares en cuanto a la relación de géneros, algo que verdaderamente me venía fastidiando durante meses, al entablar contacto con otras personas. Entonces de un día para el otro decidí comenzar a utilizar ropa de mujer, para ver cuál era la reacción y la incomodidad que les provocaba (más a los hombres que a las mujeres) tal vestuario y actitud. Esa sencilla actividad la mantuve durante tres meses de continuo en Colombia y la abandoné cansado de las miradas despectivas y de recibir agresiones tanto físicas como psicológicas durante todo ese período. Sin dudas, para ellos la imagen y la condición sexual vale más que la persona, y no hay un rango muy amplio de opciones a la hora de vestir para el hombre. La homofobia saltaría a la vista. 
    
  La contienda inició casi a mediados del 2013 cuando vivía en Mocoa, en la comunidad indígena de los Kamsä. Una tarde descendí de la selva hasta el pueblo y como el único pantalón que tenía estaba rasgado en la entrepierna y no tenía demasiados trapos a mano, me vestí con la pollera de una amiga catalana. En aquellos días tenía rastas en toda la cabeza y me había dejado crecer la barba. A la pollera con los días le sume medias negras, cancanes rasgados, otra pollera hecha con retazos de tela y remeras femeninas con cortes a tijera. Una verosímil extravagancia para aquellos pueblos de campesinos con machete y ciudades conservadoras.



    En la primer semana de prueba recibí una buena paliza en un bar mientras bebía alcohol y me la daba en la pera. Fue la "masacre en el puticlub" de los redonditos de ricota en vivo y en directo. Había ido a buscar guarapo ( bebida fermentada a partir de la caña de azúcar ) a un bar a eso de las cuatro de la tarde. Allí me encontré a unos nativos con los cuales convivía y me quede bebiendo con ellos. En un momento dado un borracho me agredió en su idioma y allí comenzó la trifulca. Le apreté la paciencia para que traduzca sus palabras al español y lo que recibí fue una trompada en la cara. A lo cuál respondí de la misma manera y como las mesas se corrieron y algunos vasos de vidrio cayeron al piso más gente se sumó al carnaval de piñas. Hasta me abolló la cara una prostituta con cara de caniche toy para defender a su cafisho, a otro le reventaron el tabique de un botellazo. Volaron por el aire un par de sillas en forma de arcoíris. La batalla era campal y aparentemente nadie sabía ni le importaba la causa por la cuál peleabamos. Tampoco había un bando definido. Era un todos contra todos. Una guerra de almohadas sin ningún tipo de amistad.
    Como para ese entonces ya era de noche el dueño del bar apagaba y prendía las luces para que se enfríe la sangre, pero no daba resultado, los campesinos, criollos y nativos querían descargar sus 110 voltios  contra la fisonomía de cualquier vecino. Hasta que las paredes oscuras fueron iluminadas por la intermitencia de las luces rojas y azules de la gorra. Todo el mundo salió disparando por donde pudo. Los policías manotearon a los que consiguieron al voleo. Yo implementé mi habilidad de cuis pampeano y logré escapar, inmiscuyéndome entre la chusma concentrada afuera del local.
    Llovía y me ardía todo el cuerpo de los golpes. Inesperadamente tenía dos botellas de guarapo en la mano. Quién sabe cómo fueron a parar allí. Otra confirmación de que los milagros existen.
   Esa misma noche al llegar a la comunidad recibí un planazó en el brazo derecho. Es decir, me retaron a un duelo golpeándome el brazo con un machete pero no con el filo sino con su parte plana. A lo cuál me negué y me fuí a dormir con el brazo sangrando y una borrachera que parecía que me iba a durar toda la semana. "Por ser hombre y usar pollera", pensaba, "mi vida puede cambiar o incluso finalizar.... así de simple".
    Así de turbio comenzó mi elaborado "Proyecto Trans" en Colombia. Tenía para ese entonces unos 24 años y aún me restaban vivir de pollera unos 89 días y unas 89 noches más. Nadie dijo que iba a ser fácil. La agresión homofóbica es como la corrupción: no se toma vacasiones ni descanso y al igual que la estupidez no conoce límites.

