Ruinas de Shincal




El Shincal de Quimivil, es un parque arqueológico conformado por ruinas precolombinas que se localizan al sur de la ciudad de Belèn, y  al norte de Londres, Argentina.

Una de las montañas cortadas a la vista
Aún sobreviven los restos arqueològicos de la antigua ciudad construìda y administrada por el imperio Inca alrededor del siglo XV en lo que hoy denominamos Argentina. La misma se encontraba en el recorrido conocido como Camino del Inca, una red de vìas de comunicaciòn de miles de kilòmetros que interconectaba los distintos territorios y ciudades pertenecientes a los vastos dominios de esa civilizaciòn. Allì se pueden observar dos cerros aterrazados, (a los cuàles se puede ascender), recintos habitacionales (kancha), un gran galpòn o depósito (kallank), una plataforma ceremonial (ushnu) y canales de riego. 

Visitar este lugar, que prácticamente se encuentra fuera del círculo turístico del norte argentino, vale la pena. Calma, austeridad y vestigios rocosos erguidos en la infinita vastedad catamarqueña. Vestigios de una forma distinta de organización social, vestigios de una cultura, que como muchas, pereció bajo el domino de otra.






Alas y ruedas




Hasta el momento había sido la mejor droga,
la más atractiva, la más tentadora, y la más celosa
tanto que no me permitía caer en las viejas escorias del pasado.
Apretaba los dientes recordándome que ya no las necesitaba.

Sus ojos negros de caucho barato
Me habían arrastrado hasta límites totalmente desconocidos
aullándome como un lobo estepario
para que los supere con vehemencia

Con el tiempo y en silencio
me enseño a conversar con el viento
a bañarme en sucesivas capas de sudor,
a superar el hambre a la fuerza
y el cansacio muscular,
a encontrar ríos y quebradas escondidas
entre árboles y piedras del monte.

Me enseño los beneficios de la paciencia
( aunque aún la siga perdiendo )
y a no creerme mejor ni peor que nadie.

Para comprenderla en más de una ocasión
entre mis manos, entre mis piernas
se partió en mil pedazos,
entregada al gusano hambriento del óxido
a los vidrios de cervezas rotas arrojadas por la ventanilla de algún buen ciudadano,
a los alambres sueltos de las cubiertas recapadas reventadas de los camioneros,
al cansancio, 
porque el metal es como el hombre
en algún momento se cansa.

Y así aprendimos a convivir.
El humano y la máquina,
la carne y el hierro,
la mente y el corazón

Para darle forma, sentido y acción
a los pensamientos volátiles
de hacer real
los deseos más íntimos y mejor guardados 
en el baúl de mis sueños.

Pedaleado a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar

Debajo del puente



Debajo de los puentes suceden cosas. Siempre suceden cosas. Cosas raras y misteriosas sobretodo. Son como los galponcitos abandonados de las viviendas; como los sótanos oscuros y húmedos; como los altillos que nadie visita. Ahí, en un mismo lugar, se junta toda la porquería. 
Para muchos los puentes son un lugar de encuentro, que ante la catástrofe de un día convencional, puede rescatarles una sonrisa o llevarles de viaje a otro plano mental. Sobre el puente transitan trabajadores, estudiantes, entes productivos y mercaderías, y por debajo funcionan las oficinas del centro de reclutamiento del ser marginal. Así es, podrás encontrar además de excursionistas momentáneos de la calle, a gente viviendo plenamente instalados en un hogar compartido sin ningún tipo de infraestructura ni gran comodidad. Son esas personas que no figuran en los censos, esos hermanos perdidos, esos hijos olvidados, esos amigos que ya no se sabe a dónde fueron a parar.


Ranchándola en una casa abandonada en Porto Belo - Brasil

Una tarde en la ciudad de Manta, Estado de Manabí, Ecuador, tuve la urgencia de ir a orinar cerca de la columna de contención de un puente cercano a la terminal de colectivos. Hacía un calor machacante aquella tarde y poca gente circulaba por las calles. Había dejado de hacer malabares en el semáforo por tal razón. Mi perímetro corporal estaba recubierto de una gruesa capa de sudor, que me daba el aspecto de estar embutido dentro de un envoltorio intensamente incómodo. Creo que bajo los efectos del calor húmedo todos nos convertimos en chorizos humanos ambulantes.
En el momento justo en que me dispuse a descargar mis orines contra el pasto, un hombre sin techo, salió sorpresivamente detrás de un árbol. Como si fuera un ente fantasmal, no me percaté de su presencia hasta tenerlo tan próximo que casi alcanzo a mearlo.  A él poco pareció interesarle la cercanía y mucho menos ser orinado. Tenía olor a eructo de gato domestico, impregnado en su ropa y en su piel.
Conversamos un momento mientras efectuaba mis secreciones naturales. Cómo había onda y no le daba vergüenza ver un 37% de mi cuerpo desnudo, me invitó a compartir un momento junto a su familia. El señor de aspecto desaliñado, rostro curtido por las radiaciones del sol y con urgencia postergada de higiene, no parecía tener malas intenciones. Entonces acepte caminar junto a él. 

