Incendiando el espíritu de las botellas

Cocinando arroz en tres minutos

La memoria es como el ser humano, con el tiempo siempre te traiciona, dijo el traidor. Entonces el pasado te revienta el cachete con su mano de camionero y sentís los recuerdos inflamados de nostalgia. Cuidado con la cabeza, pensé. Pero sin darme cuenta, antes de cumplir los 15 años, ya la había perdido, en la incongruencia de mi desfachatez. Decíamos que éramos la banda del Canje, porque teníamos esa rara costumbre de ir al basural municipal y a otro clandestino, obra y arte del pueblo, a buscar las tapitas de las gaseosas y los jugos Mocoretá, porque con 5 te daban una botella O km, y el plástico que envolvía a las pepsis de aquel entonces, porque con sus ropitas de polietileno te daban en el almacén del barrio una gaseosa tamaño familiar. Y así nos empachábamos de tomar tantos litros de gaseosa y nos salía azúcar por los ojos en vez de lagañas, una vez que finalizaba la monumental siesta semanal. Descubrí de esa manera que la vida te da premios, pero te los deja adentro de la basura de tu vecino. Descubrí de pibe que incendiar desperdicios ajenos era más divertido que jugar al Mario Bros una tarde de sol.

Primero una caja de cartón, después 200 gramos de plástico en rodajas  y por último, cuando el horno ya esté calentito agregar un par de colchones y media docena de neumáticos firestone. Receta ideal, nunca falla. Todo a la hoguera mi general. Que arda la inocencia que perdimos en el laberinto del crecimiento constante; que ardan las sociedades tercas que producen tanto desperdicio; que arda la vida entre carcajadas de aliento a huevo podrido. Somos los reyes del fuego y del humo negro, porque acabamos de asesinar al Papa una vez más.

Como olvidar esos días de escalada al Aconcagua usando cajas de cartón como zapatillas para evitar el mordisco de las ratas, coronando la cima sintiendo que esa basura es tu oro y que como un rey tirano vas a decidir su destino. Vuelan un millón de compac disc como palomas libres en el firmamento. Atravesamos la extensa cortina de humo denso en bicicleta sin ver un pomo; jugamos al bowling con botellas de vino y piedras enormes; abollamos a palazos el chasis de un auto; leemos cartas de amores fallidos y las noticias pesimistas de un mundo gentil. Y esa era mi fabulosa juguetería, donde podía usar todos los juguetes a mi manera. Y no es que mi familia fuera pobre, sucede que nadie te regala una aventura, nadie te vende libertad, todo lo contrario, nos ofrecen targetas para que compremos miedo en cuotas sin interés. Las aventuras son como el amor...libres, y  no están envueltas ni apretadas en las góndolas del supermercado COiTO. Para comprender su idioma hay que entregarse a la pasión, a su locura desenfrenada que te puede deslumbrar con la explosión de 20 aerosoles dentro del cilindro de un viejo lavarropas o fundiendo plomo en una olla quemada para hacer las plomadas de los futuros días de pesca.

Así son mis aventuras de pueblo chico, así es el amor. El amor es un incendio de llamas incandescentes flameando sin control remoto. Como los policías cuando le dan palo al pueblo por reclamar sus derechos. Ah no, así es la inconciencia, perdón. El amor no es estúpido y mucho menos tan cobarde. El amor entrega y al quedarse sin nada se llena de todo. Y mis padres cuando veían a un linyera en Bahía Blanca, entre risas decían "ahí va Mauricio". Y si, ahí voy yo, perfumado con mi olor a humo, pensaba. Con mil cielos soleados en una bolsa de estrellas, con cantidad de horas para tirar para arriba. Iría masticando la humedad de las nubes, iría dando largos pasos sobre los lagos, iría cargando un encendedor en el bolsillo para quemar los sillones que ya nadie utiliza. Iría embriagado con mis botellas de Mocoretá lima limón junto a un sacerdote que con su arte de magia convertiría la gaseosa en agua bendita. Y seríamos los santos del siglo. Porque soy miembro premium de la banda del canje y del sindicato argentino de cirujas sin destino. Porque el día que cabe mi primer pozo desenterré a mi propia muerte, y la embalsamé con goma Eva y vinagre de alcohol y en el hombro la cargué hasta la cima del Aconcagua del pueblo para que sea ahora el principal monumento a la Libertad. 

Nativo del monte



En el año 2000 ocurrieron grandes cambios, quizás no para todos, pero si para algunos que lo estaban precisando. David nacido y malcriado en Puerto Colombia, ciudad emplazada frente al mar Caribe, para esas fechas se encontraba renunciando definitivamente a aquello que le proponía como estilo de vida la sociedad. Al tener cuatro décadas de vida, y luego de camellar (trabajar) sus últimos diez años como chofer de un colectivo interurbano entre su pueblo natal y Barranquilla, decidió arrojar de una vez por todas, la toalla afuera del ring. Estaba harto de la rutina. Cansado de hacer cada día exactamente lo mismo. Ya conocía de memoria los detalles de cada esquina, de cada parada, de cada avenida.
Si bien cada día llevaba relativamente a los mismos pasajeros, algunas veces subían artistas callejeros de diferentes partes del mundo, con los cuales gustaba de conversar y escuchar sus extrañas historias. Lo cierto era que David de pelao (niño) ya soñaba con vivir al aire libre en el monte, sin necesidad de construir una casa ni trabajar tantas horas, como sabía que habían hecho los pobladores nativos de esas mismas tierras, antes de la llegada de los colonizadores. David entonces soltaba sus anhelos a estos personajes extravagantes, que lo animaban a dejar su actual vida atrás.

