Nikkei trabajando, no molestar


“Ellos afirman que han estado aquí desde siempre. Los científicos saben que han habitado Australia desde hace 50.000 años, como mínimo. Es realmente asombroso que después de 50.000 años no hayan destruido bosques ni contaminado aguas, que no hayan puesto en peligro ninguna especie ni creado polución, y que al mismo tiempo hayan recibido comida abundante y cobijo. Han reído mucho y llorado poco. Tienen una vida larga, productiva y saludable, y la abandonan confortados espiritualmente”.

Marlo Morgan



        Pedalear por el sur de Paraguay, precisamente por el departamento de Itapuá, deja a la vista el arrasamiento humano casi completo del monte tropical que se ha producido para el cultivo y la ganadería, entre otras cosas. De la selva misionera no han dejado ni registro en el libro de quejas, más que alguna arboleda para ocultar y dar sombra a una casa de campo. Son montes ralos y de color verde soja, con una eterna pendiente de cancha de golf.
        Algunos campos de tan cultivados que están, no tienen tranquera y mucho menos un camino de acceso. Se deja ver la huella doble sobre el mismo cultivo para la circulación del vehículo del patrón, o del empleado en la camioneta del patrón, porque a los peones sólo les alcanza para la cerveza en lata y una bicicleta del siglo anterior, cuando tienen suerte.

        La provincia de Misiones (Argentina) después de todo, pese a haber sido ya desmontada en más de un tercio de su superficie original, es la región, en comparación con el sur paraguayo y brasilero, que mayor conserva y protege la flora y la fauna nativa. Estadísticamente hablando.
       En el sur de Paraguay, en la ruta de los graneros, se encuentran pequeños pueblos con monumentales mansiones y camionetas del tamaño de un yate, entreverados con humildes viviendas de madera elaboradas con madera local o ladrillo cocido. El contraste económico es en muchos casos abismal. Algo de no creer.
       Colonias japonesas, ucranianas, alemanas, y polacas se han establecido en estas latitudes a mediados del siglo XX durante el periodo de la segunda guerra mundial, cuando Paraguay abrió sus puertas de par en par a los países devastados por la guerra. Hasta 1936 la Ley de inmigración prohibía el ingreso de la “raza amarilla” al territorio nacional, por la considerada amenaza comunista. En 1941, durante el proceso de la guerra, les prohibieron el ingreso a italianos y alemanes por no afeitarse el bigote fascista de sus culturas totalitarias.
        Parece que desde aquellos años los inmigrantes europeos y orientales no se han mezclado ni media cucharada con la población autóctona, conservando cada colonia su color de origen. Como si se fueran a infectar el apellido o sus genes.

Iglesia ucraniana


        Los pueblos son relativamente jóvenes en cuanto a su fundación, tirando en su mayoría a duras penas unos cincuenta pirulos de vida, pero conservan aún una marcada brecha entre sus culturas. En el pueblo de La Paz, por ejemplo, los japo-paraguayos, tan bien llamados “nikkeis” son la mitad de sus habitantes,  y poseen un cementerio propio con placas e inscripciones escritas en su lengua; tiendas con productos comestibles importados sin detalle en español y un predio elaborado con capital de la nación nipona que funciona como polideportivo y centro cultural.   
           Por las calles de piedra caminan señoras hablando en japonés y jovencitos riendo en lengua guaraní. Se miran pero no se tocan. Según comentan algunos vecinos entre ellos no se mezclan, debido entre otras cosas a que los paraguayos son los peones del campo y los empleados, y los de ojos entrecerrados, los propietarios. El racismo como verán, genera distancias fundamentadas en el absurdo de la creencia en que algo es superior a otra cosa. Por lo cual continúan riendo entre murmullos inaudibles las cucarachas y las hormigas.
          

Cementerio Nikkei


             La colonia Nikkei recibe una importante ayuda económica del gobierno japonés por el constante vínculo comercial que han mantenido a lo largo del tiempo y por que preservan sus valores culturales, prácticas cotidianas y el uso de la lengua japonesa. Gracias a tal billetín han conseguido salir adelante de forma grupal, incrementando su economía cada año.
En esta colonia japonesa además del cooperativismo comercial que han establecido sus inmigrantes y sus descendientes en diferentes inversiones y empresas, también se observa el uso comunal de los baldíos y los jardines particulares para el cultivo de huertas y flores ornamentales. Es notable que aprovechen hasta el último centímetro cuadrado de tierra y cada minuto de su tiempo de ocio para producir algo. Quedando en  comparación los habitantes nativos como los vagos de la película.
Y eso ya es un clásico dentro de una visión materialista, resultando, el que trabaja en exceso, ser el héroe del progreso y no un sumiso al patrón de vida establecido o un codicioso, que nunca tiene suficiente dinero en la billetera para sentarse y disfrutar la vida cinco minutos bajo la sombra de un lapacho. Y el indio o mestizo finaliza siendo el atorrante que vive del aire y disfruta extensas horas de tereré junto a su familia en vez de podar flores.
Que cada cual elija en que invertir su tiempo y no jodamos al resto. Porque si aún persistieran los alcaldes jesuitas continuarían repartiendo vara a quién contempla la vida con otros ojos, y con cada golpe no harían más que trasmitir violencia, estrés y envidia al oprimido por no saber cómo hacer para calmar un instante la mente y refugiarse en la calma de quién no precisa hacer nada y aún así se siente completo.



        Si bien el tiempo ha transcurrido desde el nomadismo milenario guaraní en contacto directo y equilibrado con la naturaleza, pasando por las reducciones jesuitas pseudo esclavistas, hasta las actuales colonias de la pos guerra, no hemos ido en progreso humano sino mas bien en un camino a contramano, netamente económico, actuando con un respeto disfrazado hacia los seres de otro color y brindando ínfima importancia a nuestro propio hogar. Porque como anunciaron en su profecía los indios Cree: “Cuando se haya talado el último árbol, cuando se haya envenenado el último río, y se haya pescado el último pez; sólo entonces descubrirán que el dinero no se puede comer”.

