Bestias salvajes

Después de todo 
éramos sólo unas bestias salvajes 
dispuestas a 
destruir
amar
soñar
dormir
reventar
vestir
suspirar
besar
conocer
caminar
trabajar
descansar
negociar
contemplar
construir
criticar
aceptar
disfrutar
renunciar
criar
aprender
bailar
complacer
jugar
reflexionar
beber
probar
enseñar
cultivar
perdonar
 escuchar
y leer

antes de empezar a morir.

Y quizás no seamos nada más que eso,
que en sí ya es más que suficiente.


Alimenta tu alma



Lee poesía, alimenta tu alma.
Disfruta la naturaleza, alimenta tu alma.
Contempla la vida, alimenta tu alma.
Medita en silencio, alimenta tu alma,

que el chori y la coca,
los noticieros
y las telenovelas
en materia espiritual,
no te aportan un carajo.



Trastornos en la ciudad

Quebrada Valencia - Colombia


¿Adónde irá a parar toda mi locura 
cuando los simios afeitados
que habitan en el patio trasero de mi frágil cerebro 
dejen de recitarme poesía barata?

¿Adónde iré a parar 
cuando los señores elegantes de la sociedad 
suban al escenario desmaquillados y pronuncien 
un discurso noble y sincero a su verdadero sentir?

¿Adonde iré 
el día que caigan las máscaras de la sociedad
 y termine la comedia cotidiana de la infelicidad?

Yo creo que el suelo me tragará junto al espíritu desquiciado, 
que envuelve a este cuerpo no retornable 
hacia las profundas tierras del inframundo 
de los hombres topo. 
Allí donde no hay más reglas que las libradas 
por la conciencia universal de los seres vivientes. 
Allí donde exista el respeto 
y el interés hacia el prójimo
 ante los gritos desesperantes de los ciudadanos malditos 
y bien conservados 
que se empeñan en pisar cabezas 
por deporte.

Viviré donde haya vida, 
y no muertos vivientes.
Flotaré por el aire puro y virginal 
que circunda en los pulmones de los duendes.
Bailaré con hadas 
y despertaré una docena de bellas durmientes.

Soñando Despierto

Danny es un alma en llamas, una persona altamente inflamable. Arden sus pensamientos, arden sus dedos cuando desgarra la guitarra, arden sus dudas existencialistas, arden sus cuestionamientos, y se queda como en una interminable pausa envuelto en cenizas, con los puños cerrados, observando el cadáver opaco de su dios en ruinas. Este chileno de nacimiento y nómade por elección, cruzó su camino en mi vida al norte de Ecuador, a principios del año 2013. Sin embargo, nuestros lazos se afianzaron como culo y calzón en Colombia, luego de compartir diversas experiencias tanto místicas como mundanas en una comunidad indígena del amazonas y el asfalto de Bogotá. Después de esas dos paradas, viajé alrededor de un mes junto a él y Marita en bicicleta, hasta que su rumbo cambió de dirección, y ya no nos volvimos a ver ni a escuchar hasta el día de hoy. 

Meses más tarde de aquel desmembramiento recibí un mensaje de él por correo electrónico acompañado de un audio. Ese audio era una grabación de estudio realizada en Caracas, con su música perturbadora y una letra extraída de dos poemas que yo escribí en aquel tiempo. Soñando Despierto se titula dicha canción, y al igual que nuestra amistad aún sigue viva.

Canción: https://soundcloud.com/calambral ( copiar y pegar link )

Poemas:


Le daba miedo y a veces terror la idea de llegar a conocerse a sí mismo.
Escondía detrás de sí centenares de fantasmas internos y pensamientos supuestamente incorrectos.
Le temía a su propia voz y al hecho de ser rechazado por el resto.
Pero ya no encontraba forma de escapar,
sólo le traía angustia escapar.
Comprendió que la única opción era ser,
lo que realmente era,
y enfrentarse al mundo tal cual lo conocía.

Su amigo imaginario le ayudó a abrir las puertas ocultas
del conocimiento,
ahora sólo le restaba caminar y entrar
a su propia mente,
a su propio mundo.

Y DE ESA FORMA SER LIBRE POR SIEMPRE.

Samsara

Fantasmas citadinos - Lima, Perú, 2012
  Sin privacidad donde esconderse, quedan expuestas sus miserias, sus rostros de cristal roto, al espectador que deambula en el espacio público en horas diurnas o en la densa penumbra de la noche de la ciudad. Caminan ciegos, a la vista de todos, ejecutando sus actividades diarias sin utilizar el bastón blanco, los zombies de la sociedad. Las drogas les muele a palos el alma, exprimiéndola dentro de un mortero de polvos químicos, y en la calle los restos, los pedacitos, acumulados como escoria de soldadura quedan desparramados, perpetuamente perdidos y extraviados. 

  Entonces juntan latas de aluminio, reciclan basura y comen cualquier porquería para satisfacer los caprichos básicos del cuerpo, hasta reunir las monedas necesarias para volver a caer en el anestesiante delirio. Ingresa a los pulmones, como un serafín disfrazado, el humo de la sustancia. Aúlla entre tinieblas la tempestuosa euforia, mientras por la desembocadura del alma, incrementa como un voraz torbellino la incesante paranoia. Las neuronas fallecen de pesadumbre estallando como piñatas de un cumpleaños infeliz. ¿Dónde quedaron los valores, los recuerdos familiares y la voluntad de vivir? ¿Qué hacer para salir de la boca del ensordecedor infierno? Nada, porque nada más importa, sólo firmar con la propia sangre el contrato del olvido temporal, una vez más.

  Ya no buscan respuestas, ni aberturas, ni soluciones. Decidieron callar la lucidez en que surgen las incómodas preguntas, los incómodos recuerdos, con otro gramo de dinamita en el bolsillo. Dolor, daño, error, heridas invisibles que aún sangran. 

  No hay droga tan fuerte ni tan adictiva, y no hay nada que sea inmutable. No hay pozo que por hondo sea imposible de escapar. Pero el dolor ocasionado es tan grande, tan monumental, que sienten como mejor opción arraigarse a esa isla venenosa en vez de indagar la orilla del perdón, prefiriendo llevar una vida de náufrago en el planeta de las infinitas oportunidades.

  En esa horda de andrajosos hay de todo un poco. Múltiples causas. Todo tipo de locura, violencia  y abandono. Desamparo económico, exclusión social. Marginalidad en estado puro. Sin embargo, por más diferentes que sean, a ellos los une el dolor y para demostrarlo cargan una pesada cruz en sus espaldas.