Trajando en una huerta

"Sálvame Jebus"

 

   Alta en el cielo un águila guerrera. Qué águila si no hay más que chimangos en la provincia de Santa Fé. Bueno, es cierto. Chimangos en el cielo bajo un cielo nublado, cerrado, indeciso y gris.
    Amanecí aquel 30 de abril de 2018 en el camping abierto de una estación de servicio. Cesped cortado al ras cuál cabeza de milico, tranquilidad de pueblo, dulces y deliciosos sueños en una carpa de cuarta. Desayuné unos sorbos de agua de canilla y le dí cadencia al pedaleo. A los pocos kilómetros ingresé a Peyrano. Pueblo chico, de esos donde hay más vacas y perros que humanos. Como era feriado no había gente en la calle y todos los comercios estaban cerrados. 
    Comenzaron a humedecer el ambiente unas finas gotas de lluvia, luego de que almorcé una lata de porotos de soja en conserva. El pavimento transmutaba en tierra, cañadas y silencio. Al interrogar a un vecino por el camino que debía tomar para cruzar de provincia, recibí de regalo un pollo, dos morrones y una bolsa de sal. Nicolás Bracaglia era su nombre. Me asoció directamente con Santiago Maldonado. Me pidió que me cuide porque todo estaba mal y la gente se pone loca cuando les aprieta el bolsillo. Descendieron de su rostro unas sinceras lágrimas de empatía y protección familiar. Puteó a los corruptos que nos gobiernan y a los gendarmes que cuidan las fronteras. Puteo a los que violentan a aquellos que defienden los derechos del pueblo y de los marginados. Puteo a todos los que nos dejan sin empleo y en bancarrota. Me regaló doscientos pesos y me bendijo con lágrimas benditas. Le agradecí por cargar con tanta humanidad en su robusto cuerpo de monte y campo. Entonces crucé un arroyo sobre un puente y me sentí orgulloso de estar viviendo nuevamente en el camino.
    La ruta vecinal de tanta humedad estaba pegajosa, y no me permitía avanzar demasiado rápido. Tan sólo unos kilómetros más adelante la lluvia que veía tan lejana me dió una cachetada. No tuve más opción que acostar la bicicleta a un costado del camino y tapar todos los bartulos con un plástico. Quede atrapado de esa manera debajo de la lluvia que gradualmente todo enfriaba. Otoño ya no es verano. Otoño derriba hojas, linyeras y ancianos. El invierno al aire libre es la muerte.
    El suelo de tierra se convirtió en breves minutos en un charco de barro. y mis pies nadaban dentro del acuario. Alrededor de una hora más tarde, según mis cálculos mentales, disminuyeron las precipitaciones consiguiendo escapar del capullo. Sin embargo el camino era fango y de tan chicloso y adherente estaba apto para pegar azulejos de baño. 
    

Pasada la primer tormenta


  De todas formas avancé, avancé como pude. Tenía una montaña rusa de barro atascandome la bicicleta. A dónde volver cuando el pasado ya no te pertenece, adonde ir más que para adelante aunque sea una quimera.
    Quinientos metros más adelante, costosos y duros quinientos metros más adelante estaba el ingreso a las vías del tren, mi potencial salvación. Pero nuevamente se rajó el cielo y aterrizó otro mar de agua dulce sobre mi cuerpo para mojarme la reciente felicidad adquirida. El plástico que en su otra vida fue envoltorio de un colchón matrimonial me volvió a oficiar de refugio. Estaba vez el cielo estaba cerrado como culo de muñeco. "Avanza caminando querido, o te vas a morir de frío". Lo que usted diga señorita consciencia. Entonces me disfracé de fantasma con una sábana de plástico y  comencé a peregrinar hasta donde me dirigía la locura por el centro de las vías del tren. 
    12 kilómetros debajo de la lluvia, 12 kilómetros debajo de un plástico, 12 kilómetros debajo de la noche y sin luces, para llegar a un pueblo donde el único policía del cuartel me esperaba con su arma en la mano.
    Bienvenido a la provincia de Buenos Aires, monstruo. Recomendación: vacunarse lo antes posible, que el miedo al igual que otras pestes, se contagia. Pese al terror que le provocaba ver a un hombre de capucha empapado con una bicicleta envuelta, el policía me ayudó a contactar al encargado de la única iglesia del pueblo. Sosa me abrió las puertas del tinglado y sobre una tabla de madera en el piso conseguí descansar.
    La lluvia culminó 48 horas más tarde y por lo que conseguí adivinar, los sapos estaban felices.