En el año 2013 también ocurrieron grandes cambios, quizás no para todos, pero si para algunos que lo estaban precisando. Con Marita nos habíamos conocido en el mes de Mayo, al sur del país en la comunidad Kamsä y desde Julio, al reencontrarnos en Bogotá, habíamos decidido comenzar a viajar juntos en bicicleta. Llevábamos casi medio año indagando entre sierras y llanos las rutas colombianas, y ya estábamos requiriendo un sitio tranquilo en una playa para relajar un poco las piernas y trabajar con nuestras artesanías.

En algún día de aquel mes de Noviembre, arribamos a Puerto Colombia, ciudad cercana a Cartagena de Indias y Barranquilla, en la costa occidental del mar Caribe. Era medio día y el sol estaba abrasador. Conversando fortuitamente con una prostituta bajo la sombra de un árbol en la plaza principal, recibimos el dato de un hombre que vivía sólo en el monte como un ermitaño, pero que le complacía recibir personas de paso que estén viviendo de forma nómade. Si bien la mujer estaba arruinada por los vicios nocturnos; los vaivenes de su oficio se hacían notar, y aquel camino que nos indicaba podía resultar una emboscada, decidimos no prejuzgarla y seguir sus indicaciones. Salimos de la plaza y fuimos ingresando paulatinamente en barrios cada vez más humildes y abandonados. Como el camino iba en ascenso, ganándole terreno a un gigantesco barranco a la vera del mar, pedalear no resultaba sencillo. Al finalizar las últimas viviendas, comenzaba un sendero que se introducía en el monte arbolado. Ya a pie continuamos la trilla.
Quince minutos más tarde, luego de un gran esfuerzo y trabajo en equipo para subir algunas lomas, llegamos a la zona aparentemente habitada. A nuestro alrededor y entreverados entre los árboles había erguidos cuatro quinchos de madera nativa, sin paredes. Estaban armados a varios metros de distancia entre sí, sobre un terreno en pendiente. El mayor inmueble era un horno de barro bajo techo. Ollas tiznadas con hollín descansaban en ganchos de metal. No había restos de comida ni un mueble o cajón para almacenarla. Bajo uno de los quinchos había una carpa vacía. En otro, una hamaca. El sanitario era un baño seco sin cobertura. Una tapa de madera impedía el ingreso del agua de lluvia y de los insectos. Había una bicicleta fija al suelo, con aspecto de bici licuadora. No había más nada, no había más nadie.
Esperamos allí sentados, observando el mar desde el interior de aquel solitario monte. La serenidad del sitio era indescriptible. Comimos unas frutas refugiados en la húmeda sombra, hasta que llegó un hombre sonriente de cabello largo. Estaba con el torso desnudo y sostenía con la empuñadura de su mano derecha, un extenso machete. Aquel hombre era David, el ex colectivero de Puerto Colombia, y esa porción de floresta tan poco modificada era su casa.

A partir de ese momento comenzaría una amistad y una larga convivencia de dos meses y medio en las tierras mansas que ocupaba plácidamente un hombre que no tuvo miedo a trasmutar de un día para el otro su estilo de vida, por algo que él consideraba en lo personal menos estresante y más saludable para su planeta.



Festejando el cumpleaños de David




Tatuajes lacrimógenos (28/11/13)



Tatuajes, marcas en la piel, símbolos que nos brindan identidad. Cirujía estética que no pagan los cirujas para tener que ser. Resistencia al dolor, al olor a piel quemada, a piel ardiente. ardiente como sexo de monja ojeando la revista Gente, autoflagelación para definir quiénes somos, o quiénes pretendemos ser. Y que lo sepan los otros que lo van a ver. Sino qué? Cicatriz con tinta china o paraguaya para el resto de nuestra molecular existencia. Una bicicleta quería, una para toda la vida, o lo que me quedara de ella. Mi brazo izquierdo vestido con cadenas y coronas inoxidables, quería, pintadas en honor a la demencia de vivir del aire sin condiciones, porque el aire acondicionado dicen que te enferma las pocas cosas sanas que aún nos quedan. Yo no tenía tatuajes, porque nunca tuve las acciones suficientes para invertir en semejante empresa. Y ahora a mis veinticinco octubres nuevamente quería un dibujito quemado en mi piel. Seguía sin tener suficiente papel moneda. Había que trabajar más, ahorrando dentro de un chanchito de metal para que no se rompa antes de tiempo.

David era el anfitrión del monte en Puerto Colombia, el ermitaño chiflado y simpático que nos daba un espacio para armar la casa rodante, la carpa, el hotel mil estrellas, la delgada tela que te separa de la indigencia. La Universidad del Atlántico, estaba a algunos buenos kilómetros de allí, asi que cada tanto íbamos a armar feria en la entrada de la institución estudiantil, pedaleando bajo el sol del clima tropical, por el tramo de una ruta vieja y desolada, con más baches que la suferficie lunar. El tránsito obeso y contundente circulaba a pocos metros por la autopista con sus zumbidos de explosión y humo de dragón, asesinando a los animales que cruzan a comprar sus caramelos al kiosko de enfrente.