         De todas las formas, interpretaciones y visiones de la misma cosa, a la cuál llamamos vida, parece ser que elegimos la que carece de sentido, porque anular la abundancia que proporciona la Tierra desde tiempos inmemoriales es condenar a la desgracia a nuestros propios hijos. Y ciertamente no hay mayor desidia que ser responsables de eliminar a nuestra propia especie y sentarnos a observar sin mover un pelo como se incendia nuestro futuro.

Antes era selva


         Ser conscientes de tal realidad, debería de ponernos en acción, sin focalizarnos en lo que hace “el otro”, sino en aquello que nosotros mismos  somos  capaces de hacer, bajo la  actividad o estilo de vida en el cual nos sintamos más cómodos para llevar a cabo un equilibrio evolutivo.

        El cambio nace en uno. Y cada actividad consciente por más pequeña que sea, es un aporte a la gran Unidad.

P.D: Señores nikkeis no se ofendan, cultivar huertas en lo personal, considero que es una de las mayores revoluciones humanas.

Hippies junto al señor Hiroaki Motomori

Guara - Ny


Guara – Ny

(Vocablo de la comunidad AVÁ que en español significa: ATÁQUENLOS. Con el tiempo al ser escuchado reiteradas veces por el invasor durante el combate, comenzarían a llamarlos así)



Los truenos sonaban como el repique de murga candombera en plena convulsión comunal, relampagueando en el cielo con esas luces flash de boliche cheto que te marean y te obligan a caminar zigzagueando con pasos de rayuela.
El tinglado de chapa con estructura de hierro era la antena pararrayos perfecta para que estalle una bomba eléctrica sobre nuestras cabezas y nos funda con el cemento húmedo sin baldosas, en el anonimato de ese pueblo paraguayo que fue dominado por los jesuitas algunas generaciones atrás.
La carpa de plástico antibalas no se mojaba por obra y gracia del techo, sin embargo los rayos dibujaban serpientes blancas en el cielo nocturno acompañados del sonido a ametralladora, aturdiéndonos de forma insoportable. Uno tras otro aterrizaban los rayos sobre los campos sojeros de Jesús de Tavarangüe fertilizando la tierra con electricidad.
De todas las tormentas vividas a lo largo de mis veintiocho años de vida esa era la peor, o quizás en la que escuche más truenos cercanos y me agarró con menos protección que Noé si hubiera construido su arca estando empachado de fernet.
Era el apocalipsis tropical cayendo sobre las hendijas corporales en forma de diluvio universal.

¿Quién me mandó a morir en Paraguay?
¿Quién podría identificar las cenizas de nuestros cuerpos si un rayo nos partiera la cabeza como si fuera un melón?

A quejarse a la comisaría, a llorar al programa de Moria, a ladrar a la perrera antes de ingresar a la cámara de gas. Eso nos pasa por no descifrar los colores del cielo, y sobre todo por no calmar esa fastidiosa curiosidad de querer conocer los muros muertos de piedra que los Jesuitas mandaron a levantar a los Guaraníes en el año 1685 en Jesús de Tavarangüe, para rezar acariciando las bolitas del rosario en privado y sentir el poder de quién escupe discursos y sermones sobre un altar, un escenario o cualquier otra plataforma que los ubique por encima del resto de los mortales.
De piedra eran las iglesias, los depósitos, las estatuillas de los santos, los cercos y hasta la comida. Los sacerdotes de la Orden de la Compañía de Jesús implantaron en las comunidades guaraníes, a partir del siglo XVII, los cimientos del mundo lítico, el pudor de la desnudez, la interminable jornada laboral, la propiedad en manos de una minoría, la religión y tantas otras pestes y vicios, que los dominados prefirieron tragar a cambio de su protección, antes que soportar la agresión de los hacendados españoles, los bandeirantes portugueses y las comunidades guerreras locales.
Algunos resistieron a punta de arco y flecha, pereciendo en combate a corto plazo, mientras que otros agacharon la cabeza para alargar un poco más su existencia.
Entonces aprendieron a la fuerza, las costumbres traídas de la Vieja Europa pos feudal y se convirtieron en lacayos a la orden de los sacerdotes, todos vestiditos con trapos de color blanco, representando la pureza y la inocencia que ya para esa altura nadie conservaba.
Cultivaron y criaron ganado en cantidades que jamás habían visto, ya que antes trabajaban para vivir, y no vivían para trabajar. El excedente de maíz, mandioca, trigo, algodón, cuero y carne viajaba a conocer tierras europeas para alimentar panzas oligarcas o se trocaba con las diferentes Órdenes de la actual provincia de Córdoba, Bolivia, Brasil y Uruguay.  



Estos sitios, además de ser controlados por dos o tres sacerdotes católicos, poseían una turma de burócratas y administradores holgazanes que tampoco derramaban una gota de sudor sobre la tierra pero que disfrutaban mucho ver a los indios carpiendo y sembrando los montes seis días a la semana. Estos eran los corregidores (autoridad máxima del pueblo); alcaldes, que se encargaban de castigar a los vagabundos y a los que no cumplían con su deber con una vara; veedoras que vigilaban a las mujeres; celadores que vigilaban a los niños; inspectoras de niñas, y además alguaciles, comisarios, contadores, fiscales, escribanos, almaceneros y mayordomos. Todo un sindicato de vigilantes al servicio de un dios dictador, que disfrutaba de escuchar las melodías del barroco jesuítico interpretado por “las fieras salvajes domadas” con arpa y violín.



A los niños los adoctrinaban desde temprana edad, en general de seis a doce años, instruyéndolos en lengua castellana, catequesis y diferentes oficios artesanales. Una vez cumplida la edad de formación escolar pasaban a trabajar a los campos con las mentes ya aculturalizadas.
Las mujeres solteras y viudas, y los huérfanos, se alojaban en una casa comunal dentro del monasterio para ser tratados de forma especial por parte del sacerdocio teóricamente casto. Allí poseían agua corriente y servicios sanitarios. Toda una novedad para la época y la región. El resto del campesinado guaraní habitaba en viviendas extensas de madera donde ingresaban varias familias del mismo linaje, como era su antigua costumbre, hasta el día de su prohibición por ser declaradas “conflictivas y peligrosas”. Entonces los organizaron como a los gobernadores se les antojó, desintegrando otro rasgo ancestral de su cultura.

