Cuando te sangra el corazón

Tortugas - Perú

Cerré con llave el pequeño y sucio cuarto imaginando la cantidad de historias extravagantes que tendrían para relatar esas cuatro paredes húmedas. Ese espacio ínfimo e insípido, a simple vista no parecía albergar más que a seres solitarios, magros y abandonados a su mal genio, y a parejas errantes sin hijos, entre prostitutas en decadencia y un hediondo olor a melancolía, que cubría la atmósfera del predio sin dejar ingresar la luz del sol. De todas formas su capacidad de carga soportaba por el valor de diez soles diarios, el silencio tenaz de los vendedores ambulantes, y el tronar de las monedas de los artistas callejeros, que demostraban en la vía pública alguna habilidad circense o musical.
Olvidé el cuarto, y caminé en sentido exploratorio, dirigiendo mis pasos al centro de la ciudad. Chimbote hacía ruidos de bocinas de mototaxi y su calor húmedo, le cubría de una delgada película de sudor a todos sus habitantes.

Un hombre viejo, anclado a la vereda con una mesa llena de papas cortadas, entusiasmaba a la audiencia para que experimenten los poderes milagrosos del almidón, o alguna otra propiedad de dicho tuberculo. Las tiendas de ropa competían entre ellas colocando cumbias peruanas a un volumen tan alto que resultaría irritable hasta para Buda y sus secuaces escucharlas.  Algunas familias se refrescaban con la brisa del mar Pacífico en el malecón de la costanera. Un peruano oriundo de otra ciudad arrojaba sus tres machetes al aire en el cruce peatonal de una avenida, sacando trucos malabaristicos e intentando no rebanarle los dedos a ningún peatón. Otros caminaban observando con asombro indiscutido las mismas vidrieras de siempre y algunos pocos contemplaban el mero comportamiento humano. Entre esos pocos me encontraba yo, revolviendo con audacia las pocas monedas que cargaba en el bolsillo, entre cavilaciones metafísicas y un hambre voraz. Entonces decidí ejecutar la misma maniobra de aquella mañana. Amarre la mochila de mano a un poste de señalización, extraje de allí tres bolas blancas y comencé a estirar y calentar el cuerpo. Cinco minutos más tarde me hallaba casi gritando arriba de las rayas blancas del asfalto, presentando mi número de malabares, durante los cuarenta segundos que duraba el semáforo en color rojo. Dejaba los diez segundos restantes para pasar la gorra , esperaba que termine el color verde y volvía a repetir el acto. Con ese sofisticado sistema de exposición de circo ambulante, juntaba dinero en aquel entonces. Esas monedas de niquel me permitían vivir como un vagabundo en cualquier ciudad. Cuando creía haber hecho lo mínimo e indispensable para comer y cancelar el cuarto, desamarraba la mochila, guardando las mágicas bolas dentro. Más tarde me recostaba a leer, pensar, escribir y contemplar bajo la sombra de algún árbol, los misterios de la vida.  Me sentía un Sócrates tercermundista del Cono sur.

Jaén - Perú

Realmente buscaba analizar y comprender la vida, viviendo como nunca había vivido antes. Relajado y solitario. Casi siempre aceptando cualquier tipo de invitación o internandome durante días u horas en la selva de la ciudad social o en cualquier monte.

Antes de extraer las conclusiones mentales del día anterior, ya estaba respirando un día nuevo, en un lugar nuevo, con alguna nueva compañía, escuchando diferentes experiencias de vida, probando otro sabor, enfrentando alguna nueva adversidad. Como en mi vida estable los cambios no llegaban, comprendí que yo mismo debía ir a buscarlos, ofreciendo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma en sagrado o autodestructivo sacrificio. Porque claro, aún me encontraba lo suficientemente desorientado como para encontrar una mínima claridad en mi camino. Era yo quien había decidido tomar ese camino, nadie me dio el empujón. De cierta forma lo disfrutaba, aún cuando la situación me hacía rebalsar el vaso de bronca, hambre o soledad.

Y así como llegué a Chimbote, de la misma forma me fuí, caminando hasta la ruta, esperando la bondad de algún conductor que no le temiera a mi silueta delgada. Entonces pasó el tiempo y ya no recuerdo todo lo que allí aconteció. Las imágenes mentales van diluyéndose como tinta con exceso de agua , en mi memoria. Pero eso verdaderamente no me importaba. Con quien conversé en Huánuco, donde dormí en Chiclayo, como me las arregle en Tortugas, tampoco me importaba. Iba de un sitio a otro en Perú sin entender el valor de mis palabras ni el poder de mis actos, de mis miedos, de mis deseos. Dentro de un mundo cada vez mayor, yacía en cautiverio entre los conflictos de la razón, de lo que es y de que deseamos que sea. Quería definitivamente exorcizar mis demonios, pero respiraba aún el aroma de la confusión. Era escéptico a la idea del poder interior o simplemente lo ignoraba. Escuchaba atento aquello que me decían, pero no me responsabilizaba cuando desperdiciaba una oportunidad por sentir pereza, vergüenza o por no hacerle caso a la intuición. Luego al momento de reventar las consecuencias en mis manos, no conectaba los cables sueltos, y la paz y la felicidad adquiridas fugazmente otra vez se iban.