Un día sin nombre ni apellido, al llegar a la Universidad notamos un clima fuera de lo habitual. Mientras exponíamos las artesanías y los primeros fanzines, en la boca principal de acceso a un costado de la arcada, individuos encapuchados estaban repartiendo volantes con consignas libertarias. Era un extenso texto, donde se invitaba al lector colombiano a liberarse de las estructuras opresoras de la sociedad,  incluyendo cualquier tipo de institución u organismo que se encargue silenciosamente de ello. Esos que te meten el dedo por donde ya sabés, mientras dormis la siesta y ni te das cuenta. Era un acto llevado a cabo por un grupo reducido de manifestantes, dentro de en un país donde ver un hombre con cabello largo ( salvo en las capitales ) es más extraño que fumar yerba mate con azúcar. Ellos pretendían tomar la Universidad, cansados de exigir mejoras en la infraesctructura del campus y en la calidad de los servicios que prestan.  Minusiosamente los jóvenes encapuchados, con bolsas plásticas en sus calzados, comenzaron a armar barricadas con maderas, tarros de basura y cualquier tipo de objeto que encontraron librados al azar. Los estudiantes apresuraban el paso, muchos asustados, con la cola entre las patas, al notar que se avecinaba un motín institucional. Dentro de los edificios se escuchaban fuertes ruidos, de objetos utilizados como autitos chocadores. De a poco comenzaron las fogatas clandestinas y las corridas. Se sumaba gente a la orgía. Para nosotros la hora de las ventas había finalizado con semejante escenario. Veníamos del monte, de la calma de la ruta, de abandonar para siempre los estudios universitarios, de vivir el día a día, de aprender haciendo, de cocinar cada día a fuego, de comunicarnos sin teléfono, de tomarnos el vino con soda, y allí estaba a punto de estallar un conflicto social. En otro momento de mi vida hubiera participado voluntariamente del asunto, por encontrar la causa justa y válida por la cuál luchar, pero en ese preciso momento de mi vida, no quería saber más nada con la violencia civilizada, con la ceguera colectiva, con el tira y afloje y la eterna lucha de poder. Nos vemos al rato gente.

Calor de mediodía, llegan los primeros canas en camión blindado. Una avenida conecta al resto de las universidades, todas privadas, como todo en Colombia. Lo gratuito es una fábula, algo que no existe. Salud, educación, por todo usted paga. Pueblo castigado, estratificado, menospreciado. Colombia encabeza la lista de los países con mayor número de desplazados internos del mundo, luego de Siria e Irak. Casi siete millones de casos son los registrados, en una población de 45 millones. Reclutamiento a la fuerza, amenazas de muerte, enfrentamientos armados, robos de bienes por actos armados, desaparición de algún familiar. Cada gramo de cocaína es complice de estas historias. Pero de eso no se habla mi hijo, que pueden escuchar los vecinos.

El resto de las universidades están de paro. Revuelta estudiantil. Retornamos a la del Atlántico, haber como sigue la movida. Almorzamos en un puesto callejero mientras piedras vuelan por el aire, entrando y saliendo de la universidad. Parece una broma, o un nuevo juego, entre policías y estudiantes. Son pocos de un lado, son pocos del otro. Hay más espectadores presenciando el partido que gente involucrada en el asunto. De repente llega un camión negro, se detiene en la entrada y descienden muchos uniformados del SMAT, también con el rostro oculto. Sin embargo no encaran el portal de ingreso de la institución, inesperadamente comienzan a escupir balas de goma a los curiosos, que nos encontramos a tan sólo diez metros de distancia. Gases lacrimógenos y todo se va al carajo. Cientos de ovejas corriendo desesperadas. Se dispersa entre gritos el rebaño. Y María donde se metió? Cruzo la avenida y no la veo. Los espectadores ahora se involucran al combate medieval, arrojando palos y piedras. El aire esta viciado, y nuestras bicicletas quedaron abandonadas en medio del campo de batalla. Humo, palazos a mansalva a quién se cruce. La garúa fina ahora es tormenta. Lluvia ácida, detonando en el olvido la tranquilidad.

Marita está al frente, sóla, agazapada detrás de un puesto de comida y en frente suyo, dentro de un cajón abierto hay una serpiente, que la mira a los ojos.  Nada que ver. Aguantá. El reptil está igual de asustado que ella (esos detalles me los entero más tarde). Es costumbre de la región ese tipo de mascotas, no puede ser venenosa.  Piensa, Marita.
   
    Nos gritamos mutuamente, en medio del escándalo. Suena la voz de Ricky Espinoza en mi cabeza. Esto es punk rock animal. Si te gusta el fernet puro bancate la diarrea. El cordón policial está demasiado cerca de ella. Somos argentinos y ambos con la visa vencida. No da. Quedate quieta que nadie te vio. Siguen volando piedras, siguen gatillando goma. El gas lacrimógeno es más fastidioso que mosquito a media noche y a eso hay que sumarle el calor de medio día. Las fuerzas cobardes del Smat avanzan. Ahora, corre!! Cruzá la avenida. Marita corre. Abrazo de película romática de bajo presupuesto. Nos refugiamos en un local, que ya esta repleto de estudiantes. Esperamos a que dejen de arder los glóbulos oculares, que están inflamados como testículos de Sebú. Pasan los minutos, sigue avanzando la policía. Llegó la hora de recuperar las bicicletas y tomarnos el palo. En medio del caos, continúan las ventas. Antes de volver a casa, unos muchachos nos reconocen y compran unos fanzines.  Ahora si, a pedalear. Nos vemos el año que viene ciudad. En el camino se encuentra el lago de los Cisnes, donde nos bañamos en ropa interior. Sumerjo la cabeza en la oscuridad del agua dulce, y el silencio invade mi corazón. Por fin salimos de ese quilombo. Yo sólo quería un poco de dinero, para costear mi primer tatuaje. Sólo quería ver un dibujito de una bicicleta quemado en mi piel y no tanto ruido grabado para siempre en mi frágil memoria. Así es latinoamérica, la tierra de los oprimidos.