La convivencia de ambos mundos duró un poco más de un siglo, exactamente hasta el año 1767 cuando se dio el cambio de intereses de la corona española con las reformas borbónicas, donde fueron despojados los jesuitas de sus privilegios y de sus servicios, quedando como testigo del sincretismo social, tanto los muros de piedra como la selva.
Si bien llevo algunas décadas desestructurar semejante organización, los guaraníes buscaron refugio en las actuales provincias del litoral argentino y en los campos de  Uruguay, participando en muchas oportunidades como soldados en conflictos de criollos. Estaban en libertad pero ya no tenían tierras donde habitar. Se la rebuscaron como pudieron. Algunos se  asentaron en las márgenes de las ciudades y aprovecharon sus conocimientos en diferentes oficios, intentando adaptarse a la idiosincrasia colonial.
De esa forma continuó la pérdida de valores, tierra y unión del pueblo guaraní, y aún hoy permanece vagando en busca del sustento, ya lejos de encontrar la Tierra sin Mal.
Pueblo grande y nómade. Se sabe que a la llegada de los españoles era más numeroso que el propio imperio incaico. En la actualidad cuenta con una elevada tasa de suicidios (sobre todo en Brasil) y sobrevive en condiciones de hacinamiento entre cultivos foráneos contaminados de agrotóxicos o dentro de las grandes urbes, habiendo perdido ya la mayor parte de sus costumbres ancestrales.
Hoy en día, aún sobreviven los vestigios de los treinta Pueblos – Estado Jesuita-Guaraníes entre Argentina, Paraguay y Brasil, siendo Trinidad y Jesús de Tavarangüe los más grandes y mejores conservados de la región paraguaya.
A los jesuitas les había garuado finito, y a nosotros también. La tormenta eléctrica amenazaba con romper el caparazón del cielo con su espada metálica de alto voltaje, obedeciendo el mandato de Thor. Pero no le dio el cuero al hombre musculoso, y al pasar las horas se fue apaciguando.
Amaneció el sol con pereza y resaca de carnaval, entonces con más ojeras que una anciana de ciento veintiocho años, aprovechamos la mañana para visitar las ruinas. Durante largas horas caminamos entretenidos y asombrados entre senderos, edificaciones y esculturas con cientos de años de antigüedad, pegando el oído a las explicaciones y comentarios en inglés y español de los guías contratados en su mayoría por turistas extranjeros.
Era increíble la cantidad de horas dedicadas a cortar y pulir cada piedra, para que encastre a modo de rompecabezas en paredes de hasta ocho metros de altura.
Un museo con reliquias del sitio también sirvió de ayuda para armar la maqueta mental del modo de vida y la tecnología rudimentaria utilizada por aquella gente. Jesús de Tavarangüe conserva en su alacena, cientos de años de historia listos para ser servidos en la mesa del visitante en el plato de la sociología colonial. Son las ruinas de un proyecto de integración indígena pseudo esclavista que pudo haber concluido en otra cosa, pero que nunca fue.  El chiste que las hormigas y las cucarachas  se cuentan entre ellas de forma telepática, burlándose de toda una especie que actúa como si fuera superior y que perece revolcada entre el excremento de su propia soberbia; porque ni las hormigas ni las cucarachas precisan herramientas para facilitar sus labores ni acumular bienes materiales; porque no tienen el ansia de ver las cosas concluidas antes de tiempo; porque ahí donde vemos mugre ellas ven alimento; porque sobreviven y se reponen a todas las tempestades sin cuestionar la existencia de dios y se hacen cargo de aquello que ellas mismas provocan sin derramar una lágrima ante los pies de ningún santo.




Concluida la visita al pasado, regresamos al presente del pueblo. Resulta que la plaza principal, a tan sólo un kilómetro de las ruinas, estaba invadida por una horda de integrantes del partido Colorado, con monumentales parlantes musicalizando el espacio público. Eran días previos a las elecciones para alcalde municipal. Cerveza helada y unos cincuenta mil guaraníes (moneda oficial) eran la oferta del partido político para incentivar el voto del pueblo a su favor. Parecía una exageración o el chamuyo de algún fanfarrón, pero no, así funciona la campaña política en Paraguay.
El pueblo estaba de fiesta, skabio gratis Papá. En Latinoamérica la corrupción es como el reggaetón, está de moda y pega fuerte. Perrean los ciudadanos de espalda a los políticos y los empresarios mientras estos toman excitados vino blanco importado en restaurantes de lujo.

Alumnos, ¿alguien sabe quién es el actual presidente de Paraguay? …Cri cri, cri cri. Así de informados nos tienen los medios de comunicación. Obama, Trump, Bush hijo, Bush padre, Clinton, Roosevelt, Lincoln, Reagan, Nixon, Franklin y puedo seguir escribiendo los apellidos de los presidentes norteamericanos que memorice mirando cientos de películas de su industria en el cable, pero no consigo ver una de Guatemala, no sé de qué se vive en Honduras y me creí el verso de niño, al ser educado en una escuela, que la colonización era digna de un festejo por haber arrancado la brutalidad a la gente que habitaba estas tierras, cuando brutos bien sabemos, fueron los que vinieron de Europa.
Mal informados, desinformados, malformados y engañados. Lo que ayer se llamaba tributo, hoy le decimos impuesto y todo lo humanamente modificado tiene precio y dueño que el Señor Mercado regula según sus voraces intereses particulares.
Si vas al maxi kiosko a comprar una bolsa de palitos de la selva para la criatura o una cajita de vino termidor para desatorar el guiso de pata muslo que cocinaste con tu billetera de clase media, acompañado al precio “real” del producto, por así decirlo, también te estarán cobrando el I.V.A, el V.E.N.I.A y el P.O.R.S.I.L.A.S.D.U.D.A.S. Toda una sarta de impuestos que el Estado precisa para financiar las obras públicas que nunca va a construir, o que una vez realizadas no va a invertir un sope en su mantenimiento, y continuaremos viviendo en un País  museo.
Esto ocurre desde el momento que comenzamos a creer en la necesidad de crear una jerarquía social piramidal para organizarnos. Cuando en verdad es tan sólo “un” estilo de vida, uno sólo, que pese a que falla para la mayoría de sus ciudadanos, nos sugestionan a través de los medios de incomunicación y el arte prefabricado de cotillón para que lo aceptemos como si fuera lo mejor. ¿Y cómo se logra? Entre tantos métodos ocultando información y fomentando la competencia y la ignorancia, para que el pueblo como resultado ame al opresor y odie al oprimido, como afirmó Malcolm X el siglo pasado.