  Y algunos no eran tan pobres en un principio, pero en los primeros quince minutos de prueba se fumaron hasta los cordones de las zapatillas, y así, la voluntad se acostumbró a caminar descalza.
  Tumbados al sol fulminante o quebrados en molestas posiciones de danza egipcia, son derrotados  en la calle por el cansancio en otro colchón de hormigón. Sueñan, duermen y desgraciadamente alguien los despierta, y la pesadilla de la vigilia obligatoria nunca se acaba. Vuelven a juntar con fé y esperanza otro cúmulo de moneditas para que el carnaval no se quede sin la gracia de su diablo y la miseria de sus vidas sea un poco más leve o liviana.





“No se entrometa. Hoy deseo estrujar mis penas en lejía mientras rezo otra plegaria al santo de los miserables, para atenuar los pensamientos fúnebres que azotan a mi corazón. Extiende el perímetro la llaga y una densa nebulosa de culpa infecta mi herida. Otra copa de alcohol etílico con jugo por favor, del más barato que tenga, que esta noche festejamos el nuevo aniversario de mi desdichada muerte”.

Cuando arden las naciones

Durante nuestros últimos meses en la costa de Colombia, en el verano del 2013, las noticias que llegaban acerca de la situación económica de Venezuela no eran muy esperanzadoras. A través de diferentes relatos alcanzamos una misma conclusión, una gran crisis económica y social estaba a punto de estallar en la república bolivariana.

    Nicolás Maduro gobernaba el país hacía tan solo un año y la crisis financiera no demoró en llegar. La escasez de productos de la cesta básica y de medicinas, la retención de divisas extranjeras, la creciente inflación y el aumento del desempleo y la delincuencia de forma desbordante, serían los principales motivos por los cuales las manifestaciones sociales se hacían cada vez más patentes a lo largo de toda la nación. Cincuenta días de protesta, cincuenta muertos. Venezuela iniciaba a partir de entonces una ciega caída en picada, y nosotros estábamos a punto de ingresar a conocerla en carne propia.
    Sin embargo, como afirman algunos especialistas, los ciudadanos que viven en situación de emergencia, son más propensos a desarrollar empatía por quienes se encuentran en igual o peor situación que ellos. Y así mismo fue. Desde el momento en que pisamos el territorio de aquel país, la solidaridad del pueblo venezolano fue inimaginable. Jamás nos faltó lo más esencial para subsistir ni una familia que nos recibiera espontáneamente en su hogar. Sin dudas, vivir momentos difíciles despierta la sensibilidad de quien la atraviesa.

   De todas formas el pueblo estaba marcadamente dividido por la orientación política que cada ciudadano defendía, al punto de ocurrir tanto choques ideológicos que sobrepasaban con facilidad el mero debate a la discusión; hasta enfrentamientos violentos con la policía o la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).

    La primera noche en Venezuela nos sorprendió en el patio de una escuela especial, a tan sólo cincuenta metros del puesto aduanero, en una zona árida y desierta. Resultaba que aquel pueblo, Guarero, cercano a la frontera de Paraguachón, es punto diario de contrabando de combustible. Al mismo tiempo que son decomisados productos de consumo comestible subsidiados por el Estado en pequeñas unidades a los automóviles particulares, para defender los intereses primordiales de la nación, miles de barriles de combustible cruzan la frontera amarrados visiblemente en la caja de camiones y camionetas guiados por la Guardia Nacional.
   Según datos oficiales  el 20% de la gasolina que consumen en Colombia se la roban a Venezuela vía contrabando, denunció la Embajada de Caracas en Bogotá. El Gobierno ha denunciado que cuatro de cada 10 productos subsidiados salen del país por rutas ilegales hacia un mercado paralelo en las ciudades fronterizas colombianas. Los planes de choque del Estado para frenar el contrabando le dan cada día mayor poder y labor a la Guardia Nacional, lamentablemente en muchos casos funcionan como sanguijuelas que chupan sangre en pos de sus intereses individuales y no del pueblo.

    Dorila, una ceramista de la comunidad indígena Wayuu, vecina al puesto aduanero, nos abrió las puertas del humilde recinto de la escuela especial donde trabajaba, para que colguemos nuestras hamacas y podamos descansar. Ella daba clases allí y era una de las encargadas de la sencilla institución. Entonces bajo aquel techo sin paredes, junto a Carlos y Marita, improvisamos nuestro hogar. Como estábamos en una región desértica, ese tipo de construcciones,  de simples techos apoyados sobre columnas de madera, eran una excelente opción para resguardarse del calor abrasivo y sentir la cálida brisa del viento, que aleja los insectos sin precisar de un ventilador.

    Al día siguiente se cumplía el aniversario de la muerte de la madre de Dorila, y como era parte de sus costumbres indígenas misceláneas iban a matar dos chivos en el cementerio municipal, para agasajar a los invitados. Fuimos convidados a participar de la ceremonia. Un sincretismo extraño entre lo más ancestral de los pueblos originarios y las tradiciones católicas.
    Llegamos al cementerio católico, a tan sólo unas cuadras de la escuela, y al igual que Dorila todas las mujeres vestían largos vestidos coloridos, típicos de su etnia. Entreveraban en las conversaciones el Wayuunaiki, su lengua materna, y el español venezolano. Los hombres por su parte no tenían atuendos particulares, conversaban y bebían cerveza.
Como de costumbre, el último en llegar fue el sacerdote, quien estaba encargado de oficiar la misa para conmemorar a la  anual difunta. Una vez que el clásico ritual romano de cantos, tedio y culpas finalizó, las mujeres de largos cabellos negros fueron corriendo hacia la tumba para llorar desconsoladamente. De afuera no parecía más que una actuación de telenovela, entre sollozos sobreactuados y pañuelos húmedos secando los pómulos. Era evidente que había más de tradición que de sentimiento.

    De un momento a otro, comencé a sentirme débil. Las náuseas irrumpieron mi juicio, realizando un inesperado  pique corto hasta el baño de la escuela, para vomitar. Del vómito pasé a la diarrea casi al instante, por lo cual no pude degustar el almuerzo Wayuu que tanto había esperado. El intenso calor venezolano, sumado a la escasez de alimentos en las tiendas, más la falta de agua potable, recreaban una situación de desespero. Al regresar Marita y Carlos, ya estaba hecho una piltrafa en la hamaca, con el rostro tan pálido como las nalgas del Papa Benedicto XVI. Ese día me lo pasé de excursión al baño de manera fanática. Mi cuerpo desintegrado chorreaba mis entrañas lentamente al inodoro.
Al día siguiente la situación no mejoró en lo más mínimo. Mover el cuerpo de un sitio a otro era una tarea olímpica. Comer me generaba rechazo. Me sentía tan flácido como la papada de un anciano decrépito. Lamentablemente en Guarero no había hospital, así que los chicos les ofrecieron sus artesanías a los camioneros que aguardaban en la aduana, para pagar el transporte hasta el próximo pueblo.