Dimos la vuelta a la columna de concreto y en un semicírculo reparado del viento se encontraba el ejército de  la perdición. Alrededor de ocho personas estaban sentadas en el piso, apoyando sus espaldas contra la pared. Una mujer morena, excesivamente obesa y un joven de más de veinte años estaban hundiendo su respiración en una bolsa cargada de pegamento, inflando sus sienes con tolueno; otros dos conversaban a los gritos incoherencias y extravagancias al cielo; tres cargaban sus pipas artesanales de aluminio con pasta base y dos o tres más, alejados del resto estaban en un rebosante estado de paranoia, registrando a los peatones lejanos con mirada de águila depredadora. El escenario se presentó tan de repente que saludé a los que pude con la mano y me enterré como un ñandú en el piso, junto a los que incineraban otra dosis de polvo químico. Era evidente, por las actitudes y los vestuarios que traían, que todos ellos vivían en situación de calle, entre los vértices de la fisura.
En la misma y única pared donde estábamos apoyados había una frase escrita con carbón vegetal que rezaba, “cuando muera iré directo al cielo porque ya cumplí mi condena en el infierno”. Al leerlo se me erizaron los pelos del brazo y una voluminosa gota de sudor frío corrió libremente por mi espalda.
Otra ranchada de crotos citadinos, en vías de autodestrucción.
De pronto uno de los paranoicos se aproximó para ofrecerme su mercadería. Y como ya estaba en el baile, le pase menos de tres dólares en monedas y me devolvió con actitud de camarero un puñado de papeles. Me sonrió con una mirada fuera de órbita mientras otro de ellos me pasaba un tabaco y su pipa. Fumamos el cigarro a medias mientras íbamos guardando las cenizas en el cuenco de la pipa. Mixturamos el ingrediente del primer papel en la misma, y le dimos candela. Dos o tres caladas cada uno y quedamos íntegramente de la cabeza, estallando con cada bocado como una centella . La volada de peluca era tan vertiginosa que perdí el equilibrio aún estando sentado. Metele nafta que la hoguera está que arde. Otra vez me subía al carrusel de la demencia, rodeado de almas en ruinas. Un papel tras otro, un pipazo tras otro, fluctuando por el cemento cósmico en un viaje interminable a la deriva. La mente es un cohete. Los pensamientos, alfileres. Mi alma no quiere más.
No quería saber nada con aquel submundo, pero por alguna razón había buscado experimentar aquello que estaba viviendo. Juntarme con los linyeras que estaban perdidos en la estratósfera y ver con los mismos ojos al mundo. Aunque diagramemos el propio infierno con crayones de azufre el lienzo, buscando comprobar que tan profundo puede llegar a ser el abismo de la realidad.  No me importaba, mi alma y mi cuerpo iban directo al altar del sacrificio. Siempre me había preguntado si las drogas duras eran verdaderamente fuertes o si la voluntad humana era demasiado débil para poder soportarlas. Experimentar, para descubrir la verdad de la milanesa y no quedarme a mitad de camino con la duda constante. Es mejor quedar como un loco ante la sociedad que descomponerme en una tumba con tantas preguntas.

Entonces fumamos un papel tras otro, sintiendo el cráneo a punto de estallar. Quería pararme y caminar, correr, saltar, llegar hasta Chascomús de rodillas. Besarle los pies a la madre Teresa. Gritar hasta que me sangre la nariz. Hacer cualquier cosa para salir de ahí, para salir de mí. O quizás regresar. Había olvidado las instrucciones para detener los engranajes del motor de mi propio caos. 
Hasta que de pronto lo conseguí. Me paré como pude, saludé como pude y caminé intentando no tropezarme con mis propias piernas. Avancé a toda velocidad sin dirección alguna. Quería partir en dos el viento, gastar energía para disminuir la euforia. Caminé y caminé por una larga avenida contigua al mar. Cuando me di cuenta ya era de noche y estaba en la periferia de la ciudad. Junté unas cajas de cartón en el camino y seguí caminando hasta llegar a la ruta. Me topé con una estación de servicio. Estaba derrotado, mi cuerpo no daba más. Bebí algunos litros de agua y afuera de un local clausurado me rendí a descansar hasta el día siguiente, en mi nido de polvo, cartón y soledad.


Estufa-hogar de Ambato - Ecuador


Hay tantas formas de alterar sutil o ferozmente la conciencia, que hay mayor cantidad de drogas legales en el mercado de libre comercio que ilegales en la clandestinidad. Hay quién decide tomar cocaína, hay quién decide fumar tabaco, hay quién decide beber medio litro de lavandina en ayunas, o quizás mirar televisión masticando terrones de azúcar dentro de una taza de café. Todo nos altera, todo puede provocarnos dependencia, incluso comer. Pero, ¿eso depende de la sustancia o será responsabilidad del consumidor?

El código civil penaliza el consumo de ciertas plantas y de ciertos estupefacientes, colocando al usuario en el mismo peldaño que un delincuente, un homocida o un violador. ¿Es por miedo a que la gente pierda la cabeza, la sensibilidad, o el estado de conciencia? ¿Y qué me dicen del alcohol? Bebida aceptada socialmente que en exceso es igual de nociva para la mente que el Poxipol.  ¿Cuantas vidas se carga por año entre la cirrosis y los accidentes de tránsito?  ¿Es verdaderamente un borracho amigable y un drogadicto peligroso?  ¿Porqué te cae encima la cana por fumar una planta y sos impune teniendo la heladera colmada de vino espumante o cerveza?

Los excesos son malos, y no las sustancias en sí mismas. Todas son consumidas por una misma razón: calmar la ansiedad. Callando los pensamientos, apagando la calculadora del cerebro. Son elegidas de acuerdo al poder adquisitivo del consumidor y al efecto que cada una provoca. En lo sutil la merca pura será para el empresario, lo mismo que la pasta base para el pobre. Una dosis de euforia con distinto valor.

¿Qué me dicen de los causas de los homicidios brutales que existen desde el inició de la civilización? ¿No fue Caín quién asesinó a su hermano Abel en las escrituras bíblicas? ¿Cuál droga había consumido para cometer tal fraticidio? ¿Qué tan drogado va un soldado a la guerra? ¿Y un general bajo cuál efecto ordena la ejecución masiva de niños, ancianos y mujeres? Los científicos del Escuadrón 731 quienes se encargaban de la vivisección humana sin anestesia durante la segunda guerra mundial, ¿fumaban Paco o sus demencias profesionales eran de carácter natural?