Ruinas de Chan Chan - Trujillo

Laberinto del desencanto interior, dime cómo hallar la salida.

Vagué sin sentido, porque vagando tenía que despertar. Me sentí en un prolongado letargo porque estaba tan ciego que en mí no veía la posibilidad de ser libre. Como no me sentía libre, creía que nadie lo era. Como no experimentaba una duradera felicidad, creía que no existía. Como veía éxito en el talento y aseguraba estar exento de algún don, me sentía condenado a la mediocridad. 
Encontraba engaño e incomprensión cada vez que leía una verdad, y creía que era estúpido aferrarse al dogma de una religión. Metía a mucha gente en una misma bolsa, pero quería que a mí no me incluyan en ninguna. Arrojaba la piedra y escondía la mano. Humano, demasiado humano. Entonces con tan poca autocrítica, 

¿Hasta donde debía ir para conseguir encontrarme? 
¿Cómo iba a tener sentido mi vida si para empezar, yo no le daba uno?
¿Como alguien no me iba a querer dañar si yo también había dañado y aún lo seguía haciendo, de forma siempre tan sutil?
¿Cómo iba a recibir, si aferraba tanto, sólo para mí? 
¿Cómo no iba a acercarme al dolor, si la culpa me obligaba a recibirlo? 
¿Cómo iba a sentir placer por el trabajo si cada día no quería hacer lo mismo y no hacía nada para cambiarlo?
¿Cómo iba a encontrar amor, estando tan perdido?
¿Cómo iba a ser un buen padre si todavía no había aprendido a ser buen hijo?
¿Cómo iba a creer en una fuerza superior llamada Dios, si no creía en una fuerza diminuta llamada Yo?
¿Cual era la magnitud de mis problemas si era tan sólo una gota de sal en el vasto océano?

Como venía diciendo, vagué sin sentido, porque vagando tenía que despertar. Y de a poco me fuí dando cuenta que:

No obtenemos más de lo que merecemos.
El amor que recibimos es proporcional al amor que brindamos.

Hallar felicidad es síntoma de estar caminando por el camino correcto. 
Hasta entonces seguimos desorientados con los ojos vendados.

Un beso, un abrazo y una sonrisa, son eternos regalos. 
El resto se degrada entre las frívolas horas que va dejando atrás el reloj.

La tragedia del horizonte, es saber que siempre estará más allá de nuestras pasos y al mismo tiempo y por tal motivo, viviremos pretendiendo alcanzarlo.

Como afirmó sabiamente el controversial Palito Ortega, la felicidad es sentir Amor. 
Y ese Amor comienza, amándose a uno mismo.

Máncora - Perú
Pelicano en la playa de Paracas - Perú

Creo

Florianópolis - Brasil

Creo en duendes,
Creo en fantasmas,
Creo en dragones,
Creo en la energía cósmica,
Creo en los zombies,
Creo en que Jesucristo era un maestro linyera,
Creo en buda y en Krishna.
Creo en el Karma,
Creo en los dinosaurios,
Creo en brujos y hechiceras,
Creo en la magia,
Creo en druidas y en bellas durmientes,
Creo en la reencarnación y en la trasmutación,
Creo en los extraterrestres y los gnomos,
Creo en las hadas y en los ángeles guardianes,

Creo en el paraíso terrenal y en el infierno en vida,
Creo en lo tangible y en lo intangible,
Creo en el Gran Espíritu, en el Gran Misterio,
Creo en lo Absoluto, 
Creo en lo indescifrable,
Creo en lo invisible.

Creo en las conspiraciones,
creo que es mejor prevenir que amamantar.
Creo en las similitudes
Creo en la causalidad,
Creo poder hacer real mi sueño.
Creo que es posible volar,

Creo que todos somos Uno, 
creo en la dicotomía existencial,
también creo en la Unidad.

Creo en la quinta dimensión y en la ley de atracción.
Creo en las almas gemelas.
Creo en el Amor.

Creo en la perfección, la virtud y la belleza,
Creo en la felicidad,
Creo en el poder que tiene tu sonrisa.
Creo en tu voz, 

Creo que nada es imposible,
creo que creyendo,
Todo, 
absolutamente todo,
podemos llegar a crear.