Cayo el imperio romano, el griego, el egipcio, Jenjis Khan y los mongoles, la Francia de Napoleón, la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, el comunismo de Mao, los incas y tantos otros proyectos expansionistas, que parecemos unos incrédulos o unos boludos  mejor dicho, al estar hoy en día bajo el zapato del actual capitalismo norteamericano sosteniendo pantallitas virtuales que cuestan una fortuna y tienen menos resistencia que un copa de vidrio para servir champaña.  Úselo y tírelo, que la industria mañana fabrica otro a su imagen y semejanza.

En Paraguay menos de un tercio de su población tiene acceso a la salud púbica, por lo cual parir un hijo u operarse un riñón puede dejar en bancarrota al paciente.
De cada 100 niños que comienzan el 1er grado de la primaria, solamente 30 llegan a la secundaria.
Paraguay es el cuarto exportador de soja del mundo y uno de los países más pobres de Sudamérica. En el año 2008 el 42% de su población estaba por debajo de la línea de la pobreza.
Paraguay es el cuarto productor mundial de energía eléctrica y donde más caro se paga la luz en el cono sur.
Paraguay todavía sangra la guerra del Chaco y la vergonzosa guerra de la Triple Alianza, donde perecieron el noventa por ciento de los hombres mayores a los diez años. Cabe resaltar que ese dato colmó de alegría al presidente argentino que gobernaba en aquel entonces, ya que habían cumplido con su misión. Hoy ese individuo esta posando con cara de foto carnet en el billete de dos pesos. El billete es azul en honor al color de su corazón de hielo.

Nosotros zafamos la noche anterior de la lluvia, sin embargo este país vive en el epicentro de un tornado todos los días, soportando el carozo y atragantándose con la pelusa. Por tal motivo, quien puede y se atreve, cruza el límite fronterizo buscando una mejor calidad de vida en un país vecino, y a laburar de lo que venga, porque al ser el conocimiento universitario un bien privado, los paraguayos tienen menos título que mural callejero.

Mientras la gente rifaba su suerte y emborrachaba el futuro del pueblo, nosotros desplegamos los dos paños de artesanías en el medio del sabalaje humano, y los curiosos fueron llegando para cascotearnos de preguntas. Salieron las ventas, y dio para cocinar la cena en la hornalla portátil y eléctrica que un vecino nos prestó. El cielo ya estaba despejado y sin lagañas, por lo que no corríamos nuevamente el riesgo de morir por el impacto de un rayo. Era tiempo de reposar el esqueleto calcificado dentro del saco de dormir a modo de sarcófago y soñar con tiempos lejanos, donde la gente andaba en bolas por la vida y no había propiedades que alquilar, porque nada tenía dueño, y las cosas eran simplemente del que las confeccionaba o las ocupaba. No había meses ni calendarios, relojes, abogados, ni estados que desregularicen lo que deberían regularizar, ni prohibir lo que debería ser legal, ni políticos haciéndose los simpáticos esperando a que la gente les dé cabida, para clavarles en la primer distracción el cuchillo de la corrupción en la yugular. Y al despertar abra que desertar del apocalipsis social como hicieron los bisabuelos tanos y españoles en el siglo XX, para no ser un engranaje más de la mini pimer gubernamental que todo tritura queriendo saciar las ganas de tomarse un licuado con las mejores bananas del mundo. Porque tampoco hay que olvidar que esos bisabuelos europeos además de su ropa interior trajeron entre sus pertenencias, ideales anarquistas y socialistas, y una carta de rechazo a sus naciones al no cumplir con sus deberes de ser la carne de cañón en la guerra. Y finalizaron siendo muchos de ellos, el costal de cosecheros que al trabajar en las tierras americanas contribuyeron a alimentar las bocas de su continente de procedencia que reventaba en mil pedazos una vez más.

Y yo me sigo preguntando,
Paraguay, ¿a vos hoy en día que loco te gobierna?


Un círculo perfecto

El sendero del nuevo año gregoriano comenzó en dirección al campo, bajo el farol de la luna llena. Para que emborracharse con ruido a reggaeton y cumbia plagiada, pudiendo caminar en solitario por las calles sin pavimento y reírme y, cantar mis canciones al cielo estrellado.
Cada visita a mi pueblo es un saludo social al pasado, aunque también un reencuentro con los montes ya humanizados de mis ancestros. Aquí se bebió agua de los arroyos, se recolectaron frutos silvestres, se domaron caballos para extender el territorio de caza, se vivió en tolderías de cuero de vaca y los niños se hacían hombres y mujeres de la noche a la mañana. Aquí hubo exterminio organizado durante años, resultando el pie del criollo un zapato cruel y pesado, que supo borrar de la memoria de sus hijos la huella de la cultura asediada. Sin embargo, siento las miradas expectantes en las sombras de los eucaliptos, de niños, ancianos, hombres y mujeres, suspirandome sus costumbres y sus historias. " No pidas nada, tan sólo agradece".