En aquellos tiempos de delirio callejero comencé a pensar que la responsabilidad del consumo de drogas no es de los narcotraficantes ni de los políticos que permiten clandestinamente su distribución, sino de los mismos usuarios, que ejercen su libre albedrío y eligen la anestesia o la euforia pasajera como medicamento para aplacar sus problemas o entretener su aburrimiento nefasto. 
Las drogas no nos modifican, sólo ponen en evidencia una parte de nuestro ser. Por tal razón la misma sustancia produce diferentes efectos en cada persona o en cada momento que son consumidas. Quién sucumbe fácilmente ante la irá en algún momento, tarde o temprano la dejará explotar. Lo hará alcoholizado, o lo hará sobrio, lo mismo da. Las drogas son potencializadoras. Amplifican, expanden, aquello que no nos animamos a soltar, aquello que verdaderamente somos. Entonces en un estado de desesperación o simple apatía una dosis viene como anillo al dedo. Aunque sea un vil engaño. Una sensación pasajera. Un espejismo. Oculta cobardía .
Somos responsables de lo que consumimos, y de los efectos que nos producen. No hay nada que sea en sí mismo tan adictivo. Ningún vicio es imposible de abandonar. Las drogas no son malas ni buenas, y en cierta forma también nos ayudan a comprender de otra forma la realidad.


¿Qué es acaso real? 
¿Bajo qué tipo de percepciones determinamos la diferencia entre realidad y fantasía?

Para hablar de drogas también hay que remitirse al punto económico. Las cárceles están atestadas de consumidores de una planta relajante llamada marihuana y de pequeños revendedores de sustancias químicas, que trabajan en ello para sustentar su vicio, a su familia o a su propia demencia. En su mayoría son personas de bajos recursos, que no pueden pagar a ningún abogado para que haga palanca y sean tratados con una pizca de dignidad. Sin pagar una buena defensa, son acusados de "criminales", pasando sus horas y sus días encerrados. Cabe aclarar que en las oficinas se consumen las mismas drogas, pero contratan abogados con tarjeta Visa o Master Card.

¿Cuánto se benefician los jueces del Estado, los abogados privados y públicos, la policía, los senadores, los diputados, gendarmería, los oficiales aduaneros y sujetos a fines, con la penalización de las drogas? Monumental negocio tienen montado quienes se encargan de venderte la idea de que las drogas son algo prohibido, sinónimo de ilegalidad. Analizar en profundidad esta cuestión da para escribir un libro entero, y esa no es mi cuestión. No se trata de apoyar el consumo de drogas, sino de luchar contra la hipocresía de prohibir sustancias por miedo a que la gente pierda la cordura. Mientras algo se produzca no va a dejar de consumirse. Mientras algo se prohíbe, se le da rienda suelta en la clandestinidad. Y lo más irónico de todo es que muchos de quienes las prohíben, también las consumen y se quedan con el dinero de la venta.

La gente que habla sola


Seres espaciales

Alf,
Superman,
Goku y Vegeta,
Obi Wan Kenobi y el amistoso Chubaca,
Los alcones galácticos,
E.T,

Ami, el niño de las estrellas,

El capitán Spock,
la gelatina en sobrecito,
los invasores del espacio,
las pirámides de Egipto,
el mantecol,
los Teletubbies,
el agente k y el agente J,
los expedientes secretos X,
la plastilina,
Nikola Tesla,
Leonardo Da vinci,
El Eternauta 
y unos cuantos misterios develados más.
Y pensar que todavía hay quienes tienen la osadía de afirmar
que no existe vida en otros planetas. 
Cómo gatilló Emanuel Ortega, en el verano del 98: 
"Muy lindo público, pero acá están todos chiflados"
Mi versión de Vegeta cuando tenía 22 años, acrílico sobre papel

Mundo transgénico, el caso de Paraguay

Monocultivo de girasol - Paraguay

En la década de 1960, con el argumento de acabar con el hambre en el mundo y aumentar la producción agrícola, se impulso una forma de producir alimentos dependientes del uso de insumos industriales. Este nuevo modelo desplazo a la agricultura a pequeña escala diversificada, por la implementación del monocultivo sin rotación. Se generó de esta manera una gran dependencia de los productos químicos elaborados por las compañías trasnacionales, para aumentar el rendimiento de las cosechas y suplementar el desequilibrio provocado en las propiedades del suelo. Con el tiempo salto la ficha en el barrio. Este método provocaba efectos perjudiciales para la salud humana y del medioambiente, y finalizó devastando la base natural de la producción agropecuaria.

En los años noventa se introdujeron semillas transgénicas a la agricultura, una vez más, utilizando el argumento de acabar con el hambre del mundo. Sin embargo, no solo esta promesa no se cumplió, sino que el hambre a nivel mundial continúa en aumento, al igual que el control empresarial sobre la producción de alimentos.
Hoy el sistema de producción de alimentos está dominado por unas pocas empresas transnacionales que controlan desde las semillas, hasta la venta de productos de los supermercados, y actualmente incluso la tierra. Son ellos quienes definen qué se produce, cómo se produce y cómo se distribuye, e incluso el precio de los alimentos. El objetivo de estas empresas no es alimentar a la gente, sino generar cada vez más ganancias para sus accionistas. Por eso los alimentos se han convertido en una mercancía. Ya no importa su valor nutritivo, ni cómo son producidos o cómo son distribuidos. La pérdida de capacidad de decisión de los pueblos, de cómo, cuál y para qué producir alimentos es una pérdida de soberanía.


(Texto modificado que pertenece a alguien)

Cultivo de té en Misiones Argentina


Monsanto es el nombre de la empresa de capital norteamericano quién controla y certifica actualmente el 90% de las semillas a nivel mundial. En plena crisis alimentaria estas mega empresas registraron ganancias record: Monsanto aumentó sus ganancias en un 44% en 2007 y Cargill, por su parte, aumentó sus ganancias por venta de insumos agropecuarios en un 86%.
En el año 2016 Monsanto fue absorbida por Bayer, quién es la mayor productora de fármacos del mundo. Si tenemos en cuenta que el actual certificador de semillas a nivel mundial es quién también produce los medicamentos, y los frutos de tales semillas están bañados en agro tóxicos, no podemos esperar más que ver el incremento de farmacias en cada rincón del globo terráqueo concurridas por una sociedad enferma.