Hogar colgante
    Afortunadamente consiguieron lo necesario para que un taxi de acero indestructible nos arrime como bocha al bochín hasta Paraguaipoa, el próximo pueblo. Nos embarcamos entonces rápidamente al vehículo destartalado con Marita. Mientras tanto Carlos aguardaba en la escuela, atrincherado con la enorme bolsa de alimentos confiscados que los aduaneros les habían obsequiado, al conocer nuestra situación de emergencia. Solidaridad sin fronteras.
    En el hospital fui atendido precozmente, sin tener que presentar antes ninguna documentación ni tener que pagar nada posteriormente. Diagnóstico del paciente: deshidratación e infección intestinal producida por beber agua en pésimo estado. Era de suponer. En el desierto de la Guajira el agua potable es un bien de lujo, y nosotros lo habíamos atravesado pedaleando con viento en contra, y con escasa y dudosa hidratación. Medio litro de suero intravenoso. Dos palmaditas en la cola y otra vez a la cancha campeón.
  
   Los indígenas Wayuu del territorio colombiano no poseen acueductos y por lo tanto no tienen agua corriente en sus viviendas. Por tal motivo deben caminar algunos cientos de metros hasta alguna perforación donde en ocasionales momentos bombean y cargan agua en bidones reciclados de plástico. Algunas señoras y algunos señores utilizan burros o mulas para tales actividades o llevan a toda la familia, incluyendo niños pequeños, para acarrear el agua hasta el hogar. Para bañarse y lavar los utensilios de cocina utilizan el agua de los Jawei, o grandes pozos, donde se estanca el agua de lluvia. Funcionan como lavatorios comunitarios al aire libre. Cómo en el poblado de Camarones ( Colombia ), donde están asentadas varias comunidades Wayuu, la Mama Estrella nos permitió acampar junto a los ranchos de barro de su familia, vivimos esta realidad en carne propia.
    En el Departamento de la Guajira habitan casi un millón de personas, de las cuales el 55% viven en zonas urbanas y el 45% en zonas rurales. De ese total el 45% son indígenas Wayuu, representando el 20% de la población indígena de Colombia. Al ser zona desértica, tener escasez de agua y poca fertilidad para el cultivo hay que sumarle que las únicas políticas inversionistas son de empresas privadas y extranjeras, que más que brindar una ayuda, deterioran el medio ambiente, privatizan las tierras y obstruyen el paso a los recursos hídricos.
   En la Guajira se encuentra la reserva de carbón explotada a cielo abierto más grande del mundo, llamada El Cerrejón. Esta empresa posee un ferrocarril privado de más de 150 km de extensión y un puerto marítimo propio. En su trayectoria ha recibido incontables denuncias por no cumplir con las mínimas leyes laborales, no reconociendo enfermedades producidas por el sol debido a largas jornadas al aire libre bajo altas temperaturas, deshidratación,   problemas auditivos y artromusculares. La Secretaria de Desarrollo Económico del departamento, a través de la Universidad de la Guajira estableció que el 47% de la población está desempleada. Por lo cual, establecimientos como El Cerrejón no dejan más que falsas promesas de empleo y hombres sin salud.
   Las riquezas naturales empobrecen a sus pobladores cercanos cuando se explotan en complicidad entre el Estado y las empresas multinacionales en medio de esferas sociales marginales, como en este caso las comunidades indígenas, donde los derechos fundamentales como el acceso al agua, la salud, el trabajo y la alimentación se vuelven una quimera. Basta con mencionar que según las cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, entre 2008 y 2013 murieron 4.151 infantes, 278 por desnutrición, 2.671 a causa de enfermedades curables y 1.202 que no alcanzaron a nacer.
   Si bien Venezuela estaba enfrentando una situación crítica, existía aún una giganezca brecha entre los poblados guajiros colombianos y los venezolanos. Los habitantes del territorio colombiano parecían destinados al padecimiento y al olvido.


  
   Una vez fuera del centro de atención médica, los clientes de un bar me invitaron a participar de su fiesta callejera, pero apresuradamente Marita me regresó a la realidad. Rehabilitación significa, entre muchas cosas, no hinchar las bolas con los hinchabolas y no beber alcohol. Y es que hacía un calor de sombrilla de trapo, pero si me sentía mejor era gracias al suero. No quedó otra opción más que rechazar la oferta con gratitud. Sin embargo antes de despedirnos, los amigos del alcohol nos obsequiaron algunos billetes para nuestros gastos de pasaje. Otra bendición inesperada.

    Los días pasaron tranquilamente en Guarero. Cada día mi cuerpo recobraba mayor vitalidad.  La enorme biblioteca de temática indigenista nos regalaba sus saberes, comida no nos faltaba y además, se presentó la oportunidad de dar un taller de macramé a seis niños especiales. Estábamos dando una mano a quienes nos estaban ayudando y teníamos alimento suficiente. De pronto volvían los días de gran abundancia.
  
    A mitad de una noche, mientras descansábamos plácidamente en las hamacas, un insólito hombre despertó a Marita agitando sus brazos. Ella entre dormida del asombro, por presenciar esa espeluznante situación de ser despertada por un hombre a pocos metros de su lecho, no comprendía qué era lo que le estaba sucediendo. El hombre hacía muecas, señas con las manos, pero no conseguía hablar. Hasta que de un momento a otro, notó alarmada que el hombre estaba señalando el fogón donde cocinábamos, y que su enorme estructura de madera se estaba incinerando. Corrió Marita desesperada para apagar el incendio y lo primero que le echó fue mi diminuta jarra con suero. Pésima reacción. Luego continuó vaciando las pocas botellas que teníamos con agua potable, ya que allí tampoco había agua corriente. El hombre que le dio la noticia, que aparentemente era mudo se evaporó como por arte de magia. Recién al cabo de unos minutos nos despertó a mí y a Carlos, quienes hicimos lo que pudimos para apaciguar las llamas. Habiéndose acabado el agua, comenzamos a echarle manotazos de tierra. A patadas ninja derribamos lo que se mantenía aún en pie del fogón para apagarlo definitivamente. Una hora más tarde sólo quedaban las cenizas y unas cuantas maderas chamuscadas. Ya había amanecido.

    A la mañana siguiente, después de algunas horas de trabajo de corte y confección, arreglamos con maderas del sitio, casi íntegramente la estructura del fogón. Al parecer las brasas restantes de la cena más la acción del viento, causaron el incidente. Por suerte no hubo heridos ni damnificados. Dorila al enterarse de la noticia la tomó con gracia, ya que era la tercera vez que sucedía lo mismo. Recomendación: hacer la estructura de un fogón con madera, no es buena idea.