Virgen de Urkupiña

La Caldera - Camping


El peso de la roca elegida era absurdamente elevado. Éramos más de veinte hombres cinchando de la cuerda que la amarraba, intentando extraerla de la tierra donde descansaba hacía algunos miles, o quizás millones de años. Esa masa compacta de minerales ejercía la resistencia suficiente como para que la tarea sea una actividad olímpica, un evento exageradamente prehistórico. ¿Con qué fin estábamos con el cordobés ayudando a ese grupo de bolivianos a realizar tal actividad? Sinceramente no lo sabíamos, suponíamos que era parte de algún ritual de su nación, o quizás era un ataque de locura colectiva. Además, sin dudas esas personas estaban aceptando recibir nuestra colaboración sea cual fuere el objetivo. 
    La actividad me daba gracia porque cada tanto, todos caíamos en escalera al suelo al desajustarse la soga de la piedra, como si fuéramos las fichas de un domino erguidas en forma vertical. Además no hay nada más lindo y  satisfactorio que juntarse un domingo por la tarde con decenas de desconocidos para arrastrar una roca gigante monte abajo atada a una cuerda.
    Una vez que la roca fue exitosamente extraída del pozo, nos ayudamos físicamente utilizando algunos troncos de rodamiento, para agilizar el traslado de la misma. Ciertas personas entre grandes y jóvenes, extraían y volvían a colocar los grotescos cilindros de madera en la parte inferior de la roca a modo de cinta trasportadora,  haciéndola rodar de a escasos centímetros.  Incas, mayas, egipcios y tantas otras civilizaciones habían hecho lo mismo pero durante cientos de años para edificar templos y pirámides. Y no resulta un trabajo tan descabellado cuando es el método más eficiente conocido hasta el momento.
    Durante más de dos horas de jalar intensamente la cuerda, logramos llevarla al sitio de destino, alrededor de unos ciento cincuenta metros más abajo del cerro donde nos encontrábamos al principio. Marita nos acompañó con entusiasmo en todo momento, al igual que otras y otros adeptos. La piedra quedo entonces anclada solemnemente al ras del suelo en su nuevo hogar, a la espera de ser bañada en cerveza y recibir los eufóricos mazazos de los devotos.