La tierra que me parió

Un buen día nació en la clandestinidad, como no podía ser de otra forma, debido al escaso presupuesto en mano, el poemario LA TIERRA QUE ME PARIÓ. Un compilado de reflexiones propias de carácter existencialista escrito en forma poética. Todos los poemas surgen como resultado de las percepciones adquiridas tras llevar esa vida trashumante que le dan vida también a este blog. 

Las tapas han sido elaboradas con cartón reciclado y con cartón rescatado de la calle y de su posterior hogar, el basural. Pintados y trabajados en colagge, por mis manos inquietas y por las de otros colaboradores, como mi hermano Federico López y  Cristian Jacob, presidente de la editorial cartonera Casimiro Bigua, de la ciudad de Puerto Madryn, Argentina.

La presentación semi-oficial se realizó en el programa de radio "Los vagabundos del Dharma", también en la ciudad de Puerto Madryn, algún día de Julio del año 2017.
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Para adquirirlo, sólo basta comunicarse conmigo, a través del facebook o de mi mail

Facebook: Mauri Lopez ( perro viajero autoindigente )
Mail: fragmentosdeuncaminante@gmail.com

Las primeras ediciones


Trabajando en el taller


Violeta

Puerto Madryn - Argentina


Definitivamente están locos.
Y sino, vos decime,
 ¿cómo es que se pueden reír tanto?
¿Cómo hacen?
Explícamelo,
si solo es un color,
el violeta.

Si hablo del color violeta y lo sabés.
No se ríen del rojo ni del amarillo.
Jamás escuché a nadie criticar de la misma manera al color verde.
Algo tienen, algo en particular, que de cierta forma les incomoda.
¿Vos te diste cuenta de eso? ¿Viste la cara que ponen cuando lo ven?
Y lo peor es que lo hacen sin darse cuenta. 
Porque en verdad no lo comprenden.
No saben de qué se trata verdaderamente el color violeta.
Lo miran desde todas las perspectivas,
pero no lo comprenden,
porque no lo ven con los ojos del corazón.
Entonces claro, sienten vergüenza.
Una leve molestia.
Es como una puntada en la boca del estómago.
Y se ríen, como te decía, lo critican.
¡Qué insensatos!

Vos decime, ¿ellos qué sabrán del color violeta? 
Nada saben, o nada quieren saber.
Lo más absurdo de todo, 
es que lo llevan tatuado como un estigma,
sin darse cuenta.
Yo lo veo. 
El violeta lo siento latente en ellos,
pero lo tienen amarrado, escondido.
No lo sueltan, ni lo quieren dejar ver.
¡Cuanta hipocresía!
Lo esconden los muy bestias.

Si no se sienten reconocidos con un color, 
es por supuesto con el color violeta.
Que absurdo pienso yo, 
si es un color hermoso.
Con el violeta podés hablar de todo,
podés representar todo.
Hacer de todo.
Es magia pura ese color.
Mi padre me lo repetía cuando era niño,
para que nunca lo olvide:

"Todos llevamos un color dentro nuestro, 
en nuestra parte más íntima.
Es con el que juegan y se expresan los artistas.
Nunca te olvides hijo de reconocer
en ti mismo
al color violeta".

Mapudungu



La naturaleza va a sobrevenir al paso del hombre,
Mas allá de los vertederos de desechos tóxicos en el mar;
De la extracción sin medida de combustibles fósiles,
Y del arrasamiento indiscriminado de los bosques
Para cultivar cereales;
La naturaleza va a seguir en pie,
Porque se retroalimenta.
No produce desechos, ni basura,
Sino nuevo abono, nueva vida,
Tan radiante y completa como la anterior.

La madre tierra es una escuela para el entendimiento humano,
En su lenta y compleja expansión.
En cada hoja, en cada río y montaña,
Se manifiesta el equilibrio y la belleza,
La mansedumbre y la simpleza,
Inherentes en cada ser que viaja
Dentro de esta nave planetaria llamada Tierra.

El humano es el único animal que ensucia su propio hogar,
Llevando a cabo un absurdo plan de despilfarro
Y comodidad para unos pocos tripulantes.

El humano naufraga perdido en un mundo de abundancia sin igual.
Y si decidió llevar un reloj en el brazo
Fue por haber conservado un estilo de vida que se acaba fugazmente
Como una mariposa.

La naturaleza no tiene tiempo ni afán por culminar su vuelo.
Sólo el humano apresura el ritmo y acumula cosas
Por temor
A no encontrarlas mañana.





P.D: Mapudungu en español significa "lengua de la tierra" en dialecto Reche, conocidos también como Araucanos.