Colosó - amiga descansando en el sendero

Ducha salvaje 2

Nos desnudamos al aire libre en el ocaso de la primavera
para abrigar la piel con el sol.
Cambia de color la carne,
también cambian nuestras ideas.

Frente a un río en bolas
fregando la ropa con jabón neutro,
esperando sentado sobre una piedra caliente
con las piernas en cruz,
a que se sequen las únicas prendas de vestir
que ocultan mi desnudez.

Operación de rutina.

El viento es como un chocolate,
delicioso,
masticable 
y pervertido.
Su sabor invade cada poro de mi ser
y me produce esa fuerte sensación
de saber que ahora algo en mí
es irreversible.

Elegir una ducha dentro de un cubo de cerámicos
y un lavarropas kohinor,
a la pública e infinita interperie,
es algo incomparable.
Porque
la privacidad claustrofóbica le quita esa porción de magia
que tanto precisa mi espíritu
para ser felíz.


Dios

Dios es vengativo y rencoroso,
Dios no se olvida de tus errores,
a Dios le gustan las mujeres, la noche y el vino tinto.
Dios es el apodo de Jorge 
y Jorge es mi vecino.

Ruinas de Shincal




El Shincal de Quimivil, es un parque arqueológico conformado por ruinas precolombinas que se localizan al sur de la ciudad de Belèn, y  al norte de Londres, Argentina.

Una de las montañas cortadas a la vista
Aún sobreviven los restos arqueològicos de la antigua ciudad construìda y administrada por el imperio Inca alrededor del siglo XV en lo que hoy denominamos Argentina. La misma se encontraba en el recorrido conocido como Camino del Inca, una red de vìas de comunicaciòn de miles de kilòmetros que interconectaba los distintos territorios y ciudades pertenecientes a los vastos dominios de esa civilizaciòn. Allì se pueden observar dos cerros aterrazados, (a los cuàles se puede ascender), recintos habitacionales (kancha), un gran galpòn o depósito (kallank), una plataforma ceremonial (ushnu) y canales de riego. 

Visitar este lugar, que prácticamente se encuentra fuera del círculo turístico del norte argentino, vale la pena. Calma, austeridad y vestigios rocosos erguidos en la infinita vastedad catamarqueña. Vestigios de una forma distinta de organización social, vestigios de una cultura, que como muchas, pereció bajo el domino de otra.






Alas y ruedas




Hasta el momento había sido la mejor droga,
la más atractiva, la más tentadora, y la más celosa
tanto que no me permitía caer en las viejas escorias del pasado.
Apretaba los dientes recordándome que ya no las necesitaba.

Sus ojos negros de caucho barato
Me habían arrastrado hasta límites totalmente desconocidos
aullándome como un lobo estepario
para que los supere con vehemencia

Con el tiempo y en silencio
me enseño a conversar con el viento
a bañarme en sucesivas capas de sudor,
a superar el hambre a la fuerza
y el cansacio muscular,
a encontrar ríos y quebradas escondidas
entre árboles y piedras del monte.

Me enseño los beneficios de la paciencia
( aunque aún la siga perdiendo )
y a no creerme mejor ni peor que nadie.

Para comprenderla en más de una ocasión
entre mis manos, entre mis piernas
se partió en mil pedazos,
entregada al gusano hambriento del óxido
a los vidrios de cervezas rotas arrojadas por la ventanilla de algún buen ciudadano,
a los alambres sueltos de las cubiertas recapadas reventadas de los camioneros,
al cansancio, 
porque el metal es como el hombre
en algún momento se cansa.

Y así aprendimos a convivir.
El humano y la máquina,
la carne y el hierro,
la mente y el corazón

Para darle forma, sentido y acción
a los pensamientos volátiles
de hacer real
los deseos más íntimos y mejor guardados 
en el baúl de mis sueños.

Pedaleado a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar

Debajo del puente



Debajo de los puentes suceden cosas. Siempre suceden cosas. Cosas raras y misteriosas sobretodo. Son como los galponcitos abandonados de las viviendas; como los sótanos oscuros y húmedos; como los altillos que nadie visita. Ahí, en un mismo lugar, se junta toda la porquería. 
Para muchos los puentes son un lugar de encuentro, que ante la catástrofe de un día convencional, puede rescatarles una sonrisa o llevarles de viaje a otro plano mental. Sobre el puente transitan trabajadores, estudiantes, entes productivos y mercaderías, y por debajo funcionan las oficinas del centro de reclutamiento del ser marginal. Así es, podrás encontrar además de excursionistas momentáneos de la calle, a gente viviendo plenamente instalados en un hogar compartido sin ningún tipo de infraestructura ni gran comodidad. Son esas personas que no figuran en los censos, esos hermanos perdidos, esos hijos olvidados, esos amigos que ya no se sabe a dónde fueron a parar.