    Cuando algunos ancianos decidieron que el objetivo estaba completo, la alegría estalló en el rostro de todos los participantes y el resto de los acompañantes. Aquello que estábamos presenciando en cercanías a la localidad de La Caldera, Salta, era la veneración anual a la Virgen de Urkupiña, la Patrona de la integración boliviana. Según cuenta la leyenda esta mujer hizo su aparición en el Cerro Quta, a fines del siglo XVIII, al sudoeste de Quillacollo, en primera instancia ante los ojos vidriosos de una niña y luego al resto de la comuna. A raíz de tal milagro sucedido en la cúspide de dicho cerro, año tras año peregrinos de todos los rincones de Bolivia se acercan al pueblo a venerar su templo y para realizar distintos tipos de ceremonias. Nosotros, estando en el norte argentino, estábamos participando inconscientemente de uno de esos  extraños rituales, que los bolivianos expatriados realizan en los países donde residen.
    Antes de iniciar la fase dos del ritual, nos convidaron a todos los jaladores un exquisito plato de pollo asado, chorizo y morcilla, como forma de agradecimiento. Las doscientas personas que allí nos encontrábamos, luego hicimos un semicírculo alrededor de la roca para apreciar las coloridas danzas folclóricas que la colectividad boliviana  traía ensayada. Una vez que finalizó el entretenido baile, inició lo que personalmente hallé como la mejor parte. Había llegado el momento de moler al tótem rocoso con una angelical maza de demolición.
    El trato era el siguiente: cada devoto por el valor de diez pesos, recibía por parte de los organizadores una botella de cerveza caliente para batir, beber y rociar la piedra, y luego el préstamo de la maza de acero para darle tres certeros golpes a la esbelta roca. Se creía que el tamaño del mineral expropiado al tronco central, iba a ser proporcional al cumplimiento de la petición silenciosamente hecha a la Virgen de antemano.  Entonces uno a uno fueron pasando al frente. Jóvenes, adultos y ancianos. Misteriosamente algunos musculosos bolivianos no conseguían extraer ni siquiera una pequeña esquirla de roca, al mismo tiempo que personas de golpes débiles y mal apuntados, conseguían extraer grandes pedazos. Claro que no siempre el resultado era el mismo. Y así se fue pasando la tarde en aquel monte salteño, entre graciosos y enérgicos golpes a una mole milenaria, mientras la Virgen María tomándose un té de tilo desde lo alto del cielo, decidía a quién concederle su deseo.
    Al cabo de un par de horas más de asistencia a la ceremonia, regresamos los tres mosqueteros al camping de La Caldera, donde con Marita nos finalizaríamos quedando unos treinta días y el cordobés más de cuatro meses.

Agradecimientos en el día de la Pachamama

Ofrendas




No lo soñe: cuento

    Entonces cerca del semáforo paré el bondi. Pagué el boleto con unas monedas que tenía en el bolsillo entreveradas con unos sugus de manzana y me acomodé en el pasillo. Por dentro venía tarareando una canción de Los Gardelitos que me partía la mente: "Amor de contramano". Entonces comencé a cantarla bien bajito para no joder a nadie. Sin esperarlo un muchacho que venía al lado mío, se prendió al juego y me hizo la segunda en voz. Una mujer cuarentona y de grandes tetas que estaba en los asientos de enfrente empezó a golpear su colosal muslo derecho marcando el tiempo. Cuando quise acordar la mitad del bondi se sabía la letra y juntos la íbamos cantando mientras subía y descendía gente en las paradas.
    Cuando llegamos al estribillo se me puso la piel de gallina. El colectivero meneaba la cabeza en un trance nocturno de rocanrol. Al finalizar el tema todos aplaudieron y un niño se puso a tomar la teta al instante. Hubo una sincronización de puta madre. 
    El silencio como si fuera un hilo de hilvanar se cortó a los pocos segundos cuando un grupo de colegialas propuso cantar uno de La Renga. Todos asientieron por unanimidad, cosa  que ni siquiera sucede en la ONU cuando se habla de poner media pila para reducir el calentamiento global. Entonces se escuchó del fondo del colectivo: "Estaba el diablo mal parado en la esquina de mi barrio, al lado de él estaba la muerte con una botella en la mano...".Eran una pareja de ancianos que se habían puesto de pie agarrados de los asientos con una mano y con la otra se tocaban el corazón. 
    De ahí en más no sé que sucedió porque ya estábamos en Parque Patricios y debía bajar. Saludé con la mirada a los pocos que pude y descendí con una alegría crocante en la garganta. 
Así eran las noches en el barrio porteño antes de que se inventaran los teléfonos celulares y la gente se deje engatuzar por el reggaeton. 