Corazón Ortiba + Cuento macabro



   Las madrugadas son siempre frescas, y aquella fue una de esas. Aquel era el día, no de la semana, sino el elegido desde hacía un buen tiempo. Dormí junto a la herramienta, la noche anterior en un placentero colchón de cartón. María ya no estaba cuando desperté, debería haber ido a buscar algo para el desayuno. Entonces en el silencio de mil desiertos apoye el taladro manual sobre mi pecho, decidido a hacerlo. Con una mano lo afirme de forma horizontal, transpirando sudor helado, mientras la otra mano comenzó a girar la manija, desgarrando lentamente mi piel con la mecha. El dolor inicial fue insoportable. Grite, gemí, volví a gritar, inhale una continental bocanada de aire frío. Me vibraban los pies, zumbaban mis oídos, y el suelo era un sólo temblor. Seguir perforando era pertinente para lograr la tarea. Me detuve un segundo para morder un trapo viejo y mugriento que guardaba un nauseabundo gusto a nafta y  humedad, y continué destruyendo obstáculos. Músculos, arterias, venas, yo no se cuantas porquerías escondemos ahí dentro. Bañado en mi propia pegajosa sangre rocé una costilla y no me detuve. La emoción dolorosa también desbordaba en placer. Hasta que llegue al objetivo, el corazón. Me parecía que todo había demorado tan sólo unos pocos segundos.
   En el instante en que retiraba el taladro del cuerpo llegó Maria, desesperada, gritando: “Estas loco, que hiciste, qué tenes en la cabeza limado”, lloraba desenfrenada y estiraba la planicie de su rostro con los dedos pálidos de las manos.
-Respondeme por favor, qué te hiciste animal?

“Un portal Mari, eso hice, ahora ingresa libremente luz a mi corazón”.

Mural Yanomami en Negativo - Venezuela



Bestias salvajes

Después de todo 
éramos sólo unas bestias salvajes 
dispuestas a 
destruir
amar
soñar
dormir
reventar
vestir
suspirar
besar
conocer
caminar
trabajar
descansar
negociar
contemplar
construir
criticar
aceptar
disfrutar
renunciar
criar
aprender
bailar
complacer
jugar
reflexionar
beber
probar
enseñar
cultivar
perdonar
 escuchar
y leer

antes de empezar a morir.

Y quizás no seamos nada más que eso,
que en sí ya es más que suficiente.


Alimenta tu alma



Lee poesía, alimenta tu alma.
Disfruta la naturaleza, alimenta tu alma.
Contempla la vida, alimenta tu alma.
Medita en silencio, alimenta tu alma,

que el chori y la coca,
los noticieros
y las telenovelas
en materia espiritual,
no te aportan un carajo.



Trastornos en la ciudad

Quebrada Valencia - Colombia


¿Adónde irá a parar toda mi locura 
cuando los simios afeitados
que habitan en el patio trasero de mi frágil cerebro 
dejen de recitarme poesía barata?

¿Adónde iré a parar 
cuando los señores elegantes de la sociedad 
suban al escenario desmaquillados y pronuncien 
un discurso noble y sincero a su verdadero sentir?

¿Adonde iré 
el día que caigan las máscaras de la sociedad
 y termine la comedia cotidiana de la infelicidad?

Yo creo que el suelo me tragará junto al espíritu desquiciado, 
que envuelve a este cuerpo no retornable 
hacia las profundas tierras del inframundo 
de los hombres topo. 
Allí donde no hay más reglas que las libradas 
por la conciencia universal de los seres vivientes. 
Allí donde exista el respeto 
y el interés hacia el prójimo
 ante los gritos desesperantes de los ciudadanos malditos 
y bien conservados 
que se empeñan en pisar cabezas 
por deporte.

Viviré donde haya vida, 
y no muertos vivientes.
Flotaré por el aire puro y virginal 
que circunda en los pulmones de los duendes.
Bailaré con hadas 
y despertaré una docena de bellas durmientes.

Soñando Despierto

Danny es un alma en llamas, una persona altamente inflamable. Arden sus pensamientos, arden sus dedos cuando desgarra la guitarra, arden sus dudas existencialistas, arden sus cuestionamientos, y se queda como en una interminable pausa envuelto en cenizas, con los puños cerrados, observando el cadáver opaco de su dios en ruinas. Este chileno de nacimiento y nómade por elección, cruzó su camino en mi vida al norte de Ecuador, a principios del año 2013. Sin embargo, nuestros lazos se afianzaron como culo y calzón en Colombia, luego de compartir diversas experiencias tanto místicas como mundanas en una comunidad indígena del amazonas y el asfalto de Bogotá. Después de esas dos paradas, viajé alrededor de un mes junto a él y Marita en bicicleta, hasta que su rumbo cambió de dirección, y ya no nos volvimos a ver ni a escuchar hasta el día de hoy. 