    Antes de despedirnos del pueblo y su gente para retornar a la ruta, los niños de la escuela vecina celebraron el carnaval en el área de deportes y nos invitaban a participar. Sin mucho vestuario pero con ánimos de aportar algo, hice un pequeño show de malabares para la alegría de las crianzas, que quizás nunca habían visto un malabarista en vivo y en directo. Después de la celebración nos fuimos como llegamos, pedaleando anónimamente en bicicleta por la ruta del sol.




Entretenidos con la misa




Cultura Wayuu 



Mauri, Carlos, Dorila y Marita



Manifestación



Cada injusticia,
Cada risa burlona, 
Cada mirada despectiva,
Cada grito de enojo, 
Cada noche de reviente,
Cada cigarrillo encendido por una mano temblorosa,
Cada fanatismo,
Cada vez que uno se elogia a sí mismo con orgullo despiadado,
Cada mirada que se dispersa a un costado,
Cada noche de tristeza y nostalgia,
Cada mano que no se extiende en ayuda del más necesitado,
Cada muestra de vanidad,
Cada mordisco de más, 
Cada falta de energía,
Cada moneda ganada y gastada innecesariamente,
Cada acusación con tono de juez, 
Cada mirada lasciva, 
Cada piropo desubicado en la calle,
Cada pérdida de paciencia, 
Cada engaño, 
Cada traición nocturna y fugaz,
Cada vez que la verdad se oculta en los bolsillos,
Cada hora perdida,
Cada ausencia,
Cada golpe que recibe el cuerpo en vez de una caricia, 
Cada guerra librada entre vecinos, hermanos y naciones,


no es más
que la manifestación
de nuestros recónditos desequilibrios emocionales.
Esos que nos ponen en evidencia
de ser tan humanos y tan frágiles,
y de estar asentados en una microscópica molécula del universo,
indefinidamente desorientados.

Parque Nacional Morrocoy



Cayo sombrero

Luego de descender la cordillera de los Andes, reiniciaron las abrasivas temperaturas dignas del quinto infierno, de más de treinta grados y una humedad tan áspera que la piel quedaba exprimida como pasa de uva. De todas formas avanzamos pueblo a pueblo en bicicleta hasta que arribamos en la costa caribeña venezolana. La playa de Tucacas, en el Estado de Falcón era de una belleza incomparable. Entreverada por una densa vegetación que soporta la salinización del mar (manglares) y aves más fosforescentes que los labios de Alejandra Pradón, (conocidos como Corocoro) se extiende el área de balnearios de arena clara y fina como harina de trigo cuatro ceros, entre un manto natural de palmeras cocoteras. El agua cálida y transparente con leves ondas, invita a pasar largas horas sumergido sin desear hacer otra actividad más que relajarse y no pensar. Un sitio, que sin dudas vale el esfuerzo conocer.


Coro coros
Saliendo de la playa pedimos asilo en el centro cultural de la ciudad, sin obtener resultados positivos. Sin embargo, allí conocimos a Patricia, una mujer de aspecto de estar dopada con somníferos para elefante todo el tiempo, quién estaba dando un taller literario para jóvenes en dicho establecimiento. Conversamos un momento con ella. Se alegró de enterarse que éramos argentinos y que viajábamos tan despreocupadamente por el mundo. Al explicarle nuestra situación, inmediatamente nos ofreció un cuarto con baño privado en su casa, para que descansemos el tiempo que consideráramos necesario. Así iniciaría una extraña amistad durante varios días de convivencia.
    La vivienda de esta mujer era la típica casa de verano o segunda residencia, que generalmente está desocupada para que su familia  la ocupe tan sólo algunas semanas al año. Ella en este caso, por el hecho fortuito de pertenecer a una familia pudiente, la utilizaba como residencia personal, ya que a pesar de tener maestrías y doctorados y no sé cuantos títulos más, no conseguía desarrollar una vida laboral sin dependencia económica de sus padres. Además, por prescripción de un psiquiatra, digería todos los días fármacos como si fueran caramelos. 




Amor tropical

Los primeros días pedaleábamos, casi sin equipaje los siete u ocho kilómetros de distancia entre la casa de Patricia y las playas del centro, que por pertenecer a una reserva natural, sus aguas estaban pulcras y traslúcidas. Aprovechábamos a disfrutar del mar caribeño, comprar provisiones y trabajar con nuestras artesanías en aquel hermoso lugar.

    Al cuarto o quinto día en Tucacas, por algún comentario perdido en el aire, nos enteramos que estábamos muy cerca al Parque Nacional Morrocoy, sitio conformado por grandes y pequeños islotes llamados "cayos". Sin tener demasiada información al respecto, al día siguiente, con carpa y artesanías en mano, encaramos rumbo al puerto desde donde parten las lanchas hacia las islas.
    Una de las clásicas imágenes del Caribe que a las empresas turísticas les agrada mostrar es la de los Cayos. Estos son pequeñas islas con una playa de baja profundidad, formada en la superficie de un arrecife de coral, con días siempre soleados, arenas claras y limpias, y peces de colores psicodélicos. Corre por cuenta de los turistas imaginar que en estos sitios también llueve y puede haber una infinidad de insectos esperando finalizar su  ayuno con la llegada de un contingente de visitas.
    En el camino encontramos a Santiago, un argentino de 19 años, quien también andaba en la vuelta para visitar los cayos. Entonces los tres mosqueteros fuimos directo hasta el embarcadero.
     Luego de explicarle al dueño de una de la lanchas nuestra situación de viaje, resolvió llevarnos hasta el Cayo Sombrero, el más bello y distante de todos, por la décima parte del pasaje real. Comprendía que no sólo íbamos a conocer, sino también a trabajar. Subimos a la lancha con una emoción galopante junto al conductor, y navegamos a toda marcha en una zona de agua turquesa rodeada de pequeñas e increíbles islas. Sin dudas era un paraíso inalcanzable, y aquello que estábamos viviendo era la fabula de un utópico.

    Al cabo de casi una hora de viaje, desembarcamos en un muelle de madera en una playa colonizada de turistas, en su mayoría nacionales, y en menos de tres minutos nos zambullimos como pingüinos frenéticos en el mar. Santiago, traía en su mochila unas antiparras con las cuales pudimos visualizar de forma totalmente nítida una variada cantidad de peces de múltiples colores entre arrecifes coralinos y plantas acuáticas. La temperatura del agua nos permitió explorar el fondo marino incalculables horas de felicidad.