Robot gigante de Peyrano, Santa Fé

Calaveras y diablitos

“Nos pintan de ladrones, maricas, faloperos y ellos sumergieron a un país entero, pues así, se roba más dinero” 
El tiempo no para
(versión argentinizada de Bersuit Vergarabat)

Exterior de la mina de Potosí


    Eduardo Galeano, ya en el año 1976 retrató de forma exhaustiva en el libro “Las venas abiertas de América Latina”, el sistema de extracción minera con la cuál pereció durante más de trescientos años el pueblo originario de Potosí y sus alrededores. Porque la riqueza mineral, el buscadísimo Dorado de los colonizadores en cierto momento fue hallado y la fiebre del oro no demoró en infectar la sangre de los recién llegados. Perecían nativos a granel trabajando de sol a sol dentro de los infinitos socavones. Según se sabe hace tiempo, fallecieron alrededor de setenta personas por día durante tres centenares de años, como parte de un mega proyecto de explotación humana para hacer migrar incalculables toneladas de plata y oro al Viejo Continente. Por más que las cifras suenen descabellas, así de insensible y egoísta puede llegar a ser el orgulloso e irracional ser humano.
    Actualmente un puñado de empresas turísticas de capital nacional se encarga de tranzar con las cooperativas mineras que aún funcionan en el Cerro rico de Potosí, para que curiosos de todo el mundo puedan ver con sus propios ojos el fúnebre sistema laboral minero. Porque si bien muchas cosas al parecer han cambiado, como el uso de cascos, la retribución de dinero a cambio del trabajo y la libre decisión personal de ingresar a la mina para moler rocas, la esperanza de vida continúa siendo penosamente baja. Además si bien la globalización ha traído la posibilidad de nuevos puestos de trabajo alternativos en la ciudad de Potosí, para muchos, sobre todo para los más pobres, trabajar en la mina continúa siendo la principal opción.
    



Se ruega ante todo a los turistas, llevar algunas ofrendas para los mineros, como botellitas de alcohol, cigarrillos, agua envasada y hojas de coca. Y una vez dentro intentar no estorbar en lo posible las actividades que están realizando los nativos, aún cuando a veces se hace una tarea imposible ya que se comparte de a momentos las mismas diminutas vías de tránsito. Fotografiar a un minero sudado con el torso desnudo mientras palea kilos de roca a un vagón que pesa alrededor de una tonelada y que jalará con tracción a sangre junto a dos individuos más, es casi lo mismo que tomarle una foto a un fantasma. Sobre todo cuando en la actualidad jubilarse de minero en Potosí a los 40 o 50 años, es sinónimo de llegar al sepulcro. Su retiro laboral no es alcanzando el ocio jubilatorio sino a la propia defunción.  Un destino totalmente cruel, sabiendo que ninguno/a de los que están leyendo estas palabras comparten el mismo destino como consecuencia de la insalubridad del labor cotidiano. Y si es así, vaya peste que estamos resultando hasta para nuestra propia especie.
    La producción minera concentraba, en 1930, el 95 % de las exportaciones bolivianas, absorbiendo mano de obra campesina que impedía el desarrollo de la agricultura y favorecía la dependencia de la importación de alimentos provenientes de los países vecinos, especialmente de la Argentina.
    Visitar los socavones de Potosí durante horas me revolvió el estómago. Me hizo ser parte de un juego que no quiero jugar. Considero que lamentablemente somos cómplices o partícipes del circuito genocida de la minería irresponsable, al ser la ciega demanda que consume los minerales que son utilizados de la extracción.
   
¿Qué sabemos sinceramente de la procedencia de cada porción de manufactura que utilizamos a diario? ¿De dónde sale el zinc de las chapas, el litio de las baterías, el cobre de los cables, el aluminio de las aberturas y puertas?
¿Y qué sabemos  del destino del planeta y sus especies llevando a cabo sistemas de vida tan corruptos y nefastos?
¿Y qué sabemos realmente cuál es el precio real de nuestras comodidades, entretenimientos y tecnologías?,
¿A dónde va el tren del progreso? ¿A dónde va el tren de la corrupción?
¿Cuál es la forma más propicia de cambiar el destino y abandonar ese vagón?



El valor del arte



¿A quién le sirve el arte? ¿Sera al público o más bien al artista?