Meses más tarde de aquel desmembramiento recibí un mensaje de él por correo electrónico acompañado de un audio. Ese audio era una grabación de estudio realizada en Caracas, con su música perturbadora y una letra extraída de dos poemas que yo escribí en aquel tiempo. Soñando Despierto se titula dicha canción, y al igual que nuestra amistad aún sigue viva.

Canción: https://soundcloud.com/calambral ( copiar y pegar link )

Poemas:


Le daba miedo y a veces terror la idea de llegar a conocerse a sí mismo.
Escondía detrás de sí centenares de fantasmas internos y pensamientos supuestamente incorrectos.
Le temía a su propia voz y al hecho de ser rechazado por el resto.
Pero ya no encontraba forma de escapar,
sólo le traía angustia escapar.
Comprendió que la única opción era ser,
lo que realmente era,
y enfrentarse al mundo tal cual lo conocía.

Su amigo imaginario le ayudó a abrir las puertas ocultas
del conocimiento,
ahora sólo le restaba caminar y entrar
a su propia mente,
a su propio mundo.

Y DE ESA FORMA SER LIBRE POR SIEMPRE.

Samsara

Fantasmas citadinos - Lima, Perú, 2012
  Sin privacidad donde esconderse, quedan expuestas sus miserias, sus rostros de cristal roto, al espectador que deambula en el espacio público en horas diurnas o en la densa penumbra de la noche de la ciudad. Caminan ciegos, a la vista de todos, ejecutando sus actividades diarias sin utilizar el bastón blanco, los zombies de la sociedad. Las drogas les muele a palos el alma, exprimiéndola dentro de un mortero de polvos químicos, y en la calle los restos, los pedacitos, acumulados como escoria de soldadura quedan desparramados, perpetuamente perdidos y extraviados. 

  Entonces juntan latas de aluminio, reciclan basura y comen cualquier porquería para satisfacer los caprichos básicos del cuerpo, hasta reunir las monedas necesarias para volver a caer en el anestesiante delirio. Ingresa a los pulmones, como un serafín disfrazado, el humo de la sustancia. Aúlla entre tinieblas la tempestuosa euforia, mientras por la desembocadura del alma, incrementa como un voraz torbellino la incesante paranoia. Las neuronas fallecen de pesadumbre estallando como piñatas de un cumpleaños infeliz. ¿Dónde quedaron los valores, los recuerdos familiares y la voluntad de vivir? ¿Qué hacer para salir de la boca del ensordecedor infierno? Nada, porque nada más importa, sólo firmar con la propia sangre el contrato del olvido temporal, una vez más.

  Ya no buscan respuestas, ni aberturas, ni soluciones. Decidieron callar la lucidez en que surgen las incómodas preguntas, los incómodos recuerdos, con otro gramo de dinamita en el bolsillo. Dolor, daño, error, heridas invisibles que aún sangran. 

  No hay droga tan fuerte ni tan adictiva, y no hay nada que sea inmutable. No hay pozo que por hondo sea imposible de escapar. Pero el dolor ocasionado es tan grande, tan monumental, que sienten como mejor opción arraigarse a esa isla venenosa en vez de indagar la orilla del perdón, prefiriendo llevar una vida de náufrago en el planeta de las infinitas oportunidades.

  En esa horda de andrajosos hay de todo un poco. Múltiples causas. Todo tipo de locura, violencia  y abandono. Desamparo económico, exclusión social. Marginalidad en estado puro. Sin embargo, por más diferentes que sean, a ellos los une el dolor y para demostrarlo cargan una pesada cruz en sus espaldas.

  Y algunos no eran tan pobres en un principio, pero en los primeros quince minutos de prueba se fumaron hasta los cordones de las zapatillas, y así, la voluntad se acostumbró a caminar descalza.
  Tumbados al sol fulminante o quebrados en molestas posiciones de danza egipcia, son derrotados  en la calle por el cansancio en otro colchón de hormigón. Sueñan, duermen y desgraciadamente alguien los despierta, y la pesadilla de la vigilia obligatoria nunca se acaba. Vuelven a juntar con fé y esperanza otro cúmulo de moneditas para que el carnaval no se quede sin la gracia de su diablo y la miseria de sus vidas sea un poco más leve o liviana.





“No se entrometa. Hoy deseo estrujar mis penas en lejía mientras rezo otra plegaria al santo de los miserables, para atenuar los pensamientos fúnebres que azotan a mi corazón. Extiende el perímetro la llaga y una densa nebulosa de culpa infecta mi herida. Otra copa de alcohol etílico con jugo por favor, del más barato que tenga, que esta noche festejamos el nuevo aniversario de mi desdichada muerte”.

Cuando arden las naciones

Durante nuestros últimos meses en la costa de Colombia, en el verano del 2013, las noticias que llegaban acerca de la situación económica de Venezuela no eran muy esperanzadoras. A través de diferentes relatos alcanzamos una misma conclusión, una gran crisis económica y social estaba a punto de estallar en la república bolivariana.