La crisis alimentaria no es más profunda aún porque la agricultura campesina y familiar continúa alimentando al mundo. Es este tipo de agricultura de pequeña escala la que abastece a los mercados locales y nacionales, garantizando así la alimentación de la gente. Esta misma representa el 50% de lo producido.  
Lamentablemente, la agricultura campesina y familiar está seriamente amenazada por el avance de los monocultivos, la concentración de la tierra, el control del sistema alimentario por las grandes empresas y las políticas neoliberales que imponen la producción agropecuaria para la exportación y la eliminación de las políticas tendientes a proteger la producción local.

En el ciclo agrícola 1999-2000 se incorporó la semilla de soja transgénica al territorio paraguayo. A partir de ese momento, el área sembrada con soja fue posicionando a Paraguay como uno de los principales productores y exportadores de soja a nivel mundial. Llegando penosamente al puesto número 4, ya que dicha expansión agrícola no ha hecho más que socavar la brecha social de forma alarmante.
Se estima que la mitad del territorio sembrado eran tierras pertenecientes a familias campesinas que fueron apropiadas por venta a bajo precio, alquiler o desalojo forzoso. Cabe resaltar que desde el momento que cayó la dictadura de Stroessner, y que duró nada menos que 35 años, han sido asesinados más de 100 dirigentes campesinos, de los cuales sólo un caso fue investigado y su autor condenado. Los demás permanecen en la impunidad. La criminalidad de la protesta es claramente grave. Ningún organismo de Derechos Humanos ha efectuado su impronta en este país, que por no tener acceso al mar parece olvidado.

Se sabe que un 80% de las tierras de Paraguay se concentran en un 2% de los propietarios. Idénticas características de posesión tenía  la Europa feudal de la Edad Media.

(Información extraída y modificada de otro autor)









Arando con bueyes en una chacra de Misiones - Argentina ( 2017 )

Pedaleando con Marita entre los cultivos


Shopping Havan de Itajaí - Brasil


El arte de escribir al pedo



Escribir palabras al aire,
sueltas,
inconexas,
unidas a la fuerza,
mentalizadas en el formato y perdiendo de vista su mensaje
es como condimentar con ácido sulfúrico una ensalada de lechuga y tomate;

es como acariciar una criatura murmurándole al oído el resultado del último partido de Banfield, sabiendo que a la criatura le importa tres carajos el fútbol;

es como saltar la cuerda con el cordón umbilical de un caniche Toy;

es como enjuagarse la cabeza en un fuenton de lavandina para limpiar los malos pensamientos;

es como descargarle 50 kilos de arena Montevideo en la pelopincho para hacerles creer a tus sobrinos que están en la Bristol;

es como tirarse un pedo en el ascensor teniendo la esperanza de que la gravedad vaya a disolver en el acto la cuestión;

es como matar de un piedrazo una paloma y rezar tres Ave María para resucitar al bicho y pedir perdón;

es como…para, ¿a qué venía con todo esto?


¿Dónde esta Wally?

¿Donde está ese Wally?

Dale decime guacho, señalalo con el dedo.

Larga el dato o te abro al medio como a un lechón.

Mi criatura no para de llorar porque no lo encuentra.
Este libro que me vendiste es una porquería.

Dale loco apurate que me estas cagando el día del niño y me tengo que bajar en Lanús.



( Situación imaginaria entre un vendedor ambulante y un cliente en el furgón del Roca, zona sur )

Acerca del día que conocí a la muerte

Arte con basura hallada en el mar - Brasil


Era una jornada normal de milanesas con puré alrededor de la mesa redonda de madera, escuchando al miembro más inteligente de la familia...el señor televisor. O a quién, en aquel entonces, uno creía que tenía la posta. Cuanta ingenuidad. Yo estaba en modo infantil. Conseguía contar mi edad con los dedos de ambas manos. Como de costumbre, el televisor hablaba mientras lo escuchábamos con atención. Canal 13, accidente de ruta. Dos colectivos hechos pelota, decorados con fiambres humanos embadurnados de salsa roja. Un bardo total.

- ¿Mamá qué es eso? -. Le pregunté con la intriga elocuente de un detective en miniatura.
- ¿Qué cosa hijo? .Lo rojo má, la carne salpicada por todos lados. ¿Por qué tanta gente llora?-
- Y mira acaba de suceder un accidente. Hay heridos y bueno al parecer, algunos muertos.-.
- ¿Muertos? Pero qué, ¿de esa manera? Que feo.
- Si hijo fallecieron, no van a vivir más. A todos tarde o temprano nos va a ocurrir eso. Después te    meten en un cajón y te entierran debajo de la tierra porque empezamos a oler a podrido, como a    aliento de perro.

¿Qué? ¿Morir así? Y nosotros que viajamos tanto, la puta madre. Mi madre no expresaba cara de chiste.

Verdad número 17 descifrada: puedo morir en cualquier momento.

Malestar estomacal. Mi avenida ancha se convirtió de repente en un callejón sin salida. Imaginaba un cuervo sobrevolando la casa guiñándome el ojo, al momento de cruzar miradas. Aguanta un poquito, che. Banca que todavía no estrenaron la peli de los Caballeros del Zodíaco, y en Dragón Ball apareció uno re misterioso que se llama Vegeta.
Morir tan joven. Y yo dedicándole mi valioso tiempo al Tetris ese de mierda, que no sirve para nada. Si no quiero ser albañil. Mucho menos si tengo que levantar paredes con ladrillos tan deformes.