Mi sendero llega a un punto cierto, en la mitad de la calle, donde visualizo nítidamente un círculo perfecto. Metro y medio de diámetro es lo que calculo a simple vista. El perímetro esta marcado por piedras blancas incrustadas en el suelo de la calle. Siento la necesidad de pararme dentro del círculo para detener mi andar, y soltar las palabras que vengo callando durante el camino. Ellas vienen solas, ellas se liberan a través de mis cuerdas vocales. Siento el saludo de los árboles. Siento el saludo del viento. Siento el saludo de las estrellas. Siento la presencia de la paz en mis manos y en el pecho. Abandono el discurso y le abro camino nuevamente al silencio. No es necesario ver más sombras. La luna llena se esconde de mi presencia. Abandono la visión nocturna y me quedo a oscuras, siempre de pie, dentro del círculo de piedras. No hay tiempo ni espacio que me separen de cualquier evento, persona o momento que consiga imaginar. No hay afán de cumplir ningún objetivo, ninguna promesa. No existe otro sitio u otra posibilidad. Todas me llevarán siempre al mismo sitio, al mismo punto de encuentro. 

Hasta que irrumpe mi intimidad la mente, entonces comprendo que mi ritual ha finalizado. Unas luces blancas de un automóvil me indican estar en lo cierto, al avanzar por el mismo camino donde me encuentro a más de doscientos metros de distancia. Viene hacia mí el vehículo blanco, entonces egreso del círculo y comienzo el retorno a la casa de mis padres. El campo va quedando atrás.
Las luces pasan de largo por el otro extremo de la calle. La noche esta hermosa. La luna es el brillo de una sonrisa estallada.

Sonrío porque recuerdo haber hecho decenas de veces aquel tipo de meditaciones en mi pueblo en diferentes sitios, cada vez que lo hallé imprescindible.
Sonrío porque siento como  la magia me acompaña.
Sonrío porque recuerdo como olvido siempre aquello que importa, y nuevamente lo recupero.
Sonrío porque me parece absurdamente infinita la vida.
Sonrío porque me voy a descansar tranquilo al haberme encontrado sobrio en la oscuridad de la noche de un año nuevo.
Sonrío después de una insostenible y tempestuosa resaca que me hundió todo el día la jeta contra el piso diciéndome "no tomes nunca más".

Imagen de la laguna de Puán, tomada desde la isla

Marginal

Y me sentí un marginal al enterarme que los vínculos sociales de aquellos, que poseían el suficiente poder adquisitivo, estaban funcionando a través de la tecnología electrónica hacía un buen tiempo, con nombres de redes virtuales que jamás había escuchado, ni siquiera indirectamente. Realmente había permanecido abstraído de los juguetes con batería de la sociedad, caminando dentro de ella con esa sensación fantasmagórica de quién no está muerto, pero tampoco vivo. Luego, conversando con ciertos usuarios, me enteró que hasta algunos estaban cazando hologramáticos Pokemónes por la vía pública.

¿Quién atrapa a quién? ¿Qué clase de comunicación es permitida a través de una pantalla?

Tanta gente presionando las yemas de los dedos contra un objeto táctil, pero insensible, que el ejercicio contagia, hasta oxidar las coyunturas del alma. 
Para cada actividad del día y de la noche, el teléfono en la mano más hábil, sustituyendo el golpe de puerta, el timbre eléctrico, la mirada a los ojos, las conversaciones fluidas y el contacto genuino, directo y próximo.
Amanece una nueva jugada de la sociedad de las apariencias, vestida con el disfraz de belleza, de éxito, de cualquiera que uno quiera usar. Una solución de entretenimiento para la carga horaria laboral y acortar las distancias. Una moderna expresión de vanidad y romanticismo de cartón pintado; de sentimientos efímeros y pensamientos pasajeros. Una solución para quienes no pretenden un verdadero compromiso, y disfrutan del amor descartable. Úselo y tírelo, que mañana compra otro.

Queremos saber que estás haciendo en éste preciso instante, 
queremos darte un like, 
queremos dopamina, 
queremos elevar tu autoestima.

La última y más moderna gran red que tejió la araña industrial del progreso, al alcance para quienes tienen o cazan el internet, con aparatos de bolsillo. Con tan sólo un requisito: si tomas una selfie, no olvides poner cara de conejito y usar una excesiva cantidad de maquillaje, que detestamos las caras pálidas y aburridas. Sonrío, luego existo.




Vendedores Ambulantes

A uno que ni el frío espanta y que disfruta de ejercer la vida al aire libre, cualquier evento social resulta propicio para trabajar. Ésta vez fué un encuentro de Jeep 4 x 4 en el Club de Aviación de San Pedro.
A tal festival de motores crujientes, monte destruido y barro saltarín, acuden personas de todos los sabores y tamaños de Argentina, Paraguay y Brasil. Entusiasmados con ver a esos monstruos grandes en una pista circular embarrada. Además del público espectante, siempre acuden a tales eventos en busca del billete, los famosos "merca chifles" o vendedores ambulantes. A donde llegan despliegan adentro de un corralito de madera, alambre y metal, un sinfín de chucherías plásticas provenientes, en su totalidad de un país muy poco involucrado con el cuidado del medio ambiente y el respeto de las  leyes laborales llamado China, para venderlos por unas insignificantes monedas al público. Desde armas plásticas ( para que los niños jueguen a matarse inocentemente los unos a los otros ) hasta anillos con calaveras derretidas incrustadas en un pedazo de ilegítimo acero quirúrgico. Incontable cantidad de porquerías descartables ofrecen en cada evento que participan para el deleite del proletariado que gusta de caer rendido a los pies de estos buscavidas de buen corazón.

No fue antes, que los conocí intimamente, sino al trabajar a un costado de sus puestos. Recuerdo haberles comprado de niño algún que otro collar en la fiesta nacional de la Cebada Cervecera, que en menos de dos semanas finalizaban sus gloriosos días encerrados para siempre en el cajón de la mesa de luz, rotos y olvidados. Pero no nos pongamos melancólicos y retornemos al tema inicial.