Civilización y barbarie

Con el pasar de las horas fue menguando la luz solar, y los turistas a medida que iban regresando al muelle para volver a la zona continental, nos iban dejando algunos alimentos y bebidas que les sobraron para que disfrutemos plácidamente aquella noche de frente al mar.
   Como no todo lo que brilla es oro, todo paraíso tiene sus condiciones. Antes de oscurecer por completo unos microscópicos insectos voladores, más diminutos que los mosquitos, conocidos como joro joro, iniciaron su festín de sangre al picarnos sin descanso la piel para alimentarse. La insoportable y hostigante presencia de estos bichos, me hacía dar cuenta que lo mismo generamos los humanos cuando visitamos plácidas áreas naturales e invadimos el ambiente con nuestro ruido, nuestra basura y demás molestias.
    El método más eficiente para ahuyentarlos era quemar las cáscaras de coco, provocando una inestable bola de humo, que supuestamente los marea. Difícil de comprobar cuando el vuelo del mosquito ya de por sí es mareado. Entre cena y conversa alrededor de esa fogata de andariegos, nos fuimos rindiendo al sueño cada uno en su carpa.

    Al día siguiente desayunamos un sabroso baño de mar, zambulléndonos dentro de una genuina calma y soledad. Al ponerse el sol en el cenit, el Cayo volvió a poblarse de lanchas y turistas. Ambas costas de la isla recogieron reposeras de diversos tamaños y colores en hilera, para el deleite de la brisa caribeña. Esta vez aprovechamos a ofrecer pulseras y aretes artesanales a cada grupo familiar, hallando un público muy receptivo y amable para la venta playera.

    A media tarde conocimos a un personaje local llamado Mauricio. Su fisonomía era de exagerada musculatura, sonreía como la luna y su piel era color café. Traía marcada a fuego una franca sonrisa juvenil.  Este hombre llegaba cada día al cayo y su trabajo era subir a las palmeras al estilo chimpancé para cosechar cocos. Una vez que los extirpaba de la planta al enroscarlos hasta el cansancio, con su filoso machete y una destreza admirable, les partía un extremo para sumergir un sorbete. Elaborando así un cóctel natural al instante. Y de eso vivía algunos meses al año hasta el fin de la cosecha. Sin horarios, sin patrón, cero estrés. Un  humilde ejemplo de vida.



Al no descansar bien durante la noche por las picaduras de insectos, con Marita decidimos regresar esa tarde al continente. El regreso fue algo inesperado. Como habíamos pagado sólo el boleto de ida, ahora nos tocaba hacerle dedo a alguna lancha para regresar a tierra firme. Si, debíamos volver a dedo desde una isla.
     Muchas lanchas iban cargadas hasta donde les permitía la habilitación, por lo cual tuvimos que conversar con varios turistas hasta que una familia accedió a llevarnos. Rompiendo olas a toda velocidad nos despedimos de ese pedacito majestuoso de mundo tan mágico que para siempre quedaría atrás.
    Una vez en Tucacas, compartiendo con otra gente un taxi del año de la escarapela, regresamos a la casa de Patricia. Algunos días más tarde, tras descansar bajo techo del sol, volveríamos a pedalear por la costa de aquella convulsionada Venezuela.




Elegir como religar

¡¡¡Estaba en la Mazmorra!!! aulló finalmente el hombre empedernido con el rostro rojo como culo de mandril. Gritó hasta que sus cuerdas vocales le dijeron basta. Fuera de sí, o dentro de sí, ya no se sabía con exactitud en qué estado su mente puntualmente se encontraba. Tan hitleriano resultaba su oratoria que en cierta forma emanaba una simbiosis extraña de temor y respeto hacia la multitud.

¿Por qué debía gritar tanto para dar su testimonio? ¿Era realmente imprescindible dar pequeños saltitos y manotazos de puño cerrado al aire para enfatizar su mensaje?

Sentía por momentos, que era capaz de tumbar a un dinosaurio con tremendo Ki. Temblaba eufórica la audiencia en medio del inverosímil espectáculo que el hombrecito traía montado. Al parecer todos acordaron que su hollywoodense actuación era de divina providencia. Cada tanto alguna persona del púlpito le acompañaba ladrando a la par alguna oración descolgada del tema, como: "Alabado sea Jesucristo" o "te damos gracias Señor". En sí, desde un principio la reunión había sido algo extraña. Cantaron alabanzas en compañía de un acordeón y guitarras criollas; subió al altar una anciana enjuta para narrar una incomprensible tragedia familiar de sucesos demoníacos; un pastor entrerriano confesó haber visto bailando al diablo en pleno carnaval de Gualeguaychú, que por supuesto es entendible; y el pastor local, un anciano elegante y de ademanes obsesivos, pidió disculpas por tener que ausentarse unos días del templo debido a un viaje a Brasil por asuntos religiosos.
Lo extraño en sí, no era sólo la forma y el contenido de aquello que relataban, sino las arbitrarias interrupciones que a los gritos entrecortaba las oratorias y generaban un constante bullicio. Con tanta cantaleta y griterío sentía incómodas agujas en el encéfalo, que no me permitían seguir las letras de las canciones ni los sucesos narrados. 



Casi dos horas más tarde del comienzo, el ritual cerraba con broche de oro con los aportes escandalosos del "señor de los puñetazos".

Tras explicar aquella infancia violenta que sufrió junto a su padre, al cual denominó "tiempo de Mazmorra", nos señaló con sus puntiagudos dedos para ingresarnos en el infernal relato. Para ese momento mi mente estaba revoloteando por las llanuras de la comarca de los Hobbit, y al parecer Marita andaba cerca de ahí, volando en su imaginación. Muchos fieles habían abandonado sus antiguas posiciones y formaron un tumulto bajo el altar. Sus miradas de lince, recorrían nuestra fisonomía intuyendo que lo mejor era hacernos formar parte del rebaño, por si algún ángel del infierno decidía persuadirnos.
A ambos la ficha finalmente nos cayó por el caño del presente, y sin saber muy bien porque, decidimos dar unos pasos al frente, abandonando la banca de madera, formando una línea recta a la vanguardia del clan. Ahora sí, estábamos todos bajo el altar, agrupados, reunidos y desorientados, los corderos pastando en rebaño.
En ese instante, otro hombre que descendió del escenario ungido de espiritualidad, nos habló al oído diciendo: ¿aceptas a Cristo como rey de tu vida?. Sin entender aquello que dijo a lo último le respondí: ¿qué cosa señor?. Entonces volvió a preguntar de forma más clara, lo mismo. Esta vez, comprendiendo el enunciado, gatille: ¡si, claro que acepto! Y me bendijo contagiando con el sudor de su mano, mi cabeza en símbolo de aprobación. Marita a su vez fue interrogada, y aceptó, también de buen humor la propuesta. Entonces el señor de los puñetazos fue notificado del asunto, concluyendo el mismo con un "Aleluya hermanos por aceptar a Cristo en sus corazones", y todos nos dimos al fin la mano en señal de paz, mirándonos con firmeza a los ojos. Nos rodeó una muchedumbre de fieles hasta la salida del templo, y uno de ellos, sin mediar palabras nos invitó a su casa a cenar junto a su familia un guiso de pollo.