Fíjate como es la cosa. Primero Papa Noel y los Reyes Magos. Después lo de la cigüeña y el chamuyo de que las ratas compran dientes y manejan guita. Nunca vi ninguna en el kiosko comprando ni siquiera un mantecol. Y ahora esto? Me tienen que estar jodiendo. Pensé que todos íbamos a llegar a viejos, enamorados, sonrientes. Que iba a pintar comer guiso de perdices por siempre. No sé, las pelis d Disney siempre hablan de eso. Quiero antes que nada conocer la tumba de Tutankamon; saber dónde está Wally. Quiero ver la peli del Rey León unas cien veces más. Esto es un bajón. Me siento estafado, señor devuélvame la entrada, no me está gustando la función.
Bueno, aunque pensándolo de otra manera, no está tan mal. Eso significa que mejor hago ahora lo que se me dé la gana, por las dudas. Disfrutar, jugar más, reírme con mi hermano. Esas cosas que me gustan tanto. Ir al campito a prender fuego alguna porquería, comer ciruelas de los árboles, bañarme en la laguna, ir al basurero a buscar tapitas de gaseosa Mocoretá que todavía está la promo.

- Fede, ¿te pinta jugar un Mario Bros.?
- Si dale...uhhh que olor a pedo, ¿qué carajos estás fermentando? ¿Desayunaste un muerto?
- No fui yo, y por si no lo sabías vos también te estás muriendo.


Yagé, la soga de los muertos

Sábado por la noche. Primer semestre del año 2013. Éramos alrededor de quince personas, contando a dos taitas y a la Mama Concha. Gente de varios países allí reunidos. Nos sentamos en un gran círculo bajo un techo de dos paredes, rodeados de vegetación subtropical, para darle inicio a la ceremonia. La luna estaba llena y reluciente como un espejo de agua, dándole un brillo hermoso al ambiente. 
Empezaron las oraciones en idioma Kamsá, y el taita Guillermo brindó una dosis de rapé con su pipa ( hojas de tabaco tostadas y molidas ) en cada orificio nasal a través de un soplido, para el que lo sintiera. Psicoactivo ancestral, intermediario de los mundos.  Diez minutos más tarde, con el espíritu preparado para el viaje, fuimos tomando una copa de Yagé cada uno, esperando pacientemente el efecto de la medicina.





Alrededor de treinta o cuarenta minutos más tarde, luego de un prolongado silencio, inició el repugnante ritual de purgación. Cada miembro fue incorporándose de su sitio de descanso para vomitar en algún rincón de la selva. Almas a oscuras, deambulando en rítmicos vómitos sucesivos, fueron las primeras imágenes del efecto del Yagé.
Perdidos en un universo particular e individual, nos convertimos minuto a minuto en elementos de la naturaleza. De pronto comenzaron los gritos, los cantos, los rezos y las miradas desorbitadas en busca de un pensamiento claro y conciso. Las psicodélicas visiones no estaban invadiendo mi razón o eso creía, a pesar de que no podía parar de balancearme de un costado hacia el otro mientras cantaba: "sólo siento, cuando me siento", una y otra vez. Así que acepté otra copa de medicina.
Luego de unas oraciones y unas sopladas de humo de tabaco, bebí la segunda copa. Ésta era mucho más viscosa que la primera, y por lo tanto más fuerte. Estaban concentrados en ella todos los espíritus de la selva. Ahí si, me deje llevar hacia las misteriosas puertas de la divinidad mental. La música ondulante de las armónicas de los taitas; la guitarra desquiciada de Danny y el hipnótico canto grupal, me introdujeron en un inestable estado de trance.

Mis ojos cerrados eran capaces de ver mejor. Mientras zapateaba sin parar y bailaba como una marioneta manipulada por un titiritero demente, comencé a cantar los ícaros que me llegaban. Sentía el aura de todos los que estaban a mi alrededor. Los colores variaron entre amarillos, naranjas y rojos furiosos, a violetas, negros y verdes. Energía que invadía cada partícula de mi cuerpo y la del entorno. Todos eran colores que danzaban frenéticamente al compás del zapateo y los alaridos de libertad.

En todo momento me sentía en el epicentro de aquel microcosmos de personas embriagadas de una inexplicable conexión espiritual. Alegría intensa; ganas de explotar para convertirme en polvo de estrellas y una total pérdida de mi ubicación geográfica, eran lo que llenaba mi alma de júbilo y sorpresa. El reloj del tiempo estaba despedazado en el cajón inútil de mi memoria. Era sólo presente. Ya nada tenía identidad. Éramos todos Uno, sintiendo la eléctrica potencia del Gran Espíritu, por llamarlo de alguna manera.

El trance iba en aumento, al igual de la seguridad de que me estaba volviendo más fuerte. Lagunas de olvido, una y otra vez.
De un segundo a otro todo se tranquilizó, y percibí que cada uno estaba tomando un viaje más introspectivo. El zumbido de la guitarra de Danny, envolvía la atmósfera de melodías vibrantes. Vibraciones que conseguía ver, o comprender, desprendidas por el aire. Todos estaban escuchando calmadamente su música.

Más lagunas de olvido. Mareas de pensamientos y voces internas me hablaban al mismo tiempo. Al mismo momentos en que las dimensiones se fusionaban en enredados conflictos de espacio temporal. Por momentos no entendía nada, y a la misma vez comprendía todo. Y todo era tan simple.

Harvey, tendido en el barro gritaba desesperadamente mientras se hundía en un pozo de lodo imaginario. Gritos insoportables, mal viaje. Sufrimiento y perdición. Lo intentamos calmar, pero resultaba imposible. Los minutos pasaban y no lograba volver en sí mismo. Marcas de sangre y piel colorada, dejaban en evidencia de que su locura iba en aumento. Último recurso, pisarle las extremidades para evitar su autoflagelación. Le escupieron agua florida, bocanadas de humo de tabaco y al ser espigado consiguió tranquilizarse. No estaba solo, estábamos todos dispuestos a ayudarlo.