“Despierten, y aplaudan que el payaso ya está arriba del escenario. 



Démosle una cálida bienvenida a la soberbia de su arrogancia.
Comienza la función y el artista hablara de sí mismo,
reirá con sus propios chistes,
nos contara su percepción del mundo.

Hay que darle el desayuno con elogios, flashes y premios.
A cambio nos expresara las palabras más bellas del cosmos,
con oleos y pasteles de magnificas combinaciones,
hará increíbles acrobacias,
nos embriagara con sus melodías de arpa hasta los abismales límites de la locura.

¡Qué elocuente! ¡Cuánta perspicacia! ¡Aplaudan aun más fuerte”

“Revolquémoslo en el fango de su ego y con fuegos artificiales
iluminemos el cielo de nuestra ignorancia”.

“Llego el artista a su hogar, el escenario.
Nos vino a regalar bufandas para esculpir el frío,
y un centenar de acuarelas para que pintemos los ríos con imaginación de niño”.

“Déjenlo tranquilo, habrán paso para que se exprese.
Ha venido de lejos cargando un periódico de noticias nuevas,
seguro que caminó sobre espinas y brasas ardientes.
No corran ni se alejen, ¿es extravagante?
Si, pues, esas vestiduras son los mantos del mundo por donde el anduvo.

Vean detenidamente como su expresión se pierde en el horizonte.
Esta acá para brindar, no para quitarnos algo.”

“Recíbanlo, abrásenlo, de más están los aplausos.
Guarden las medallas que no tiene donde colgarlas.
Silencio, escuchen y observen, y por favor respeten,
él vino de muy lejos hasta aquí, solo para vernos.
Es un medico sin licencia y llego para mostrarnos las medicinas
con las cuales esta curando sus heridas.

Quizás sean sus reflexiones, quizás sea provocarnos la risa.

No lo interrumpan, ni lo juzguen. No lo alaben ni se agachen,
Este artista es de carne y huesos, y por dentro lleva impregnada
la fragilidad de cualquier ser humano”.
Última convención de circo y artistas callejeros - Buenos Aires


Jesucristo también es uruguayo

Egresó de un hueco después de estar mucho más de tres días encerrado, ultrajado, maltratado, no del sepulcro, éste se escapo de un neuro-psiquiátrico, y gateando desde Montevideo llegó a Salta capital hecho un diablo. De entrada bardeó al sacerdote de la Iglesia central un sábado por la noche en plena misa y se fumó los cigarrillos de media provincia sin importarle las marcas.
    Pidió puchos y dio las gracias. Pidió comida y dio las gracias. Pero la gracia a él nunca le llegaba. Reía como un niño de salita de cuatro, después lloraba descontrolado como el cauce de un río desbordado. Estaba más loco que una cabra, pero como era simpático lo invitamos a comer un choripan en el Parque San Martín. Otra noche le dimos de fumar marihuana.
    Afirmaba que era la reencarnación de Jesucristo. Él era el mismo que haciendo dedo se lo encontró a San Miguel conduciendo un Peugeot  205 y vio a Bob Marley en Japón reencarnado. 
   Suéter de lana multicolor y rulos de arcángel. Cantaba con alegría y hablaba hasta por los codos. Resurrecciones, erecciones, transformaciones. Bla, bla, bla. Estaba más solo y perdido en el mundo que un musulmán mordiendo una bondiolita de cerdo en el Vaticano.
    Incoherente, contradictorio, bipolar. Intuimos apenas unas gotas de cordura adentro del mar de locura de su alma en llamas. Los testigos de Jehová le ponían los pelos de punta y le contagiaban rabia. Recordaba más pasajes de la biblia que memorias de su pasado. Electroshock del siglo XXI, indigente del fututo apocalíptico premonitorio. Predicador, viajero y ciudadano ilustre de la calle.
   