Iglesia de Santa Cruz do Sul, Brasil



Algunas horas más tarde luego de la deliciosa cena, regresamos al templo y en el salón oratorio del templo, donde las personas decantan sus preocupaciones arrodilladas en almohadones de goma espuma, tendimos dos colchones en el suelo para descansar al fin, después de un largo día de pedaleada y ceremonia religiosa.

Estabamos tan solo a una decena de horas de volver a salir de Argentina, esta vez para ingresar a Brasil en bicicleta. A un país con otra lengua, que aún no comprendíamos; donde en los días próximos deberíamos trabajar vendiendo artesanías en la calle para gestionar la alimentación. Sin embargo, no eran esos detalles los cuales me mantuvieron en estado de vigilia durante unas cuentas horas de aquella noche. Cuestiones religiosas aterrizaron en forma de pensamiento en mi conciencia para desvelarme. Y me preguntaba:

¿En qué momento se nos ocurrió pedir asilo en esa iglesia en vez de armar campamento en la casa a medio construir que estaba contigua? ¿Qué fuimos verdaderamente a buscar allí? ¿Qué parte nuestra rogaba silenciosamente por experimentar aquella misa? ¿Qué tan diferentes eran sus maneras de buscar calma y respuestas a las practicábamos nosotros? ¿Porqué iría a restarles importancia?

Ofrendas



Podíamos haber asistido a una sesión religiosa extravagante, y no era la primera, más esa gente que allí comulgaba debería encontrar algún tipo de sanación, tan válida como cualquier otra religión o práctica ejercida en otras partes del mundo. En lo personal creo que aceptar al Cristo orador, al Cristo curandero, al Cristo humano, al que practicaba el amor puro y una vida humilde y sencilla; va más allá de pronunciar dos palabras. La aceptación verdadera, no viene de estudiar sus teorías sino de poner en acción sus prácticas. No se logra hablando de él, sino actuando de acuerdo a las verdades del alma. Sin embargo eso descansa en la conciencia de cada uno.
Los pastores y oradores de terno y camioneta cuatro por cuatro con doble cabina, demuestran que todos tenemos algunas contradicciones, que todos aún tenemos mucho que aprender y reflexionar. ¿El crecimiento espiritual viene aparejado al crecimiento material o es todo lo contrario?

De cierta forma, estos pastores difieren mucho al camino austero y solitario que llevaron la mayoría de los santos y peregrinos de las Escrituras. Cristo, el humano, renunció al modo de vida establecido en su época deliberadamente, en pos de responder a un llamado divino. Estableció un aislamiento progresivo del rebaño humano, para poder observarlo desde un costado y estudiar sus mecanismos. En ese lapso, Jesús y otros mesías o maestros, no han hecho más que aferrarse con uñas y dientes al concepto del Amor Universal, que todo lo une y lo crea, nombrandolo de una sóla manera: fé en Dios.
Así estos seres de gran fortaleza creyeron profundamente en la ley del Amor incondicional, dejando de temerle a los vaivenes de la materia, a la pobreza económica, al dolor e incluso a la muerte misma. Sus fuerzas eran tan ascendentes que no hallaron imposibles en su camino, saltaron todas las barreras, aunque estas fueron cada vez mas altas.

Una vida errante en un principio y entrega al prójimo, resulta de dicho silogismo. Comulgar con el pueblo requiere su conocimiento. Al despojarse del valor estético y social de las vestiduras, mimetiza al santo entre los más ricos pero también dentro del mundo de los marginados que deambulan por las calles de tierra, asfalto y adoquín. Logrando transparencia, integración y esparcimiento de medicina en cada acción o palabra con esplendor. Sin domicilio estable ni trabajo fijo, el santo es libre de ir a donde su corazón lo guíe, cubierto de paz y serenidad, caminando por la austera cornisa de la sociedad. Habita enfrentando miedos, y se aleja de los prejuicios, soportando el martirio de quienes lo consideren loco, rebelde y demagogo, aceptando con tolerancia genuina la ceguera de sus hermanos contemporáneos. Así, por el arte de la divina gracia, será abrigado, alimentado y acompañado a donde vaya, al igual que las aves reciben la vida y el conocimiento para sobrevivir esparciendo su belleza. 

El peregrino recibirá del gentío lo imprescindible para el cuerpo, a cambio de ofrecerles lo necesario para sanar el alma. Esa fué, y esa será la ley del profeta, tal cual la comprendo hoy en día. Esa es la ley del guerrero anónimo, del próspero ser de luz. Él o ella, sin distinción de género, ya que la luz es un bien universal, hallará también incomprensión en su camino, siendo probable que la mayor cantidad de adeptos a su sentir y devotos a su mensaje, lleguen una vez que haya sido enterrado su cuerpo bajo dos metros de tierra, entre gusanos incrédulos y lombrices hambrientas. Porque si hay algo que nos molesta, es ser atravesados por el filo de la Verdad y nos resulta más complaciente continuar viviendo en la oscuridad de la ignorancia.

Las iglesias al igual que los psicólogos, los psiquiatras, los chamanes y los bares estan ahí, ofreciendo soluciones a los grandes problemas de la vida. Depende de cada uno decidir donde invertir tiempo o dinero, o ambas. Cada uno elegirá a cual chancho le da de comer o le brinda una caricia, respetando la elección ajena, si aquello que buscamos es hallar o comprender la paz. 

Tanto Buda como Cristo, en primer instancia creyeron en sí mismos, en su voz interior y personal, esa  misma voz que se funde en cada ser y que en definitiva, es universal.


Clandestino ( 9 de mayo de 2012 )

    Húmedo por el rocío de la madrugada y enroscado como una boa en la bolsa de dormir, ayer me desperté en el techo de una casa en construcción, en San Ignacio, al norte de Perú. Rápidamente alisté mi mochila ya que al ser de día no quería ser percibido por los vecinos, evitando levantar sospechas. ¿En qué andará metido ese argentino durmiendo en el techo de una casa? Imaginé que alguien podría estar pensando, al verme egresar esquivando los escombros y los hierros de construcción de mi último e improvisado hogar. Reí. Realmente, ¿qué era lo que estaba haciendo? no obtuve respuestas, sólo seguía mi intuición.

   Tras desayunar únicamente dos paquetes de insulsas galletitas, dí con el terminal de carros, como dicen en Perú, que se encontraba en una zona bastante selvática. Cansado de regatear el precio del pasaje, ya que no existen las tarifas fijas en esa cultura, y de cargar varios kilómetros la mochila, me desplome en el suelo a esperar. A la aislada frontera internacional a dónde me dirigía no llegaban colectivos, sino taxis compartidos para abaratar los costos de combustible. Me encontraba a menos de cincuenta kilómetros de Ecuador, a donde intentaría ingresar de forma ilegal debido a mi reciente deportación del mismo, por hacer malabares en la vía pública. Sudaban mis nervios por el umbral de la columna una acuosidad fría e inquietante. ¿En qué momento había elegido meterme en semejante lío?