Otro sacudón y volvió a entregarse a la locura. Abrazados a su alrededor le rogamos al espíritu de la lluvia. Mágicamente comenzó a llover de repente, y Harvey hecho agua se rindió. Soltó su cuerpo, soltó sus pesadillas.
De repente no aguante el mareo y me alejé para vomitar. ¿Cómo poder explicar la insoportable sensación de escupir tu cuerpo entero por la boca? ¿Y el dolor?

Debilidad, cansancio y fatiga. No aguantaba más. Mi cuerpo se estaba derritiendo en forma de vómito hasta que al fin se detuvo, y una mirada siniestra y pesimista invadió mis ojos. Sentí que nadie me quería, y que mi vida entera había sido una mentira. Sentí rechazo por parte del resto. Así que me refugié en la desolada selva para hundirme en una infinita tristeza. Conseguía ver claro, ese túnel oscuro por donde estaba penetrando sin control. Las penumbras se convirtieron en mis compañeras. Estaba preso en una cárcel de culpa y preocupación. Nada bueno sucedía. No podía salir.
En mi desesperación mastiqué hojas de varias plantas. Escarbé el suelo para fabricar una guarida. La lluvia me humedecía, pero necesitaba un millón de centímetros cúbicos para dejar de sentirme una porquería. Apareció don Gaspar para ayudarme, pero no lograba abrazarlo al anciano. Se fué y llegó la madre Concha. En su mirada habitaba el equilibrio y la serenidad. Abrazame madre, soy tu hijo, y estoy perdido. La acompañe hasta el techo donde se encontraba el resto del grupo. Todos me miraban felices, como si el hecho de que regresara les diera idilio.

Amor, volvía a sentir amor por todos, pero de forma descontrolada. confundiendo amor por sexo. Entonces propuse organizar una gran orgía. Me cagué encima, y rodé por el suelo. Algunos sonreían. Mordí cuanta madera se me cruzó por mi camino. Destruir era crear. Me fanaticé con esa nueva idea. Comencé a patear y a derribar bancos y sillas. Me sentía felíz. No podía parar de reír a carcajadas. Era un maldito caos de mierda y barro. Gritaba como un desquiciado, Diógenes resucitado. Ardía como una llama rociada con combustible. Suspenso. Ardor de espigas.
Entonces llegó la calma. Ya era de día. Estaba semi desnudo acostado en el piso de tierra. Delirio, locura y pánico. Me dormí sentado hasta que caí al suelo, golpeándome. Luego descansé al lado del fogón. Pero me echaron por tener un olor desagradable. Al fin logré descansar en una carpa, hecho un completo desastre.
Después de aquella noche de medicina, abandoné por completo el consumo de todo aquello que considerara vicio.




La quebrada de la conchas



Producto de la erosión, abundan cerros multicolores y extrañas formaciones rocosas en el marco de un paisaje de inmensa belleza. La Quebrada de las Conchas es una reserva natural provincial ubicada entre las ciudades de Salta y Cafayate, en el norte argentino. 

La bajada del Río de las Conchas de los Andes esculpió este valle hace aproximadamente dos millones de años. El accionar de la erosión expuso las capas sedimentarias de la roca, dotando las sierras de la quebrada de una singular belleza multicolor. Mas el bello paisaje no es la única atracción; el paso del agua y el viento también dejaron curiosas formaciones naturales que han sido bautizadas con diferentes nombres.




Garganta del Diablo - producto del accionar de una antigua cascada que talló un gran agujero en la roca.
El Anfiteatro - otro gran agujero en la piedra tallado por el agua.
El Obelisco - una gran torre de piedra que se levanta del suelo en soledad
El Fraile - hay que usar la imaginación para visualizar bien este ejemplar
El Sapo - gigante piedra que se asemeja a una rana
Las Ventanas - una pared de roca esparcida por pequeños agujeros
Los Castillos - grandes columnas de piedra que sobresalen de un monte de roca





Junto a una familia francesa

Comunidad flotante

“Estos salvajes no tienen leyes ni fe y viven en armonía con la naturaleza. No existe la propiedad privada, porque todo es comunal. No tienen fronteras ni reinos, ni provincias, ¡y no tienen rey!. No obedecen a nadie, cada uno es dueño y señor de sí mismo. Es un pueblo prolífico, pero no tienen herederos porque no tienen propiedad”
Américo Vespucio

(haciendo una descripción de la vida de los taínos,
                                                                             una comunidad del Caribe, varios siglos atrás)



A 3.600 metros de altura y en un altiplano rodeado por los Andes, entre Bolivia y Perú, vive hace siglos un pueblo de pescadores. Son los Urus del lago Titicaca, el lago más alto del mundo. Muchas de sus viviendas no están en las orillas sino sobre el agua, sobre islas e islotes flotantes hechas con los tallos de totora entrelazados. Allí cada familia tiene su choza, con la cual navega de un lado a otro del lago, o se ancla en las rocas. Estas costumbres ancestrales de fabricar tanto las islas como las viviendas con materiales naturales de la zona, los convierte en una peculiar comunidad, única en el mundo.



Durante siglos los hombres y las mujeres solían dividir el trabajo. Mientras ellos se dedicaban a pescar, cazar, hacer redes y construir balsas, ellas se ocupaban de los rebaños de llamas y alpacas, cocinar y hacer los cestos para guardar diferentes utensillos. Solían intercambiar sus productos con comunidades Aymaras y Quechuas, para conseguir maíz, papas y otros productos que no producían.
Si bien muchas de estas costumbres aún las conservan intactas, la globalización también ha hecho estragos en su simple y sencilla forma de vida. La curiosidad del humano por saber cómo se manifiesta la vida más allá de aquello que ve a diario, ha sido una de las principales causas de sus migraciones esporádicas contemporáneas. Esas que hoy llamamos de Turismo. Estas migraciones han sucedido al punto de la invasión  constante a las islas de los Urus, con lanchas a motor, para experimentar de cerca las costumbres exóticas de la comunidad. Las mujeres y las niñas dejan de hacer sus faenas diarias para recibir a los turistas con cantos y danzas rituales; los hombres ya no pescan, ahora construyen maquetas de sus islas y viviendas para explicar la construcción de las mismas. Además aquellos bolsos y prendas de vestir que antes elaboraban para uso de la comunidad, ahora los venden como 'artesanías", produciendo muchos de los mismos con los ideales del fordismo. Todos igualitos y a escala masiva.