    Nicolás Maduro gobernaba el país hacía tan solo un año y la crisis financiera no demoró en llegar. La escasez de productos de la cesta básica y de medicinas, la retención de divisas extranjeras, la creciente inflación y el aumento del desempleo y la delincuencia de forma desbordante, serían los principales motivos por los cuales las manifestaciones sociales se hacían cada vez más patentes a lo largo de toda la nación. Cincuenta días de protesta, cincuenta muertos. Venezuela iniciaba a partir de entonces una ciega caída en picada, y nosotros estábamos a punto de ingresar a conocerla en carne propia.
    Sin embargo, como afirman algunos especialistas, los ciudadanos que viven en situación de emergencia, son más propensos a desarrollar empatía por quienes se encuentran en igual o peor situación que ellos. Y así mismo fue. Desde el momento en que pisamos el territorio de aquel país, la solidaridad del pueblo venezolano fue inimaginable. Jamás nos faltó lo más esencial para subsistir ni una familia que nos recibiera espontáneamente en su hogar. Sin dudas, vivir momentos difíciles despierta la sensibilidad de quien la atraviesa.

   De todas formas el pueblo estaba marcadamente dividido por la orientación política que cada ciudadano defendía, al punto de ocurrir tanto choques ideológicos que sobrepasaban con facilidad el mero debate a la discusión; hasta enfrentamientos violentos con la policía o la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).

    La primera noche en Venezuela nos sorprendió en el patio de una escuela especial, a tan sólo cincuenta metros del puesto aduanero, en una zona árida y desierta. Resultaba que aquel pueblo, Guarero, cercano a la frontera de Paraguachón, es punto diario de contrabando de combustible. Al mismo tiempo que son decomisados productos de consumo comestible subsidiados por el Estado en pequeñas unidades a los automóviles particulares, para defender los intereses primordiales de la nación, miles de barriles de combustible cruzan la frontera amarrados visiblemente en la caja de camiones y camionetas guiados por la Guardia Nacional.
   Según datos oficiales  el 20% de la gasolina que consumen en Colombia se la roban a Venezuela vía contrabando, denunció la Embajada de Caracas en Bogotá. El Gobierno ha denunciado que cuatro de cada 10 productos subsidiados salen del país por rutas ilegales hacia un mercado paralelo en las ciudades fronterizas colombianas. Los planes de choque del Estado para frenar el contrabando le dan cada día mayor poder y labor a la Guardia Nacional, lamentablemente en muchos casos funcionan como sanguijuelas que chupan sangre en pos de sus intereses individuales y no del pueblo.

    Dorila, una ceramista de la comunidad indígena Wayuu, vecina al puesto aduanero, nos abrió las puertas del humilde recinto de la escuela especial donde trabajaba, para que colguemos nuestras hamacas y podamos descansar. Ella daba clases allí y era una de las encargadas de la sencilla institución. Entonces bajo aquel techo sin paredes, junto a Carlos y Marita, improvisamos nuestro hogar. Como estábamos en una región desértica, ese tipo de construcciones,  de simples techos apoyados sobre columnas de madera, eran una excelente opción para resguardarse del calor abrasivo y sentir la cálida brisa del viento, que aleja los insectos sin precisar de un ventilador.

    Al día siguiente se cumplía el aniversario de la muerte de la madre de Dorila, y como era parte de sus costumbres indígenas misceláneas iban a matar dos chivos en el cementerio municipal, para agasajar a los invitados. Fuimos convidados a participar de la ceremonia. Un sincretismo extraño entre lo más ancestral de los pueblos originarios y las tradiciones católicas.
    Llegamos al cementerio católico, a tan sólo unas cuadras de la escuela, y al igual que Dorila todas las mujeres vestían largos vestidos coloridos, típicos de su etnia. Entreveraban en las conversaciones el Wayuunaiki, su lengua materna, y el español venezolano. Los hombres por su parte no tenían atuendos particulares, conversaban y bebían cerveza.
Como de costumbre, el último en llegar fue el sacerdote, quien estaba encargado de oficiar la misa para conmemorar a la  anual difunta. Una vez que el clásico ritual romano de cantos, tedio y culpas finalizó, las mujeres de largos cabellos negros fueron corriendo hacia la tumba para llorar desconsoladamente. De afuera no parecía más que una actuación de telenovela, entre sollozos sobreactuados y pañuelos húmedos secando los pómulos. Era evidente que había más de tradición que de sentimiento.