Uno llega, saluda, arma su pequeño puesto de artesanías, y por alguna circunstancia, llamese curiosidad o necesidad de sociabilizar, a lo largo de la jornada laboral termina cruzando palabras con dichos señores. Ellos observan detenidamente lo que uno hace y en muchos casos aclaran: "Treinta años fuí artesano chango, pero ahora me dedico a la fácil, para mantener a mi familia. No tendré un O km pero ese autito me lleva a todos lados". Afirman señalando un pedazo de chatarra oxidada de cuatro ruedas. Y es allí cuando comienzan a hilar los detalles del dinero que ganan, de aquello que tienen, de los viajes a la triple frontera para conseguir material, de lo bien que les fué en alguna fiesta, de lo mal que les fué en otra, de la cantidad de hijos que accidentalmente dejaron por ahí, etc, etc. Todo un análisis cuantitativo de la vida, trazada más por cifras que por sentimientos.
Luego hablaremos de política si sobra tiempo, hasta que suena la campana, llegan los potenciales clientes y corren como linces hambrientos detrás del puesto. Siempre con el fajo de billetes en la mano, entre los dedos ( doblados de una forma que sólo ellos saben hacerlo ) o en el bolsillo derecho, para poder amasarlos en el momento en que hay escasa clientela. Veneran a su fetiche en silencio, agazapados en su parcela de plástico, soñando con tener después de ese evento un poquito más de capital para reinvertir o gastar en azulejos para la casa.

Cómo se sacrifican por el trabajo estos hombres. Vendedores ambulantes señoras y señores. Actitud de forajidos, rostros argentinos y artículos Made in Taiwan. Un tanto encorvados, otro poco desvencijados. Sin ellos no habría niños felices en las fiestas. Es más, de la noche a la mañana, los algodones de azúcar, los pochoclos, las garrapiñadas, los cubanitos y los juguetes que imitan a las marcas más reconocidas desaparecerían de los parques y las plazas por arte de magia. Sin ellos, la industria China, coreana y la de Bangladesh caerían abruptamente en crisis, y se tendrían que dedicar a producir habas y rabanitos de estación, o lo que crezca en aquellas remotas tierras.

Imaginemos el pánico que cundiría en la población infantil con semejante hecho. Alguien, todavía no se sabe quién, inició el oficio de estos hombres, para que el novio de billetera pelada logre obsequiarle a su dama un económico presente, que ella apreciará sin importarle la defectuosa calidad del producto ni la procedencia del mismo. Porque lo que vale es el gesto, el amor.
Corren tiempos difíciles en Argentina, y sin estos señores, muchas parejas se separarían, muchos niños y jóvenes llorarían desconsolados y muchos otros quedarían sin empleo.

Ahora que ya lo sabes, por el bien de la Nación, no olvides, en el próximo fin de semana de tu ciudad o en el próximo evento de tu pueblo, invertir, aunque sea una pequeña suma de tu sueldo en las artesanías que están a un costado del puesto de mercachifles.

Feria del libro autogestiva e independiente en LA Plata

Corrupciones



Encontró un joven en la calle una billetera, guardó el dinero y arrojo el resto a un cesto de basura aún sabiendo quién era el dueño al ojear el documento de identidad.

Un anciano muy educado y respetuoso le vendió dos cajas de cigarrillos a una pareja, aún sabiendo que el producto enferma y produce cáncer.

En una partida de Poker y apuestas, el señor González jugó más de lo que le pertenecía, aún sabiendo que ese dinero era el sueldo de sus empleados.

En la frontera Gendarmería fiscalizaba y extraía mínimas cantidades de marihuana a los transeúntes, registrando un acta de micro tráfico de por medio, para luego fumar la hierba incautada a escondidas.

El honorable juez del gobierno sentenció cadena perpetua a un individuo de bajos recursos para hacerle un favor a un amigo, aún sabiendo que el acusado era inocente.

Le extrajo innecesariamente una muela el dentista a un paciente para cenar con ese dinero en un restaurant con su mujer.


Caminaba desnuda por la noche la injusticia
 seduciendo tanto a hombres como a mujeres, 
brindando un curso gratuito de corrupciones 
mínimas y silenciosas, 
a la gente mediocre sin poder.


El Síndrome del Superhéroe

6 kilómetros desde el Parque de los Patricios hasta la Plaza Houssay. 
En bicicleta el asfalto quema a temperatura de horno industrial. 
Innumerable cantidad de hombres caminan con el mismo corte de pelo.
Será un virus que infectó a los habitantes?
Será el famoso Síndrome del Superhéroe 
que no lo permite a la gente demostrar su verdadera identidad?


Mural en Quito - Ecuador

Desayunando una ilusión

    Bien temprano Aramis apronta el matecito. Enchufa la pava eléctrica mientras ahorra tiempo para lavar las pesadillas de su cara. Los tres perros nuevamente cagaron el piso de parqué y los orines envician el comedor con un aire nauseabundo, que por más que uno quiera evitar, nebuliza inalámbricamente con ambos pulmones.
    Como la pava es adulta, avisa solita que el agua esta pronta para humedecer la yerba. Luego de envolver los soretes caninos con servilleta de papel a modo canapé, Ara prepara sus primeros mates.
Le canta al Globo, su pasión quemera, unos ritmos tribuneros para comenzar la mañana y así se termina de despavilar un barrio entero. A buscar empleo, a no perder las monedas ni la esperanza. Para eso se levanta, mientras ceba unos mates bien amargos de frente a una pantalla. Arroja curriculums por internet como si fueran papel picado. La yerba del supermercado chino llegó hasta sus manos. Y que va a saber Ara que al tarefero que cosechó esa yerba en algún monte de Misiones, le pagan $200 por trabajar de sol a sol, y ese mismo hombre es trasportado cada día en un camión jaula junto a sus compañeros, donde luego regresarán recostados sobre bultos de hojas verdes, sudados y con las palmas curtidas de trabajar sin guantes.