Lago Titi caca


La vida a estas alturas del mundo ha ido mutando sutilmente. Ellos han ido perdiendo progresivamente muchos conocimientos y muchas prácticas vitales que durante tanto tiempo supieron conservar. Los turistas en su mayoría, traen consigo buenas intensiones, sin embargo estas efímeras y superficiales visitas han modificado monumentalmente la economía y la tranquilidad de los isleños. En el año 2012, el dinero acaparado por la actividad turística representaba el 90% de sus ingresos. De vivir sin dinero, sólo del intercambio de materia prima durante siglos, a utilizar papel metálico, hay una gran diferencia. Sobre todo por el hecho que esta transición ha ocurrido en un lapso de tiempo relativamente breve.
Los Urus continúan mascando hojas de coca, como toda la gente del altiplano y bebiendo chicha de maíz. Sin embargo, hay algo en ellos que se esta muriendo, algo que ellos mismos no son capaces de visualizar. Lamentablemente no se darán cuenta hasta que lo pierdan y cuando quieran actuar para remediarlo, para volver atrás, verán que ya es demasiado tarde. Así como ingresan los turistas y el dinero, también ingresan sus vicios, sus desequilibrios, su atropello. Esta es sin dudas, otra muestra latente de aculturalización. Del efecto del afluente turístico sin medidas. De la inocencia siendo aplacada por la razón.
Ya no se encuentran indígenas Urus puros. La mayoría se han mestizado con sus vecinos quechuas y aimaras, desde tiempos muy antiguos. En la actualidad se considera a los urus como un pueblo en vías de extensión, y eso ha incrementado aún más el turismo masivo. Ciudadanos de todo el planeta viajamos desde lejos para presenciar fugazmente la vida de un pueblo, que irónicamente gracias al turismo está vivo y por el mismo está ocasionándose su desaparición. Colonización pacífica del siglo XXI.

Experiencias como ésta, me han llevado a replantearme las consecuencias del Turismo Cultural. Cuando el intercambio cultural es tan fugaz y aquello que dejamos a cambio es dinero donde ciertamente no se precisaba dinero, sino tiempo para subsistir ¿estamos verdaderamente aportando un bien a esa comunidad?
Visitar no es lo mismo que convivir. Tomarle una foto a una persona con o sin su permiso, no es lo mismo que conversar. Viajar con dinero y tiempo estipulado de antemano en un sistema de visitas momentáneas, no es lo mismo que ganarse el pan a donde uno va sin importar que día finalize la estadía.
Incorporar una nueva cultura diluyendo nuestras propias costumbres y tomarse el tiempo para interactuar, enseñando y aprendiendo, puede traer resultados asombrosos. Siendo el foráneo la minoría y no la mayoría. Siendo el visitante un ser que se entrevera etéreamente y no una masa heterogénea que irrumpe en un sitio para devorar con sus flashes cuanta inusual costumbre tenga a su lado. Situación similar se vive en un zoológico, salvo que los animales no eligen ser visitados y mucho menos estar enjaulados.
De a poco comenzaba a fastidiarme la idea de ser un turista y trabajar a futuro para el turismo. Recordaba que hay quienes afirman que el turismo es una industria sin chimeneas, sin embargo contemplaba en aquel rincón de Bolivia, un gran incendio. Si bien nada se pierde, todo se transforma, ( Jorge Drexler dixit ), toca preguntarnos en qué es en lo que nos estamos transformando, como individuos y también como sociedad.



Hacele dedo que es pariente de Tolstoi


Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no desear con exceso lo que no tengo”  León Tolstoi 
El conde Lev Nikoláievich Tolstói, también conocido en tierras criollas como León Tolstói, fue un escritor ruso, considerado hoy en día como uno de los escritores más importantes de la literatura mundial. La vida de este personaje estuvo marcada por grandes y extensos episodios que van afianzando una evolución en su pensamiento y en su comprensión de ideales altruistas.
     Hijo de un noble propietario y una princesa, tras quedar huérfano a temprana edad comenzó a transitar una vida de búsqueda inquietante entre los placeres mundanos y la abnegación hacia los más perjudicados. Con los beneficios sociales que acarreaban en aquella época los títulos aristocráticos, el joven Lev se animó a conocer tanto el mundillo de los ricos, como la oscuridad de la guerra participando en el combate de Sebastopol y la sencillez de la vida en el campo. Cada hecho fue ahondando una huella inquebrantable en su construcción de un mundo más humano e igualitario.
     Luego de experimentar la pesadumbre de la guerra, concibe transitar un camino de paz; abandona la opulenta vida aristocrática por el oficio de zapatero y campesino escritor; rompe pactos con la iglesia ortodoxa y se anima a establecer un centro educativo en su aldea para los hijos de los campesinos con una pedagogía particular, cuyos principios instruyen en el respeto a ellos mismos y a sus semejantes. Decide dejar los lujos atrás para llevar a cabo el desapego a lo material, viviendo austeramente. Eso es lo que se sabe, eso es lo que dicen, o lo que quedo como obra humanitaria de su ser, más allá de lo escrito.
    Lev falleció finalmente en 1910 a los 82 años de edad en Rusia, la nación que lo vio nacer.
Comienzo este texto haciendo referencia a la vida de Lev Tolstoi porque a mediados de febrero del 2016, cien años más tarde de su muerte y en territorio uruguayo, mientras hacíamos dedo con Marita con rumbo a Argentina, se detuvo un automóvil conducido por el bisnieto del legendario escritor. Estábamos en las afueras de la localidad de Nueva Palmira, cerca al Río de la Plata, al sur de Uruguay cuando su automóvil repentinamente se detuvo al ver el dedo alzado. Apareció detrás del vidrio el rostro de un hombre anciano, de cabello descolorido por los años, modales refinados y acento francés. Una grotesca pipa de madera negra como azabache, era sujetada firmemente por sus labios finos y rosáceos. Él se presentó como Sacha, escritor y pescador.
     La verdad es que no supimos quien era hasta que al acomodarme en el asiento trasero, intentando no aplastar ningún libro de todos los que había desparramados sobre el tapizado, observé uno de reojo con el famoso apellido ruso impreso en él. Marita mientras tanto conversaba en el asiento de acompañante con Sacha.