Ranchándola en una casa abandonada en Porto Belo - Brasil

Una tarde en la ciudad de Manta, Estado de Manabí, Ecuador, tuve la urgencia de ir a orinar cerca de la columna de contención de un puente cercano a la terminal de colectivos. Hacía un calor machacante aquella tarde y poca gente circulaba por las calles. Había dejado de hacer malabares en el semáforo por tal razón. Mi perímetro corporal estaba recubierto de una gruesa capa de sudor, que me daba el aspecto de estar embutido dentro de un envoltorio intensamente incómodo. Creo que bajo los efectos del calor húmedo todos nos convertimos en chorizos humanos ambulantes.
En el momento justo en que me dispuse a descargar mis orines contra el pasto, un hombre sin techo, salió sorpresivamente detrás de un árbol. Como si fuera un ente fantasmal, no me percaté de su presencia hasta tenerlo tan próximo que casi alcanzo a mearlo.  A él poco pareció interesarle la cercanía y mucho menos ser orinado. Tenía olor a eructo de gato domestico, impregnado en su ropa y en su piel.
Conversamos un momento mientras efectuaba mis secreciones naturales. Cómo había onda y no le daba vergüenza ver un 37% de mi cuerpo desnudo, me invitó a compartir un momento junto a su familia. El señor de aspecto desaliñado, rostro curtido por las radiaciones del sol y con urgencia postergada de higiene, no parecía tener malas intenciones. Entonces acepte caminar junto a él. 

Dimos la vuelta a la columna de concreto y en un semicírculo reparado del viento se encontraba el ejército de  la perdición. Alrededor de ocho personas estaban sentadas en el piso, apoyando sus espaldas contra la pared. Una mujer morena, excesivamente obesa y un joven de más de veinte años estaban hundiendo su respiración en una bolsa cargada de pegamento, inflando sus sienes con tolueno; otros dos conversaban a los gritos incoherencias y extravagancias al cielo; tres cargaban sus pipas artesanales de aluminio con pasta base y dos o tres más, alejados del resto estaban en un rebosante estado de paranoia, registrando a los peatones lejanos con mirada de águila depredadora. El escenario se presentó tan de repente que saludé a los que pude con la mano y me enterré como un ñandú en el piso, junto a los que incineraban otra dosis de polvo químico. Era evidente, por las actitudes y los vestuarios que traían, que todos ellos vivían en situación de calle, entre los vértices de la fisura.
En la misma y única pared donde estábamos apoyados había una frase escrita con carbón vegetal que rezaba, “cuando muera iré directo al cielo porque ya cumplí mi condena en el infierno”. Al leerlo se me erizaron los pelos del brazo y una voluminosa gota de sudor frío corrió libremente por mi espalda.
Otra ranchada de crotos citadinos, en vías de autodestrucción.
De pronto uno de los paranoicos se aproximó para ofrecerme su mercadería. Y como ya estaba en el baile, le pase menos de tres dólares en monedas y me devolvió con actitud de camarero un puñado de papeles. Me sonrió con una mirada fuera de órbita mientras otro de ellos me pasaba un tabaco y su pipa. Fumamos el cigarro a medias mientras íbamos guardando las cenizas en el cuenco de la pipa. Mixturamos el ingrediente del primer papel en la misma, y le dimos candela. Dos o tres caladas cada uno y quedamos íntegramente de la cabeza, estallando con cada bocado como una centella . La volada de peluca era tan vertiginosa que perdí el equilibrio aún estando sentado. Metele nafta que la hoguera está que arde. Otra vez me subía al carrusel de la demencia, rodeado de almas en ruinas. Un papel tras otro, un pipazo tras otro, fluctuando por el cemento cósmico en un viaje interminable a la deriva. La mente es un cohete. Los pensamientos, alfileres. Mi alma no quiere más.
No quería saber nada con aquel submundo, pero por alguna razón había buscado experimentar aquello que estaba viviendo. Juntarme con los linyeras que estaban perdidos en la estratósfera y ver con los mismos ojos al mundo. Aunque diagramemos el propio infierno con crayones de azufre el lienzo, buscando comprobar que tan profundo puede llegar a ser el abismo de la realidad.  No me importaba, mi alma y mi cuerpo iban directo al altar del sacrificio. Siempre me había preguntado si las drogas duras eran verdaderamente fuertes o si la voluntad humana era demasiado débil para poder soportarlas. Experimentar, para descubrir la verdad de la milanesa y no quedarme a mitad de camino con la duda constante. Es mejor quedar como un loco ante la sociedad que descomponerme en una tumba con tantas preguntas.

Entonces fumamos un papel tras otro, sintiendo el cráneo a punto de estallar. Quería pararme y caminar, correr, saltar, llegar hasta Chascomús de rodillas. Besarle los pies a la madre Teresa. Gritar hasta que me sangre la nariz. Hacer cualquier cosa para salir de ahí, para salir de mí. O quizás regresar. Había olvidado las instrucciones para detener los engranajes del motor de mi propio caos. 
Hasta que de pronto lo conseguí. Me paré como pude, saludé como pude y caminé intentando no tropezarme con mis propias piernas. Avancé a toda velocidad sin dirección alguna. Quería partir en dos el viento, gastar energía para disminuir la euforia. Caminé y caminé por una larga avenida contigua al mar. Cuando me di cuenta ya era de noche y estaba en la periferia de la ciudad. Junté unas cajas de cartón en el camino y seguí caminando hasta llegar a la ruta. Me topé con una estación de servicio. Estaba derrotado, mi cuerpo no daba más. Bebí algunos litros de agua y afuera de un local clausurado me rendí a descansar hasta el día siguiente, en mi nido de polvo, cartón y soledad.