Qué sabrá Aramis de Misiones?
Qué sabrá Parque  Patricios del monte? 
Qué sabrán en Misiones de la vida en la capital?

Los productos deambulan libremente por las rutas del comercio, mientras los noticieros sólo hablan de la inseguridad, criminalizando preferencialmente a la pobreza.

De dónde vienen los productos que consumimos y cuanto le pagan al pueblo que los produce?
De eso no se habla, los medios de comunicación eligen el misterio.

Se acaba el agua del termo, llegó la hora de pasear a los perros 
por la alfombra de boldosas del barrio porteño.

Más tarde tendra que olfatear una bolsa cortada a cuchillo
y ducharse adentro de un tonel de vino 
para mantener toda la noche 
el espíritu despierto.

Tendrá que prepararse 
para gritar canciones de cuna en la cancha 
y putear al bebé que nació en la panza ajena.

Esta noche juega Huracán, 
y tanto en el monte como en la capital
lo último que se pierde,
aunque haya poco y nada,
 es el ánimo de triunfar.

San Pedro - Misiones


Renacimiento

¿Viste como se desintegra el cemento cuando llueve?
Cae la estructura de los muros como un pesado ancla sobre el asfalto de la vía pública.
Es evidente, la civilización por enésima vez esta cayendo, y nacen ríos blancos, como esclerótica ocular de pintura sintética lavada por las precipitaciones.
Ya no hay tiempo de ver el sol, han descendido las cortinas del ocaso.

La alegría es nuestra exclaman la fauna y la flora.
Le llegó el invierno a la plaga humana.
El vagón se detiene en su última estación.
Hemos sido sordos al chillido de la alarma durante demasiado tiempo.
Hemos ignorado la posibilidad de tomar un sorbo de conciencia.
Es hora de pagar las cuentas.
Ya no habrá más sábados en nuestra semana.

Nos diluimos lentamente como sangre en el mar, en el silencio de un crepúsculo nublado.
La piel y los huesos regresan a fundirse con la tierra.
La energía que nos mantenía vivos se dispersa entre los infinitos senderos del cosmos.

Contemplo centenas de ráfagas luminosas en el cielo,
¿Serán meteoritos ESPECIALES o serán naves ESPACIALES?

Ya no siento ningún sabor en el paladar. Ningún aroma dilata mi olfato.
Ya no siento vértigo en la decisión que debo tomar.
Recuerdo saberlo, es preciso soltar la materia.
Ya no seré yo, y eso no me despierta ningún miedo.
Ya no seré yo, para renacer primero tengo que estar muerto.

Sólo quién se autodestruye es capáz de reparar el daño.
Es momento de sanar las heridas que les cause a los otros.


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Sembrando dinero

Vida formoseña

Nuestros cuerpos sudaban intensamente para darle movimiento a las cadena de las bicicletas. La yunga o selva de montaña de Jujuy, lentamente iba quedando atrás de las espaldas. Esta provincia argentina limita con Bolivia y con Salta. Su parte oriental, la más húmeda, está siendo atrozmente desmontada para cultivar hortalizas y caña de azúcar, habiendo desaparecido bajo las máquinas humanas, un 90% de la selva pedemontana. 

Los pueblos sugieren ser los ranchos asfaltados de las pocas empresas que son dueñas de la mayor parte de las tierras cultivadas. Basta con enterarse que los ingenios azucareros vienen funcionando desde 1830 en esta región, y fué la mano de obra indígena, sobre todo de matacos y tobas, el combustible de sus motores industriales. La implementación de nuevas y modernas maquinarias, sumado al abandono político, le dan un aspecto de desamparo total al noroeste argentino.
Y nosotros estábamos allí, escapando del ataque insidioso de los jejenes, conociendo esas realidades puertas para adentro. Quedaban atrás Chalicán, Fraile Pintado, Libertador General San Martín y Calilegua. Los cortes de ruta masivos de la ruta nacional 34, no llegaban a las noticias federales, como de costumbre. El pueblo sólo exigían mejoras de sus condiciones laborales, a cambio de un salario siempre miserable.

Y un día de aquellos, en que el sol quemaba como tentáculo de agua viva, mientras pedaleamos gradualmente al medio día,  hallé un billete de cien pesos a un costado de la ruta. No era algo tan inusual encontrar cosas útiles y dinero en el camino. Nuestra velocidad de tortuga nos brindaba esa posibilidad, que queda anulada para los apresurados vehículos a motor.
En seguida, frené la bicicleta y le grité a Mari que se detuviera, porque justo cuando voy a recoger el billete, veo que hay otro. Cuando recojo el segundo billete, con la cara reluciente de Evita Perón, observo maravillado que no sólo había dos billetes, sino varios. Estaban desparramados sobre la gramilla, a un costado de la ruta, como si fueran flores. Mientras le daba la noticia a Mari, que se encontraba cincuenta metros más al frente, notó que donde estaba parada también había dinero. El tránsito no estaba muy fluido a esas horas, de todas formas, ambos con una sonrisa estallada, fuimos agarrando los billetes disimuladamente, para no llamar la atención. 

Días atrás había dejado olvidada la cámara de fotos en el baño del aeropuerto de Salta capital. Ese día había llegado Elena, la madre de Mari, en avión desde Buenos Aires para visitarnos una semana. Me percaté del incidente 24 horas más tarde, regresé al aeropuerto pero al parecer quién la encontró decidió no devolverla. Justamente en el momento en que apareció el dinero regado en la banquina de la ruta jujeña, venía pensando en que sería bueno comprarme una nueva cámara fotográfica en la frontera con Paraguay. Sincronicidad al instantante. 