   El decrépito taxi despegó con cuatro pasajeros en él, yo era el único extranjero. Aún no era medio día. Una vez en ruta mis ánimos cambiaron su eje, del miedo a la policía migratoria al de morir atropellado inesperadamente. Toda la zona se encontraba en reparación. El camino era de canto rodado suelto y al ganarle terreno a la montaña para ensanchar las vías de comunicación,  el territorio se encontraba aún en peligro de derrumbe. Hartos carteles adornaban la siniestra ruta con la leyenda "toque el claxon en cada curva" y "reduzca la velocidad", para alertar de la dramática situación a los conductores. Al igual que otros países sudamericanos, Perú también parecía un país atado con alambre.

   Por tramos, todavía las vías eran lo suficientemente angostas como para lograr la circulación de dos carriles, por lo cuál nunca avanzamos a gran velocidad y a veces debíamos esperar a que circule primero el que venía en el carril opuesto para continuar. Hora y media más tarde llegamos aturdidos al puente internacional. Del lado peruano no había muchas construcciones además de la oficina de migraciones. El oficial me selló la tarjeta andina para salir legalmente del país, y yo seguí caminando. Una vez en el puente, llegó el momento de la verdad.  Con entusiasmo y algo de preocupación caminé lo más rápido posible para evitar que la policía migratoria ecuatoriana notase mi presencia. Por lo que pude deducir desde afuera, los oficiales se encontraban tramitando los papeles de aquellos que habían viajado conmigo. Entonces aproveché la distracción y proseguí mi caminata sin mirar hacia atrás, una vez finalizado el puente.
No imaginé otra opción más que caminar bajo el sol por aquella carretera montañosa de tierra y piedra, hasta perderme en territorio ecuatoriano. La selva se apodera ferozmente de la región, siendo el humano algo meramente insignificante en aquellas latitudes del globo.

   Seis kilómetros a pie, por momentos en ascenso, por momentos en bajada, sudor, cansancio y hambre. Sacrificio y poco rocanrol experimenté hasta ingresar al primer pueblo de Ecuador. Descansé cinco minutos afuera de una iglesia hasta que pasó una Chiva colorida, en dirección a Zumba, hacia el norte inmediato del país. 
Estos vehículos, para quien desconoce, se construyen con el chasis de un camión, generalmente de la década del cincuenta, al cual le agregan bancas de madera, donde se acomodan personas, animales, equipajes, bicicletas y cuánta carga uno imagine llevar. Al ser utilizados en zonas tropicales carecen de ventanas y puertas, dándoles un aspecto de transporte público muy particular.




La belleza paisajística del lugar hicieron que mi estómago se revolviera de felicidad. Estaba oficialmente viajando por Ecuador, una vez más. Así fue como ingresamos a Zumba. Nuevamente con la mochila en la espalda caminé hasta el centro del pueblo, emplazado sobre las montañas verdes. Por fortuna unos residentes me arrimaron, luego de haber comido algo que no viene al caso, hasta el último Grifo, es decir, la última estación de servicio. Para mi sorpresa allí se encontraba un puesto de control militar con tres oficiales a cargo. Mierda, pensé por dentro, estoy en problemas.

Sin saber bien que hacer, baje la mochila y me encerré en el baño de la estación para planificar mi escape. Tras inacabables minutos de reflexión no llegué a ninguna conclusión digna de la mente de MacGyber, más que salir del baño y actuar con normalidad, expulsando la paranoia por el inodoro.
El plan al parecer funcionó porque ninguno de ellos se acercó a pedir mis papeles migratorios. De todas maneras merodeaban a mi alrededor, mientras hacía dedo y me miraban algo raro. No soporte ni media hora esa situación. Paranoia en aumento. Agarre la mochila y me fui a caminar por la ruta algo nervioso y otro poco desesperado, sin tener idea de que era realmente aquello que estaba haciendo. De repente divisé un camión y arrojando manotazos al aire le hice señas de que parara. Estaba sin dudas, hecho un estúpido incontrolable.

   El camionero se detuvo y decidió llevarme hasta el próximo pueblo, Palanda; la ruta 682 angosta y selvática nos esperaba. En el camino vimos a varios hombres sumergidos hasta las rodillas en algunas quebradas buscando oro de forma artesanal. La cuestión ya era de carácter fantástico para aquel entonces.
   En Palanda almorcé media docena de mandarinas y un litro y medio de agua. La primer camioneta que pasó me hizo espacio para que viajara cómodamente en la caja. Pasamos Yanga, Vilcabamba, Landangui. Selva y más selva. Progresivamente iba en descenso el calor tropical.
   Después de seis horas de viaje, pasamos del calor al intenso frío. Estaba sucio y tenía hambre, pero llegamos a Loja, mi último destino. Desde el momento en que ingresamos a la ciudad, ya entrada la noche, quedé maravillado. Hermosa ciudad. Sus calles, su estilo arquitectónico, su limpieza, su vegetación y pendientes crearon en mi mente un poderoso sentimiento de alegría y alivio. La familia me regaló un dólar que empeñe en la compra de una super hamburguesa. Otra vez sólo en un sitio desconocido. Caminé por los barrios hasta hallar un refugio donde descansar. El baño inconcluso de una monumental casa en construcción fue mi nuevo hogar provisional y clandestino. No tenía más dinero, había llegado el momento de volver a trabajar.

Loja desde mi ojo de Drone



Un viaje por el Amazonas

    Fidel emana respeto con su simple presencia. Casi con un siglo a cuestas, con cuerpo de monte, cabello corto y blanquecino, posee una mirada profunda, como la quién conoce los grandes misterios que se esconden en la adversidad de la existencia, y aún sigue en pie para compartirlos. Fidel acaricia la sabiduría de un hombre de conocimiento e ilumina el camino de quién lo visita. Es un viejo Chamán, un curandero del mundo espiritual, el último de su pequeña comunidad. Internado en su humilde maloca de madera y hoja de palma, este médico, consejero, visionario, recibe de brazos abiertos a los viajeros que procuran encontrar algún conocimiento, poder, o una modificación en su forma de percibir la realidad.

Cocinando la medicina


    Llegar al inhóspito territorio donde habita requiere un largo de viaje en piragua desde la ciudad-isla peruana de Iquitos y luego algunas horas de caminata por una trilla que se adentra en la selva amazónica. Para empezar, Iquitos es la ciudad más poblada del mundo que no cuenta con acceso terrestre, al estar rodeada por los ríos Amazonas, Nanay e Itaya y el Lago Moronacocha. Sus dos vías de comunicación son la aérea y la fluvial, teniendo esta última acceso desde el sur por dos puertos peruanos, uno en Pucallpa y otro en Yurimaguas. Desde Pucallpa son cinco días de barco por el río Ucayali, y desde Yurimaguas ( puerto desde el cual zarpé ) son tres días de viaje, incluido en el pasaje tres comidas diarias y la posibilidad de dormir en hamaca, o en su defecto por no contar con una, en el piso de metal. 