Estufa-hogar de Ambato - Ecuador


Hay tantas formas de alterar sutil o ferozmente la conciencia, que hay mayor cantidad de drogas legales en el mercado de libre comercio que ilegales en la clandestinidad. Hay quién decide tomar cocaína, hay quién decide fumar tabaco, hay quién decide beber medio litro de lavandina en ayunas, o quizás mirar televisión masticando terrones de azúcar dentro de una taza de café. Todo nos altera, todo puede provocarnos dependencia, incluso comer. Pero, ¿eso depende de la sustancia o será responsabilidad del consumidor?

El código civil penaliza el consumo de ciertas plantas y de ciertos estupefacientes, colocando al usuario en el mismo peldaño que un delincuente, un homocida o un violador. ¿Es por miedo a que la gente pierda la cabeza, la sensibilidad, o el estado de conciencia? ¿Y qué me dicen del alcohol? Bebida aceptada socialmente que en exceso es igual de nociva para la mente que el Poxipol.  ¿Cuantas vidas se carga por año entre la cirrosis y los accidentes de tránsito?  ¿Es verdaderamente un borracho amigable y un drogadicto peligroso?  ¿Porqué te cae encima la cana por fumar una planta y sos impune teniendo la heladera colmada de vino espumante o cerveza?

Los excesos son malos, y no las sustancias en sí mismas. Todas son consumidas por una misma razón: calmar la ansiedad. Callando los pensamientos, apagando la calculadora del cerebro. Son elegidas de acuerdo al poder adquisitivo del consumidor y al efecto que cada una provoca. En lo sutil la merca pura será para el empresario, lo mismo que la pasta base para el pobre. Una dosis de euforia con distinto valor.

¿Qué me dicen de los causas de los homicidios brutales que existen desde el inició de la civilización? ¿No fue Caín quién asesinó a su hermano Abel en las escrituras bíblicas? ¿Cuál droga había consumido para cometer tal fraticidio? ¿Qué tan drogado va un soldado a la guerra? ¿Y un general bajo cuál efecto ordena la ejecución masiva de niños, ancianos y mujeres? Los científicos del Escuadrón 731 quienes se encargaban de la vivisección humana sin anestesia durante la segunda guerra mundial, ¿fumaban Paco o sus demencias profesionales eran de carácter natural?

En aquellos tiempos de delirio callejero comencé a pensar que la responsabilidad del consumo de drogas no es de los narcotraficantes ni de los políticos que permiten clandestinamente su distribución, sino de los mismos usuarios, que ejercen su libre albedrío y eligen la anestesia o la euforia pasajera como medicamento para aplacar sus problemas o entretener su aburrimiento nefasto. 
Las drogas no nos modifican, sólo ponen en evidencia una parte de nuestro ser. Por tal razón la misma sustancia produce diferentes efectos en cada persona o en cada momento que son consumidas. Quién sucumbe fácilmente ante la irá en algún momento, tarde o temprano la dejará explotar. Lo hará alcoholizado, o lo hará sobrio, lo mismo da. Las drogas son potencializadoras. Amplifican, expanden, aquello que no nos animamos a soltar, aquello que verdaderamente somos. Entonces en un estado de desesperación o simple apatía una dosis viene como anillo al dedo. Aunque sea un vil engaño. Una sensación pasajera. Un espejismo. Oculta cobardía .
Somos responsables de lo que consumimos, y de los efectos que nos producen. No hay nada que sea en sí mismo tan adictivo. Ningún vicio es imposible de abandonar. Las drogas no son malas ni buenas, y en cierta forma también nos ayudan a comprender de otra forma la realidad.


¿Qué es acaso real? 
¿Bajo qué tipo de percepciones determinamos la diferencia entre realidad y fantasía?

Para hablar de drogas también hay que remitirse al punto económico. Las cárceles están atestadas de consumidores de una planta relajante llamada marihuana y de pequeños revendedores de sustancias químicas, que trabajan en ello para sustentar su vicio, a su familia o a su propia demencia. En su mayoría son personas de bajos recursos, que no pueden pagar a ningún abogado para que haga palanca y sean tratados con una pizca de dignidad. Sin pagar una buena defensa, son acusados de "criminales", pasando sus horas y sus días encerrados. Cabe aclarar que en las oficinas se consumen las mismas drogas, pero contratan abogados con tarjeta Visa o Master Card.

¿Cuánto se benefician los jueces del Estado, los abogados privados y públicos, la policía, los senadores, los diputados, gendarmería, los oficiales aduaneros y sujetos a fines, con la penalización de las drogas? Monumental negocio tienen montado quienes se encargan de venderte la idea de que las drogas son algo prohibido, sinónimo de ilegalidad. Analizar en profundidad esta cuestión da para escribir un libro entero, y esa no es mi cuestión. No se trata de apoyar el consumo de drogas, sino de luchar contra la hipocresía de prohibir sustancias por miedo a que la gente pierda la cordura. Mientras algo se produzca no va a dejar de consumirse. Mientras algo se prohíbe, se le da rienda suelta en la clandestinidad. Y lo más irónico de todo es que muchos de quienes las prohíben, también las consumen y se quedan con el dinero de la venta.