- Disculpe la curiosidad...usted es pariente de León Tolstoi? - me atreví a preguntar.
- Sí, soy su bisnieto - afirmó desinteresadamente el señor. Como el tipo tenía acento francés, era bisnieto de un reconocido escritor ruso y estábamos viajando por Uruguay, comenzamos a bombardearlo de preguntas para atar los cabos sueltos.
    Resulta que Sacha había nacido en Francia, al escaparse su abuelo de Rusia durante la revolución bolchevique y radicar en consecuencia a su familia en Europa. De niño fue enviado  al humilde, lejano y desconocido país latinoamericano de Uruguay para que aprendiera a través del aislamiento geográfico a comportarse, siendo para esa instancia un pre adolescente inquieto y desobediente al estilo aristócrata que debía mantener. Luego de regresar al viejo continente con “la cabeza en orden”, vivió extensos años en París siendo el dueño de la tienda de pesca de mayor prestigio de la nación francesa. Allí conoció a presidentes de diferentes naciones, secretarios de cargo ejecutivo y empresarios de multinacionales, entre otros humildes clientes.
    Tras vender el comercio de pesca a un extravagante precio, se mudo junto a su familia a un aislado campo en las afueras de la capital más romántica del globo. Hasta que un día tras quedar viudo y tener varias décadas de vida a cuestas, tomó la iniciativa de regresar al Uruguay.
    Cómo herencia familiar adoptó la escritura como oficio, publicando más de quince libros, además de incursionar en el mundo de la pesca a través de una revista mensual siendo el director y columnista destacado. Ya que arrojó sus anzuelos en más de sesenta países codeado siempre de gente de su misma calaña, como el hijo de Ernest Hemingway, el abogado íntimo de Bill Clinton, el propietario de la mayor cadena de faenado de pollos de Norteamérica y tantos otros gomelos más. Por tal afición jamás abandonaba a donde iba los elementos indispensables para pescar. En ese preciso momento, sus cañas dividían como si fuera la magia de Moisés, el vehículo en dos.
    Durante dos horas hablamos del mundo, de viajar, de hierbas fumables, de su pasado y de nuestro presente. El viejo era simpático y agradable, y afirmaba que amaba aquello que llamaba "la buena vida". Si bien no estaba en todo de acuerdo con su filosofía de vida aristócrata y sus respectivas consecuencias para el resto del mundo, era un conductor más que interesante para conversar. Sin notarlo, habíamos llegado a una estación de servicio, a doce kilómetros del puente internacional de Fray Bentos - Gualeguaychu. Nuestro viaje junto a él de esa manera finalizaba. A partir de ahí nuestros caminos nuevamente se abrían, Sacha iba a visitar un amigo y nosotros ingresaríamos a nuestro país natal.
    Antes de despedirnos nos obsequió su autobiografía en español, titulada "Como pez en el agua" y nosotros le regalamos un mapa rutero de la nación donde habitaron los Charrúas. Le dimos las gracias y se marchó, llevando consigo un pedazo de una larga historia que no va a morir jamás.




Debajo de las baldosas y detrás de los vidrios

Aprendí a tomar el tren de Temperley a Constitución a mis 28 años de edad;
a ser un cordero más del rebaño citadino que se aglomera en la estación a esperar su vuelo;
a ser una lombriz vestida con ropa ciudadana para transitar debajo de la tierra.
Aprendí a pedalear con la agilidad de un espermatozoide por las grandes avenidas
del corazón contaminado de la República Argentina.

Aprendí a irme a la capital con mis bártulos e ilusiones en los bolsillos de una mochila;
a recitarle poesía a la gente solitaria o acompañada en los parques, en las plazas, en el obelisco; 
Aprendí a ofrecer milanesas y panes rellenos en los recitales de rock, 
cuando no me corrió la gorra por infligir una ley del código civil
que ni ellos recuerdan a quién beneficia;
Aprendí a tirar el paño en la calle y laburar en diversas ferias con mis artesanías,
esperando a que alguien comprenda la diferencia
entre lo hecho a mano y la nefasta producción china.

Aprendí a interactuar todos los días con diferentes personas,
para intercambiar ideas y regurgitarles en prosa 
reflexiones, creencias y delirios.

Aprendí a contar billetes chicos, 
a ver innumerables personas durmiendo de día en la vía pública; 
a oír el sofisticado himno comercial de los vendedores ambulantes cada 2 minutos;
a sentir aroma a paty y choripan asado en el cordón cuneta...
cunita, para los borrachos que no llegaron a ningun lado
y abandonaron su cuerpo en la vereda.

Aprendí a perderme en este desmesurado laberinto;
a comprender que sus habitantes nacieron
debajo de las baldosas y detrás de las rejas y los vidrios,
Aprendí que muchas infancias transcurrieron dentro de las jaulas amuebladas de los edificios, 
o en infinitos barrios, de viviendas tan homogéneas que al momento de nacer 
se les disolvió la identidad.

Aprendí a caminar corriendo,
a escuchar las puteadas de los tacheros a los ciclistas.
Aprendí a notar como conversan los más humildes cara a cara, 
mientras el resto se comunica con su aparato electrónico con alguien que allí... no está.

En fin, aprendí a darme cuenta que acá no soy el único perdido.