    De un momento a otro, comencé a sentirme débil. Las náuseas irrumpieron mi juicio, realizando un inesperado  pique corto hasta el baño de la escuela, para vomitar. Del vómito pasé a la diarrea casi al instante, por lo cual no pude degustar el almuerzo Wayuu que tanto había esperado. El intenso calor venezolano, sumado a la escasez de alimentos en las tiendas, más la falta de agua potable, recreaban una situación de desespero. Al regresar Marita y Carlos, ya estaba hecho una piltrafa en la hamaca, con el rostro tan pálido como las nalgas del Papa Benedicto XVI. Ese día me lo pasé de excursión al baño de manera fanática. Mi cuerpo desintegrado chorreaba mis entrañas lentamente al inodoro.
Al día siguiente la situación no mejoró en lo más mínimo. Mover el cuerpo de un sitio a otro era una tarea olímpica. Comer me generaba rechazo. Me sentía tan flácido como la papada de un anciano decrépito. Lamentablemente en Guarero no había hospital, así que los chicos les ofrecieron sus artesanías a los camioneros que aguardaban en la aduana, para pagar el transporte hasta el próximo pueblo.

Hogar colgante
    Afortunadamente consiguieron lo necesario para que un taxi de acero indestructible nos arrime como bocha al bochín hasta Paraguaipoa, el próximo pueblo. Nos embarcamos entonces rápidamente al vehículo destartalado con Marita. Mientras tanto Carlos aguardaba en la escuela, atrincherado con la enorme bolsa de alimentos confiscados que los aduaneros les habían obsequiado, al conocer nuestra situación de emergencia. Solidaridad sin fronteras.
    En el hospital fui atendido precozmente, sin tener que presentar antes ninguna documentación ni tener que pagar nada posteriormente. Diagnóstico del paciente: deshidratación e infección intestinal producida por beber agua en pésimo estado. Era de suponer. En el desierto de la Guajira el agua potable es un bien de lujo, y nosotros lo habíamos atravesado pedaleando con viento en contra, y con escasa y dudosa hidratación. Medio litro de suero intravenoso. Dos palmaditas en la cola y otra vez a la cancha campeón.
  
   Los indígenas Wayuu del territorio colombiano no poseen acueductos y por lo tanto no tienen agua corriente en sus viviendas. Por tal motivo deben caminar algunos cientos de metros hasta alguna perforación donde en ocasionales momentos bombean y cargan agua en bidones reciclados de plástico. Algunas señoras y algunos señores utilizan burros o mulas para tales actividades o llevan a toda la familia, incluyendo niños pequeños, para acarrear el agua hasta el hogar. Para bañarse y lavar los utensilios de cocina utilizan el agua de los Jawei, o grandes pozos, donde se estanca el agua de lluvia. Funcionan como lavatorios comunitarios al aire libre. Cómo en el poblado de Camarones ( Colombia ), donde están asentadas varias comunidades Wayuu, la Mama Estrella nos permitió acampar junto a los ranchos de barro de su familia, vivimos esta realidad en carne propia.
    En el Departamento de la Guajira habitan casi un millón de personas, de las cuales el 55% viven en zonas urbanas y el 45% en zonas rurales. De ese total el 45% son indígenas Wayuu, representando el 20% de la población indígena de Colombia. Al ser zona desértica, tener escasez de agua y poca fertilidad para el cultivo hay que sumarle que las únicas políticas inversionistas son de empresas privadas y extranjeras, que más que brindar una ayuda, deterioran el medio ambiente, privatizan las tierras y obstruyen el paso a los recursos hídricos.
   En la Guajira se encuentra la reserva de carbón explotada a cielo abierto más grande del mundo, llamada El Cerrejón. Esta empresa posee un ferrocarril privado de más de 150 km de extensión y un puerto marítimo propio. En su trayectoria ha recibido incontables denuncias por no cumplir con las mínimas leyes laborales, no reconociendo enfermedades producidas por el sol debido a largas jornadas al aire libre bajo altas temperaturas, deshidratación,   problemas auditivos y artromusculares. La Secretaria de Desarrollo Económico del departamento, a través de la Universidad de la Guajira estableció que el 47% de la población está desempleada. Por lo cual, establecimientos como El Cerrejón no dejan más que falsas promesas de empleo y hombres sin salud.
   Las riquezas naturales empobrecen a sus pobladores cercanos cuando se explotan en complicidad entre el Estado y las empresas multinacionales en medio de esferas sociales marginales, como en este caso las comunidades indígenas, donde los derechos fundamentales como el acceso al agua, la salud, el trabajo y la alimentación se vuelven una quimera. Basta con mencionar que según las cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, entre 2008 y 2013 murieron 4.151 infantes, 278 por desnutrición, 2.671 a causa de enfermedades curables y 1.202 que no alcanzaron a nacer.
   Si bien Venezuela estaba enfrentando una situación crítica, existía aún una giganezca brecha entre los poblados guajiros colombianos y los venezolanos. Los habitantes del territorio colombiano parecían destinados al padecimiento y al olvido.