La gente que habla sola


Seres espaciales

Alf,
Superman,
Goku y Vegeta,
Obi Wan Kenobi y el amistoso Chubaca,
Los alcones galácticos,
E.T,

Ami, el niño de las estrellas,

El capitán Spock,
la gelatina en sobrecito,
los invasores del espacio,
las pirámides de Egipto,
el mantecol,
los Teletubbies,
el agente k y el agente J,
los expedientes secretos X,
la plastilina,
Nikola Tesla,
Leonardo Da vinci,
El Eternauta 
y unos cuantos misterios develados más.
Y pensar que todavía hay quienes tienen la osadía de afirmar
que no existe vida en otros planetas. 
Cómo gatilló Emanuel Ortega, en el verano del 98: 
"Muy lindo público, pero acá están todos chiflados"
Mi versión de Vegeta cuando tenía 22 años, acrílico sobre papel

Mundo transgénico, el caso de Paraguay

Monocultivo de girasol - Paraguay

En la década de 1960, con el argumento de acabar con el hambre en el mundo y aumentar la producción agrícola, se impulso una forma de producir alimentos dependientes del uso de insumos industriales. Este nuevo modelo desplazo a la agricultura a pequeña escala diversificada, por la implementación del monocultivo sin rotación. Se generó de esta manera una gran dependencia de los productos químicos elaborados por las compañías trasnacionales, para aumentar el rendimiento de las cosechas y suplementar el desequilibrio provocado en las propiedades del suelo. Con el tiempo salto la ficha en el barrio. Este método provocaba efectos perjudiciales para la salud humana y del medioambiente, y finalizó devastando la base natural de la producción agropecuaria.

En los años noventa se introdujeron semillas transgénicas a la agricultura, una vez más, utilizando el argumento de acabar con el hambre del mundo. Sin embargo, no solo esta promesa no se cumplió, sino que el hambre a nivel mundial continúa en aumento, al igual que el control empresarial sobre la producción de alimentos.
Hoy el sistema de producción de alimentos está dominado por unas pocas empresas transnacionales que controlan desde las semillas, hasta la venta de productos de los supermercados, y actualmente incluso la tierra. Son ellos quienes definen qué se produce, cómo se produce y cómo se distribuye, e incluso el precio de los alimentos. El objetivo de estas empresas no es alimentar a la gente, sino generar cada vez más ganancias para sus accionistas. Por eso los alimentos se han convertido en una mercancía. Ya no importa su valor nutritivo, ni cómo son producidos o cómo son distribuidos. La pérdida de capacidad de decisión de los pueblos, de cómo, cuál y para qué producir alimentos es una pérdida de soberanía.


(Texto modificado que pertenece a alguien)

Cultivo de té en Misiones Argentina


Monsanto es el nombre de la empresa de capital norteamericano quién controla y certifica actualmente el 90% de las semillas a nivel mundial. En plena crisis alimentaria estas mega empresas registraron ganancias record: Monsanto aumentó sus ganancias en un 44% en 2007 y Cargill, por su parte, aumentó sus ganancias por venta de insumos agropecuarios en un 86%.
En el año 2016 Monsanto fue absorbida por Bayer, quién es la mayor productora de fármacos del mundo. Si tenemos en cuenta que el actual certificador de semillas a nivel mundial es quién también produce los medicamentos, y los frutos de tales semillas están bañados en agro tóxicos, no podemos esperar más que ver el incremento de farmacias en cada rincón del globo terráqueo concurridas por una sociedad enferma.

La crisis alimentaria no es más profunda aún porque la agricultura campesina y familiar continúa alimentando al mundo. Es este tipo de agricultura de pequeña escala la que abastece a los mercados locales y nacionales, garantizando así la alimentación de la gente. Esta misma representa el 50% de lo producido.  
Lamentablemente, la agricultura campesina y familiar está seriamente amenazada por el avance de los monocultivos, la concentración de la tierra, el control del sistema alimentario por las grandes empresas y las políticas neoliberales que imponen la producción agropecuaria para la exportación y la eliminación de las políticas tendientes a proteger la producción local.

En el ciclo agrícola 1999-2000 se incorporó la semilla de soja transgénica al territorio paraguayo. A partir de ese momento, el área sembrada con soja fue posicionando a Paraguay como uno de los principales productores y exportadores de soja a nivel mundial. Llegando penosamente al puesto número 4, ya que dicha expansión agrícola no ha hecho más que socavar la brecha social de forma alarmante.
Se estima que la mitad del territorio sembrado eran tierras pertenecientes a familias campesinas que fueron apropiadas por venta a bajo precio, alquiler o desalojo forzoso. Cabe resaltar que desde el momento que cayó la dictadura de Stroessner, y que duró nada menos que 35 años, han sido asesinados más de 100 dirigentes campesinos, de los cuales sólo un caso fue investigado y su autor condenado. Los demás permanecen en la impunidad. La criminalidad de la protesta es claramente grave. Ningún organismo de Derechos Humanos ha efectuado su impronta en este país, que por no tener acceso al mar parece olvidado.