  Si creía ser Cristo, entonces lo era, en versión desquiciada con una definida cultura matera uruguaya. Si se le había desfondado el balde de la cordura, ¿cuál era el problema? Si a muchos samaritanos también se les voló la tapa.
    Así de linda es la vida, que uno se encuentra al Jesucristo latinoamericano en las calles de Salta, plácidamente caminando a la espera de que algún día llegué Dread Mar I a la ciudad norteña y consiga darle su mensaje.


Mural en Joinville, Brasil

Otras amistades


“Este es un pueblo tranquilo, acá no te jode nadie.
Itati es un pueblo contrabandista y narcotraficante...
nada más”.

Palabras de un indigente que no necesitaba amigos
para reírse a carcajadas sentado en el banco de una plaza 
a un costadito de su soledad.

Un fisurado en Constitución






Cuento popular: Y para qué?


    Una tarde de esas en que el viento no agita ni las ganas de matar una mosca y el calor hace hervir hasta el agua de los charcos, Don Omar vio a lo lejos una dinámica nube de tierra a gran velocidad. Noto apaciblemente que se iba aproximando a su humilde y pequeña chacra con un ruido que hizo despertar de su siesta hasta a los perros. Sin  embargo estos de tan holgazanes ni se molestaron en ponerse de pie para torear y dar aviso. Les dificultaba abrir los ojos una densa tela de lagañas amarillas y secas.
    Llegando la polvareda a la desvencijada tranquera, dejó de ser tan espesa y puso al descubierto al hombre que lo vino a visitar. Resultaba ser un forajido con carro de otra época, una en la cual Don Omar todavía no había vivido. Tecnología de un futuro distante, quizás inalcanzable. Entonces una vez en la tranquera la máquina se detuvo y quién descendió de ella fue un hombre de cabello grisáceo, de panza con forma de fuenton y tez pálida como leche de cabra. Don Omar le hizo las señales correspondientes para que el foráneo comprenda que podía pasar con vehículo incluido. Una vez que los perros se amansaron de tanto ladrido y alboroto, el gringo se aproximo a pie para darle un apretón de manos al nativo.

-          Buenas tardes, ¿Cómo le va don? Mi nombre es Carlos Unzué, y estoy buscando la chacra de Emilio Gutiérrez para hacer unos negocios, pero al parecer me equivoqué de camino o no comprendí bien la indicación. ¿Sabrá usted indicarme como llegar desde acá? – Mientras formulaba la pregunta el porteño fue observando detenidamente el paisaje desolado que lo rodeaba. No veía más que un humilde rancho detrás del hombre al cuál le dirigía la palabra, además de campos yermos con una pequeña huertita aledaña a un pozo de agua. Contempló paseando a media docena de modestas gallinas, y tan sólo un gallo, que iba picoteando del suelo lo poco que podía encontrar en su inmensa libertad. Entonces antes de que Don Omar le respondiera y alcanzara a presentarse como es debido en tal situación, el foráneo mastico una nueva pregunta:
-          Disculpe el atrevimiento, pero ¿no se le ocurrió tener más gallinas y quizás algunos gallos?
-          ¿Y para qué? Le respondió pasivamente el buen hombre mientras se hamacaba en su prehistórica silla mecedora.
-          Bueno, para que den más huevos y poder venderlos o comer alguna gallina cada tanto. De esa forma haría un buen dinero y podría armar un lindo gallinero.
-          ¿Y para qué? Le vuelve a responder, como queriendo averiguar a donde va con tanto proyecto.
-          Bueno, teniendo un gallinero produciendo con un peón de encargado, usted ya tendría tiempo para conseguir unas cabras y llevarlas a pastear al monte.
-          Ah vea usted, ¿y eso para qué?
-          Mire, que de negocios yo sé muy bien. Una vez que venda sus primeras cabras podrá invertir en materiales para armar un invernadero o conseguir más cabras para producir queso, leche, carne. Es más con el tiempo si invierte en un vehículo podría expandir el mercado aún más lejos y quizás llegar hasta Formosa capital. Ahí sí que haría buen dinero y armándose de una clientela fija la cuestión va a ir rumbeando directo al progreso. ¿Se da cuenta?
-          Y todo eso, ¿para qué creé usted que me serviría?
-          Y mire, de acá a cinco o seis años si el negocio marcha bien y consigue más empleados, usted se podría echar tranquilo en su silla a descansar.
-          ¿Ah sí? ¿Y qué cree usted que estoy haciendo en este preciso instante? – Le respondió firmemente Don Omar con mirada de corzuela, al personaje al cual aún no conocía ni el nombre pero si su hambre de negocios, mientras continuaba meciéndose sosegadamente en su prehistórica silla tallada a mano en un eterno reposo.