Yurimaguas




    Iquitos creció con la fiebre del caucho a inicios del siglo xx. Su gran metrópolis de casi medio millón de habitantes es considerada la ciudad con mayor contaminación auditiva de Latinoamérica, debido a la cuantiosa cantidad de motocarros que circulan a diario por sus calles y avenidas. Es esta extraña mixtura entre la arquitectura histórica, el exotismo de la cultura amazónica, las reservas naturales, la prostitución infantil y la existencia de comunidades indígenas conviviendo a su alrededor, que se ha convertido en una ciudad cosmopolita, hallándose durante todo el año turistas de todo el mundo en cada rincón.

    Regresando al tema principal, llegó a mi conocimiento la existencia de Fidel luego de escuchar el relato que dos artesanos brasileros hicieron acerca de su visita a la comunidad donde él moraba algunos días atrás. Las ceremonias de Ayahuasca habían sido parte de la visita. Se percibía un cambio radical en sus vidas oscuras y viciadas, entre otras cosas, notándose a simple vista una mudanza en sus formas de pensar y actuar. Despertaron una gran curiosidad en mí por conocer a aquel misterioso hombre.
    Me encontraba en ese momento alquilando el piso de una habitación de madera sin inmuebles, colchón ni puerta, en un barrio inundable cerca del mercado de Belén, dentro de la ciudad de Iquitos. Ellos estaban parando hacía un tiempo en la casa de otra familia, viviendo de la misma manera. En la época de sequía muchas familias de escasos recursos económicos, alquilaban el primer piso de la casa a los viajeros y ellos pasaban a habitar la planta baja con sus hamacas y utensilios de cocina., para generar una pequeña renta. Luego de comenzar la época de lluvia, la planta baja queda totalmente bajo agua, manifestando un paisaje tan extraño que Iquitos ha recibido el nombre de "la Venecia americana".


La Venecia del Cono sur

   Los brasileros dibujaron un mapa, con nombres e indicaciones para que pudiéramos llegar aquellos que los estábamos escuchando, que en ese momento eramos tres o cuatro argentinos y un chileno. La única condición, una vez atracados en la casa del chamán, era llevar carpa o hamaca y comida suficiente para la estadía. Había que tomar una piragua y luego hacer una caminata de más de dos horas dentro de la selva para llegar a destino. Si bien la información parecía estar clara, no dejaba de ser un riesgo el hecho de poder perderse en el camino.
   Una semana más tarde, con más curiosidad que miedo, me encontraba acompañado por dos argentinos, Alan y Ladislao y el chileno Fabián (los mismos que escuchamos el relato) arriba de una piragua en el apestoso puerto de Belén con un costal de lianas de Ayahuasca trozadas, hojas de chacruna, tabaco natural en mazo ( mapacho ), comida como para dos semanas y algunos bloques de melaza de caña ( chancaka ). Los cuatro íbamos dispuestos a conocer lo desconocido.

   El viaje inició de madrugada a bordo de una piragua de madera tirada a motor, hasta la orilla de una comunidad distante. Una vez que arribamos en el nuevo y rústico puerto después de una hora de viaje, el ruido citadino quedó sepultado en el inmediato pasado. Casas de madera y palma, dispersas sobre una selva domesticada para el cultivo y la cría de algunos animales, nos dieron la anónima bienvenida. Saludamos a los últimos vecinos e iniciamos la trilla a un viaje atemporal.
Caminando por la senda principal, paulatinamente nos fuimos introduciendo por un sendero cada vez más cerrado, estrecho y húmedo, en lo que podría denominar de "mi primera incursión a pie dentro de la virginidad del amazonas". 

Mercado de Belén






   En el camino cruzamos una bella manada de ruidosos monos "mochileros"; una variedad infinita de mariposas, arañas y árboles de tamaños y formas que hasta ese entonces jamás habíamos visto. La magia natural abría sus alas frente a nuestros ignorantes ojos. Cada tanto era necesario intercambiar la posición del pesado equipaje y sentir la belleza del paisaje que nos rodeaba. 
Atravesamos una quebrada con el agua hasta el pecho, costeados por un Paraíso Verde indescriptible, entregados a la confianza innata de que nada nos iba a hacer mal.


Quemar para luego cultivar


   Tres o cuatro horas más tarde de iniciada la travesía habíamos llegado. Elizabeth, nacida y criada en España, descendió de la única maloca a la vista, para recibirnos. Ella estaba dietando plantas, en su camino en busca del conocimiento hacía siete meses, conviviendo junto al chamán en medio de aquella majestuosa soledad humana. Fidel por su parte también nos acogió con una buena sonrisa.
  Este hombre casi centenario nada cobra a quien lo quiere visitar y convivir con él por tiempo indeterminado, ya que al no salir de esa jungla natural no precisa manejar dinero. Increíblemente precisa un sólo plato de comida al día para vivir, si es que alguien lo visitaba, y algo de tabaco orgánico para fumar con su extensa pipa. El tabaco es una planta sagrada, la cual lo mantiene alerta y al no ingerir el humo a sus pulmones no le genera ningun tipo de malestar. 
  El abuelo conversa poco y sonríe mucho. El canto de las aves y los colores de la selva son su cotidiana compañía. El vive a través de una ancestral sabiduría cargada de símbolos y mensajes que los espíritus y la materia le transmiten. Personalmente no llegaba a descifrar por completo su universo fantástico, sin embargo con simples demostraciones e informaciones que él compartía llegué a comprender que mi concepción del mundo y la realidad, era extremadamente pequeña. Hasta las mariposas le dejaban mensajes, sin la necesidad de lidiar con palabras u aparatos electrónicos para saber que precisaban de sus labores y consejos o que alguien estaba por llegar; algo que se escapaba en aquel entonces de la lógica para mí. Hasta que los días de convivencia comenzaron a suceder y luego de mucho tiempo ( meses, años ) todas esas teorías se convirtieron en parte de mi comprensión.

    Cocinamos la Ayahuasca con hojas de chacruna. Ceremonias nocturnas. Sudor, sueños lúcidos, imágenes incomprensibles. Falta de apertura. Bloqueo, miedo, retroceso. Limpieza mental. Silencio, ruido, oscuridad. 
    Quizás en aquel 2012 no estaba preparado, o estaba recién dando el paso inicial. El abuelo de todos formas me partió la cabeza, nada volvería a ser igual. Miedo a la locura. Tranquilidad, búsqueda más profunda, Soledad.