Se sabe que un 80% de las tierras de Paraguay se concentran en un 2% de los propietarios. Idénticas características de posesión tenía  la Europa feudal de la Edad Media.

(Información extraída y modificada de otro autor)









Arando con bueyes en una chacra de Misiones - Argentina ( 2017 )

Pedaleando con Marita entre los cultivos


Shopping Havan de Itajaí - Brasil


El arte de escribir al pedo



Escribir palabras al aire,
sueltas,
inconexas,
unidas a la fuerza,
mentalizadas en el formato y perdiendo de vista su mensaje
es como condimentar con ácido sulfúrico una ensalada de lechuga y tomate;

es como acariciar una criatura murmurándole al oído el resultado del último partido de Banfield, sabiendo que a la criatura le importa tres carajos el fútbol;

es como saltar la cuerda con el cordón umbilical de un caniche Toy;

es como enjuagarse la cabeza en un fuenton de lavandina para limpiar los malos pensamientos;

es como descargarle 50 kilos de arena Montevideo en la pelopincho para hacerles creer a tus sobrinos que están en la Bristol;

es como tirarse un pedo en el ascensor teniendo la esperanza de que la gravedad vaya a disolver en el acto la cuestión;

es como matar de un piedrazo una paloma y rezar tres Ave María para resucitar al bicho y pedir perdón;

es como…para, ¿a qué venía con todo esto?


¿Dónde esta Wally?

¿Donde está ese Wally?

Dale decime guacho, señalalo con el dedo.

Larga el dato o te abro al medio como a un lechón.

Mi criatura no para de llorar porque no lo encuentra.
Este libro que me vendiste es una porquería.

Dale loco apurate que me estas cagando el día del niño y me tengo que bajar en Lanús.



( Situación imaginaria entre un vendedor ambulante y un cliente en el furgón del Roca, zona sur )

Acerca del día que conocí a la muerte

Arte con basura hallada en el mar - Brasil


Era una jornada normal de milanesas con puré alrededor de la mesa redonda de madera, escuchando al miembro más inteligente de la familia...el señor televisor. O a quién, en aquel entonces, uno creía que tenía la posta. Cuanta ingenuidad. Yo estaba en modo infantil. Conseguía contar mi edad con los dedos de ambas manos. Como de costumbre, el televisor hablaba mientras lo escuchábamos con atención. Canal 13, accidente de ruta. Dos colectivos hechos pelota, decorados con fiambres humanos embadurnados de salsa roja. Un bardo total.

- ¿Mamá qué es eso? -. Le pregunté con la intriga elocuente de un detective en miniatura.
- ¿Qué cosa hijo? .Lo rojo má, la carne salpicada por todos lados. ¿Por qué tanta gente llora?-
- Y mira acaba de suceder un accidente. Hay heridos y bueno al parecer, algunos muertos.-.
- ¿Muertos? Pero qué, ¿de esa manera? Que feo.
- Si hijo fallecieron, no van a vivir más. A todos tarde o temprano nos va a ocurrir eso. Después te    meten en un cajón y te entierran debajo de la tierra porque empezamos a oler a podrido, como a    aliento de perro.

¿Qué? ¿Morir así? Y nosotros que viajamos tanto, la puta madre. Mi madre no expresaba cara de chiste.

Verdad número 17 descifrada: puedo morir en cualquier momento.

Malestar estomacal. Mi avenida ancha se convirtió de repente en un callejón sin salida. Imaginaba un cuervo sobrevolando la casa guiñándome el ojo, al momento de cruzar miradas. Aguanta un poquito, che. Banca que todavía no estrenaron la peli de los Caballeros del Zodíaco, y en Dragón Ball apareció uno re misterioso que se llama Vegeta.
Morir tan joven. Y yo dedicándole mi valioso tiempo al Tetris ese de mierda, que no sirve para nada. Si no quiero ser albañil. Mucho menos si tengo que levantar paredes con ladrillos tan deformes.

Fíjate como es la cosa. Primero Papa Noel y los Reyes Magos. Después lo de la cigüeña y el chamuyo de que las ratas compran dientes y manejan guita. Nunca vi ninguna en el kiosko comprando ni siquiera un mantecol. Y ahora esto? Me tienen que estar jodiendo. Pensé que todos íbamos a llegar a viejos, enamorados, sonrientes. Que iba a pintar comer guiso de perdices por siempre. No sé, las pelis d Disney siempre hablan de eso. Quiero antes que nada conocer la tumba de Tutankamon; saber dónde está Wally. Quiero ver la peli del Rey León unas cien veces más. Esto es un bajón. Me siento estafado, señor devuélvame la entrada, no me está gustando la función.
Bueno, aunque pensándolo de otra manera, no está tan mal. Eso significa que mejor hago ahora lo que se me dé la gana, por las dudas. Disfrutar, jugar más, reírme con mi hermano. Esas cosas que me gustan tanto. Ir al campito a prender fuego alguna porquería, comer ciruelas de los árboles, bañarme en la laguna, ir al basurero a buscar tapitas de gaseosa Mocoretá que todavía está la promo.

- Fede, ¿te pinta jugar un Mario Bros.?
- Si dale...uhhh que olor a pedo, ¿qué carajos estás fermentando? ¿Desayunaste un muerto?
- No fui yo, y por si no lo sabías vos también te estás muriendo.