Continuamos juntado los billetes perdidos, hasta que no hallamos más. Entonces avanzamos unos metros, con una extraña sensación en la boca del estómago. Una aleación de alegría y sorpresa nos invadía el cuerpo. Reíamos al cruzar las miradas. Algo increíble nuevamente nos estaba sucediendo, algo totalmente inesperado. Con una ansiedad incontrolable, contamos los billetes. Eran treinta y cinco, es decir, éramos  tres mil quinientos pesos más ricos, que quince minutos atrás. Era un buen dinero y por lo visto nos había caído del cielo. Pero al momento de continuar viaje, notamos que sólo nos habíamos reparado en un sólo costado de la ruta, el derecho, por donde veníamos. Ninguno de los dos había cruzado en frente para inspeccionar. Volvimos a reír, no nos podía estar sucediendo tamaña fortuna. Dejamos las bicicletas acostadas sobre el pasto y regresamos. Esta vez sobre el margen opuesto.

Papeles, folios con hojas, sobres de plástico, envoltorios de cd´s, basura y más basura. Hasta que Mari, al estar ambos ya dispersos sobre el camino, me dió un grito para que vea lo que había encontrado. Me acerque emocionado y ella descubre en su mano izquierda una billetera, con sólo dos pertenencias: una tarjeta de crédito y una identificación. Carlos Morer, domicilio en Caimancito, justo el próximo pueblo. Nos observamos el uno al otro en completo silencio. Cambiando la sonrisa a una cara de reflexión.  El dinero tenía dueño, y ahora sabíamos de quién era, y donde vivía. Por querer más plata, ahora nos quedabamos sin nada, sin embargo teníamos la posibilidad de darle una alegría a alguien, hasta el momento, desconocido para nosotros. El viento cambiaba de rumbo. O nos daba esa opción.

Pedaleamos los pocos kilómetros que faltaban para llegar a la entrada del pueblo. Cuatro kilómetros más adentro se hallaban las primeras casas, en su mayoría, con un taller de carpintería y muebles de madera afuera de las viviendas. Casas viejas e igual de humildes que la de los pueblos de la región.
Golpeamos la puerta donde el documento indicaba que era la dirección. Un hombre medio dormido, de unas cinco décadas nos atendió. Era el mismo de la foto. Le contamos que habíamos hallado algunas de sus pertenencias. Con la noticia, se despertó de repente. El rostro de Carlos estaba iluminado de la emoción. Nos hizo ingresar a la cochera, que funcionaba en verdad de comercio de comestibles y carniceria. Le entregamos la identificación y el dinero. Pero al contabilizarlo notó desesperanzado que faltaba más plata, y que aún su maletín de cuero estaba extraviado.
Nosotros no lo habíamos encontrado, pero le propusimos acompañarlo a la zona del hallazgo para verificar mejor. Apresuradamente nos preparó un almuerzo, con la felicidad de quién recibe una prolongada y esperada visita. Comimos a la velocidad en que un náufrago devoraría después de vivir años de penurias, y en un vehículo hecho añicos emprendimos la gran búsqueda junto a una de sus hijas.

Al abordar al sitio de pesquisa, Carlos nos relató la despistada situación que aconteció el día que perdió el dinero. Resulta que una semana atrás su esposa le había adjudicado la responsabilidad de cancelar la deuda a los proveedores del comercio familiar, en la ciudad de Libertador. Al aproximarse a la ruta le dieron deseos de orinar, entonces detuvo el auto a un costado del camino. Como acto involuntario descendió del mismo con el maletín en la mano, donde tenía los once mil pesos que llevaba encima. Orinó y para alzar los pantalones se vio obligado a utilizar ambas manos, por  cual dejó el maletín sobre el techo del vehículo. Finalizó la "operación orina"omitiendo la existencia del maletín, que de por cierto estaba abierto. Entonces una vez que encendió el motor y llegó a la ciudad de Libertador se percató del incidente. Por supuesto, ya demasiado tarde. Eran 25 kilómetro tarde. Jamás localizó sus pertenencias.

Esta vez Carlos traía mejor suerte. Nosotros sabíamos con exactitud donde habían comenzado a volar por el aire sus bienes. Por lo tanto, rastrillamos con precisión de cirujano la zona, hallando en un perímetro más amplio los papeles del auto, el registro de vacunación de su hijo, más dinero, y otros tantos enseres. Indagando finalmente entre los matorrales, luego de más de dos horas de búsqueda, apareció sano y salvo, el señor maletín. Allí dentro se encontraba el resto del dinero que no alcanzó a abrir sus alas para volar hacia la libertad. Carlos volvía a vivir.

Aquella noche nos duchamos y cenamos en familia. El ambiente en aquella casa era dichoso, afable, tranquilo. Estaban contentos y se mostraban agradecidos. La decisión de devolver el dinero, traía una recompensa inmaterial, tanto para ellos como para nosotros. Tres días más tarde, pese a las insistencias, decidimos continuar nuestro recorrido. Nos íbamos como llegamos, contentos de poder haber hecho algo bueno por alguien, sintiendo que algo mejor siempre iba a a estar por venir.


Constitución

Encuentro "Qué genero?" debatiendo problemáticas y compartiendo vivencias

Una mujer con cara de sorrentino fuma pasta 
y le alquila su cuerpo de raviol 
a hombres de moño 
con billeteras de mostachol. 

La mujer baila salsa blanca 
y los hombres demonios 
no tienen tuco en su corazón.

La humildad de la Tierra

La majestuosa presencia del claro cielo infinito nos acomoda entre las butacas de la modestia, 
para que descansemos en la humildad de la tierra.
En el agua no somos peces.
En el cielo no somos aves.
En la tierra tampoco animales.
Somos simples humanos, 
pertenecientes a sólo una, 
de la incalculable cantidad de especies 
que habitan este Planeta.
Eso nos hace biológicamente únicos, 
pero no superiores.

Uruguay - Barra de Valizas

A donde nos lleva el Silencio?

De qué esta hecho el silencio?
Es un evento vácuo o nos reconforta de plenitud una vez que lo alcanzamos?
Hacia donde nos lleva cuando nos abandonamos al frenesí de su designio? 
Al tedio?
Al dolor?
A la claridad conciente?
Al encuentro con los elementos que reprimimos en lo cotidiano 
y que escondemos debajo de la alfombra mental?

A donde nos lleva el silencio?
Y si nos lleva,
 que parte del ser es la que conseguirá regresar?