  
   Una vez fuera del centro de atención médica, los clientes de un bar me invitaron a participar de su fiesta callejera, pero apresuradamente Marita me regresó a la realidad. Rehabilitación significa, entre muchas cosas, no hinchar las bolas con los hinchabolas y no beber alcohol. Y es que hacía un calor de sombrilla de trapo, pero si me sentía mejor era gracias al suero. No quedó otra opción más que rechazar la oferta con gratitud. Sin embargo antes de despedirnos, los amigos del alcohol nos obsequiaron algunos billetes para nuestros gastos de pasaje. Otra bendición inesperada.

    Los días pasaron tranquilamente en Guarero. Cada día mi cuerpo recobraba mayor vitalidad.  La enorme biblioteca de temática indigenista nos regalaba sus saberes, comida no nos faltaba y además, se presentó la oportunidad de dar un taller de macramé a seis niños especiales. Estábamos dando una mano a quienes nos estaban ayudando y teníamos alimento suficiente. De pronto volvían los días de gran abundancia.
  
    A mitad de una noche, mientras descansábamos plácidamente en las hamacas, un insólito hombre despertó a Marita agitando sus brazos. Ella entre dormida del asombro, por presenciar esa espeluznante situación de ser despertada por un hombre a pocos metros de su lecho, no comprendía qué era lo que le estaba sucediendo. El hombre hacía muecas, señas con las manos, pero no conseguía hablar. Hasta que de un momento a otro, notó alarmada que el hombre estaba señalando el fogón donde cocinábamos, y que su enorme estructura de madera se estaba incinerando. Corrió Marita desesperada para apagar el incendio y lo primero que le echó fue mi diminuta jarra con suero. Pésima reacción. Luego continuó vaciando las pocas botellas que teníamos con agua potable, ya que allí tampoco había agua corriente. El hombre que le dio la noticia, que aparentemente era mudo se evaporó como por arte de magia. Recién al cabo de unos minutos nos despertó a mí y a Carlos, quienes hicimos lo que pudimos para apaciguar las llamas. Habiéndose acabado el agua, comenzamos a echarle manotazos de tierra. A patadas ninja derribamos lo que se mantenía aún en pie del fogón para apagarlo definitivamente. Una hora más tarde sólo quedaban las cenizas y unas cuantas maderas chamuscadas. Ya había amanecido.

    A la mañana siguiente, después de algunas horas de trabajo de corte y confección, arreglamos con maderas del sitio, casi íntegramente la estructura del fogón. Al parecer las brasas restantes de la cena más la acción del viento, causaron el incidente. Por suerte no hubo heridos ni damnificados. Dorila al enterarse de la noticia la tomó con gracia, ya que era la tercera vez que sucedía lo mismo. Recomendación: hacer la estructura de un fogón con madera, no es buena idea.


    Antes de despedirnos del pueblo y su gente para retornar a la ruta, los niños de la escuela vecina celebraron el carnaval en el área de deportes y nos invitaban a participar. Sin mucho vestuario pero con ánimos de aportar algo, hice un pequeño show de malabares para la alegría de las crianzas, que quizás nunca habían visto un malabarista en vivo y en directo. Después de la celebración nos fuimos como llegamos, pedaleando anónimamente en bicicleta por la ruta del sol.




Entretenidos con la misa




Cultura Wayuu 



Mauri, Carlos, Dorila y Marita



Manifestación



Cada injusticia,
Cada risa burlona, 
Cada mirada despectiva,
Cada grito de enojo, 
Cada noche de reviente,
Cada cigarrillo encendido por una mano temblorosa,
Cada fanatismo,
Cada vez que uno se elogia a sí mismo con orgullo despiadado,
Cada mirada que se dispersa a un costado,
Cada noche de tristeza y nostalgia,
Cada mano que no se extiende en ayuda del más necesitado,
Cada muestra de vanidad,
Cada mordisco de más, 
Cada falta de energía,
Cada moneda ganada y gastada innecesariamente,
Cada acusación con tono de juez, 
Cada mirada lasciva, 
Cada piropo desubicado en la calle,
Cada pérdida de paciencia, 
Cada engaño, 
Cada traición nocturna y fugaz,
Cada vez que la verdad se oculta en los bolsillos,
Cada hora perdida,
Cada ausencia,
Cada golpe que recibe el cuerpo en vez de una caricia, 
Cada guerra librada entre vecinos, hermanos y naciones,


no es más
que la manifestación
de nuestros recónditos desequilibrios emocionales.
Esos que nos ponen en evidencia
de ser tan humanos y tan frágiles,
y de estar asentados en una microscópica molécula del universo,
indefinidamente desorientados.