    Este cuento popular que transcribí en base a mis percepciones y recuerdos, se me incrustó en la médula ósea cuando una noche a unos doscientos metros de la ruta nacional 81 en la provincia de Formosa decidimos con Marita acampar. La noche se estaba poniendo fresca, así que rápidamente armamos un fueguito y la carpa, luego de haber pedaleado algunas horas por la mañana y otras la tarde. Cuando teníamos unas lentejas a medio cocinar entre los yuyales nocturnos apareció de pronto una ruidosa moto con dos masculinos montados en ella. El farol del ciclomotor nos apuntaba a la cara dificultando la visual de quién nos hablaba con tono policial. Sólo distinguía los hierros de las armas que cargaban en sus faldas. Resultaban ser el encargado del campo aledaño y un vecino que venía de hacer una changa. Como vieron que andábamos cirujeando en las proximidades de donde vivían, el que manejaba nos invitó a comer un asado en el campo de su patrón. El hombre era salteño y además de conocer de monte, sabía lo que era andar en el camino, ya que de joven había hecho sus andanzas por la región.
Desarmamos la carpa y con el agua de una botella más un poco de tierra apagamos el fuego, en menos de cinco minutos.
    A tan sólo unos cien metros de allí, se hallaba la portera y  a su lado un tajamar, que al ser iluminado con la linterna de campo, dejó a la vista una buena cantidad de ojos brillosos titilantes como si fueran estrellas en el agua. Resultaban ser yacarés en horario de cena. Nada de otro mundo, mascotas del monte dijeron. Entonces ingresamos al campo y le dimos mecha a una exagerada cantidad de leña. El salteño nos presentó a su compañera y a su hijo, que aún era un bebé. Nos arrimamos al fogón mientras bebíamos un poco de vino para conversar.
    Entonces en medio del relajo y de la espera, le preguntamos por el patrón. No queríamos incomodarlo con nuestra repentina visita a sus tierras. Entonces ahí fue cuando aquel cuento me cayó en la cabeza como un balde de agua fría. Pues el patrón, era oriundo de Buenos Aires y tan sólo algunos días al año se daba la libertad de visitar la chacra que había adquirido en un sitio tan lejano de donde habitaba. Era médico cirujano, por lo cual cobraba una fortuna, sin embargo nunca tenía tiempo para venir a comer tranquilo un asado. Siempre llegaba en su camioneta a las voladas y regresaba a la capital aún masticando los chunchulines y medio choripan sin chimichurri. Aseguraba que juntando un dinero más para invertir en bienes raíces y vivir de la renta, era lo único que le faltaba para largar todo e irse a vivir al campo. Eso lo decía hacía años. Ya tenía más de seis décadas de vida y la verdad que ya nadie creía en su cuento. Por tal motivo el salteño y su familia vivían allí mismo, como encargados y cuidadores del campo y los animales, haciendo en resumidas cuentas lo que se les daba la gana. Al patrón igual que al señor Unzué del cuento les faltaba siempre una moneda para el peso, antes de tirarse a descansar.
    Esa noche comimos carne asada hasta el hartazgo y dormimos en un colchón tan grande que podría albergar tranquilamente a un plantel de futbol. Al amanecer desayunamos todos juntos y volvimos a pedalear a la ruta con dos pesos en los bolsillos pero con no sé cuantos kilos de libertad.